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Cacería de hombres (Manhunt)


Del autor
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Caracas, año 2013 (¿o 14? Fue hace tanto...). Sentado frente a la PC, el mosaico de penes y anos de Manhunt se desplegaba ante mí, como el tablero de un juego de mesa en el que todas las casillas llevan a la cárcel... A ellos, no a mí: después de todo, eran ellos los que iban a terminar acostándose con un menor.


El display de la página no dejaba nada a la imaginación. Verán, tomarse fotos de las partes íntimas de uno mismo tiene su técnica, su maestría, y en lo que al culo respecta, hay que tener cierto nivel de flexibilidad y creatividad, usar espejos, ángulos provocativos en los que la apariencia del cuerpo evoque más una fantasía porno y menos un retrato fúnebre, de esos que se le hacían a los muertos de antaño.


Y pese a que la mayoría de las personas podrían distinguir de inmediato entre estos dos estilos, no todos poseían la paciencia y una buena cámara digital —o celular con cámara, algo mucho más caro— para fotografiar el propio ano de forma apetecible.


Los penes, en cambio, son mucho más fotogénicos, siempre que se encuentren henchidos en pleno vigor, y, sobre todo, si la mano que los sostiene permite al observador realizar una medición exprés al ojo, y atribuirle al susodicho medidas específicas.


La foto que un hombre toma de su propio pene dice mucho de él, maxime si se trata de su carta de presentación frente a los otros internautas, que van comparando su dote con la del usuario de al lado.


Si se toma la foto con una lata de refresco al lado, o, mejor aún, con un desodorante en aerosol —a manera de escala, como las que usan los arqueólogos para fotografiar los artefactos de un yacimiento—, no cabrá dudas de que las dimensiones son cuantiosas. Sobre todo, porque aquel hombre que no pueda hacerle competencia a la lata o al aerosol, jamás se atrevería a someter a su miembro a semejante escarnio.


El que se toma esa foto sabe muy bien qué se esta comprando y cómo vender lo suyo, estamos ante un hombre que segurito te lo mete: en una esquina, en la camionetica, en el baño de un centro comercial, en donde sea. Eso se pone duro más rápido de lo que tú puedas decir “¿Cómo te llam...—” y te lo mete con el mismo tacto clínico con el que la enfermera te inyecta la vacuna.


A veces, detrás del miembro y la escala, puede verse más allá: quizás el pie del pene-portante, el suelo de la casa en la que se tomó la foto, y si está recostado en la cama, podremos apreciar la bella decoración de las paredes: pósters de la liga de béisbol (¿será del Magallanes o del Caracas?), fotografías familiares, crucifijos, rosarios, e imágenes religiosas... Mientras más kischt sea el decorado, y mientras más sucias las paredes, más probabilidades tenemos de estar ante un prodigio, uno de esos hombres que encarna la fantasía que todos tenemos de ser cogidos por un bruto con mujer e hijos que nos va a usar como si estuviésemos en una invasión zombie, y el nuestro fuese el último agujero en existencia en el mundo.


La fotografía en bóxer con la erección es otra estrategia, especialmente usada por el pene de la media para abajo.


Una palabra acerca de la ropa interior: en Venezuela todos sabemos que los interiores (slips de algodón clásicos, los de tu abuelito) representan a cierto tipo de hombre: humilde, básico; un tipo que no se pone a pensar en cómo se ve con el interior, porque él mismo no considera que la ropa interior revista alguna importancia erótica, al igual que las medias.


Los bóxers son otra historia, se pusieron de moda en los dosmil, antes de eso, los hombres usaban sólo interiores. Con el tiempo empezaron a ser un verdadero distintivo de clase y de estilo masculinos. Usar bóxer decía de un hombre: que sabía que su ropa interior importaba, que podía resultarle atractiva a las mujeres.


Por eso, y volviendo a Manhunt, ¿cómo era la ropa interior de los muchachos? Nuevamente, había de todo: interiores de todos los colores, con penes notoriamente erectos, boxers de colores chillones que eran más bien "de marico", y otros, blancos, o negros, los más estoicos. Debajo de la tela era preciso que todo estuviese duro como un mástil, proyectándose. Y si uno de estos hombres combinaba la “sutileza” de usar un ropa interior moderna, limpia y bien ajustada, con el detalle de dejar salir el miembro erecto a un lado, pues, señores, hemos hallado una verdadera joya.


Hasta ahora, he hablado sólo de hombres activos, porque en los anales de las redes de sexo homosexual existía muy poco eso de ser versátil, y, especialmente el hombre venezolano, que seguía asociando el ser pasivo con un rol femenino, no le veía sentido a hacer las dos cosas, porque, como diría nuestra amiga la travesti paraguaya altivo y pasivo el tipo... este hombre es un psicópata, aparte que le gustan las dos cosas. Y no, no podían gustarte “las dos cosas”: o dabas culo, o pipí.


Volviendo a los culos, ya he mencionado aquellas fotos de muerte rápida de culos abiertos, mal encuadrados, con la cámara demasiado cerca del ojete como para poder apreciar bien su anatomía: ausencia de hemorroides, aspecto juvenil —el culo joven es más apretrado y firme, una singularidad, concentrada en un punto mínimo, mientras que el culo viejo es laxo, y tiende a la distensión—, ausencia de vellos y... ¡Ah, importante! Ausencia de vellos es esencial para el sexo en la Caracas de los dosmil. Los venezolanos teníamos el vello corporal como señal inequívoca de dejadez: pelos en el guevo significaba que eras un hippie, un drogadicto, un recogelata; y si eras pasivo y tenías pelos en el culo, ¿quién eres, Dorangel Vargas, el comegente? No, no, no. Antes de la foto, la gillette.


Como hay sus estrategias para fotografiar el pene, las hay para el ano, pero como ya he adelantado, involucran algo de contorsionismo. Por otro lado, tecnología: los celulares post-blackberry se enfocaron muchísimo más en la cámara, de manera que la imagen era cada vez más nítida y lisa, menos pixelada, más iluminada, y de aspecto “profesional”. Quienes no contaban aún con un celular con cámara, podían tener a mano la cámara digital que ya por entonces se seguía usando pero estaba siendo lentamente desplazada por la del teléfono. Estas cámaras tenían un flash bárbaro que si se acercaba demasiado al ano rebotaba en cada uno de sus pliegues y quemaba todo —no quemaba el culo, sino la foto, que salía toda blanca—. De manera que la foto, quemada, del ano, era otra de las más conspicuas de manhunt.


Nada que ver, pero es un culo abierto (de mi autoría)
Nada que ver, pero es un culo abierto (de mi autoría)

En esta situación de tanta injusticia para el pasivo, quien tenía que exhibir algo tan apetecible para los penes en búsqueda, la gente tenía que ingeniárselas. Una de las estrategias era la de la ropa interior, que, como la más delicada lencería de Victoria’s Secret, guardaba también un sentido simbólico importante: el tipo de ropa interior, el color, y el ángulo de la foto, nos decía algo acerca del pasivo: primero, si era culón; si la foto dejaba ver la espalda y parte de los muslos, llamaba más la atención, y si la espalda era ancha, se intuía que el muchacho hacía ejercicio; las fotos del hombre tumbado boca abajo en una cama, con el culito parado, fuese con o sin ropa interior, generaban mucha más tracción que la del ano abierto, besuquando a Raimundo y todo el mundo.

¡Sutileza, señores!


Nah, mentira. Mientras menos sutil, más te escribían. Y a pesar de que no era lo más corriente, a veces hasta aparecían algunas caras: en su mayoría hombres mayores, con cara de busetero alcohólico; también estaban los crossdressers, que, cual si fuesen el Bruno Díaz de Hornos de Cal, pretendían ocultar su verdadera identidad detrás de un simple antifaz —ah, y una peluca, tacones, y lencería de divorciada en busca de segundas nupcias.


Otras caras eran sacadas de modelos de internet, fakes cuyo usuario usaba a manera de lotería, pues cuando ocurría el encuentro y revelaban su verdadero aspecto, podían correr con la suerte de que el otro aceptara estar con ellos, aún si en lugar de Gianni Versace se presentaba Oscar de León.


Muy mariquito yo, nunca me atreví a hablarle a esos penes morenos del tamaño de una coca cola de litro y medio. Si la persona no tenía foto de algo que no fuese su miembro, rara vez le escribía, pues me daba miedo terminar en Casalta en un gang bang de malandros periqueados —aunque soñar no cuesta nada.


Mi foto fue aceptada después de un examen del servicio de censura de Manhunt. En el primer intento, traté de salirme con la mía con una foto de cerca, pero me mandaron un mensajito diciendo que el de la foto era menor, y no aceptaban menores. ¿Y qué fue lo que hice? ¿Desistir de mi objetivo de conseguir guevo real, y dejar por un tiempo la masturbación compulsiva —gracias a mi sitio porno favorito de aquel momento: homoperu.blogspot.com—? No, señor, yo tenía inventiva. Usé una foto mía, pero de lejos: salía con un suetercito verde y jeans, sentado bajo un árbol (un hada en aquél bosque de ogros). Había que hacerle mucho zoom a la foto para revelar que se trataba de apenas un púber, pero a Manhunt pareció no importarle. Me salí con la mía, y fue así que empecé mi propia cacería...


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