(playlist) me quiere no me quiere :(
- Marcos Cordoba/Mercedes Balquiar

- hace 5 días
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¿Cuándo fue la última vez que te quisieron tanto? Pregunta Arjona, y yo quisiera meterme de lleno en la radio, y con lágrimas en los ojos, chillarle: “¡Anoche, Ricardo! Anoche fue la última vez que me cogieron tanto!”. La última vez que escuché esa canción en la radio creo que fue montado en una camionetica desde Miraflores hasta El Valle para llegar al colegio. Pese a mis escasos años de vida, nadie tenía que explicarme la profundidad de esa pregunta: bien instruido en asuntos de amor, gracias a las telenovelas, el melodrama de la pasión y el amor narcótico (hola, Chichi) nunca me fueron ajenos. La promesa de un amor nunca consumado es el motor de los sonetos más apasionados.
La falta alimenta el deseo. Durante los últimos años me he encontrado —como si ese Marquitos que iba de Miraflores a El Valle para la escuela no hubiese aprendido nada— enredado en uno y otro amor platónico. La euforia de una noche perfecta es más difícil de disipar que meses de encuentros recurrentes, o una relación establecida con un individuo. No se necesita estar en pareja para tener un affaire, y en tiempos actuales, tantos prefieren reemplazar el tedio de una relación cercana con una única persona, por una noche de genitalidad desbocada, romance simple pero efectivo, y charlas donde cada uno desnuda una partecita de su “ser”. A través de la ranura que el otro abre para que nosotros tengamos nuestra muestra gratis, creemos ver su universo entero: hemos dado con un ser excepcional, la atracción física es notoria, pero innegablemente hay una correspondencia emotiva, y una conexión... (¿quieres decir “espiritual”? ¿Quieres añadirle algo de astrología? Yo no lo haré, pero tú puedes masturbarte con los cristales que más te gusten, yo me quedo con lo musical).
Has caído en la trampa: cual si fuese uno de esos gatos “del barrio”, Misifú ha venido a tu vida para obtener de ti tan sólo un poco de atención, caricias, comida, y romance; tal vez una noche entera roncando empiernados, cual si las nupcias estuviesen recién bendecidas por el cura de la parroquia. Durante los primeros días tus mensajes no obtienen respuesta. Sin reparar en la pequeña pero montante ansiedad que crece en ti, creíste que cada mensaje nuevo era uno de él, esos días que tu esperanza se fue apagando como una velita solitaria a los pies del santo. Una semana después, ejerciste una labor destacada en las artes de la telepatía, y todas tus preguntan fueron respondidas: no responde porque está muy ocupado; no te escribe porque lo que han vivido ha sido muy intenso, y ahora él tiene miedo, es natural; quizás tu número se eliminó fantasmagóricamente de su lista de contactos y tus mensajes no le llegan porque bla bla bla...
Cuando te convences de que ha sido todo una perfecta ilusión (ya vamos allá, Gaga), algo en ti cede: venía quebrándose desde esa misma mañana en la que le despediste, y una sospecha corta, pero aguda como una espina, se te clavó en la cabeza: no volverás a verle. Te convences de que no te escribe porque no quiere, que no te busca porque no quiere, que —y pese a los miles de escenarios fantasiosos que te has hecho en tu cabeza— tal vez, probablemente, quizás, puede ser que... para él hayas sido un buen polvo, y nada más. Ahí, querido amigo, esa fútil fuerza que te mantenía en una pieza, se desvanece, y te arrojas por entero a la idea de que amas tan sólo a una sombra, y te quiebras, y te rompes, y en la próxima borrachera tenlo por seguro que buscarás su cara en el reflejo de cada una de tus lagrimitas.

El duelo tiende a ser proporcional al fitness de tu salud mental. En mi caso, mi corazón se ha calcificado: los incontables traumatismos han soldado una y otra vez las heridas, y donde debería haber tejido blando, sólo queda un cálculo. La dureza en mi pecho me ha proporcionado una habilidad extraordinaria: a pesar de no poder evitar un enamoramiento, poseo cierta agudeza para ver el desarrollo de los eventos desplegándose frente a mis ojos. Me veo a mí mismo atravesando esta telenovela: lo conozco, me apasiono, él se va, yo lo espero, él no viene, nunca viene; ahora sí: me rompo, primero con discreción, luego a lo gore, con wiski y música. Con las semanas, el maldeamor se me va como un resfriado, hasta que eventualmente regreso a cierto estado de (ficticia) eutimia.
La siguiente playlist recorre cada uno de esos moods, y nos invita a recordar cada una de esas fases lunáticas.
Todo empieza con una indomable Janis Joplin: ¿acaso no sabes que no soy más que algo de una noche? Se desgañita sin rodeos. Así estamos todos cuando conocemos al príncipe encantador, ¿o no? Nos sentimos tipo “soy yo en mis mejores momentos”, encantadores.
Después de todo, por algo ese bombón asesino se habrá fijado en nosotros. Establecido el contacto, puesta la mesita, las velas, las copas de vino, y los forros a mano, notamos algo excitante, y hay en ese maravillamiento un terror que intenta sacarnos de ahí.
Es una advertencia, y si no la escuchaste a tiempo, cagaste; miras al otro y piensas Me gustan los aviones, me gustas tú, ya está, no hay para donde coger: se juega al todo o nada, y aunque trates de hacer cara de póker, se te nota, se te nota que te vuelan los pajaritos por la cabeza.
Todo el coqueteo previo ha llevado este momento: el momento en el que abres las piernas, y piensas arriesgaría mi vida para sentir tu cuerpo junto al mío, sí Mariah, piensas: daré Mi todo: tu cuerpo, tu alma, y el genital o agujero de tu preferencia. Te das a ciegas a esa pasión total, ¿quién sabe qué puede pasar mañana? Una pandemia, o algo peor.
La vida es hoy.
Antes de caer completamente dormido, te abrazas a su cuerpo, y en ese segundo entre la vigilia y el sueño leve te dices ¡Al fin!. Como Etta James, tu corazón estuvo envuelto en tréboles. Es triste si lo piensas desde la botánica: los tréboles que envolvían tu corazón habrán de marchitarse, y muy pronto sólo te quedarán margaritas para deshojar...
Es de mañana, y tu nuevo amor, recién salido de los reinos celestiales, ronca a tu lado, cada estruendo nasal-gutural inundando las paredes de tu casa como el harpa de un querubín. ¡Oh! —piensas— ¡No me lo arrebates! Y haces una pequeña plegaria a lo Aretha Franklin —o un amarre, un gualicho, lo que se te ocurra, mi consejo es que lo hagas, mira si acaba quedándose contigo— para que el hombre se quede contigo.
Te sientes renovado, jovial, miras su pecho y su espalda trémolos acurrucados entre tus sábanas, como si hubiese nacido allí, como si no existiera otro lugar en el mundo posible para este ángel caído del cielo. Tiene que ser para ti, esta tiene que ser la última, ¡por Dios, que sea la última!
Te preguntas si con el gualicho será suficiente. Ese último beso en la entrada del edificio, tan casual, no podría haber sido el último. Él vendrá a ti, pronto, quizás esta mismísima noche, más vale que estés preparado.
Él vendrá, claro que sí. Lo has hechizado al mejor estilo de Nina Simone, lo has embrujado, cómo no, con todas tus dotes de amante, es imposible que no haya quedado grave con los traumatismos que sufrió cayendo por cada una de tus curvas, deslizándose entre tus labios directo a tu pecho, y más abajo, y hasta lo más profundo de ti. Él vendrá, piensas porque eres mío.
La certeza gitana te dura una semana, o menos, si eres de los más ansiosos. Ante su ausencia y su falta de respuesta, los recuerdos de aquella única noche no hacen otra cosa que volverse más vívidos, más esperanzadores cuanto más difusos, y sacas tu primera margarita. Por primera vez, consideras que algo estuvo mal:
Quizás algo que hiciste, las palabras de más que dijiste, la forma en la que sostuviste tu mirada sobre él y su cabello, la forma en la que sostuviste sus manos entre las tuyas, como si acabaras de encontrar un tesoro, dices supongo que hice algo malo, cariño estaré feliz de admitirlo, pero no lo dices arrastrándote por el suelo, tratas de conservar tu cool, como Janis Joplin, chillando, ya no para despreciar un amante, sino para recuperar uno perdido. Él vendrá, piensas, ¿cómo no sería capaz de compartir este sentimiento? Y tu voz interna —que cree tener el superpoder de comunicarse con personas ausentes— hace una promesa a lo Whitney Houston: estoy guardando todo mi amor para ti.
Pero él no viene. No viene y no viene y no viene. No importa cuánto lo pienses, no importan las fantasías, las memorias adornadas aquí y allá con símbolos inequívocos de correspondencia. Empiezas a hacerte la idea de que quizás te estés deprimiendo un poco, pero no estás dispuesto a tomar ese lugar, patético y mendicante. Después de todo, tú eras el que los rechazaba en primer lugar.
Una mañana vas a un café, observas la vida transcurrir frente a tus ojos como un ente impersonal, te fijas en las relaciones entre los clientes y los camareros, ves por la ventana, sintiéndote observado, enajenado, milagrosamente, de tu propio enajenamiento, para descubrir que nadie afuera se fija ti.
El último resquicio de realidad frente a tu repentina despersonalización no es más que el tañido de las campanas de la catedral, y te confiesas: estoy pensando en tu voz, como si una parte de tu mente acabase de descubrir los procesos que otra parte de tu mente, más profunda, estuvo ocultando para protegerte. Pero el día continúa, y como Suzanne Vega, sales del café y vas tarareando por las calles.
Pronto adviertes la presencia de una entidad fría rodeándote. La fantasía, alta en el cielo, ha perdido sus alitas, y ha caído al pavimento con la dureza de una bola de hielo. Pero tienes recursos, claro que sí, no económicos, esos ya no te alcanzan, pero artísticos, espirituales, llamarían algunos. Para tolerar este mal trago, te sirves un shot de Chavela Vargas, mientras piensas Adoro, la forma en que sonríes...
y mientras vas enumerando las cosas que adoras de él, tu adoración se va volviendo cada vez más impersonal, más la adoración de Chavela que la tuya propia. Tiene sentido esto. Si la ficción que, a fuerza de piel, construimos una íngrima noche, la misma ficción podrá salvarnos del naufragio.
El naufragio, piensas... En aquella vez que te juró quererte más y más y no olvidar jamás aquella noche junto al mar.
Pero hoy, sólo te queda ...recordar. Tus ojos mueren de llorar, y el alma muere de esperar. Pero no fue tu culpa, fue la Vereda Tropical quien la dejó ir, no tú, fue la vereda, te dice Eydie Gormé y el Trío los Panchos, la Vereda Tropical, no tú.
O sí, tal vez sí fuiste tú. El alcohol no te deja pensar bien. Mientras empinas la botella otra vez y te enciendes un cigarrillo con la colilla del último, te preguntas ¿Cómo será aburrirme ya de ti? ¿Pasará eso en algún momento? Este dolor te ha dotado de pronto con una capacidad acuosa de ver la vida: todo transcurre con levedad, las imágenes, vaporosas, permanecen suspendidas aún cuando el mundo se continúa moviendo.
Se viene el llanto, ya no lo disimulas, no tienes por qué: para eso la botella, los cigarrillo: te estuviste preparando para este momento desde hace semanas, y aquí estás, otra noche de llorar, con Mon, con Etta, con Janis y los que todavía faltan.
Y Yerai, su guitarra flamenca y sus palmas, que te mueven del asiento y le dan color a esas lágrimas, azul, me parece. Sí: lágrimas azules como el mar de tus dibujos de la infancia.
A eso has vuelto: a un estado de necesidad infantil, a una desprotección y vulnerabilidad que ya ni molestan, las dejas estar porque te confortan; te retrotraes a tu forma párvula: ahora las notas de la guitarra son como ese pulgar, presionando contra tu paladar a fuerza de succión.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Tú lo sabrás. Para este momento más de uno habrá tenido que ser internado, otros habrán hecho el papelón de sus vidas: ¡se habrán atrevido a llamar al susodicho, a llorarle en la pata de la oreja! Una desgracia. Ahí es cuando sabes que lo has perdido para siempre. Ves el tiempo transcurrido hasta ahora: a pesar de todo, no te has derrumbado del todo, de hecho, tu memoria, por primera vez, empieza a jugar en tu equipo: te muestra las cosas tal cual como sucedieron, las desacraliza, las desmitifica; las hadas, los duendes, y Shrek, todos desaparecen de la escena, y te encuentras a solas con lo que pronto has descubierto no es más que una ansia muy intensa, y a la vez muy bella, de amar y ser amado, a ser correspondido, ¿no es acaso el amor lo más bello que un humano puede vivir? ¡Eso!
¡Que alguien me consiga a alguien para amar! Te dan ganas de gritarlo como Freddie Mercury, o con tu voz de torcaza estrangulada, como sea, pero ¿acaso tu amor no merece un alguien digno de su calor? ¿Acaso tú no mereces un amor bonito? Que vaya más allá del sábado a la noche. ¡Gimme, gimme, gimme a man after midnight! Otra vez, vuelves a los gualichos.
Esta vez, tu hechizo adquiere otras maneras: en lugar de ponerlo a él, el príncipe, entre las velas, te pones a ti mismo, pones una imagen un tanto idealizada de ti, pero una imagen bonita, esa que te gustaría que un próximo amor viese cuando te viera, finalmente. Aún no le conoces, y aquel viejo idilio de una noche ya está en el pasado, ha madurado a tal punto que ni lo piensas cuando se trata de amor. Es hora de amar de verdad.
Te miras al espejo y piensas, ¿cómo será ese próximo amor que está esperando en la esquina? Debe ser divertido, juguetón, un coqueteo exquisito que cante La la la al mejor estilo flamenco.
Un idilio de THC natural, oxcitocina pura manando de la pituitaria, acurrucados el uno en el otro bajo el árbol de magnolias.
Golpeando la carretera con botas, chaqueta y una buena playlist —como esta— que hable de ese amor ardiente, con caderas sueltas a lo Elvis, llegando pronto a la hostería para quitarse la ropa y dejar que sus cuerpos de culebra se retuerzan el uno en el otro, volviendo sus frías sangres en mares de lava.
La luz oblicua bañando sus cuerpos va muy bien con esa canción que escuchaste alguna vez, y pensaste en cómo montarías ese toro salvaje si tuvieses la oportunidad. Ahí lo tienes al toro, y cada sacudida se siente como el primer rodeo.
Pero en medio de cada gran amor se esconde una isla de incertidumbre. En tu isla crecen margaritas, cubriendo el perímetro de su exuberante vegetación. No importa qué tan grande sea ese amor, siempre habrá en él una isla como esta, y ante las calamidades, a veces tendrás que refugiarte en ella, para deshojar margaritas, preguntándote me quiere, no me quiere...
Es así, hasta que desde lo lejos llega una balsa, en ella, un náufrago. Juntos huyen los dos de la isla de las margaritas, vuelven a las orillas prístinas de ese amor que se agranda y se agranda.
Una bonita ilusión, ¿no crees?
Así es, no hay nada más bonito que una perfecta ilusión.
Puedes escuchar la playlist completa en spotify aquí:
También está en youtube:
Mercedes B.

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