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Entre vírgenes y vinos

30 sept
12 min de lectura

I

Esta crónica empieza con un hecho atroz: la tarde del miércoles 31 de mayo de 2023 intenté quitarme la vida.


Ya está, fin del hecho atroz. No puede haber peor cosa que aquella, salvo no haber sobrevivido y no poder escribir esto. Pero aquí estoy, escribí esto y aquello: un blog, un libro-álbum, una novela...


Durante la pandemia participé de un taller artístico, esta fue una de las consignas: “Escribe tu biografía como si tuvieses diez años”. El resultado, diez páginas que eran una ventana hacia un pasado desgarrador. No me sentí mal cuando lo terminé de escribir, pero con los días enfermé. La psicóloga de aquel momento me dijo olvida todo lo que escribiste y tirá la carta. Al taller mandé una versión “limpia”, donde omitía, entre otras cosas, el abuso, la violencia y los deseos de morir que, por lo menos ya a los diez años, venía sintiendo.


Sobrevivir a lo que me hice ese 31 de mayo no fue fácil: le di mucho trabajo al director de la terapia intensiva y mantuve a mucha gente al límite, sin saber si al final de esa danza con la muerte yo iba a terminar de su lado o del lado de la vida. Las drogas que se usan para intubar a una persona no son cosa de este mundo: mantienen el cuerpo separado del alma. No creo que exista forma más concisa y clara de decirlo. Es preciso borrar todo rastro de conciencia para trabajar sobre el cuerpo hecho una máquina orgánica y salvarlo; después se ve qué se hace con la mente. Primero el cuerpo y después el alma, dice la medicina. Gemma Galgani, santa mártir italiana que atravesó incontables enfermedades, peleaba con el Diablo y le decía “primero el alma y después el cuerpo”.


En la camilla había un cuerpo siendo dialisado, hidratado, alimentado, sus necesidades orgánicas, evacuadas... Todo así, en voz pasiva, pues aunque hay enfermeros y médicos, son las máquinas —y drogas— las únicas que verdaderamente entran y salen del cuerpo e intervienen en su sanación. Nadie diría que los rezos y plegarias de los que están tras el cristal, observando el cuerpo-máquina son parte de la sanación que está ocurriendo en ese momento. Gente que a diario, antes de dormir, recuerda: “Padre nuestro que estás en el cielo...” y pide por ti, para que puedas despertar del coma.


Al despertar, muchos te preguntan si viste una luz, si hablaste con Dios, si descubriste cuál era el plan de Dios para ti, por qué te dejó vivir. Tuve que decepcionar a todos, porque no tuve el honor de recibir a Dios en medio de mi estado de catatonia. Lo que sí tuve fueron muchos sueños, en su mayoría violentos, llenos de muerte y escenas truculentas. Había un sueño en particular que volvía a mí una y otra vez: estoy en la barriga de mi mamá; soy un bebé; soy un niñito; soy un niño grande; un adolescente; soy yo a los quince años... Soñaba con algo muy parecido a la reencarnación, nacía una y otra vez y siempre en Venezuela: a veces en el mar de Los Roques —que tuve el privilegio de conocer—, otras veces, Kennedy, el barrio de mi papá.


En uno de los sueños, mi madre era gorda, tenía senos enormes y amamantaba a dos Marquitos, mientras otros cinco o seis jodían alrededor de ella. ¿Qué estaría haciendo mi mente entonces? Previo al suicidio solía pensar “ojalá la vida tuviese un botón de reinicio” y estos sueños me daban una nueva oportunidad de nacer. Hoy entiendo de qué rincón oscuro y extraño de mi subconsciente viene ese deseo intenso por renacer: es el deseo de borrar cada herida que tuve que soportar y cargar durante la niñez; heridas infestadas que me llevaron, de forma velada, hacia un callejón sin salida.


Por eso cuando inicié de vuelta en un taller literario, con traqueostomía incluida, fui directo a ese escrito del 2020 que hablaba de aquella infancia llena de tragedia y horror; lo leí otra vez y me dije esto no puede ser una confesión más de una vida espantosa, esto puede y tiene que ser otra cosa. Busqué a alguien que creyera en mi forma de escribir, una de las profesoras de los talleres, y con su tutoría fui escribiendo una novela, piedrita sobre piedrita.

La primera cuestión a resolver fue la de la voz del niño. En un principio, el relato empezaba siendo narrado por un bebé de dos años, que ya veía cómo su mamá lloraba junto a la cuna, cómo los adultos que lo cargaban solían llevar todos una cerveza o un cigarrillo en la mano... La historia en sí no estaba mal, pero que un bebé, que todavía ni puede hablar, relate todo con semejante precisión, no resultaba verosímil. Esto lo solucioné aumentando la edad del niño, seis años me parecieron el punto justo entre la inocencia y fragilidad de un párvulo y la capacidad del niño para entender las reglas y mandatos del mundo que le rodea, como diría Marquitos: “Los varones solo pueden ser amigos entre ellos, no se pueden gustar ni mucho menos darse besos.”


Haber visto a ese Marquitos saliendo una tarde cualquiera de la Guayana Esequiba fue como haber encendido la primera vela en una habitación a oscuras. Entonces ya no tuve que ver mi propia vida en retrospectiva, cargado de emociones revueltas y desbocadas. Bastó con desdoblarme y ponerlo todo en él, ese personaje de mí mismo, esa otredad que de ahora en más usaría el lenguaje para contar cosas que nunca antes habían sido dichas: cosas que se oyen, cosas que se miran, cosas que hacen temblar de miedo, la culpa, la humillación, la herida: hechos palabra.


El lenguaje, me gusta pensar, es el código a través del cual accedemos al pasado y podemos cambiarlo. Las memorias por sí solas son imposibles de cambiar, salvo a través del engaño. Las palabras, en cambio, tienen esa capacidad de torcerse y adaptarse al propósito que queramos darles, como llaves maestras, pueden abrir el código de la memoria y modificarlo, no porque cambien el pasado, sino porque lo reinterprentan. Es verdad que mucho de lo escrito en CATIRE pasó y no puede deshacerse, pero también es cierto, y se los digo a ustedes muy a propósito, también es cierto que, vistas las cosas desde otro ángulo, la culpa, el miedo y las heridas, se pueden sanar.


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II

La segunda parte de la crónica es, si se quiere, más “luminosa”, hay vírgenes, iglesias y un roadtrip. El protagonista es el vino, ¿a quién no le encanta el vino? Pero se trata de un vino muy especial, hecho por manos humildes de un lugar perdido en Francia, un vino que ha atravesado continentes y océanos para llegar hasta aquí y conmemorar el fruto de una labor bien realizada.

 

Ahora estamos en el auto. Es verano en el hemisferio norte y nuestro cuarto o quinto día en España. Salimos de la agencia de autos de alquiler —que queda diagonal a una plaza con fuente que parece sacada de un cuento de hadas— y partimos hacia Salamanca, a visitar a mi hermano Francisco. Llegando a la ciudad, en lo alto, una iglesia enorme me hace pensar que estamos llegando no a Salamanca, sino a King’s Landing. La catedral es tan grande que desde su techo se ven las casas de la ciudad como legos, y tan vieja que varios nobles del medioevo aún tienen sus huesos enterrados bajo lápidas con sus rostros tallados en la piedra.

Vista desde lo alto de la catedral de Salamanca
Vista desde lo alto de la catedral de Salamanca

Es de noche y llegamos a Pontevedra. Mami iti me abraza como aquella última vez en el aeropuerto de Medellín, hace ocho años; su abrazo es distinto, con él me dice “¡Estás vivo! No te fuiste. Gracias por quedarte con nosotros!”. Bairon, y el resto de mi familia que vive en esa provincia lluviosa y mística del norte de España, lloran al saludarme, como si estuviesen viendo a un verdadero renacido.


Una noche que les hice ñoquis, antes de despedirnos y seguir el viaje. De izquierda a derecha, Mami iti, Desiree y Dayana (cantando una salsita, aparentemente).
Una noche que les hice ñoquis, antes de despedirnos y seguir el viaje. De izquierda a derecha, Mami iti, Desiree y Dayana (cantando una salsita, aparentemente).

Algunos días después cruzamos la frontera entre Galicia y Portugal, llegamos a Oporto. Las dimensiones del puente colgante hacen sentir al observador una pequeñez, en cierto sentido, acogedora. ¿Es esto Europa, un lugar en el que las ciudades parecen la maqueta de un escultor delirante?


Oporto es la escenografía de una obra barroca apoteósica, ya este puente lo grita, el agua corriendo entre costa y costa, los techos rojos de fachadas desvaídas. Pero no hay tiempo si queremos llegar a Lisboa temprano, hay que seguir camino, pero antes, una parada ineludible: Fátima.


Todos habían rezado a alguna entidad mientras estuve en coma. Génesis, a quien presumo atea, había rezado a Santa Bárbara, virgen canónica de nuestro folclore venezolano. Muchos en Argentina me habían encomendado a San Expedito, otros, a santos africanos: Oshún, Changó y Yemayá. Pero Yoselin me había mandado derechito a Portugal y había puesto todas sus esperanzas en la Virgen de Fátima.


Hace un calor insoportable. La basílica de Fátima ha sido preparada para audiencias enormes, con estacionamientos de cientos de puestos y una caminata ardua desde el auto hasta el lugar de culto, pero justo hoy no hay ni un alma pagando una promesa. La nueva basílica se hinca en el cielo centelleando sus brillos de hartazgo ante este verano que nadie aguanta, y está cerrada.


Fue construida junto a la vieja capilla, chica y discreta, que sigue abierta un día como hoy. Por palabras de Yoselin, debemos encender una vela a la virgen y agradecer por mi curación.


Y hago aquí una magnífica elipsis, en la que omito Lisboa, nuestra vuelta a Pontevedra, nuestro paso por Asturias, Cantabria y Euskadi. Quiero seguir aquí la pista de las vírgenes, pues el mismo día que cruzamos de España a Francia fuimos a ver a la Virgen de Lourdes —a quien a nadie se le ocurrió encomendarme, tristemente.


Penetramos Francia por la retaguardia ignorando las maravillas parisinas y la Costa Azul. Biarritz me recuerda un poco a Mar del Plata, ventosa y gris, presumiendo de sus hoteles de antaño y de su estructura playera compuesta por tolditos de alquiler, uno al lado del otro. Las gaviotas cagan felices sobre las cabezas de los transeúntes que, sin importar el cielo encapotado, siguen disfrutando los placeres franceses más básicos: el café, un cigarrillo y los macarrones.


¿Qué más hacer en Biarritz? Salvo observar a los turistas, los mismos de Mar del Plata, los mismos de Niza, los mismos de Barcelona; y entre ellos, nosotros, armando escándalo por los macarrones. Más vale pasar por Lourdes temprano y llegar a Touluse antes del anochecer.


La piedra con la que alzaron la basílica de Lourdes es de un gris claro azulado que la hace parecer futurista y antigua al mismo tiempo. Es como el castillo de un película de fantasía, aunque más chica que los monumentos españoles de la basílica de Santiago de Compostela y la de Salamanca.


la de Lourdes
la de Lourdes

Por un momento, siento deseos de ser católico: ¡toda esta estructura majestuosa! Construida al simple efecto de celebrar la aparición de una virgen. De pequeño, mi abuela adoraba a la Rosa Mística y a la Divina Pastora, yo también, por cierto, cantaba junto con ella y las demás señoras del conjunto residencial las alabanzas a la virgen y rezaba como ellas con las cuentas del rosario.


Ya no siento nada de esa fe infantil, es a través de la devoción ajena que puedo sentir algo parecido a la presencia de Dios, aquí, en Lourdes.


A un costado de la basílica mana agua de una pared rocosa que la edificación magnánima ha sabido respetar, en el medio de la caída de agua, una figura de la virgen.



La diversidad de personas que acuden a por el agüita me produce cierta envidia religiosa. ¿Por qué no puedo yo, como el resto, acercarme al agua, llorar y llevarme una mano húmeda de manantial a la frente para bendecirme?

Por dentro, la basílica carece del encanto dorado de sus afines españolas, la piedra gris es la misma para santos y vírgenes apostados cada uno en su pequeña sacristía privada. Por fuera, todo tipo de gente camina en grupos y conversan: negros, asiáticos, árabes; las mujeres con mantilla y velo lucen más islamitas que cristianas. Quienes no pasean, se paran frente al cura y lloran.

Debo recordarme una y otra vez que se trata de una iglesia y no de un castillo de fantasía, que las vírgenes son apariciones de María, la madre de Dios, que suceden en diferentes puntos del globo y que la gente acude a sus basílicas para rendirles tributo, pagarles promesas y pedir indulgencias. Tributos, pagos y peticiones, lo más parecido a un sistema fiscal, pero del cielo. Me encanta la religión católica, debo admitirlo, con todos sus ídolos, mártires, santos, vírgenes, beatos, ángeles, arcángeles, querubines y ángeles de la guarda. Un panteón que nada puede envidiarle ni al griego ni al hindú.


Después de dos noches en Touluse partimos a Perpiñán, una ciudad estratégica que nos queda a medio camino entre las playas de la Costa Azul, Carcasone, el famoso castillo medieval, y el paso fronterizo a España, esta vez, entrando al sur, por Cataluña.


Salgo feliz de Carcasone, un castillo medieval con todo lo que uno espera encontrar en un castillo medieval: puente levadizo, escaleras de caracol hacia las almenas, letrinas reales, etc. En el camino de vuelta, un letrero se nos atraviesa, dice “Vin” y tiene un dibujo con uvas. Dobla aquí, le digo, Para qué, sabés que no puedo beber si manejo, me responde. Respiro profundo. Uno, tarde o temprano en la relación, aprende a negociar con su pareja, a veces una sonrisa y una mentirita blanca bastan para que el queridito haga lo que corresponde. No tienes que tomar le digo estamos explorando, conociendo. Sin chistar sale de la autovía y caemos en una ruta en medio del campo abierto, lleno de parras por donde alcanza la vista; cruzamos un puente de piedra y llegamos a Azille, pueblo que hasta el sol de hoy ningún francés que me he atravesado dice conocer.


Azille es un pueblito perdido en el mapa francés, una cooperativa donde todos los habitantes cultivan las uvas, hacen el vino y lo venden; en él apenas caben un café-bar, un coiffeur, una placita con unos pocos viejos y un “Atelier d’ art”, regentado por la viuda del “artiste”, que me habló del finado, me regaló un libro con sus obras de arte y me dijo que al señor le encantaba Argentina.

Preguntando torpemente aquí y allá, llegamos a la tienda de vino: una rubia sonriente abre las llaves de enormes barriles de vino y nos ofrece: blanco, tinto y rosado. Nos llevamos un par de botellas de tinto y un espumante. Me aseguro de embriagarme un poco antes de volver a Perpiñán.



Unos minutos después me sorprende otro castillo, a lo lejos. Métete aquí. Tengo el imperativo fácil, lamentablemente. Pero, después de la primera experiencia exitosa y nuestro botín vinícola, ¿iba a negarse mi piloto estrella a desviar nuevamente nuestra ruta?


Entramos a Capestang por la misma ruta que a la vez hace de avenida principal —así de pequeño es el pueblo—. A la vera del camino corre un río, en el que decenas de botes llenos de gente se saludan, festejan y tintinean sus copas. Aquí, le digo, justo en la fachada de una casa donde una mujer se apura a entrar.


Mapa del sur de Francia, a la izquierda, Carcasonne, luego Azille y después Capestang. La distancia aproximada es de 30km entre cada lugar. A la derecha las ciudades más grandes de Narbona y Béziers.
Mapa del sur de Francia, a la izquierda, Carcasonne, luego Azille y después Capestang. La distancia aproximada es de 30km entre cada lugar. A la derecha las ciudades más grandes de Narbona y Béziers.

“Terrases de Gabrielle”, dice la casita. Llamamos a la puerta. Gabrielle, una rubia de ojos azules en sus cincuenta aparece con cara de acontecida, su sonrisa tiene algo que ya he visto en muchos lugares: Medellín, Chuao, Tucumán, Chiloe, y ahora Capestang: ese encanto universal de la hospitalidad y la sencillez humana.




Entre Gabrielle y google translator entendemos que ella y su familia cosechan sus uvas y embotellan su propio vino; entendemos que la hemos tomado por sorpresa y que está algo avergonzada de su aspecto descuidado. Entre risas tímidas nos muestra sus vinos: artesanales y con etiquetas bellísimas, que a cualquier burgués porteño le haría desembolsar una buena plata. Llevamos dos botellas y pienso “con una de estas bautizo CATIRE.


Gabrielle, sus vinos y yo
Gabrielle, sus vinos y yo

Y ¿el castillo a lo lejos? No es más —ni menos— que una vieja y monumental iglesia, de apariencia medieval, dedicada a Juana de Arco. Dios, por qué me pones a todas estas santas y vírgenes en mi camino.


A diferencia de las vírgenes, Juana de Arco inspira en mí un sentimiento muy humano de compasión y admiración. Cómo una joven no sólo siguió lo que su espíritu le dictaba y se hizo escuchar entre un mundo de hombres, cómo triunfó como guerrera y aun así fue quemada viva. Me viene a la memoria que yo mismo me había aprendido una parte de la obra “Santa Juana” de Jeorge Bernard Shaw para audicionar para el Taller Experimental de Teatro (TET) de Caracas, en la que, recuerdo, decía algo acerca de salir con las cabras y disfrutar “el saludable frío de la mañana”. Había actuado mi fragmento con las manos atadas con cuerdas, pues aquél era el momento en el que Juana de Arco se defendía frente a la corte que la había condenado. Una verdadera mártir. ¿Que hay de sus locuciones, sus conversaciones con Dios? Resuelvo que la veracidad o falsabilidad de sus visiones no son asunto mío para juzgar, que yo mismo volví a la vida de una forma casi milagrosa y que quizás la diferencia entre Santa Juana y yo tenga que ver con a quién o a qué le entregamos nuestra fe, más que con el hecho de sentirla o no, pues sentir fe es parte de ser humanos, sea fe en la medicina o en una santa. Enciendo una vela y le pido por mi salud —física y espiritual.


La iglesia de Juana de Arco
La iglesia de Juana de Arco

Con el vino de Azille nos bebimos nuestros últimos días en Europa. De los de “Terrases de Gabrielle”, de Capestang, nos trajimos dos botellas. La primera la abrimos en Ilhabela, en Brasil, hace más de un año, cuando me fui a vivir a pura selva y playa. La otra la he conservado celosamente. Hasta hoy.


A las cosas más valiosas de la vida hay que bautizarlas. Uno bautiza un bebé con agua bendita, una pareja con el matrimonio, y ¿a los libros? Pues con vino. Después de todo, cómo negar que aquello que hicimos en tantas iglesias, tantas velas encendidas, tantos momentos de silencio frente a altares, figuras y espíritus, fue un acto de fe. Escribir una novela y querer publicarla es también un acto de fe, más cuando se ha recorrido lo que he recorrido yo, más cuando pude haber escuchado a la psicóloga y haber roto aquel manuscrito hace seis años.


Terminé de escribir CATIRE justo días antes de viajar a Europa, y durante el viaje siempre pensaba: cuando mi novela esté publicada... Para eso he guardado este vino, esperando con paciencia y fe este momento.


(aquí va la foto con ustedes esta tarde)


¡SALUD!


Marcos Córdoba

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