Mr Magoo de Manhunt
- Marcos Cordoba/Mercedes Balquiar

- 22 may
- 6 min de lectura
Como es menester en las buenas historias, los personajes deben tener un nombre; y a pesar de que el señor en cuestión existe —si es que no se ha muerto—, no puedo recordar su nombre, pese a recordar su forma idiota de sonreír, su gestualidad patética de persona que no acepta sus años, y su casa, en la que habían demasiados gatos, un empapelado antediluviano, un estudio de grabación artesanal, y una televisión pantalla plana que por entonces era absurdamente grande, y que parecía estar allí al único efecto de reproducir porno twink. Este señor no era una de las personas más normales que yo haya conocido, parecía un oso torpe que podría perfectamente poner algo en tu café y violarte sin que te enteres. Lo llamaré: Mr. Magoo.
Mr. Magoo era gordo y muy blanco, de esos blancos que llaman la atención en Caracas, donde la mayoría de la gente es trigueña o morena; era obeso y usaba el pelo... ¡Oh, ya sé! ¿Se acuerdan de Phillip Seymur Hoffman —QEPD—? Mr. Maggo era igualito.
Yo ya había vuelto al juego de Manhunt luego de un par de meses de depresión post-Valentino, la foto de Magoo era un ángulo de su cara, en la que se veía cachetón y de anteojos (como un ñoño, cero perfil de macho caraqueño). Chateamos de cosas culturales y nos dimos la cita en el Hotel Alba Caracas para un almuerzo —la idea de que me invitara a almorzar me hacía sentir bien Pretty Woman—. Mr Magoo era uno de esos chavistas de verdadera filosofía, no sólo idólatra de Chavez, sino un verdadero revolucionario en el sentido intelectual bolchevique. Durante nuestro almuerzo me dijo que Piedad Córdoba estaba almorzando a unas mesas de nosotros, y a él le sorprendió que yo supiese quién era ella, de manera que me volví muy interesante para el señor. Pero para mí él no tenía nada de interesante, salvo el hecho de que me hubiese invitado a ese lugar que era vasco y quedaba en el Alba, lo cual me hacía sentir, en palabras de la jerga marica de Caracas: montadísima.
Este señor se hacía “el pavo”, como diríamos en Venecuela, es decir, se comportaba un par de décadas por debajo de su edad real. Juraría que Magoo estaba no en sus cuatro, sino en sus cinco décadas, o quizás él no fuese tan mayor, sino que yo era mucho menor que él.
Pasaron pocos días hasta que nos volvimos a ver, una mañana en la que fui a su apartamento. Mr Magoo vivía en Nuevo Circo en un edificio que se venía abajo, pero que en su momento de seguro había sido el úlimo grito de la arquitectura, pues esa zona de Caracas había sido en algún momento un lugar de moda, donde la gente iba a ver corridas de toros, o al Teatro Municipal y el Teatro Nacional tampoco estaba lejos. Sin embargo, tanto el señor, como su departamento, como su edificio, como Nuevo Circo, compartían todos la característica ser piezas anquilosadas, irrecuperables, de una versión olvidada de Caracas.
Lo gritaba el empapelado de su departamento en constante penumbra, pues las ventanas estaban cubiertas con algo que mi memoria no puede rescatar; las tiras de papel colgando perezosas después de que los gatos se afilasen sus zarpas: habían al menos cuatro y vivían mejor que su propio dueño, Mr. Magoo los trataba como sus hijitos.
Después de ofrecerme desayuno —había cortado queso y frutas con miel, cosa que le pareció muy sofisticado a mi paladar, más habituado a la arepa con queso rallado y mantequilla por las mañanas—, enciende la televisión y pone una porno twink. Es decir, que el señor no perdió tiempo, y sin pensar en esto conscientemente, supe entonces que los ojos con los que miraba a los actores —que se suponen tienen 18, pero parecen de 15 o menos— eran los mismos con los que me miraba a mí.
El gordo pone su porno y se empieza a excitar, y yo pienso que mientras más rápido cojamos, y mientras más rápido el gordo acabe, más rápido puedo irme de allí. ¿Me gustaba Mr. Magoo? No. ¿Iba a irme de su casa sin echar una cana al aire, después de las fruticas y el queso? Tampoco.
Nos estamos besando, y en el interín, siento que un olor a encierro me invade, mezclado con el olor a gato, a comida, a vieja coleccionista de muñecas de trapo empolvadas. El gordo se quita los zapatos y veo el brillo de la uña de su pulgar, sobresaliendo de un hueco en su media rota. Me digo que será rápido, respiro profundo ignorando la sensación de estar siendo rodeado de una nube verde de mal olor, como en un cartoon —lo que uno hace por una miserable eyaculación, Dios mío—. Mientras lo penetraba me pidió, entre chillidos de cerdito, que fuese rápido, pues su marido llegaba en cualquier momento.

Como invocado por palabras mágicas apareció el marido. Yo salía del baño aún abrochándome los pantalones. El gigantón me pasó por el lado y ni me miró, era un hombre altísimo, robusto y pelirrojo; saludó al gordo como si nada y se metió en uno de los cuartos.
Del nombre del marido sí me acuerdo, fíjate tú, se llamaba Sven, y me cuenta el gordo lo siguiente: que es nórdico, y que por eso es tan alto, con ese color de piel y la barba casi roja. Pero que él y Sven hacía muchos años que no tienen sexo, ya que Sven había sido criado por una madre fanática religiosa que le hizo avergonzarse del sexo de un modo enfermizo, y que, como consecuencia de la inmensa culpa que sentía el nórdico hacia cualquier acto sexual, sólo conseguía excitarse si él —Mr. Magoo— actuaba como un personaje animal atropomorfizado. A ver, recapitulemos: que este tipo Sven sólo se excitaba con lo que hoy conocemos como furrys: si su marido actuaba como un león guerrero, como un lobo ninja y cosas así (valga aclarar que los dos casos anteriores me los proveyó el gordo mismo). Es decir, que la líbido del tipo estaba más cerca de Mickey Mouse que de Brad Pitt, y que habían llegado a disfrazarse de animalitos para poder coger.
Mr. Magoo y yo nos seguimos viendo, aunque él no me gustara, aunque me dieran asco sus uñas de los pies largas, y me pareciera un viejo baboso que vivía en una casa maloliente con un marido freak. Lo seguí viendo porque me ofreció dinero a cambio de ayudarlo en algunas cosas de su —abro unas grandes grandísimas comillas— “estudio de grabación”. Creo que habré ido dos veces más a su casa a hacer el trabajo, que consistía básicamente en reparar audífonos, y para esto tenía que pelar los cables que iban del audífono al plug, cambiar el cable y ponerle uno nuevo que tenía que unir con estaño. Una tarea bastante ridícula para la cual él no necesitaba ayuda alguna, y por la cual sólo me habrá dado algunos míseros bolívares. Creo que volví a verlo con la simple esperanza de que me invitara un almuerzo otra vez, de que me diera desayuno otra vez, pero no pasó. Y no pasó porque nunca más quise tocarlo ni dejé que me tocara. Al cabo de un tiempo nos dejamos de escribir, y nunca más supe de él.
Pero ¿cuál es la sorpresa? Si yo era una versión real de lo que tanto obsesionaba a Magoo: los jovencitos, de preferencia con pubertad incompleta. Ahora bien, si a éste le gustaban los chamitos, y al otro, los animalitos ¿se imaginan cómo luciría una mezcla de sus dos fantasías en una misma cosa? Se me ponen los pelos de punta. Definitivamente, hay de todo en la viña del Señor...
Pero mentira, sí volví a saber de él. Habían pasado un par de años y yo trabajaba en un cine en Parque Central —un antiguo cine que los chavistas habían reformado y pasaban películas que nadie veía—. Me había hecho amigo de C, una chama de familia toda chavista pero de clase media, que estaban muy en su movida cultural de izquierda y qué se yo. La tía de C y el marido hacían música, y por las cosas de la vida, eran amigos íntimos de Mr. Magoo. C me empieza a hablar de que sus tíos tienen un grupo musical, y que uno de los que toca con ellos es un tipo gay que tiene un marido que es europeo... y viven en una casa con muchos gatos, le dije; ahí los ojos se le iluminaron, y me terminó de describir al hombre, y yo le terminé de describir al mío y ¡pum!, las vueltas que da la vida.
¿Qué será de Mr. Magoo? ¿Se habrá cortado algna vez las uñas de los pies? ¿Sven lo habrá dejado por algún furrycito joven, y él habrá terminado muerto de ataque al corazón y comido por sus propios gatos? Misterios dolorosos que quizás nunca habrán de ser revelados.
Y, hablando de Misterios, en el sentido católico, ¿saben qué pasa cuando la ortodoxia cristiana se mezcla con la cristaloterapia y la dermoabrasión? Pues, si quieren saberlo, lean el siguiente post.

Mercedes


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