Bodas de mar
- Marcos Cordoba

- 17 mar
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 21 ago
Una noche era el mar. Éramos desconocidos entonces yo te veía caminar a lo lejos pensativo, estabas. El agua se te metía en los ojos y ahí quedaba. Deseé quedarme yo en ellos cuando se encontraron con los míos se te cerraron. Me esperaban, eso creo, no como suposición, sino como fe. Después del abrazo no hubo palabra, caminábamos de la mano por la playa y envejecíamos a cada paso. Llegamos al fin de la civilización sólo campo y mar. En un claro coloqué una piedra, nuestra casa. Para hacer una casa sólo eso se necesita: una piedra, otra piedra, una piedra, otra piedra... Nos refugiamos gozosos por estaciones interminables. La sopa en invierno el guiso de otoño los quesos primaverales y las frutas veraniegas. Tú y yo comiéndonos, y yo dije una vez que tu lengua era la más exquisita de todas las frutas, y tú me tiraste del pelo y mordiste mi manzana de Adán, nos dimos el festín. El mar afuera crecía la casa también para el bosque que vivía en ella, los animales que comíamos con dolor y deleite. Un día las olas entraron en casa nos arrastraron fuera, cuando salimos al mundo descubrimos que ya no había mundo, sólo nosotros, nuestro bosque, los animales y esa casa flotante. No precisamos nunca más de tierra alguna. Habíamos de volver al lugar que nos había casado. Una tarde el sol caía en tus ojos el mar brillaba en mil diamantes en ellos vivo como nunca esplendente tu sonrisa ese idioma silente y musical. Me diste la mano y me llevaste hasta el borde, donde habría estado una entrada y un pequeño jardín con un caminito hasta la puerta. Los pájaros salieron de casa, volaron hasta perderse en el cielo pese a nunca haber estado enjaulados. Vacas, cerdos, gallinas y ovejas se arrojaron al agua, nadando cada uno a la usanza de su especie. Las abejas que habían hecho colmena bajo el tejado dibujaron figuritas abstractas en el cielo cuando el ejambre migraba, los ratones salieron de su escondite, agarrados del perro y al gato en cambote se fueron flotando sobre la mesa del comedor. A falta de patas, las plantas resolvieron escupir su polen furiosamente, sólo ellas las orquídeas fueron nuestras testigos. Te abracé, y volvimos a ser jóvenes. Ojos cerrados entre los labios tarareé una canción de esas tantas que te había cantado en un aniversario y que cuando sonaba en la radio decíamos es nuestra. No nos sentimos mojados cuando tocamos el océano, aún mientras nos sumergíamos, la melodía que te decía continuaba sonando en el mar todo. Nuestros cuerpos se cristalizaban, yo esperaba que tus ojos se hicieran topacios tu boca toda granates tus dientes nácar. Yo volverme granito ser tu cueva, el cofre donde pudieses vivir hasta ser rescatado del naufragio. Nuestros cuerpos aferrados cayeron con dureza sobre el lecho marino cesaron de existir, olvidados por la tierra, olvidados por el mar.



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