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El café equivocado

Me senté en este café a esperarte y cinco horas han pasado.


Maldigo el día en el que te conocí, el día más feliz de mi vida.


Todos estos meses carteándonos, hablando de nosotros, de este reencuentro; y lo único que obtengo es un café frío en un puto bar donde la radio, y la frente grasienta del mesero, no hacen más que recordarme la decadencia de esta ciudad. Ciudad que abandoné para escaparme contigo a un lugar al que nunca fuiste, y en el que quedé exiliado, hasta ahora.


Tomo esta servilleta áspera, y este bolígrafo que pedí prestado al mesero de la frente grasienta, y te dejo esta nota para decirte tres cosas:


La primera, que ni bien he vuelto a escuchar estas calles, —mis zapatos tamborileando contra el adoquinado—, he vuelto a vivir nuestra primera, eterna y única noche.


La segunda, que pasé por la pensión en la que nos escondimos cuando llovía —porque no podíamos ir a mi casa o la tuya por tener ambos a nuestras respectivas esposas esperando con la mesa servida—, y pude ver con nitidez fotográfica: cómo te quité el sombrero, y la forma en la que se te alborotó el pelo, todavía húmedo, todavía negro.


Y la tercera: que aunque me dejes plantado otras cien veces, yo seguiré volviendo a este barrio y a este café a esperarte, aunque ya sepa, mucho antes de venir hasta acá, que nunca vendrás.


Lyin Liu
Lyin Liu

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