El simple placer de ver la luz traspasar un frasco de vidrio
- Marcos Cordoba

- 22 jun
- 13 Min. de lectura
Actualizado: 21 ago

Hoy pasó algo curioso cuando entraba a casa de Lara y Mauricio. Un frasco de perfume desnudo, sin tapa, sin etiquetas y sin ningún contenido, se encontraba tomando sol sobre una vieja cocina a leña que ahora sirve para apoyar algunas cosas en las hornallas, y para esconder otras en un horno lleno de telarañas.
Este tipo de objetos no son poco comunes en la casa de ellos. Todos los chalets que conforman su pequeño hotel, arriba, en el Morro do Cantagalo, el “Lar da Lara”, están repletos de objetos curiosos: antigüedades, tablas de madera que podrían haber ido a la basura y que se han convertido en ventanas, troncos pulidos que hacen de mesada, engranajes de fábricas hace décadas clausuradas son el armazón de una baranda, figuras de sirenas de bronce como póstigos en las puertas.
Y por supuesto, las botellas. En las paredes de todos los chalets del Lar, incrustadas durante el proceso de construcción, hileras de botellas, algunas vacías y muchas llenas de agua, formando parte de las paredes como si esa fuese la cosa más normal del mundo: meter botellas en el medio de la pared.
Las botellas fueron rescatadas de diferentes orígenes y orfandades. El ojo estratégico de Mauricio, que mira con la confianza despreocupada de un adolescente a sus 68 años, las salvó de un destino ordinario, y les dio el noble propósito de engalanar las paredes de sus chalets.
Todo el día las paredes brillan, las botellas saben tragarse la luz del día y la esparcen dentro de las casas, teñidas de los colores del vidrio.
Hay botellas de vino, verdes y delgadas; botellas anchas, transparentes, rojas y naranjas. En algunas paredes, botellones de un vidrio grueso. Algunas están llenas hasta la mitad de agua, otras están todas llenas y toma un tiempo darse cuenta: la luz pasa por sólido y líquido y sale intacta como si fuese sólo aire.
Tantas veces me entretuve mirando como un niño las cosas del otro lado de la botella. Con el tiempo se volvió tan natural como mirar por la ventana. Una pequeña brincadeira, el mundo se curvaba y coloreaba del otro lado de la botella. Dentro, el agua quieta, parecía susceptible a ser movida. Entonces golpeaba la botella con los nudillos, o daba golpecitos con la uña para que ella devolviese ese tintineo seco, que parece hacerse más grave en cuanto la botella estuviese más llena. El agua permanecía indiferente a mi curiosidad.
Los chalés están construidos de cara al continente, en el medio el mar y sus destellos. De mañana, el morro da la espalda al sol. Al mediodía, cerro y sol juegan a ver quién pestañea primero. Son más de seis horas de sol directo, intenso y recalcitrante. A veces agradezco la lluvia y los días nublados. Pero no hay que negar el encanto de aquel brillo frenético y dorado. Con un techo basta para refrescarse ahora que es invierno, aunque esa palabra adquiere un significado completamente diferente a estas latitudes.
Sol y vidrio, el frasco de perfume.
Tiene una hendidura en la base muy particular, como la pata de un camello (el lector es libre de hacer su asociación con la expresión vulgar camel toe del inglés). El cuello del frasco es estrecho, como una jirafa. Esos rasgos delatan su función original, y temo que sea la única, pues semejante escultura no parece útil para ninguna otra cosa más que para ser un bonito pedazo de vidrio. Lara lo ha dejado afuera junto con otro que tenía una forma ordinaria, y del cual sólo puedo recordar su brillo. Junto con algunos trastes de la cocina, para que tomen sol. Parece que es algo de Bahía dejar la loza al sol para que se seque mejor. Ella —que se precia de ser bahiana en medio de tierras Paulistanas—, el otro día me lo explicó, interrumpida por los gestos de Mauricio, que me miraba como diciendo “cosas de ella, que es medio doida”.
Sostuve el frasco y me admiró la calidad de la limpieza: ni una mota de sucio, ni siquiera las huellas del agua cuando se seca.
El encanto prismático de aquel pedazo de vidrio con cuello de jirafa me dejó absorto. Quizás por unos segundos nada más. Pero absolutamente absorto por cinco segundos completos, lo cual me parece un nivel exagerado de devoción hacia un simple frasco de perfume.

Conforme transcurrió el día, el sol se fue a descansar detrás de unas nubes y me dio un respiro a esa hora, en la que me suelo refugiar de él para no sudar, para que su resplandor no me impida leer. Suelo usar una lona para evitar que entre a mi chalet, que lo he bautizado con el nombre de “Lar do Marquitos” —muy importante usar el diminutivo correcto en español: “Marquitos”, y no el brasileiro: “Marquinhos”, bastante común también—. Cuando vi que el día opacó, subí la lona. Es una pena que el mar pierda su brillo cristalino cuando el sol se esconde. ¿Qué habrá sido? Me puse a pensar en el frasco de perfume.
Es mucho más que eso.
Ahí está la constancia de la neurosis del Lara que se empeña en dejar los frascos tan limpios como fuese posible. Esto envuelve un proceso de deshacerse de las etiquetas que vienen adheridas a las botellas, con un pegamento muy fuerte que toma mucho trabajo sacar. Lo sé porque yo mismo quise una vez sacar las etiquetas de los vinos que tomaba para coleccionarlas, y desistí a la segunda botella.
Me pregunto si la insistencia de Lara vendrá inspirada por el mismo placer que encuentro yo al ver los frascos vacíos. La casa está llena de ellos. Hay ocho chalets en el Lar, más la casa de ellos y el Lar do Marquitos. Ella sabe exactamente qué frascos están en qué chalet (y qué cuchillos, ollas, sartenes...) Si llega a darte algo en un frasco, ella esperará que le devuelvas el frasco una vez hayas acabado de comer lo que sea que te haya ofrecido (la última vez me dio unas nueces garrapiñadas, deliciosas).
A veces me entretengo tan solo viendo algunas botellas vacías e impolutas que fican sobre una de las mesas de afuera, siento una repentina necesidad de llenarlas con algo, seguido de un arrepentimiento inmediato, porque cualquier cosa que no fuese aire arruinaría una pieza de vidrio semejante.
Porque es la luz que atraviesa el vidrio lo que me mantiene absorto.
La palabra vidrio viene del latín vitrium, hija de la raíz wed-ro del protoindoeuropeo, con el significado de ser algo “parecido al agua”. Agua en castellano proviene de otra raíz: akwa, pero *wed, en su metamorfosis germánica, devino en water, wet, entre otras; a su vez, produjo el griego hydor, de donde proviene el prefijo hidro en castellano, y todas las palabras derivadas (hídrico, hidrógeno).
Existe una confusión respecto al origen de vitrium, porque se usaba tanto para el material sintético como para una planta, vulgarmente llamada “hierba pastel”, usada a lo largo de la historia para teñir de color azul. Una teoría propone ubicar su origen en videre, voz del latín que significa “ver”. A simple vista parece lógico, siendo el vidrio un material que permite traspasarlo con la mirada. Pero ni tan lógico ni tan lineal es muchas veces el origen de una palabra: los primeros vidrios no eran transparentes, y no se podía ver a través de ellos. En todo caso, no sería coincidencia que la raíz indoeuropea de ver sea weid, muy cercana en la boca y en el oído con la raíz wed de vidrio.
De vidrio derivan palabras como vitral y vítreo (como el “humor vítreo” del ojo, sustancia transparente que hace soporte para todas las estructuras del órgano). Otra palabra asociada al vidrio típicamente es cristal... pero ya volveré a ella.
Antes veamos qué ocurre en el caso de la lengua germánica. En inglés el vidrio es glass, y viene de la raíz indoeuropea *ghel, que significa brillar.
Asociada a glass existen en inglés una serie de palabras iniciadas en gl- que están emparentadas: gloom, glow, glitter, gloss, gleam; todas asociadas a diferentes comportamientos de la luz. Diferentes formas de ver también están presentes en las palabras glance, glimpse y glitch.
Durante esta pequeña investigación me picó una curiosidad. Me encontré frustrado y celoso del inglés, que siempre consideré un lenguaje más bien transaccional, taxativo y menos plástico que el castellano. Ahora me encontraba con este pequeño universo de luces que se prenden, apagan, o que a veces permaneces apenas titilantes. Intenté pensar seriamente en equivalentes a estas palabras en castellano. Si, hay decenas y decenas: destello, resplandor, lumbre, penumbra umbra, tiniebla, encandilar... Todas traídas de diferentes raíces, parecen revelar la versatilidad de la lengua castellana y su riqueza semántica.
Por otro lado, ¿tendrían relación con glass tantas palabras iniciadas en gl-? Empecé por glaciar, cuya cercanía con el vidrio me parecía obvia ya que cristal...— ya hablaré de cristal—. Glaciar se encuentra tanto en castellano como en inglés, viene del latín glacies, que significa hielo, y si bien está cerca del vidrio, no viene de glass. Siguiendo otras palabras que también están en ambos idiomas: gloria y globo tampoco vienen del vidrio: gloria viene del latín cloria, es decir, que la g fue agregada después para sustituir a la c. Parece cercana a glass, pero está muy lejos. Por cierto, cloria viene del griego kleos, que significa fama, y que dejó nombres como Cleopatra (Cleo: gloria, patra: patria; es decir: “la gloria de la Patria”).
El caso de globo es uno de esos en los que la idea inmaterial asociada a una palabra, consiguió en una manifestación física una alegoría perfecta. Así globo significó en un principio un conjunto agrupado de cosas, cohesión, como decir: el mundo, un todo. Luego se usó para referirse al planeta: “globo terráqueo”, y se asoció con la esfera. Un globo amalgama y cohesiona. Por eso la raíz del protoindoeuropeo de la cual procede: gel, engendró a su vez la palabra gluten, así llamado el componente que forma la estructura de los panes cuando son horneados. Antes de hacerse gluten, la raíz glew tomó otro camino: del lado germánico se hizo glitus, y llegó al inglés antiguo como cliða, (yeso), es decir, algo sólido y moldeable. Sospechosamente cercana está la raíz *glei, de la cual viene la voz inglesa clay: arcilla, otro material que se modela y solidifica.
Pero al menos yo sigo percibiendo la noción de vidrio por ahí, ya no desde lo óptico, eso está claro. Pero en tanto que plástico —en el sentido en el que se puede modelar (usar la palabra plástico mientras se habla de vidrio queda extrañamente irónico)—, el vidrio se convierte en recipiente, en utensilio, en vasija, copa y botella; y se quiebra y es tan rompible como los otros antes mencionados.
Entonces me dije: ¿Qué puede ser más reluciente, transparente, claro y brillante que el glamour? Pero no, había ahí otro engaño: glamour es de origen escocés —no francés como, intuía en un principio—, y viene de la modificación de grammar, así es: gramática. ¿Que puede tener que ver la gramática con Greta Garbo? Que para allá por los fines de la Edad Media se consideraba a la gramática el arte de saber decir. Un conocimiento escondido reservado para un grupo selecto de iniciados, la gramática permitiría dominar el lenguaje, la palabra, que se traduciría en la capacidad de hacer encantamientos, de hechizar al pronunciar las palabras correctas.
Como una persona de buen decir, que poseía el don de “encantar” a quienes les escuchaban, se hablaba de glamour como aquella habilidad para embelesar, como lo haría una mujer con una gran belleza. Basado en esto el escritor Sir Walter Scott popularizó el uso de esta palabra en el sentido que asociamos hoy a la elegancia, el charme, la belleza y el garbo.
Aquel frasco de perfume me parecía lo más glamoroso del mundo. ¿No lo son acaso las cosas impolutas, transparentes, relucientes, lisas, limpias? Curvas perfectas en su estructura. Aquel tintineo limpio ante los golpecitos de la uña: puro glam, puro glow, puro glee.
Desde que leí a Ivonne Bordelois, me volví muy sensible a los movimientos de la boca al hablar, es más que sólo fonética, es lo que la boca hace y lo que ciertas combinaciones de consonantes evocan. Es el caso muy representativo de las palabras nacidas de las onomatopeyas: mugir, (la vaca hace muu), balar (el becerro hace bee), piar (los pollitos dicen pío pío pío...), etcétera. El sonido cr- suele evocar algo rompiéndose. En el inglés, la palabra crack viene de la onomatopeya, y significa quebrar, romper, fracturar. Parece ser también el caso de crujir, que tiene un parentesco muy interesante: viene de cruz, que a su vez viene del latín crux, que antes de ser símbolo de la religión cristiana fue un instrumento de tortura en la que se colgaba o se fijaba a los condenados. De ahí viene crucio: torturar (y el maleficio cruciatus/crucio, una de las tres maldiciones imperdonables de Harry Potter, en la que la víctima dice sufrir un dolor insoportable, pero es incapaz de morir).
Mi peregrinaje lingüístico me llevó a caminos inesperados del lado del castellano: crepitar, muy cercano al crujir, viene de la voz francesa crepitér, y porta el mismo sentido de “romper” o “quebrar”; y a crápula, persona ebria, dedicada a la bebida y a la vida licenciosa. Esta última viene de crisma, siendo la cabeza el lugar donde el beodo siente el malestar. El caso de crisma es fascinante, pues así se le llamaba al ungüento con el que se bendecía a los fieles durante las liturgias, y terminó usándose para llamar a la parte del cuerpo donde era aplicada: la frente. Con el tiempo, crisma llegó a usarse, por extensión, para nombrar a la cabeza. De aquellos óleos sagrados nació crema, y Cristo, que significa “el ungido”.
En inglés las palabras marcadas con cr- también remiten a un sonido de madera al romperse: crush, crash; o de algo crocante, crujiente: crisp, crust. Se dice que todas ellas nacen del neerlandés craken.
¿Tendrá que ver algo cristal con esta asociación onomatopéyica? Cristal viene del griego kristalus, que significa hielo, vidrio transparente. En un sentido semántico, este kristalus se refiere menos al vidrio y más al cristal mineral, que, por supuesto, vino mucho antes. Sin embargo al ver la similitud del vidrio con otros minerales de la naturaleza, no debió ser tan difícil tender un puente entre ambos. Tampoco me resulta una coincidencia que una de las propiedades de un cristal es que tiende a romperse, a fracturarse, a triturarse, lo mismo que el vidrio.
No he aclarado algo importante, y es que las palabras en español y portugués para vidrio y cristal son las mismas, por lo que todas estas pesquisas aplican para ambos idiomas. Hubiese sido una falta de consideración no hablar del portugués, sabiendo que cuando haya terminado de escribir esto voy a ir corriendo a mostrárselo a Lara y Mauricio. El brasileiro es una lengua deliciosa, pero más que un conjunto de palabras ordenadas por la gramática, es una música del lenguaje. Muchas veces no me han entendido en una tienda o un bus, no por no haber hablado correctamente el idioma, si no por no haber hablado cantando las palabras correspondientemente. Un brasileño va a leer esto y va a decir lo mismo que todos dicen siempre: que el acento varía mucho, que alguien de Bahía habla muy diferente de un mineiro, etc., así como un venezolano podría decir lo mismo si compara a alguien de Maracaibo con alguien de Táchira. Pero, en líneas generales, un brasileño, sin importar de donde venga, habla el portugués musicalmente, subiendo o bajando el volumen de voz en las mismas sílabas, haciéndola más aguda al final de las palabras, gesticulando las oraciones con un encanto de pueblo y de mar, como si cada cosa que dijesen equivaliese a un refrán o a un juego de palabras.
Estaba por entrar a casa de Lara y Mauricio y me crucé con este frasco de perfume y ahora hasta sé por qué Cleopatra se llama Cleopatra. Lara se encontraba arrumando una de las habitaciones, porque entraban huéspedes a la tarde. Yo había llevado el almuerzo para los dos, y antes de sentarnos la ayudé a arrumar. Cuando terminó todo, serví la comida. Lara atravesó la sala una vez más hacia la habitación de los huéspedes, me dijo que faltaba una última cosa: entre las manos sostenía aquel frasco con pata de camello y cuello de jirafa, lleno de agua y con una flor violeta sobresaliendo. La flor lucía pretenciosa en su nueva casa de vidrio y agua: fue la elegida entre las incontables flores violetas que crecen alrededor de la casa, para ser ella y sólo ella la que engalanara aquella pieza. ¿Qué será de esa flor? Algunas flores jóvenes como ella la habrán abucheado al verla irse, presas de los celos; otras flores más viejas la habrán despedido con orgullo, sabiendo que aquella fue la más afortunada de haber sido recogida en su plena su juventud de pétalos.
Me quedó claro que había menospreciado la utilidad de aquel frasco. Era el agua capaz de respetar la desnudez impúdica del vidrio, y su parentesco etimológico parece sólo atestiguar la manifestación verbal de algo que sólo se puede ver: el tallo de la flor nadando en el el frasco: perfume de flor.

El almuerzo estuvo exquisito: suprema de pollo con puré y tomate. Estuvimos hablando mientras hacíamos sobremesa, y ella se puso de pie y continuó limpiando: esta vez, barría el piso de su casa, y seguía confesándose: cree que, aunque la moça que faz a limpeza arrume bem, ninguém arruma como ela. Me explicó que le gusta jogar sabão de lavar a louça no chão e depois tirar a água, e deixar que seque. “Com o sol que faz aqui, seca rapidinho”. Lara parece tener aquel síndrome, el de limpiar algo hasta hacerlo desaparecer. Todo su Lar es un gran frasco de perfume. O Lar dela: um grande frasco de perfume.
Agora eu entendo perfeitamente o sentido que habita por trás desses frascos: o que é um perfume? O que ele representa? Elegância, opulência. Alguém entendeu, há mais de um século, que o frasco que contém o perfume é uma representação tridimensional das sensações que o cheiro evoca.
Uma vez acabada a substância, o vazio que ela deixa parece conservar seu próprio singelo, esperando os feixes de luz para fazer seu espetáculo visual. E há, nesse ar contido no vidro, o conceito mesmo do garbo que um dia foi, uma saudade do perfume que se conforma com apenas a luz.
E há mais: há um espaço ali que fala conosco, como falam as garrafas nas paredes dos chalés do Lar da Lara. Falam de encanto e delicadeza, assim como as curvas desse frasco que, apesar de ser feito de material sólido, tem a propriedade de espiralar-se e exibir uma pele lisa como se fosse um pedaço de lençol de seda movido pelo vento. Quizás sea un pequeño instinto vestigial: habiendo sido criaturas salidas de la penumbra del mar, emergidos a la tierra en búsqueda de la claridad del día, ahora encontramos en las más sutiles manifestaciones de la luz, el encantamiento primigenio que nos motivó a seguirla.




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