Hablo con mi cicatriz
- Marcos Cordoba

- 3 nov
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A dos años de la traqueo.
Hay cosas que te ayudan a vivir, dice Fito Páez; hablando de aquellas cosas que aunque no sean de lo más agradables, y a veces hacen algún daño, terminan facilitando la vida. Son esas cosas que qué le vamos a hacer.
Entre agosto y noviembre del 2023 viví en carne propia el significado de esa frase, después de dos internaciones en Unidades de Cuidados Intensivos, y una cirugía de cuerdas vocales que, al complicarse, me llevó a usar, de forma inapelable, una traqueostomía.

A algunas personas, fumar unos chinos en Madrid las ayuda a vivir, a otras —como yo hoy día—, salir a correr, a otras, la quimioterapia. En mi caso, ese orificio en mi garganta por el que pasaba un tubo era lo único que me permitía respirar, mi pase al mundo de los vivos, del cual casi me fui un par de veces.
Nunca me había sentido tan sucio como con la traqueostomía.
La tráquea está cargada de fluidos, como mocos, que se salen por el agujero. Si no se los limpia con frecuencia, se acumulan y retienen un olor desagradable, a podrido.
La traqueo no me impedía hablar o comer, como puede sucederle a algunos pacientes. Pero no podía meter mi cabeza bajo el agua de la ducha, y mientras tuviese la traqueo jamás podría sumergirme en el río, el mar o una piscina. Esos límites, por sí solos, me hacían doler.
Gracias al consejo de la Doctora Fort, mi otorrino, empecé a usar pañuelos en el cuello para ocultar la cánula. Fui con Leandro a Bolivia, la tienda de ropa, y conseguimos uno con toda la onda.

Pronto el pañuelo se volvió parte integral de mi estilo, y todos decían que ya los hombres no usaban pañuelo, que qué bien se me veía; me regalaron tres pañuelos diferentes para mi cumpleaños, en septiembre. Yo pensaba que ya se venía la primavera y no daba estar con pañuelo, que me iba a morir de calor.
Para sostener la cánula al cuello, se pasa un collarín de goma espuma por la nuca, y se ata a sus extremos. Siempre que tocaba mi nuca, sentía ese pedazo de tela. Hacía un esfuerzo para conseguir que los pañuelos cubrieran el collarín por detrás también, y que no se notara que tenía traqueo en lo absoluto, pero con el movimiento se corrían.
Después de la cirugía, tocaba mi nuca nuevamente desnuda. Sentía sus pelitos, su calor, o, si tenía frío, sentía la piel erizada. Seguí usando pañuelo el mes siguiente, primero para cubrir la herida que estaba recién cosida, y luego evitar que le diera el sol directo y no se hiciera tejido queloide.
Desde un día antes de la cirugía fotografié mi cuello:
Día 0: un hueco, perfectamente redondo. Si uso una linterna, puedo ver dentro de mi traquea.

Día 2: el hueco estaba ahí, pero parecían haber tirado de todos los extremos del círculo para cerrarlo. El resultado era una grieta en forma de Z, con hilos cruzándose aquí y allá. Frankenstiano.
Día 5: los extremos de la herida se secaban, y el hueco en forma de Z se achicaba. Había mucho espacio aún; el aire se salía, por momentos con algo de secreción, de la tráquea.
Día 9: sólo quedaba un pequeño orificio. Los bordes más lejanos al centro de la herida eran de piel recién nacida: rosada, tirante y delicada.
Visita a la Dra. Fort: me pide que cierre la boca, me tapa la nariz y que trate de soplar. De la herida sale un hilito de aire. “Ya falta poco”, me dice.
Día 12: la piel que había nacido hacía unos días ya lucía como la piel de toda la vida de mi cuello.
Día 15: Dra. Fort, mismo procedimiento. No sale ningún aire. “Ya está”.
El resultado del registro fotográfico lo transformé en un video con musiquita y un título que dice “Sanación”. Salió feo el video, lo hice en la misma aplicación de fotos del Android.
En ocasiones le hablaba a mi cicatriz, le decía cosas como: “¡Vas muy bien!”, “Sigue así, estás hermosa”. Verla transformarse a diario me transformaba a mí. Entendía que no había nada que mis cuerdas vocales hayan hecho que yo no pudiese hacer con mi mente. Ellas me permitieron volver a respirar. ¿Y si mi mente era así como esta herida? Expuesta, sensible, necesitada de cuidados y atención. ¿Acaso la naturaleza de mi mente no obedecía al mismo instinto de sanación que la de mi piel y mis cuerdas vocales? La de mi piel: volver a ser una, cerrase para evitar que nada entrara a mi cuerpo y me enfermase. La de mi mente: hallar paz y calma. Ser feliz. Mi piel sabia sólo necesitaba tiempo para volver a ser la que era antes. Mi mente también habría de ser sabia.
Mirándome al espejo cada noche, me costaba entender cómo yo mismo estuviese curándome. Empecé a quedarme bajo la ducha otra vez. A mediados de diciembre, dejé de usar el pañuelo por completo, empecé a olvidarlo, a olvidar que alguna vez lo usé. El 30 de diciembre Leandro y yo viajamos a Mar del Plata para recibir el año nuevo. Mientras entraba de a poco en el mar, miraba mis pies caminando, el sol me calentaba la cara mientras respiraba, sin cánula, sin obstrucciones. Cuando el agua me llegó al pecho, me tapé la nariz y me sumergí. No recuerdo haber llorado, estando bajo el agua era difícil saberlo.




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