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Valentino de Manhunt

en el bus (del autor)
en el bus (del autor)

El olor de su pelo no me lo olvido: crema para peinar Pantene, “rizos definidos”, seguramente, pues los rulos le caían con gracia a los costados de la cara, rasurada a lo culito de bebé, y bonita,  como sus bonitas manos agarrando el volante y llevándonos a ese bar en Las Mercedes.


Los del bar lo saludaron como si lo conocieran, y a mí ni me pidieron cédula, unque a leguas se me notaba lo chamito. Bebimos tragos, nada de Solera ni Polarcita: cuba libre y mojitos hasta eso de las 3 de la mañana, que nos fuimos a un hotel.


Era absurdo haber conocido a Valentino en Manhunt, ocultando su rostro y exhibiendo su espalda de Gold’s Gym, estratégicamente ubicada en una cuadrícula entre algunos de los usuarios más dantescos de la página. Yo le escribí, cruzando los dedos, y esa misma noche pasó por mí.


Ni bien entro al carro: Pantene. Mezclado con un sinfín de productos de aseo personal: el desodorante de las axilas, con el aerosol para los pies, la crema corporal, el after-shave, y, por encima de todo, un perfume, un perfume de verdad y no la clásica colonia para bebé a la que los hombres de escasos recursos de Caracas acuden para “perfumarse”.


Jhonson&Jhonson, Rexona, Nivea, Palmolive, Gillette, 212 de Carolina Herrera fundidos en un almizcle.


Valentino vestía una camiseta manga larga toda negra que marcaba sus brazos de lo lindo: él era puro diente pelado, hoyuelos, pestañas... ¿No era lógico que yo, en mis sweet sixteen, deseara escaparme con Valentino a cualquier lugar, de inmediato? Hasta el fin del mundo si él quería. Yo hubiese saltado toda la escena del barcito y me hubiese ido con él esa misma noche al altar, me hubiese escapado para siempre de Caracas y no me habría importado terminar viviendo en una casita de adobe en Chuspa o Choroní, cocinándole empanadas de cazón, arepas con chipi-chipi, fritándole un pargo de vez en cuando.

 


La casetilla de entrada del hotelito parecia alcabala policial: la vieja fumadora nos pidió las cédulas, yo dije no tengo él dijo por qué yo dije sí tengo y entonces dijo él es que tengo dieciséis confesé. Ahí, algo se rasgó en su cara.

Logramos entrar y logré desvestirlo, mis manos patéticas tanteándolo de a poco como el niño que sabe qué es el juguete bajo el empapelado. Pero algo se había rasgado, él se dio vuelta y empezó a roncar. Antes de las 7am Valentino me había devuelto a la entrada de mi edificio, se marchó en su carro y no respondió ninguno de mis mensajes.


Que me haya ingnorado sólo hizo que lo pusiera más alto en el pedestal: después de todo, si había decidido no acostarse conmigo por mi edad eso sólo lo hacía parecer más caballero.



Lloré y me cansé de escribirle. Pero, ¿iba yo a resignarme a quedar como una doncella, abandonada, frente al altar? Luego de un par de meses me abrí otra cuenta en Manhunt; pero esta vez no conocería a un príncipe azul, sino a un viejo verde.

Balquiar


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