El cambur: una retrospectiva

Creo que fue en la película Manifesto, protagonizada por Cate Blanchet y diigida por Julian Rosenfeldt, que escuché la frase "pon una banana en la mesa y descríbela durante cinco días". Inmediatamente anoté la consigna y me puse manos a la obra con una de las bananas que había comprado esa semana.
En total, fueron cuatro las veces que me dediqué a describir al cambur, y mientras lo hacía, era imposible ignorar que, para mí, aquello era un "cambur" y no una "banana". La familiaridad del cambur y su preeminencia en los primeros 20 años de mi vida —antes de migrar—, contrastaba siempre con esa sensación foránea y hasta algo artificial de la "banana" en mi boca.
Por eso qué mejor forma de empezar este post que indagando un poco esa duplicidad de términos, y sus orígenes.
El origen de "cambur"
El origen más aceptado de la palabra "cambur" la ubica en las islas Canarias. Se cree que sus primeros pobladores, originarios de África, usaban este vocablo para referirse a la fruta más popularmente conocida como "banana".
Por su parte, el origen de "banana" puede rastrearse hasta la costa occidental de África, probablemente del woolof "banaana", o el guineo "bename”.
La voz árabe “musa”, usada para nombrar al cambur, conforma el actual nombre de la familia taxonómica de las "Musáceas", es decir, las plantas cuya fruta comprende algún tipo de banano.
Durante la época colonial, Venezuela fue el destino de los colonizadores españoles venidos de todos los rincones del reino católico. Entre ellos, los vascos eran reconocidos como hábiles comerciantes y navegadores, y detentaban un mayor poder político y económico en comparación a los canarios, abocados a oficios manuales y al pequeño comercio.
No resulta descabellado, entonces, pensar en los canarios como parte del grueso más "popular" de la Venezuela de los siglos XVI y XVII, y, por tanto, como un grupo altamente influyente en el habla y vocabulario de la Venezuela poscolonial.
Otra palabra, muy usada en Venezuela hoy, da cuenta de esta influencia: se trata de "poceta", es decir, el “inodoro” de tantos otros países hispanohablantes.
Originalmente, una poceta es una "Concavidad natural o artificial, de pequeñas dimensiones, en la que se recoge agua." —Según la RAE, que también atribuye su uso específicamente en las islas Canarias—. El éxito de este otro vocablo en Venezuela demuestra la influencia de la cultura canaria en la venezolana, una influencia que llega a percibirse hasta en la extraordinaria similitud de los acentos de ambos pueblos entre sí, aún al día de hoy.
La retrospectiva
Día 4:
Después de comer el cambur cuando estuvo a punto de caramelo —en ese pico de su madurez y dulzura que dura apenas un par de días, justo antes de envejecer y enegrecer—, dejé su piel secando sobre la mesa hasta que se puso tiesa, como una flor que se deja marchitar. Tomé el cuerpecito del que alguna vez había sido un dulce y perfumado cambur, y lo pegué en el álbum con el resto de hojas y flores secas que tenía regadas por ahí.

Día 3:
Carnavales con mis abuelos en un pueblo del interior del Estado Lara. Un desfile por la calle principal, aquí la gente sí se esmera con sus disfraces, no faltan los locaínos y las locaínas, aunque desgraciadamente no puedo ser una —tal vez porque en mi caso no sería más desnudarme que disfrazarme.
Sobre la carroza, una niña morenita vestida de amarillo y adornos de cambur por todo el cuerpo. "Mira la camburita", dijo mi abuela Moncha.
La camburita, la cambur niña, con sus zarcillos de cambur, la falta volada amarilla y un tocado a lo Carmen Miranda. El cambur es un Casanova empedernido, esparciendo sus aromas de trópico a dónde va; la camburita, en cambio, es esa muchacha safrisca y popular, que lo que le falta en tamaño lo compensa con una sonrisota.
¿Y el topocho?, ¿y el titiaro?, ¿y las topochitas y las titiaritas?
La camburita y ese carnaval que olía a la madera de los tambores del Tamunangue, los mismos de San Juan. Como la brisa del Estado Lara: caliente y seca, con sus campos áridos y uno que otro montecito alfombrado de pasto. El Estado Lara, mis abuelos de vacaciones, mi infancia de cabeza salía' por la ventana.
Y Venezuela, y los cambure'.

Día 2:
Una desgracia no tener papel amarillo. De haber sido más inventivo habría tomado cualquier otro material de ese color (papel dd harina PAN, se me ocurrió después), y habría dibujado el cambur de hoy.
A falta de amarillo, me he conformado con el papel verde
Hecho el dibujo, me cae una idea, como pupú de paloma del cielo: verde en el cambur es tan sólo volver en el tiempo, verde pasado de ternura frutal. Después es que se hace amarillo y uno le dice maduro, aunque esté blandito y fructoso. Luego viene el marrón, a anunciar el fin de su encanto, motas en su piel como manchas de senectud. Más viejo más dulce más dulce más blando. Al descuido se pone negro, y es una pena.
Pero aquí, la fantasía es verde, acompañando la copa de descorche diario. Que hasta parece que se abrazan.

Día 1:
Amarilla, de un amarillo pálido —la estilográfica Lamy con la que escribo y dibujo es de un amarillo más vivo, dinámico—. Me está dando la espalda. Tiene un penacho y un culito. El culito es cerrado, negro, una singularidad en la que viene a acabarse todo su amarillo; el penacho termina en un cuerpo fibroso, ya desde lejos se sabe que esa parte no se puede comer, el instinto, lo dicta. La tengo muy cerca, su olor es penetrante. Recuerdo una chuchería de la niñez, un chicle bubalú sabor banana —y aunque era Venezuela, era banana y no cambur, como correspondería, en todo caso—. Quizás el más empalagoso de los bubalús de mi infancia —yo, que era un experto en chasquear los dientes y la lengua y hacer bombas con esa goma adentro—. Falta decir: tiene unos bordes que transforman la continuidad de su cilindrismo en órgano biselado.

El cambur y el catire
De niño siempre decía que el cambur era mi fruta favorita. Llamarle “banana” en Venezuela puede —y debería, me atrevo a decir— ser motivo de escándalo, una voz importada de la televisión y medios masivos. Nuestra lengua es parte de nuestro patrimonio humano, sin importar cuán extraño nuestro vocabulario a veces pueda sonar.
Así como “cambur”, “catire” es otro de esos términos exóticos del habla popular venezolana. Esta palabra, que usé como título de mi primera novela, próxima a entrar en preventa, representa algo que desde muy pequeño entendí como una diferencia racial y a la vez estética. ¿De dónde viene "catire"? Eso es lo que estaré abordando en mi próximo post.
Marcos Cordoba


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