top of page

Mea(sine)culpa (méame(sin)culpa)

Actualizado: hace 3 días

una linda canción de Mago de Oz
una linda canción de Mago de Oz

Antes de darnos la cita había una sola cosa que sabía de esta persona: le gustaba que le mearan en el culo —adentro, no afuera—. El dato no había sido dado fuera de contexto, pues la charla giró en torno a lo sexual desde un principio; el señor era muy morboso, pero no perdía lo entretenido, pues decía todas las suciedades que cualquiera de Manhunt decía, pero bien escritas en el chat, con encanto e inventiva, lo cual me daba una imagen de él mucho más interesante e intelectual, y la compensaba con lo poco interesante de su foto: papada blanquísima y lentes de sol. Se parecía algo a Mr. Magoo, pero de lejitos. El plan no era muy diferente al que me había propuesto el pimero: una comida, esta vez, en el Tolón, un centro comercial en pleno Las Mercedes.


Las Mercedes es una urbanización que reune una aquitectura exquisita y una clase social a tono: hoteles de lujo, oficinas de grandes empresas, consultorios médicos privados, centros de cirugía estética, restaurantes caros y centros comerciales llenos de tiendas regentadas por divorciadas —o cornudas— billetúas’, que usualmente viven en Las Mercedes o en algunas de las otras urbanizaciones de clase alta aledañas: El Cafetal, La Boyera, Caurimare, y así.


Sin embargo, ¿cómo es que semejante zona urbana recibe a los traabajadores del “tercer sector”, es decir, el de los servicios: mucamas, la limpieza, guardias de seguridad, las cuidadoras de ancianos, las niñeras, los dependientes de cada una de las exhuberantes tiendas del Tolón y del Paseo las Mercedes —otro CC de la zona—? Las Mercedes está rodeada por autopistas, y su única entrada peatonal es aquella que la comunica con Chacaíto, donde por cierto, está la estación del Metro del mismo nombre. Al haber Metro, habemus mezcla socioeconómica, y de Chacaíto a Las Mercedes se llega a pie o en camionetica, dependiendo de qué tan adentro de la urbanización uno vaya. Pero la simple presencia de una camionetica que haga ese viaje, evidencia que, pese a la destacada heterogeneidad de clases entre Las Mercedes y Chacaíto, la primera no dejaba de ser permeable para los sectores menos favorecidos de Caracas. O dicho de otra forma: que a Las Mercedes también iban los pobres, y no sólo los que trabajaban allí, sino también aquellos flaneurs que gustaban de mirar las vidrieras de las concesionarias de Hummer, o los brillos hipnóticos de Swarovsky al pasar.


Aunque si uno tenía carro —y no se era menos pobre por tener uno—, uno podía ir hasta la Calle el Hambre, un pedazo de callecita junto al Paseo Las Mercedes, en los límites de la urbanización, repleta de carritos de perro caliente. Los que estén familiarizados con la gastronomía callejera venezolana saben que un viaje a un lugar como ese siempre termina en una hamburguesa, rellena de cuatro animales diferentes, macheteados y embutidos de variadas maneras, junto con aguacate, maíz, queso, huevo, mayonesa, salsa de tomate, mostaza y quizás me estoy olvidando de algo porque ya van a ser diez años que no piso Venezuela. A eso le llamamos simplemente hamburguesa, ahora bien, cada una puede tener su apellido, dependiendo del carrito y de la inventiva de los “perrocalenteros”.


Ejemplos de nombres de hamburguesas de perrocalenteros:

Cartelúa: con chorizo portuano, chuleta y queso e’ mano.

La lacra: con un bisteck de carne, otro de pechuga de pollo y huevo.

Pisapasito: triple carne de hamburguesa y queso amarillo.

Tumbarrancho: chuleta de cerdo, bisteck de carne, chorizo portuano y salchicha alemana.


Y la lista puede seguir. Los nombres me los estoy inventando, pero, si alguien va un día de estos a algún perrocalentero de la Calle el Hambre, que escriba en los comentarios qué nombres encontraron. El venezolano está mandado a hacer para bautizar cualquier cosa de modo tal que ese pequeño hilo que une convencionalmente significante con significado se corta irremediablemente. ¿Qué era el vergatario? Un celular. ¿Qué es una tirapeo? Una moto. ¿Y un matasuegra? Un fuego artificial, muy explosivo —sigue causando amputaciones en Navidad, pero no estoy seguro de que las vícitimas sean, precisamente, suegras.


La insistencia por meternos en la boca un alimento que no quepa ni con el más hercúleo esfuerzo de las salsas como lubricante es algo que une a los caraqueños, sean del este o del oeste. Las Mercedes estaba en ese límite en el que, para llegar a “este del este” había que ir en carro, pero sólo si se vivía ahí, pues en Caurimare no hay Calle el hambre, y nadie se atrevería a poner una, pues aquellas urbanizaciones han conseguido, a pesar de los años, mantenerse aisladas de la otra Caracas, es decir, la Caracas del oeste: la irremediablemente pobre. En La Calle el Hambre convergían esos dos puntos cardinales, y más de un sifrino con su machito le echaba bastante salsa de ajo a su tumbarrancho al lado del tuki y su jeva recién bajados de la Bera. ¿Se entendió esa frase?


Volvamos al señor. Me llevó al Tolón —No, no. No Calle el hambre for you today, Marquitos—, a uno de esos restaurantes ¡en el último piso! O sea, el piso al que sólo suben los que van a ese retaurante. En cada centro comercial de Caracas hay un restaurante diferente, pero son todos caros y de corte americano: TGI Friday’s, Tonny Roman’s y toda esa vaina. Pero el restaurante al que me llevó no era de corte americano, sino un poquito más para arriba en la escala socioeconómica: era ¡Italiano! Y tan elegante que ni bien puse un pie adentro sentí una mágica transformación, como la de Marimar pero a la inversa, es decir, me sentí una marginal, una basurera, y una pepenadora...


Es hora de nombrar a este hombre: Bruno, como Batman: Bruno Díaz, sí, aunque físicamente estuviese más cerca del Oso Yogui, pero —y aquí está la clave— no estaba sólo, sino con su Robin, su secretario cuya columna estaba tan recta que parecía que lo hubiesen empalado. Robin lucía exactamente como todo asistente de una persona importante habría de lucir: usaba el pelo corto, peinado a un lado, camisa con cárdigan, pantalones de vestir y zapatos. Tenía un teléfono muy arrecho para la época, y en la mayor parte de la conversación lo usaba para apuntar citas y memos con Bruno: creo que era uno de esos Palm Treo, con teclado y lapicito, que hacía sentir al usuario prácticamente Keanu Reves en Matrix.


Abajo, el populacho caraqueño, embotándose de más de cinco especies de animales en una misma mordida; arriba nosotros: comiendo una exquisita pasta que había llenado un cuarto de mi estómago. Bruno constrastaba inmensamente con su servidor: era obeso y vestía apenas una chemise de marca Polo rosa, jeans y zapatillas deportivas. Él y Robin hablaban como el sacerdote y el escriba de alguna disnastía egipcia, compartiendo un vino y diciendo cosas que no pude retener pues no entendía un carajo, aunque tengo la certeza que la mayor parte de la conversación iba y venía en números, que Robin digitaba histérico en su Palm Treo. La educación de Bruno era admirable, no paraba de pregutarme si quería algo, si necesitaba algo, quería saber qué hacía, a qué me dedicaba, cuáles eran mis intereses; y yo, pues, ese mismo día habría tenido clases de Historia de Venezuela, Educación Física y Matemática, pues aún iba al liceo, estaba cursando, si mi memoria no me falla, 4° año, es decir, el penúltimo de la secundaria.


Acabada la cena, yo tenía la impresión de que el señor Bruno había desistido de sus deseos enemáticos de (mi)orina, y me preparé para ser llevado de vuelta a mi casa, de donde él y Robin tan generosamente me habían pasado buscando en un principio. El carro salió del estacionamiento del Tolón y atravesó las calles de Las Mercedes, recorriendo sus edificios residenciales bajos, de esos construidos por los años 50, de dos departamentos por piso y de hasta tres o máximo cinco pisos. Los edificios tienen un patiecito al frente, y por una breve escalera se llega a la entrada acristalada; a veces, las fachadas de estos edificios eran decoradas con obras de arte, esculturas o murales, de quién sabe si algún famoso artista, laudado y luego olvidado en el transcurso trastabilleado de la historia caraqueña.


El carro vivoreaba Las Mercedes, y no parecía con intenciones de salir de la urbanización; manejaba Bruno, en su incesante cotilleo con Robin, mientras este aporreaba las minúsuclas teclas del aparato y luego desplegaba sus dotes de mago con el lapicito, dibujando números, saltando de una información a otra.

Llegamos al frente de uno de los mencionados edificios, un portón se abrió y Bruno estacionó su auto, moderno y con olor a cuero. Nos bajamos los tres y subimos por escalera a un segundo piso. La puerta de su departamento enfrentaba otro departamento: sólo seis apartamentos en ese edificio de tres pisos; y aún así, las medidas de seguridad de Bruno eran sofisticadísimas: dio vuelta por lo menos a tres cerraduras hasta que la puerta del apartamento se abrió.


Pero nada me había preparado para lo que vería dentro de ese departamento...


 

Mercedes Balquiar

Comentarios


bottom of page