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Desamor en tres tiempos y una añoranza

esta foto la tomé para una clase de fotografía cuando estudiaba Cine en Cordoba, los modelos son J, un amigo de la pensión y M, su novia de aquel entonces
esta foto la tomé para una clase de fotografía cuando estudiaba Cine en Cordoba, los modelos son J, un amigo de la pensión y M, su novia de aquel entonces


Primer tiempo

Esperándolo


Hoy como de costumbre, espero. La sensación de no tener una vida propia me hace sentir patético. Han pasado tres horas de película y aún sigo esperando a que vuelva. La película estuvo bastante buena, me entretuve y casi, casi olvidé que lo esperaba, pero ahora lo recordé. Me pudro como una manzana olvidada mientras pienso en cuándo llegará. Aún me gana la ansiedad pensando que podría avisarme que llegará en veinte minutos, y entonces tardarse treinta y que yo espere diez minutos más, más los cinco que transcurran entre salir de mi casa y llegar a la suya… Serán quince minutos más de espera, serán treinta y cinco o cuarenta y cinco minutos de esperarlo desde que me avisó que venía y aún ni siquiera me ha dicho que viene. Así que calculo… Treinta y cinco, que es la posible cantidad de minutos que se tarde en avisarme que viene, más treinta, que es la posible cantidad de minutos que se tardaría en llegar. O quizás sean cuarenta la posible cantidad de minutos que se tarde en avisarme que viene, sí, cuarenta suena más realista.


Ahora son casi la una y diez minutos a eme, entonces espero que me escriba que viene en camino a la una y cincuenta a eme, por lo tanto nos estaríamos encontrando a las dos y veinticinco a eme. Eso sí me avisa que viene a la una y cincuenta a eme, porque también podría retrasarse y escribirme diez, veinte o treinta minutos después de esa hora. Aunque por qué habría de retrasarse si ya han pasado cuatro horas desde que se fue. Sí, porque se fue a las nueve y diez pe eme, ha tardado en total cuatro horas desde la hora en la que se fue, y cuatro horas es más que suficiente para hacer lo que él iba a hacer. En total lo esperaría, calculando que me escriba a la una y cincuenta a eme, por cuatro horas y cuarenta minutos, son veinte minutos menos que cinco horas y aún así pienso en la cantidad de tiempo que abarcan esas cinco horas. Es la misma cantidad de horas que tardan en hacerse las diez de la mañana desde las cinco de la mañana, y es la misma cantidad de horas que tardan en hacerse las cinco de la tarde desde las doce del mediodía…


¿Qué pasa en tantas horas? Cuánta energía hay que poner en cada minuto para sentir que el pasar de tan poco tiempo se hace significativo a medida que avanza. Y aún así he puesto energía en mirar esa película, sí, en mirar esa película que estuvo bastante buena y en ir al baño, tomar agua, mantenerme de pie mirando a un punto fijo de la casa pensando en cuál será mi próxima actividad mientras espero, mirar la planta mientras espero, enviar y recibir mensajes, tener conversaciones cortas y virtuales con amigos distantes, reír un poco. También traté de dormir, sí, fueron diez o veinte minutos… Cerré mis ojos y me esforcé por no sentir frío, cerré mis ojos y puse la mente en blanco, pero claro que no es fácil poner la mente en blanco y menos cuando uno está tratando de no sentir frío, entonces resolví que no podía seguir intentando aquello y me decidí a poner la película que luego vería y que me parecería bastante buena.


La película duró tres horas, tres horas menos a las casi cinco horas totales de espera desde que él se fue hasta ahora. Podría decirse que han sido tan solo dos horas de espera, el problema es que mientras veía la película también estaba esperando, pues estaba expectante de aquello que trataba de ignorar y fracasaba en mi intento por hacerlo. Me decidí entonces a aceptar mi condición de esperante, o mi condición de paciente, pero esta última palabra es profundamente desafortunada, porque si algo no he sido durante estás últimas cinco horas ha sido paciente, puedo decir con total cordura que me decidí, mientras miraba la película que duró tres horas, a aceptar mi condición de impaciente, y eso me impacientaba mucho más. Así como me sigue impacientando que hayan pasado diez minutos desde que resalté que eran la una y diez minutos a eme, con lo cuál han pasado diez minutos desde que empecé a escribir esto que ahora escribo y que no entiendo muy bien su finalidad.


Quizás dentro de los minutos que tarde en venir, pueda escribir algo lo suficientemente interesante como para leerle en el tiempo que tardemos en dormir, esto es, el tiempo transcurrido entre nuestro encuentro y el momento en el que callamos cuando estamos acostados en la cama. Es posible que sea una hora, sí, una hora y media más tardar, porque seguramente llegará cansado y querrá dormir, pero yo lo molestaré pidiendo una copa de vino porque quise tomar vino y no pude porque no puedo tomar sólo ya que exacerba mi melancolía. Le pediría una copa de vino cosa que sería un incordio para él, que no le gusta verme beber. Pero yo sería feliz y sentiría que las casi cinco horas y diez minutos que han transcurrido desde que él se fue han valido la pena porque ahora tengo su compañía y una copa de buen vino. Ya han transcurrido cinco minutos desde la última vez que anuncié que habían transcurrido diez minutos desde la última vez que escribí que eran la una y diez a eme, exactamente cuatro horas y veinticinco minutos desde que él se fue. Si me hubiese dejado la botella de vino que compré, para beberla cenando con mi amigo que me canceló a último momento, si me hubiese dejado esa botella de vino, ahora estaría pasándola muy mal, pues cuatro horas y veinticinco minutos es demasiado tiempo para tomarse setecientos cincuenta mililitros de vino, eso es casi dos punto ocho mililitros por minuto, una cantidad ínfima de bebida, especialmente para una persona como yo que disfruta tanto el buen vino. El problema con una persona como yo y el buen vino es que me pone triste de más y entonces no sólo espero, me aburro si no que también estoy triste y cuánto más aburrimiento mayor es la tristeza porque uno puede pensar más en las cosas que lo ponen triste y mientras tanto el vino se acaba porque has tomado más de dos punto ocho mililitros de vino por minuto, quizás más de cinco mililitros por minuto, el doble de lo necesario para abarcar esas cuatro horas y veinticinco minutos, y el vino duraría menos del tiempo necesario para ser un buen acompañante y estar presente durante toda la vigilia.


La ausencia de vino aburre pero asegura menor cantidad de tristeza. ¿Cómo podríamos medir la tristeza? ¿Es la distancia entre la vida y la muerte? Hay muertes sin tristeza también, hay suicidios sin tristeza también. Entonces la tristeza no es un asunto de la muerte si no de la vida. Muchos piensan que la vida consiste en estar alegre y entonces proponen eslóganes cómo pura vida o viva la vida y cosas por el estilo. Parece, en estas cinco horas y veinticinco minutos que han pasado desde que él se fue, parece, que la vida también es tristeza, y mientras escribo esto y espero (im) pacientemente estoy triste. Sin vino y triste, cosa que es más triste aún. Pero sólo de pensar que él podría llegar en cualquier momento, sí, en cualquier momento podría avisarme que viene y entonces llegaría y sólo de pensar en ese momento, me pongo un poco menos triste, y sólo de pensar en esa copa de un buen vino que me tomaré mientras charlo con él acerca de esas más de cinco horas que estuvo sin mi compañía me pongo un poco menos triste, que no es lo mismo que decir que me voy a poner un poco más alegre, que la alegría no es lo opuesto a la tristeza, lo sé porque experimento las dos cosas al mismo tiempo, especialmente cuando estoy con él, alegre por estar con él, y triste por estar conmigo. Y entonces sólo de pensar en el tiempo que transcurra desde que él llegue hasta que nos durmamos yo… Yo… Me vuelvo más impaciente, porque uno se vuelve menos paciente de las cosas que está esperando que de aquellas que uno no sabe que espera, como la muerte, por ejemplo, nadie se impacienta ante semejante cosa, excepto por personas como yo que la esperamos (im) pacientemente. Pero no podría decirse que la impaciencia con la que espero a la muerte es la misma impaciencia con la que lo espero a él. Por el contrario, la diferencia, matemáticamente, es decir, la resta del tempo que espero a la muerte menos el tiempo que lo espero a él da como resultado definitivo, la vida, porque para esperar hay que estar vivo y no estoy nunca tan vivo como cuando lo espero a él, ya que si estuviese muerto no podría verlo, con lo cuál podría decirse que esperarlo es lo más parecido a vivir que puedo sentir mientras espero la muerte. Pero no hablaré más de la muerte porque cuando le lea a él lo que he escrito en su ausencia, me reprochará el hecho de hablar de ella y me censurará, pues nadie como él sabe que mi relación con esa figura es bastante cercana y macabra.


Dejaré ese tema para otro momento y seguiré contando, ya que se me da muy bien con la lucidez que me proporciona esta hora: ahora, son la una y cuarenta y cinco a eme, han pasado treinta y cinco minutos desde que él se fue, y veinticinco minutos desde que empecé a escribir esto. Me pregunto, ¿cuántos minutos tendrán que pasar, mientras escribo esto, para que él efectivamente me avise que ya viene y empiecen a correr los minutos que se tarde en llegar hasta su casa más los cinco que yo tarde en llegar a la suya? ¿Habré de seguir escribiendo ad eternum hasta que él me escriba diciendo que ya viene en camino? ¿Me someteré a semejante reto? Mientras continúo tipeando aún no recibo su mensaje, pero es seguro tipear, y es seguro mirar la pantalla fijamente porque su mensaje podría llegar en cualquier momento, entonces yo me tardaría más de un minuto en responderle, lo cuál no sería inmediatamente, lo cual dejaría tiempo para que él dude de que lo estoy esperando y estoy viendo los minutos pasar para ver si el, finalmente él, llega. Qué él llegue significaría la muerte de mi espera. Pero, ¿qué habrá pasado en sus más de cinco horas sin mí? Nuevamente, ¿cuánto puede pasar en el transcurso de ese tiempo? ¿Cuánto espacio habrá recorrido? ¿Cuántas palabras habrá dicho que no fueron escuchadas por mis oídos? Sé que comió, recuerdo que a eso iba, con una amiga, a eso iba, a una cena. Supongo que cada uno de los momentos decisivos de su noche habrán sido altamente valiosos, en compañía de esa amiga. Yo en cambio los he pasado en soledad, lo cual no implica que hayan sido menos decisivos, pero puedo admitir que han sido menos relevantes de lo que pudieron haber sido sus minutos. Cada minuto un valor, y mis minutos valen menos que los suyos, en tanto que han transcurrido en silencio, un silencio vacío, sin contenido, en los que lo más significativo que pude haber hecho fue disponerme a ver una película que estuvo bastante buena, y escribir esto que le leeré a él, y nada más.


Han pasado cincuenta minutos desde que empecé a escribir esto, ya son las dos a eme. Y como ha pasado casi una hora, debo sumarle a mis minutos previstos los que han transcurrido a partir del momento en que los predije. Él no llegará a la hora prevista sino que serán más las horas, o los minutos, si se quiere, que él tardará en llegar. Y quizás yo sea necio y decida continuar, en este texto ad eternum, en efecto, y decida quedarme sentado en el sillón escribiendo durante horas como una especie de protesta por su ausencia. La protesta no será la escritura si no la lectura de semejante texto, cuya extensión hará insostenible y sumamente aburrida su lectura. Pero esa será mi protesta por el tiempo esperado, por las horas silenciosas, por el aburrimiento, la tristeza, el frío, la soledad y la falta de vino. Si no puedo protestar en su contra ¿contra quién podría hacerlo? La autoprotesta sería una opción, podría autoprotestar, privándome, digamos, de beber vino. Entonces haría un acto verdaderamente revolucionario y me castigaría por ser tan ingenuo de contar los minutos y posteriormente las horas que él tarde en llegar, me castigaría por no hacer algo productivo con el tiempo que se me ha dado, aparte de ver una película bastante buena, y comer algo o leer algo, aparte de escribir este absurdo texto que procuro diga algo además de la verborragia que pueda contener. Pero la protesta, ahí está el núcleo de la protesta, porque cuando le lea esto caerá muerto de sueño y no podrá sostener una conversación, yo quedaré sólo tomando vino y mi noche en vela habrá sido en vano, sí, eso es lo mejor que puedo hacer, leeré esto que he escrito producto del hastío y haré que me pida que pare, antes de caer rendido sobre la mesa del comedor.


Han pasado cinco minutos de las dos a eme, y aún no escribe. He de suponer que su cena ha estado particularmente entretenida, y que tenía mucho que conversar con su amiga, pero también he de suponer que él no sospecha, que detrás de la línea imaginaria que divide mi espacio del suyo hay un tiempo que transcurre que él llena con la presencia de sí mismo, que es directamente proporcional a la ausencia que recibo de su parte, es decir, que mientras él más está consigo menos está conmigo. Y es un acto bastante egoísta de admitir, puesto que nada podría valer más a que él esté consigo mismo, pero también sería hipócrita decir, que no me importa cómo él use su tiempo en el tiempo en el que no está conmigo, máxime si mientras tanto yo no hago nada, más que esperarlo. Tengo plantas, libros, luz tenue y entretenimiento a mi alcance, pero nada llena el vacío que su ausencia provoca. Bueno, de hecho sí, hay algo que lo llena, el vino llena el vacío del tiempo y de su ausencia. Pero ¿cómo podría ser suficiente si tengo tanto tiempo para sorber tan poca cantidad de vino? No, me rehúso a tomar un buen vino en estas condiciones. Prefiero esperarlo y tomar esa copa que me espera.


¿Me esperará él? ¿Cómo podría esperarme si está muy ocupado haciendo otra cosa? No tendrá tiempo ni lenguaje para elaborar una imagen ausente de mí. Su boca está ocupada emitiendo palabras que no me nombran. Que no digo que esté mal, que me parece justo, pero que me causa curiosidad, que la espera de uno no dependa de la del otro, y que se pueda perfectamente esperar sin ningún tipo de reciprocidad ni compensación. Dos cosas muy diferentes: él sí me compensaría, con su presencia, después de todo. Pero hay casos donde no se compensa la espera, como en la muerte. Le escribí, me ganó la ansiedad otra vez. He generado un momento de incomodidad y ha sido todo por mi egoísmo, por mis deseos de recibir un mensaje suyo así sea para pedirme que no lo espere. Después de todo, su ausencia anunciada valdría más la pena que mi espera dilatada. Me ha respondido, llegará pronto, tal vez en diez minutos, tal vez en doce, pero serán menos de veinte, de eso estoy seguro. Serán menos de cinco, ya me lo ha dicho. Adiós



Segundo tiempo

Escondiéndonos


Cada vez que salimos nos escondemos. Nos besamos antes de salir de casa, cuando subimos al auto y antes de bajar cuando llegamos a donde vayamos. Alguna vez, durante nuestras primeras citas para ir a comer a algún lugar, o en un parque, esto empezó a suceder, pero no me di cuenta. Sentados en la mesa en medio del sitio de pastas éramos dos amigos. Él abriéndome la puerta de su edificio era un amigo. Cuando viajamos a la playa por primera vez... No, ahí no fuimos amigos. Por primera vez reservó una habitación con una sola cama para él y otro hombre, y le costó hacerlo, me dijo después para declararme lo especial y sin precedentes de su gesto. Yo, que había estado en tantísimos lugares sin darle importancia a si estaba con otro varón o no, ahora redescubría los miedos y secretos que la mayoría de nosotros se guarda y se vive diciendo a sí mismo para siempre.


Redescubrí la vergüenza. ¿Cómo iba a dejar que eso me retuviera de estar con él? ¿Acaso no hay cosas más importantes que las muestras públicas de afecto, que ser visible? Sí, hay cosas más importantes que las muestras públicas de afecto, que ser visible. Está el pescado que me hace una vez a la semana, y sus brazos que me envuelven todas las noches. Nunca más me sentí solo, nunca más me quedé un viernes sentado mirando a la mesa, yendo de aquí para allá con el pensamiento. Me enfermé y él estuvo conmigo. Él se operó y yo estuve con él. En la recepción de la clínica la secretaria preguntó si estábamos casados o si solo convivíamos, nunca preguntó si éramos pareja, ya lo había dado por hecho. Luego escribió “concubino” al lado de mi nombre. Ahora soy el concubino, pensé. Qué titulazo. Esos momentos siempre me llenaron de una luz particular, momentos en los que se descubre una tela gruesa y aparecemos nosotros, nosotros los verdaderos, los amantes, los novios, los concubinos.


Me acostumbré a no existir. Esa persona está sola. Yo no estoy al lado de esa persona. Esa persona no tiene a alguien más, no me tiene a mí. No he tenido la oportunidad de odiar a algún cuñado, o caerle bien a mi suegra. No he tenido oportunidad de ser nadie. Cada fin de semana salimos y nos revelamos: ahí estamos, sentados en este y aquel lugar. Tenemos suerte de vivir en esta ciudad, amarnos en esta ciudad, nadie nos mira, nadie nos juzga ni hace preguntas. Aún así, desde que estamos, empecé a sentir que nos miraban, que nos juzgaban, y que se hacían preguntas. Estaba de pronto metido en una cajita, y se hacía cada vez más chica. Para que se abra tengo que empujar desde adentro, rebelarme.


Hoy me rebelé. Le dije caminemos por este parque. No había casi nadie, caminábamos uno al lado del otro, sin tocarnos, como siempre. Luego lo detengo, pero él no entiende muy bien el motivo, y lo abrazo, dejo caer mi cabeza en su hombro, mi nariz rozando su cuello. Lo aprieto bien fuerte, te amo, le digo, siempre nos decimos te amo, a cada rato. Lo beso, y me besa. Inmediatamente se trata de apartar, como quien ha cumplido con su deber. Lo tomo de las manos y hago que se mantenga allí, pegado a mí. Nunca podemos hacer estas cosas, le digo, nunca podemos salir y abrazarnos, siempre nos abrazamos en la casa, nunca afuera, siempre adentro. Nunca nos abrazamos afuera, le dije.


Qué hallazgo. Darte cuenta de que ese mismo amor también vive en una cajita, que posee límites demarcados de dónde puede expresarse y hasta qué punto debe expresarse. Estando allí en el parque no era muy diferente, en medio de la noche y en un parque vacío. ¿A qué le temes? Quise preguntarle, pero le dije: es doloroso. No es un gran dolor, pero sí duele.


Me duelen los besos que nos damos al subir y bajar del auto, me duelen esos abrazos que esperan a la noche y a un parque solitario para poder ser dados. Me duele esa rigidez del cuerpo que se mantiene pegado a una silla y no se mueve hacia el mío, que no toca, no agarra pelo no besa en cachete, no toca no toca no toca. Es todo tan rígido, tan duro de metal. Es duro de metal, es brillante, luminoso… pero impenetrable, frío.


Ahora en casa, él me preguntó si valía la pena estar con él a pesar de todo lo que yo estaba sufriendo. Me resultó un poco sugestiva la pregunta: ¿acaso te importaría sufrir un poco más por mí? Creo que quiso decir. También dijo sé que te causo sufrimiento pero así son las cosas y no hay nada más qué hacer. Lo cual equivale un poco a decir no creo que tu sufrimiento sea la gran cosa, mi impedimento es peor, mi temor, mi vergüenza, mi secretos son más grandes que tus ganas de abrazarme en público. Definitivamente no quiso decir voy a hacer algo para que te sientas mejor y que las cosas cambien, eso no lo dijo.


Mi respuesta fue inmediata, y honesta. Yo no sufro, le dije. El dolor es una cosa y el sufrimiento es otra, yo no sufro. Lo que no le dije fue: pero sí me duele.


¿Por qué te gusta estar conmigo? Me preguntó. Por tu sentido del humor, tu alegría, porque eres guapo, me haces cariñitos, cocinas rico, me gusta tu cuerpo, me gusta coger contigo. Es la verdad. Con él no tengo que inflar ninguna de esas cualidades para que sea creíble que me gusta algo de eso. Lo disfruto genuinamente, aunque estar con él se sienta como vivir en una jaula.

 


La única vez que me agarró la mano en público estábamos en San Pablo, era el carnaval y tratábamos de atravesar un bloco. Después de haber caminado durante cuadras uno al lado del otro sin tocarnos, con decenas de chicos y chicas que se besaban entre ellos, él me agarró. Apenas su índice y su medio haciendo una pinza con el pulgar. Apenas así, agarró mis índice y medio, y terminamos de pasar por la multitud.


No fue un oh que sorpresa nos agarramos de la mano. No se podía verbalizar nada, a riesgo de perder la magia. Durante dos cuadras caminamos sin soltarnos las manos. Lo estábamos haciendo, ahí, en San Pablo, estábamos caminando agarrados de manos, y éramos muy felices.


Llegamos a un puente en el que estaban repartiendo botellas de agua. Por debajo del puente pasaba una autopista, y a los costados había algunas casas marginales que habían hecho en los huecos entre las construcciones y el puente, se notaba que tenían tiempo viviendo allí, porque ya tenían el aspecto de casas completas, con patio y algunas con piscina inflable. Estaba el letrero verde con los nombres de las calles, avenidas y ciudades. Y los autos pasaban, en el fondo música, supongo.


Lo besé. Y voltee y tomé una foto de la autopista, las casas marginales y los letreros. Dije esto lo voy a guardar de recuerdo, me lo dije a mí mismo. La foto para recordar nuestra primera agarrada de manos.

 


El martes cumplió años, ayer fue viernes y celebró con su familia. Me lo puedo imaginar: el tío con el secreto, toda su vida una incógnita, con quién está, qué hace los fines de semana, por qué no le dijo a nadie de su operación. Me di cuenta que quitó unas notas de su nevera que yo había escrito, cosas que escribí mientras estuve internado, no había mucha forma de saber que yo las había escrito, o que alguien con una conexión romántica con él lo había hecho. Aún así las quitó. No lo entiendo.


Algún día me voy a cansar de esconderme.



Tercer tiempo

El hastío


Solos tú y yo frente al televisor, en un sillón que se hunde bajo el peso del aburrimiento compartido.

 



La añoranza


La añoranza tiene ese poder de transformar cualquier recuerdo ordinario en un paisaje idílico. Los recuerdos llegan con calor doméstico y familiar, y cuando se van dejan allí su huella, ahora fría y vacía.


Lo que pudo haber sido causa de malestar en el pasado ahora se oculta, convenientemente, tras el brillo de aquellas memorias agradables.


Con cuánta fuerza quisiera arrojarme ahora a esa añoranza, creer en su engaño y salir corriendo a todo lo que ella evoca. Correr de vuelta a ese rostro y a esa vida que ahora son sólo pasado, y volver a riesgo de que al llegar todas aquellas maravillas desaparezcan como un espejismo.


Si es tan dulce la añoranza es porque se disfruta la simpleza recuerdo, sus fotogramas maquillados por la nostalgia. Es el placer de traer a este tiempo algo que ya no se tiene, pero que nos perteneció. Como añorar la juventud, la lozanía extraviada entre los pliegues de la piel. Como añorar una bella tarde, en la que pude probar los besos más dulces frente al cielo sangrante. Añorar una fruta que sólo crece en aquella isla, a la que nunca más volví. Añorar esa luna rutilante que alumbró nuestras manos una noche hace tiempo. Volver y volver a la vida de antes, a riesgo de enfermarse de añoranza y entristecer por desear lo imposible el pasado.


Los añorantes creemos que se puede recuperar lo perdido volviendo a la fuente de la añoranza, las cosas ordinarias nos atraviesan como la flecha del tiempo: cuando se vuelve a la fruta pero no tiene el mismo dulzor, cuando la luna es opaca y se nubla al acto, y la sangre de las tardes se diluye.


Un ejercicio del alma: mirar atrás en añoranza, y gozar, quizás, una especie de altruísmo de uno mismo; esto es: hacernos el bien del olvido y dejar atrás lo añorado, hundiéndose como la moneda, azarosa, hacia el fondo de la fuente.

 

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