top of page

sine mal intentio (sin malas intenciones)

(continuación del post anterior: Mea(sine)culpa: méame sin culpa)


Nada me había preparado para lo que vería dentro de ese departamento. Es cierto que no recuerdo de qué hablaban los dos durante la cena, que no tenía importancia para mí, y que, salvo por números, dinero y negocios, la charla no eran más que balbuceos de fondo, mientras yo admiraba el restaurante caro, el carro tapizado en cuero de toro recién sacrificado, disfrutando la vista de Las Mercedes de noche, que es tan bonita como la que se tiene de día.


Pero cuando Bruno me invitó a pasar, la figura de un Jesucristo, por lo menos tres cabezas más alto que yo, suspendido en su cruz, me recibió.


Jesús sangraba en sus manos y pies, por los clavos, en su frente, por su corona de espinas, y sus ojos, que deberían estar clavados en el suelo de Gólgota, estaban ligeramente dirigidos al frente, como diciéndome “sálvate tú, antes que seas el siguiente”. O quizás decía “mira lo que he hecho para salvarte por tus pecados”, que era lo que me enseñaban en mi escuela católica, no lo sé. Era difícil entender el mensaje de Jesús en semejante contexto, y antes de poder preguntar: “Disculpe, señor quiero que me mees en el culo, ¿por qué tiene un Jesucristo más grande que el de la iglesia de la Parroquia en su apartamento?”, el sonido de una santamaría me aturdió, y cuando me di vuelta, Robin se encontraba, no sólo bajando una santamaría metálica —de esas que van muy bien en los negocios de la Avenida Baralt de noche, pero no lucen tan estéticas dentro de un apartamento de las Mercedes— y cerrando con un gran candado su base.


Yo guardé silencio. Si Dios existía —aún lo dudaba entonces—, no podía dejar que estos dos gays cristianos, estafadores, satánicos, líderes de una red de trata de caníbales o lo que sea que realemnte fuesen me hicieran algún daño. Pero Bruno Díaz —o Pennywise— y Robin parecían estar muy cómodos y para nada interesados en mí. Seguían hablando de dinero sin descanso, clientes, cifras, movimientos bancarios, etc. La mirada de Robin hacia mí era de completa ignorancia, parecía que, o yo era uno de tantos jovencitos a los que su jefe le gustaba sacar a pasear de vez en cuando, o  le aburría irremediablemente mi existencia.


Pero hay más. Jesucristo estaba puesto en la pared frente a la puerta de entrada, y a un lado, una pared de durlock —cartón prensado, ese material barato para separar espacios— con el espacio de una puerta en medio, dejaba lugar a una intrincada red de pequeñas salas con camillas. “¿Quieres ver? Pasa”, me dijo Bruno, con una sonrisita de vendedor de helados/secuestrador serial.


Con discreción fui recorriendo el espacio, pero mientras más buscaba con la mirada los dildos del tamaño de un hidrante, las cadenas atadas al techo, o la mesa de disecciones, más me hallaba con cristales. Camillas blancas y al lado, una repisa con cristales. Camilla blanca, cristales. Camillas cristales. Repetidos en un laberinto que ocupaba todo aquel departamento cuyo arquitecto habrá pensado “y aquí dormirá la sirvienta, aquí la lavandería, aquí el dormitorio principal...”. Pero no había más que paredes de durlock —olvidé mencionar el color de las paredes: un lila escolar—, formando habitáculos donde sólo había: una camilla y una repisa con cristales. Había pirita, azurita, malaquita, ópalo y hasta oro. Pero el rey era el cuarzo, especialemente la amatista, aunque no faltaban el ojo de tigre y el blanco. De amatista habían sendos pilares de cristal iluminados con una luz por debajo, de esos que venden en las casas de objetos espirituales y valen millones, y uno dice “¿quién va a comprar esta vaina?”, y ahí estaba la respuesta: un señor obeso, amante de las meadas en el recto, compra esas vainas.


— Aquí hacemos la cristaloterapia —me explica el señor Bruno.


extraños universos
extraños universos

Oh, oh, con que ¿era eso lo que se hacía aquí? ¿Eran esos los negocios que los tenían tan ocupados a ti y a tu asistente que parece un maniquí de lo tieso y lo inexpresivo que es? Me acordé entonces de la cena más temprano, en la que el Robin había hablado de un viaje que tenía programado con un presunto marido suyo, que a su vez estaba presuntamente casado y que era presuntamente un funcionario público. Supongo que utilizar el dinero del Estado para comprar este bonito Jesús es, en cierta forma, un acto de fe.


La buena noticia es que no fui llevado a Serbia para mear culos eslavos ni nada parecido. La mala noticia es que tampoco recibí mi sesión de cristalotarapia, que bien merecida que me la tenía a estas alturas.


Mientras Robin y dos amigas suyas me regresaban a mi casa —el señor Bruno se había quedado con sus amatistas—, mi cabecita de dieciséis años iba tratando de atar los cabos que, desde esos primeros mensajes en Manhunt, habían ido apareciendo: hombre gay de mediana edad, obeso, que le gustan los muchachitos y las prácticas sexuales de alto riesgo, es relmente un gurú de la cristaloterapia y un fanático cristiano que, a fuerza de divulgar la fe en Jesús y el wellness cristálico —que para nada son opuestos, sino más bien complementarios—, había conseguido amasar un cuantioso capital que ahora pagaba, no sólo por el carro de último modelo sino por cenas en resturantes caros con menores de edad anónimos.


La conversación del carro de vuelta a mi casa seguía siendo acerca de dinero, ¡ah! Y del presunto funcionario público que podría o no echarse una escapadita a Aruba con Robin. De las mujeres sólo recuerdo que eran bellas, y sus perfumes competían con el de Robin.


Cuando estuve a solas en la entrada de mi edificio —ignorando las miradas de una pareja de indigentes que se inyectaban heroína— metiendo rápido la llave en la puerta, pensé, que después de todo, de verdad quería saber qué se siente mearle a alguien dentro del culo.


UTI (Infección del tracto urinario)
UTI (Infección del tracto urinario)

Comentarios


bottom of page