el beso

Fue en tu casa, fue en la mía. Era de día, era de noche. Yo fui, tu viniste.
Vestidos de intelecto servimos la comida. Yo no admitiría ahí que mi salivación venía de ti y no del alimento. El hambre fue saciada, la sed. Mirándonos en la sala tendidos, dignos mamíferos, el aire se volvió leve. Flotamos un instante como esos globos con velitas que la gente lanza en los días festivos. Arriba en el cielo los pactos terrestres pierden vigencia, fuimos aire, transparentes y efímeros.
Fuimos sabios de esperar hasta ese momento para hacer lo que desde la puerta de entrada tramábamos en secreto. En tan pequeña porción de tiempo, el que se necesita para que mi boca llegue a la tuya, para que tu boca llegue a la mía —dependiendo de a quién se le quiera echar la culpa—, cada movimiento es forzoso: todo el cuerpo puesto en función de que tus labios y los míos se encuentren, romper la inercia de las formalidades. Cuesta ese primer paso, porque implica descaro, romance y lascivia, cosas nada parecidas al intelecto que nos reunió en primer lugar.
Pero una vez entregado a su destinatario el beso es un virus, ¡oh! Tan exquisito. Tu huella en mí, finalmente. Y sólo eso bastaba: pretender que el mundo se había achicado e irremediablemente tu cuerpo y el mío habían tenido que acercarse para poder encajar en él; bastaba sólo un movimiento de cuello y cerrar los ojos.
En un beso que me diste una mordida un lamido ladrido efervescencia canto suave de olas lejanas en un beso silencioso inmóvil posado ahí tu beso en mi beso un sueño febril ¿lo sentiste, cuando te lo he dado? Sentiste cómo me vestía de ti con tus brazos enredados en mi espalda y mis manos conteniendo un pasaje lúbrico por la tuya, mis manos preguntando tu cuello respondiendo en esa piel que ofrecía a la tuya entregaba también mi aliento y me despojaba de todo salvo de ti, vestido de mí.
Te alejarás, ni bien cese este beso te irás de mí, como te venías yendo antes de haber venido, aunque si no venías, jamás podrías haberte alejado todo lo lejos que ahora estás, tus labios en otros labios otros brazos, otros besos que te besan y qué importa mi beso, este humilde y llano beso pueril que se entrega todo y no deja nada a la imaginación, que vive y muere en un instante agudísimo de una realidad tan ardiente que se vuelve ficticia, qué importa este beso sin aliento que quisiera pegarse en el tuyo para volver a respirar, si aquellos otros labios en los tuyos, serenos y familiares han de calentarte con la suavidad del ritual repetido a diferencia del mío, aguijón virulento ardiente fútil.
Ahora te has ido. Ahora me he ido. Besos de despedida pasan por otro camino, desviados en la nariz van a parar a la mejilla. Cerca de nuevo, y por vez última, te huelo, mi olor y el tuyo diciéndose adiós.
Algo duele pero algo se ríe, algo se alegra y es más grande. Vivir de beso en beso, ¿cómo no? ¿Cómo no dárteme? ¿Cómo no dejárteme? ¿Cómo no desnudarteme? Mi cuerpo como extensión de tus labios y esta carne anfibia que te inhala.



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