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De Saint-Tropez a Cumaná: crímenes, tribus y una nouvelle vague tropical

Actualizado: 12 sept


Los deportistas de Saint-Tropez


A continuación, les presento un relato llamado Los deportistas de Saint-Tropez, acerca de dos parejas de burgueses de la ciudad de la costa francesa que se reúnen a hacer deportes juntos. La idea del relato se me vino por mi vida en la Isla, en la que el deporte es muy importante e impregna la vida de todos. Ver las velas en el horizonte siempre me ha resultado relajante, hablo de las velas de los veleros y las de kitesurf. Peo también están las canoas, las motos de agua, los nadadores de aguas abiertas, los que hacen stand up padel, los que juegan al volei playero.


De un tiempo a esta parte empecé a considerar el aspecto estético del deporte, y no hablo del “cuerpo de deportista”, si es atlético, delgado o musculoso; hablo del cuerpo que hace deporte, de cómo se mueve, de cómo se viste. De los rituales de los deportistas: juntarse a comer o tomar un café antes o después de los juegos; las ropas que usan, una mezcla entre relajadas y cómodas, pero siempre con cierto estilo. La estética del deportista es siempre única y distinguible, y me empecé a tomar muy en serio el tema cuando pensé en las vidas de Magda Kosrzinsky, Rupert Teagrass, Peter Heiss y Marlene Morr. Al final, el relato tomó su camino —o los propios deportistas de Saint-Tropez lo hicieron—, y el relato se fue para otra parte. Aún así, me gustó el rumbo que tomó.


He dividido este post en tres actos de Los deportistas de Saint-Tropez, intercalados por dos interludios y una coda final. Los interludios y la coda son otros textos sueltos, cada uno con su abreboca. No sé qué pueden tener en común estos cuatro textos, salvo que me ayudan a pensar en lenguaje, y la escritura desde un punto de vista estético. Cada uno de los relatos respira su propio aire, vive su propio mundo, y, por lo menos yo, veo la vida a través de diferentes escalas cromáticas dependiendo de cada uno.

Empecemos, entonces.

 


Primer acto


Magda Korsinzky y Rupert Teargrass se reunían todas las mañanas junto con Peter Heiss y Marlene Morr. Las dos parejas jugaban al tenis de ocho a nueve y media, tomaban el desayuno hasta las diez y media, y los cuatro se iban a sus respectivos trabajos.


Magda era prefecta de la ciudad hacía tres años, cargo que había detentado anteriormente su marido, Rupert, durante ocho años. Ahora Rupert se dedicaba a la exportación de sextantes y el tráfico de tiburones ballena, que se comían muy bien con salsa de soja en Japón. Peter y Marlene eran los dueños del hotel Morr, que ella había heredado de su padre y éste del suyo; era heredera y no necesitaba trabajar, pero Peter Heiss, que era nieto de un importante fabricante de armas suizo, le inculcó el valor del trabajo, de atender el propio negocio. Ella ocupaba el lugar de administradora mientras él se entretenía con algunas labores de manutención y pintura.


Exclusivamente los jueves, a las nueve de la noche, Korsinzky, Teagrass, Heiss y Morr, se reunían otra vez. Era el día del póker, se repartían las cartas, se hacían las apuestas, y se hacía la repartija de lo ganado. Fue en una de esas noches cuando Rupert Teagrass le ganó el velero favorito de Peter Heiss, el Majestic. No era hasta pasada la madrugada que las apuestas se ponían más altas, entonces, casas de campo, autos de colección y obras de arte se dejaban a la buena del azar.


Heiss guardaba un profundo encono hacia Teagrass. El Majestic había sido un regalo de su suegro para su cumpleaños número treinta y cinco, había navegado por todo el índico con Marlene y llegado hasta las islas Andamán en él, donde decían haber concebido a su segunda hija. Durante meses, intentó hacer que Rupert Teagrass lo apostara en el juego, lanzando insinuaciones y comentarios al aire. Le daba vergüenza admitir que haber apostado el Majestic había sido un acto de torpeza. Su determinación a tenerlo de vuelta era proporcional a su negativa de pedirle simple y llanamente a Teagrass una devolución, o firmarle un cheque por el valor del navío.


Los repetidos intentos de Heiss por recuperar el Majestic lo obligaban a estar cada jueves, sin falta, en la cita acordada entre las dos parejas, aunque no soportara ya verle  la cara a Teagrass; todo con la esperanza de recuperar el velero.


Una de esas noches, mientras Marlene Morr se untaba crema hidratante antes de salir, le comentó a su esposo:


— No entiendo por qué no puedes decirle, “Rupert, querido. Creo que ha sido un lindo momento el que has pasado con mi velero. Pero fue un regalo de mi suegro y no puedo permitirme perderlo así tan estúpidamente. Te ofrezco...” y ahí le dices la cantidad que le ofreces y él lo va a aceptar. A él no le falta nada, ya verás que te lo deja en el muelle a la mañana siguiente.

— Calla, mujer. ¿No entiendes que eso sería rebajarme? Tengo que encontrar una forma más sutil.

— No entiendo a los hombres. Jugando siempre con sus barcos y sus autos como si fuesen de juguete. Nunca dejan atrás la infancia.

— Fue un regalo de tu padre, carajo. ¿Acaso no te importa?

— Claro que sí mi amor —Morr se le sentó en el regazo de su esposo, le sostuvo la cabeza y la metió entre sus senos—. Huele el perfume que me puse hoy. ¿Puedes adivinar cuál es?

— Chapelier.

— ¡Bravo! Estoy segura que hoy tendrás suerte, seguro tira sobre la mesa las escrituras del Majestic, sólo hay que esperar a que esté un poquito ebrio.


Esa noche las cosas no pintaron bien para Peter Heiss. Habían pasado ya quince rondas y había conseguido perder dos mil francos. Rupert Teagrass se encontraba más sobrio que nunca, no había bebido esa noche a causa de malestar estomacal.


Antes de terminar la velada, Teagrass coloca una foto sobre la mesa de tapizado verde. Los otros tres miran con mucha atención. En la fotografía se observa un hombre en la mitad de sus treinta, posando junto con una medalla y un trofeo, está montado en un velero de nombre Majestic. Heiss reconoce su regalo de cumpleaños de inmediato, se altera, pero contiene su sorpresa y frustración.


— A que no adivinan el año en el que fue tomada esta foto.

— Peter, querido, ¿acaso no es el Majestic? —Marlene Morr entrecerró sus ojos, analizando la imagen. Luego los abrió exageradamente— Pero ese hombre de ahí no es mi padre.

— Sí, creo que es bastante obvio que se trata del Majestic, Marlene, gracias —dijo Peter Heiss, apretando los dientes.

— Esperen, yo... Creo que conozco a ese hombre —Magda Korsinzky entornó los ojos y se colocó unos lentes redondos que sacó de su chaleco—. Simon. Ese es Simon Tullman. ¿De dónde sacaste esta foto, Rupert?

— ¿Simon Tullman? ¿De los astilleros Tullman? —preguntó Marlene con incredulidad.

— Así es, Marl. Pero no recuerdo que participara en regatas. Aunque, bueno—Magda Korsinzky dobló sus anteojos y los colocó nuevamente en su chaleco con un gesto afectado. Luego volvió a tomar asiento—, no puede ser tanta sorpresa viniendo de alguien que fabrica barcos.

— Momento —Peter Heiss intentaba disimular su desespero, pero fracasó—. ¿De quién están hablando? Señoras, les pido que tengan a bien en compartir un poco de la información.

— Calma, querido —Rupert Teagrass levantó una mano con un gesto de alto, como tratando de tranquilizar a Heiss—, yo puedo explicarte. El que ves en la foto es nada menos que el hombre que fabricó el Majestic. La foto fue tomada en el puerto de Valparaíso, en Chile, en el año 35’, cuando dio la vuelta en la primera regata transoceánica.

— Si le pertenecía a Simon Tullman ¿cómo se explica que haya llegado a manos de mi padre? —preguntó Marlene Morr con una voz chillona.

— Estuve haciendo algunas preguntas esta última semana, querida Marlene. Resulta que tu abuelo Solomon Morr fue uno de los accionistas en el astillero de Tullman. Como regalo por su sociedad, Tullman le regaló el Majestic.

— ¡Oh! —Marlene Morr miró a Peter Heiss de una forma en la que sólo ella sabía mirarlo, que le permitía saber todo lo que estaba pasando por su cabeza sin que él ni ninguna otra persona en la habitación notaran siquiera que ella lo había mirado—. Maravillosa historia. ¿No crees, Peter? Creo que estoy un poco cansada ahora. Magda, querida —tomó su saco del respaldar del asiento y se lo fue colocando—, ¿podrías enviarme la nota del atelier de esos anteojos tan divinos? Me parecen fantásticos, quisiera unos así para el sol.


Uno por uno, todos se fueron despidiendo. Las mujeres besaron sus mejillas entre ellas y con los hombres. Los hombres estrecharon sus manos entre ellos. Antes de salir por la puerta, aún sosteniendo la mano de Rupert Teagrass, Peter Heiss le dijo:


— Siempre supe que eras un hombre con suerte, Rupert Teagrass —la mano de Heiss temblaba ligeramente, éste trataba de controlarla y sólo conseguía el efecto contrario—. Quedarte con el regalo de mi querido suegro... —su ojo empezó a parpadear de forma extraña, y su sonrisa tomaba dimensiones poco familiares en su rostro— ¡Vaya! Sólo espero que sepas disfrutarlo... tanto como yo lo disfruté.


Peter Heiss salió con prisa de la sala. Antes de salir, Marlene Morr miró a sus compañeros de juego con una sonrisa estúpida y sagaz.

 

Fin del Primer acto



Foto tomada a otra foto, exhibiba en una tienda de artículos de kitesurf. Me fascinó —y erotizó— el jeito despreocupado de los tres hombres, que miran la vela con partes iguales de seriedad y emoción.
Foto tomada a otra foto, exhibiba en una tienda de artículos de kitesurf. Me fascinó —y erotizó— el jeito despreocupado de los tres hombres, que miran la vela con partes iguales de seriedad y emoción.


Primer interludio


Los Tubi de las Islas Sándwich del sur


El texto Los Tubi de las Islas Sándwich del sur lo escribí hace mucho, año y medio, quizás. Creo que siempre me fascinaron esos relatos de Malinowski, Evans Pritchard, y todos esos intelectuales, fanáticos de la etnografía, que solían ver las costumbres de los “pueblos primitivos” y rodearlos de un carácter exótico y excéntrico. Ellos se veían a sí mismos como lo “normal”, y veían a los pueblos origianarios del Pacífico, África o América, como esa alteridad salvaje, camino a su inminente desaparición, devorada por la modernidad. Ellos eran parte de esa modernidad, que buscaba con desesperación conocer sus costumbres para tratar de ilustrar el pasado humano, un pasado antiquísimo e inmemorable, al cual se podía acceder sólo a través de las costumbres de los Trobriand o los Nuer.


Entonces dije: yo también puedo ser un Evans Pritchard de este tiempo, y descubrir el mundo de tribus perdidas en el Océano Pacífico. Como los Tubi de las Islas Sándwich del sur, una tribu a la que me hubiese encantado conocer:

 

Entre los Tubi de las Islas Sándwich del Sur existe una tradición que se transmite oralmente: cuando la luna se encuentra a cinco dedos y medio de la línea del horizonte, alejándose del mismo y abriendo paso a la noche, el pultpol, siervo de casa, debe dar tres palmadas en los muslos del olchir, el señor de casa. Este gesto indica el inicio del cortejo, el olchir habrá de seguir al putpol hasta un claro de luna y allí, habrá de quitarle el taparrabos y las plumas, recostarlo sobre un nido de hojas de palma, y lo ha de besar hasta que la luna haya completado una vuelta entera en el cielo. El beso vendría acompañado de caricias en todas las direcciones. Cuando el sol haya salido, los dos, el señor y el siervo, han de volver a la casa.


El segundo día del pasternum, así llamada esta ceremonia, el putpol habrá de vestir el traje ceremonial, una prenda hecha con corteza de árbol malo, nombre popular del anacardium torchidensis, que, después de secarse durante tres días, se cose con hebras de la misma planta hasta obtener la forma de una flor abierta. El putpol habrá de engalanarse y retirarse al claro de luna, donde habrá de esperar al olchir. Una vez juntos, el olchir habrá de tocar su instrumento de viento: una hoja puesta en los labios que al ser soplada produce un pitido. Y en el medio habrá de entonar los cánticos de la ceremonia. Sin retirar las hojas del traje del putpol, el olchir habrá de untar su cuerpo con grasa de tiburón lagarto. Cuando el sol haya salido, los dos, el señor y el ciervo, han de volver a casa.


El tercer día, se establece el voto de silencio: tanto el olchir como el putpol se retiran hacia su mundo interior. Este día la luna está por completo llena. Ambos se dirigen en silencio hasta el claro, y ahí el putpol abrirá las piernas, mientras que el olchir se sentará sobre su sexo. Habrán de conversar toda la noche en esta posición, y el olchir le contará los cinco fundamentos de la madreselva. Después de yacer esa noche, el señor y el ciervo quedan atados de por vida, y el putpol será el coregente de la casa y podrán dedicarse ambos a la cosecha y a la caza.


Este pasternum habrá de repetirse cada vuelta al sol, y con cada ceremonia, el olchir consigue más putpols que convivan con él. Al momento de la muerte, el primerísimo putpol en haber completado un pasternum con el olchir primario, se convertirá ahora en un nuevo olchir, y tiene el derecho de escoger entre los otros putpols cuáles quiere conservar, dejando el resto a su suerte. A estos individuos, anteriormente putpols fervientes de un olchir, ahora caídos en desgracia, la gente los llama zonzo. De esto se trata esta historia.

Tacun-la era el zonzo más conocido en aquella aldea.

 

Pues bien, hasta ahí llegó ese relato, por ahora. Me resulta fascinante terminar un relato donde apenas se acaba de introducir a un personaje. No lo hice a propósito, se ve que ese día me puse  a hacer otra cosa y no terminé de escribir. Pero así quedó. Me doy tres chicotes por eso, por no terminar los texos que empiezo. Lo bueno del lenguaje es eso, que es un sistema abierto: ¿qué pasó con Tacun-la? La pregunta aún está por responderse.

 

Fin del Primer interludio



Una página del número de enero de 2017 de la revista National Geographic: Género La revolución. El relato de esta persona del tercer género en una tribu de Samoa fue uno de los disparadores que me llevó a pensar en los Tubi.
Una página del número de enero de 2017 de la revista National Geographic: Género La revolución. El relato de esta persona del tercer género en una tribu de Samoa fue uno de los disparadores que me llevó a pensar en los Tubi.


Segundo acto


Diario de Saint-Tropez

Saint-Tropez, 16 de junio de 1978

Esta mañana, la localidad de Saint-Tropez en la Costa Azul ha amanecido con una noticia que ha dejado perplejos a los vecinos y visitantes de la flamboyante ciudad costera francesa. El señor Rupert Teagrass (57 años), quien fuese prefecto de la ciudad antes de que su esposa —ahora viuda— asumiera el cargo, y el señor Peter Heiss (53 años), marido de la heredera de la cadena de hoteles Morr, han sido hallados muertos en circunstancias violentas en el muelle privado de la residencia del señor Teagrass, en el barrio de Sainte-Anne.


Los cuerpos fueron encontrados en el velero Majestic por uno de los staff de mantenimiento de los navíos del señor Teagrass, quien disfrutaba de paseos vespertinos en su catamarán. El hombre, Fausto Nilo, de 32 años de edad, relató a las autoridades cómo halló los cuerpos:


El señor (Teagrass) estaba atravesado por un arpón, bañado en sangre. Los ojos mirando así para arriba como si estuviese viendo a un ángel o a Dios. Dios nos proteja, qué cosa más fea.


Cuando se le preguntó acerca del estado del señor Peter Heiss, el testigo sólo aclaró: Sólo le pido a Dios que se haya muerto bien rápido para que no tuviese que sufrir mucho.


Las pesquisas policiales han arrojado algunas teorías de lo que podría haber sucedido la tarde del 14 de junio, cuando se presume que los hombres habrían muerto. El detective Pierre Cousteau, quién habló en una rueda de prensa al mediodía, no descartó un “ajuste de cuentas”.


No encontramos indicios de la presencia de otras personas en la escena. Los instrumentos usados para causar muerte eran muy conocidos por ambas víctimas: un arpón en el caso de uno, y un tanque de oxígeno en el caso del otro. Hasta el momento desconocemos las razones que podrían haber llevado a estos dos hombres, respetados miembros de nuestra comunidad, a acabar en circunstancias tan escabrosas. Seguiremos llevando a cabo nuestra investigación.


El detective Cousteau descartó que las esposas de ambos hombres, la prefecta Magda Korsisnzky y la heredera Marlene Morr, fuesen blanco de cualquier sospecha, e informó que ambas mujeres permanecen perplejas ante semejante tragedia.


Tanto la señora Morr, como la prefecta Korsinzky se han rehusado a declarar ante la prensa. Las viudas se encuentran recluídas en sus condominios. Se ignora si existe comunicación entre ellas.

 

Fin del Segundo acto



Tercer interludio


Una persona llamada Darío



Darío está muy lejos de parecerse a Jean Paul Gaultier fotografiado por Pierre et Gilles, pero tiene ese aire de loca peliteñida que es el que estaba buscando a forma de ilustración
Darío está muy lejos de parecerse a Jean Paul Gaultier fotografiado por Pierre et Gilles, pero tiene ese aire de loca peliteñida que es el que estaba buscando a forma de ilustración

El siguiente relato lo escribí a partir de una persona real, y es como yo describiría —y he descrito en anteriores ocasiones— a esta persona en cuestión. Nótese el poder para transformar a un ser humano real en un personaje que parece tan ficticio como Marlene Morr o Tacun-la. O podría decir: nótese cómo un personaje ficticio como Rupert Teagrass parece ser más verosímil que alguien como Darío.


Una de las primeras cosas que se descubre al escribir, es que la forma en la que percibimos el mundo es siempre una interpretación de las cosas, pues nada es como es, sino que todo es como se interpreta. En ese sentido, otros habrán conocido a Darío y podrán tener opiniones diferentes de él. Podrán incluír en su descripción cosas más positivas, alguna carcterística altruísta de su personalidad. Sí. Pero también es cierto, que tal y como yo lo percibí, y tal y como lo he plasmado en el siguiente relato, Darío se resume a lo siguiente: un recorte, un pedazo de alguien real, que deja de ser alguien real en el primer momento en el que escribo acerca de él, pues Darío no es ni estas palabras, ni estas escenas. Lo que Darío sí es, o, mejor dicho, quien Darío es, realemente, es un personaje, y en tanto que personaje, y yo escritor, pues... Darío será lo que yo quiera que sea. Tanto como Magda Korsinzky o Peter Heiss. Vamos:

 

¿Te conté alguna vez de Darío? ¿No? Yo creo que sí. La loquita que cantaba con Ron, cantaban ópera... ¿Eh?, Ah no, esa era otra loca... esta loca se llamaba Darío. Bueno, se llama, porque todavía no se murió. O no sé, no supe más nada de él. Era un personaje. Era histérica, estaba todo el día criticando a la gente, para mí que llegaba hasta a inventar cosas de la gente para tener algo que decir. Cuando te digo que era histérica es porque me consta. Si hasta me dejó de hablar porque le envié unos mensajes a su novio diciéndole que lo amaba... ¡Estaba borracho! Y yo conocí a Alberto mucho antes que él, pero el muy estúpido no quería estar con alguien igual de simpático y joven que él, o sea, conmigo; él prefería estar con uno más viejo y más feo, y además una loquita tipo de peluquería. Bueno, pero déjame contarte, pues.


Resulta que este Darío estaba obsesionado con su pelo, porque claro, él ya tenía más de treinta, y se vestía como un carajito, usaba ropa apretada y llamativa, que lo hacía ver todavía más viejo. Y no se podía hacer mucho con su cara: era un puto Picasso, tenía los dientes de adelante muy grandes, y un poco chuecos, —no lo suficiente como para que le dieran personalidad, pero sí lo suficientemente chuecos como para que lo hicieran ver desgarbado, chueco en su totalidad humana—. Así que lo único que le quedaba era su pelo, porque tenía la suerte de tener un pelo largo y liso. Yo no sé cuánta plata habría gastado en su pelo, porque imagínate, tenía encima: la keratina para el alisado, el planchado y el secado, el champú, enjuague, las ampollas esas revitalizadoras y qué se yo, y… claro, ya va, porque primero se lo tendría que haber aclarado, porque él usaba el pelo así amarillento, pero color de actriz de película, no amarillo desgastado de decoloración, si no un amarillo bonito... Ok, continúo, había dicho alisado… champú… bueno, ese llevaba el secador a todas partes, y una vez a la semana se hacía mascarillas capilares, una vez de aguacate, otra vez con mayonesa. ¡Sí, mayonesa! La loca se echaba mayonesa para darle vitaminas al pelo y no sé qué otras mierdas. Después del secador y la planchita, sacaba la cera, se echaba un poquito en la mano y se aplicaba en todo el pelo, después se pasaba el peine y listo, le quedaba de salón...


El problema es ese, como te dije, tenía los dientes chuecos, y eso que todavía no te hablé del resto de la cara. Tenía los ojos de esa gente que nunca durmió bien en su vida, y tienen unas ojeras de la puta madre y los ojos se les ponen chiquitos y como arrugados...  ¡Ay, ese Darío! Y siempre andaba con un novio diferente —antes de ponerse con Alberto, claro—, todas las semanas tenía una nueva cita, y aquello era como entrar a ver a los mutantes esos de los circos... ajá, como la mujer barbuda, las siamesas, y eso. Puro bicho feo. Hasta que se consiguió a Alberto, y ahí todos se quedaron boquiabiertos. Alberto, un tipo decente, agradable, joven, guapo… y se fue a empatar con este tipo. Y como yo andaba de novio con Ron... Bueno, pero no me mires así, yo también he tenido mis momentos de crisis. Y Ron y Darío eran comadres, y hasta se hacían sus tratamientos capilares juntos, y el Ron hasta llegó a alisarse el pelo, lo gracioso es que tenía poquito pelo, y aquello parecía un peluquín lo que se había hecho. ¡Ay, Dios!


Bueno, en una de esas, Darío nos invita a su casa a Ron y a mí, y resulta que vivía en Petare, en la punta del cerro, en una casa muy humilde, con su mamá que lo consentía con todos sus tratamientos capilares. Esa noche la pasamos bien, ellos eran dos urracas intoxicadas. Yo te cuento esto ahora no porque yo haya sido hipócrita con él y siempre haya pensado esto de él y nunca se lo dije a su cara. No. Yo sabía que había algo en él que me parecía, no sé, del bajo mundo, decadente, triste; y también intuía que él no me quería mucho. Quería mantenerme lejos de su blanco, porque si algo tenía es que si se la agarraba con alguien se aseguraba de destruir a esa persona, pero no de frente, siempre a sus espaldas, se ponía a hablar cualquier cosa que se le ocurriera. ¡Ay ese Darío!


Hasta que ese día me emborraché, y ya yo no estaba de novio con Ron ni nada, y le escribí esos mensajes a Alberto y luego él, o sea, Darío, me escribió a mí: ni se te ocurra volvernos a escribir. Fin, más nunca hablé con él. Ahora que han pasado unos años y lo pienso digo: pobre tipo. Imagínate que eres un marico pobre que no puedes arreglarte la dentadura, te tienes que conformar con arreglarte el pelo porque es lo único que puedes pagar, y darte cuenta que ya pasaste los treinta y que ya no eres ni un poquito atractivo, y que de paso tu única habilidad sea algo tan poco redituable, que es cantar, y, ¡de paso!, que no lo hagas tan bien, que todos tus amigos canten mejor que tú, y que tu vida sea criticar a todos para sopesar el hecho de que tú eres un cantante mediocre.


¿Sabes una cosa? Un año o algo así después de que él y Alberto se separaron —duraron como dos o tres años— me lo encuentro a Alberto y él me dijo algo así como “no sé qué me paso”, o sea, que no sabía cómo se había fijado en Darío en primer lugar, y se burlaba especialmente de que fuese tan loca, tan falsa, y el remate fue, escucha esto, que su único atributo ¡es que tenía el guevo grande! ¡Figúrate tú! No puedo ni imaginar a esa persona, además tan bajito que era, porque no sé si también te dije que era un chichón de piso... y con un guevote. No, no, muy bizarro. Creo que debe ser muy triste que después de muchos años la gente sólo pueda recordarte por la cantidad de productos que te echabas en el pelo y por ser una chismosa y una ridícula. Es triste, realmente. Me pregunto si se habrá podido ir de Petare.

 

Pequeño comentario: tú, lector, ¿me vas a señalar por la forma descarnada en la que describí a Darío? Estoy seguro de que tú has hecho lo mismo con otra(s) persona(s). La diferencia entre tú y yo es: tú eres alguien, y yo no soy nadie. El narrador es el que ecribe, y criticar al narrador es como enviar una carta a una dirección que no existe. ¿Cómo te lo explico? El autor tiene nombre y apellido, sí. Mientras tanto, el narrador no es nadie, pero es él el que escirbe, no yo.

 

Fin del Segundo interludio




Tercer Acto


Marlene Morr recorre su pent house en el hotel Morr de Saint-Tropez. Sostiene un cigarrillo entre los dedos y taconea de un extremo a otro del amplio salón. Por momentos deja correr una lágrima, saca un pañuelo manchado con rímel y se la seca. Por momentos se apoya en la baranda de la ventana y observa la puesta de sol. Se sirve un escocés y continúa con su caminata. Siente que sus manos tiemblan y las aprieta y relaja en intervalos de cinco segundos, es lo que su instructora de manejo de energías le ha indicado en caso de estrés de alto nivel.


— Pete... —habla sola— Pete... —sonríe. El sol de la tarde le hace brillar los ojos verdes, enmarcados en un endudído de rímel y lágrimas—. ¿Por qué harías una cosa así mon cheri? —da una pitada al cigarrillo, que se ha consumido hasta la mitad, luego lo aporrea al cenicero, repleto de docenas de otros cigarrillos a la mitad.


Marlene Morr llora. Aprieta los ojos con fuerza y deja salir las lágrimas, luego los abre mucho y con el pañuelo se da unos toques en las mejillas para absorberlas. Está vestida con media de raso negras y un vestido negro, demasiado entallado para una viuda. El cabello permanece abundante desde la parte trasera de la cabeza, parece una peluca a la usanza de Hollywood.


Ahora está recostada en el diván, los últimos rayos de sol son lo único que ofrece luz a su amplio dormitorio. A lo lejos, las luces de Saint-Tropez decoran el horizonte, titilantes y mezquinas. Un sopor se apodera de ella y se abandona a un humilde sueño vespertino, como si en esos últimos rayos de sol hubiese un poco de somnífero.


El teléfono suena y rechina en sus sueños como las largas uñas de la monja de la escuela en la lección de Historia. Marlene Morr se espabila, las pestañas aún adheridas a entre sí. El teléfono es insistente e insoportable. Ella se endereza y se acerca a la mesita donde está apoyado el teléfono, con un cenicero, una pequeña lámpara, un florero y al lado una butaca forrada en cuero vacuno.


Marlene sostiene el teléfono, permanece de pie, lo deja sonar tres veces más antes de cogerlo.


— Hola.

— No cuelgues. Soy yo —la voz de Magda Korsisnzky termina de traerla a la realidad de un miércoles por la noche.

— No puedo hablar contigo. Mi abogado me ha dicho...—

— A mí también me han dicho muchas cosas mis abogados. Todos dicen muchas cosas, ¿no te parece? Creo que es hora de que hagamos las cosas a nuestra manera.

— Magda, hoy no tengo fuerzas. Te ruego que no llames más...—

— Encontré algo entre los documentos de Peter. Una carta.

— ¿Qué dices? ¿Una carta de quién?

— Una carta de Rupert, Marlene. Una semana antes de...—

— ¿Qué me quieres decir? Tu marido es un asesino, eso no tiene discusión. No importa lo que hayas encontrado.

— Peter lo había amenazado una semana antes de aquella tarde. Lo tengo todo aquí. Esto podría cambiar todo el caso, Marlene.


Marlene Morr sintió que un fuego en su pecho crecía, como lava que se va a acumulando en la boca de un volcán. Dejó el teléfono apoyado sobre la mesita y fue a por sus cigarrillos. Antes de sentarse en la butaca de cuero vacuno, encendió algunas lámparas, quedando así cubierta por una luz cremosa. Se encendió un cigarrillo y sostuvo nuevamente el teléfono.


— No te atrevas a hacer alguna jugada sucia, Magda. Podrás ser la prefecta. Podrás ser la viuda del ex prefecto. Podrás ser la puta condesa de la Costa Azul. Pero tanto Peter como yo conocíamos muy bien las personas de esta ciudad —dio una pitada a su cigarrillo—, y no te conviene llevarme la contraria.

— No te he llamado para pelear, Marlene, ¿está bien? No pienso hacer nada con esta carta a menos que sea necesario. Ya sabemos que el caso va a favor de la teoría de que Rupert se defendió lo mejor que pudo. Mientras se mantenga de esa forma...—

— ¡¿Cómo dices que se defendió Rupert?! —el grito de Marlene Morr causó un estruendo en el espacio vacío de su casa— ¿Arrojándole un tanque de oxígeno a mi esposo y prendiéndolo en fuego?

— Eso fue después de que tu esposo lo atravesara con un arpón, ¿recuerdas? Él sólo se estaba defendiendo.

— ¿Quieres hacerme creer que un hombre atravesado en el hígado por un maldito arpón tiene la fuerza para sostener un tanque de oxígeno de ocho kilogramos, abrir una válvula y prenderle fuego?

— Marlene, querida, creo que hemos perdido el norte de esta conversación. Te he llamado porque desde que ocurrió este incidente las personas comentan cosas. En el Ayuntamiento, digo. Todo tipo de chismes, habladurías. Creo que lo mejor es que tú y yo seamos amigas. Al menos para el ojo público. Me ha costado mucho ocupar este cargo como para que algo así...—

— ¿Qué dices? ¡Oh Magda Korsinszky eres un monstruo! Tu marido murió hace un mes y sólo te importa tu carrera política.

— Alguien tiene que hacerse cargo de esta ciudad, querida.

— En ese caso no cuentes conmigo. Ya tuve suficiente. Yo... Sólo quiero conocer el dictamen. Luego podré pensar más claramente.

— Yo sólo digo, querida Marlene, que el ayuntamiento ha sostenido una importante excención de impuestos para el Hotel Morr durante más de una década. ¿No fue eso acaso lo que les permitió a ti y a Peter expandir su cadena? ¿Hacer algunas mejoras? ¿Acaso no les permitió una vida más holgada?

— Magda... —la voz de Marlene Morr tomó un aire gris y tembloroso. Consiguió fumar el cigarrillo hasta el filtro. Luego apagó lo que quedaba sobre el cenicero de la mesita del teléfono— ¿a dónde quieres llegar?

— Mira, todo este asunto me ha traído muy... De los pelos, ¿sabes? Cansada. Yo también perdí un marido, y lo extraño. Sólo quisiera que mi vida volviera a ser un poco como lo era antes. ¿Qué te parece en el Levante, este jueves a las 8pm? Como en los viejos tiempos.

— ¿Me estás chantajeando? ¿Para que vaya a jugar al póker contigo?

— Sólo digo, que sería una lástima que el ayuntamiento de Saint-Tropez dejara de ser tan condescendiente con algunos negocios locales. Eso provocaría muchos problemas para las familias que tanto han trabajado por la ciudad.

— Y ¿qué va a pasar con el Majestic?

— ¿El Majestic? —Magda Korsisnzky dejó escapar una risita burlona y cínica—. ¿Acaso es tan importante ese pedazo de maderitas viejas?

— Sí, le perteneció a mi padre durante...—

— Sí, tu padre, tu padre. Bien, querida, aún no me he podido decidir, ¿sabes? Quizás lo termine subastando. Su valor a aumentado mucho desde el incidente.

— Lo quiero de vuelta. Te daré lo que me pidas.

— ¿Al Majestic? Pero ¿qué haría una mujer como tú con un velero vetusto como ese? Te hacía mujer de otro tipo de gustos, Marlene Morr.

— Fue el regalo de mi padre para Peter en su cumpleaños.

— Ah, cierto. Bueno, ¿por qué no lo charlamos bien el jueves, Marlene, querida? Ahora debo atender una cena importante, te hablo luego. ¿Sí? Adiós.


El teléfono de Magda Korsinszky cortó con un sonido plástico seguido de un latigazo. Marlene Morr permaneció sosteniendo el auricular en su mano, mirando estúpidamente el teléfono y sus propias manos. Luego colgó el auricular y se puso de pie. Recogió un cigarrillo del paquete que había dejado sobre el diván y lo encendió. Antes de salir al balcón, tomó dos pastillas de un frasco y las tragó sin agua. Mientras veía las luces de Saint-Tropez, Marlene Morr iba cayendo en un sueño viscoso. No recordaría al día siguiente cómo alcanzó a llegar a la cama para dormir.


Lo que amo de Los deportistas de Saint-Tropez es ese giro extraño que anula a los dos hombres de la historia, y deja a las mujeres enfrentadas entre sí. En el medio, el Majestic, pero también muchos secretos, porque el velero no puede ser suficiente motivo para que dos hombres como Teagrass y Heiss terminen de forma tan violenta.


El relato quedó sin continuar, y realmente no sé si lo retome en algún momento. Me parece mejor dejarlo aquí, porque no a todas las ideas se les puede dar el mismo tiempo de trabajo. Y tengo varias pendientes de completar.

 

Fin del relato


 

el autor, después de la corredera
el autor, después de la corredera

Coda: una nouvelle vague cumanés


Hasta aquí llegó el relato de hoy, y sus interludios. Pero antes de dar el fin, dejo por acá una coda. He llamado a este relato Una nouvelle vague cumanés, porque es exactamente eso. Me resultó un juego muy entretenido, usando un lenguaje que siento muy próximo al de mi narrativa: el cinematográfico.


Amo la nouvelle vague, Cleo de 5 a 7, de Agnes Varda (mi favorita), Sin aliento, de Jean Luc Godard, y Hiroshima Mon Amour, de Alain Resnais (con guión de Marguerite Duras, chúpate esa mandarina), entre otras.


El relato se explica a sí mismo, porque es más un experimento que otra cosa. Disfruté escribirlo y luego leerlo, y creo que algún día me gustaría participar de esa “nouvelle vague tropical”, donde mujeres como Coromoto deambulen por Cumaná con una botella de ron en la mano, al igual que Cleo vivió en dos horas en París lo que una mujer promedio de su tiempo viviría en dos años.



"La desnudez es como el verano. Todos deberíamos disfrutarla" Me decidí por a traducción literaria "disfrutarla" en lugar de la literal "tenerla"  (merci, chat GPT). Una escena de Cleo de 5 a 7, el hombre con el que habla Cleo lo conoció ese mismo día caminando en un parque en París, y después fica obsesionada con él. Una de esas cosas que suceden en la nouvelle vague: el amor recalcitrante e instantáneo
"La desnudez es como el verano. Todos deberíamos disfrutarla" Me decidí por a traducción literaria "disfrutarla" en lugar de la literal "tenerla" (merci, chat GPT). Una escena de Cleo de 5 a 7, el hombre con el que habla Cleo lo conoció ese mismo día caminando en un parque en París, y después fica obsesionada con él. Una de esas cosas que suceden en la nouvelle vague: el amor recalcitrante e instantáneo

Nouvelle vage


Quiero mi vida nouvelle vague.


Hacer el amor a lo nouvelle vague es sentir el orgasmo más enceguecedor apenas por un beso en el cuello, pero fumar durante el coito como si fuese un masaje de pies o una visita al café de la esquina.


Comer a lo nouvelle vague es pedir un platillo costoso y rebuscado con la liviandad de quien pide papas fritas, y dar un par de bocados nada más.


Comer a lo nouvelle vague es fumar con boquilla entre copas de coñac.


Matar a lo nouvelle vague es heroico y alucinante: se mata por alucinaciones, y uno se convierte en héroe.


Una conversación a lo nouvelle vague va más o menos asi:


Claudette entra...


No, Claudette es muy francés. ¿Quiero una vida nouvelle vague a la francesa? ¿Existió alguna nouvelle vague latinoamericana? ¿Nouvelle vague tropical? Intentémoslo así:


Coromoto entra en la bodega, viste alpargatas y falda por encima de las rodillas. Usa una blusa con borlas color rojo coral. Su pelo crespo está atado atrás. El dependiente la saluda:


— Buenas tardes, ¿qué se le ofrece?

— Yo... ¿tiene usted? ¿sabe de?

— Tome —el dependiente apoya una botella de ron en el mostrador—. Vaya con Dios, y me la paga cuando pueda.


Coromoto observa la botella, y el rostro del dependiente. Primerísimo primer plano del dependiente, descubrimos que es realmente atractivo en medio de su ordinariez. Coromoto lo descubre también, está perturbada por la idea de que se acaba de enamorar perdidamente del bodeguero.


Coromoto sale de la tienda, se queda afuera por unos segundos. Dubitativa, entra a la bodega nuevamente. El dependiente la observa.


— Por favor llévese la botella. Usted la necesita.

— Yo... Gracias... Tan sólo quería una fría. Adiós.


Coromoto sale, sosteniendo la botella de ron entre sus manos. La coloca en su cartera de red. Camina por las calles de Cumaná y se cruza con Nazaret, su amiga más cercana.


— Mira, perdida er coño. ¿Qué llevas ahí? ¡Ah verga!

— Fue... El bodeguero.

— Pendiente con una vaina. Que tiene mujer y la loca esa se la pasa repartiendo coñazos a las que andan detrás del marío’ de ella.

— Fue tan sólo... ¿nos echamos un traguito? ¡Oh Nazaret! De todas las mujeres de Cumaná, has decidido que sea yo, Coromoto, precisamente, tu amiga. ¿En qué estabas pensando?


Nazaret no responde, como si en lugar de haber estado hablando con su amiga, Coromoto hubiese estado hablando consigo misma. Las mujeres caminan por las veredas del pueblo. Una vendedora con una canasta de pescado acomodada sobre un tubante pasa, sus manos en la cintura, la canasta, alta, montada en su cabeza.


—Qué fue niña... Cómpreme un pescaíto. Tengo jurel, tengo pargo, tengo medregal, tengo lisa, tengo...


Las dos amigas la saludan agitando las manos suavemente. La vendedora pasa de largo mientras continúa recitando su oferta de pescados. Se le escucha perderse a lo lejos diciendo:


— ...atún, tengo sardinas, tengo lenguado...


Pasan frente a un taller mecánico. Evaristo es el enamorado de Nazaret, ella se acerca para saludarlo. Pero Evaristo no quita sus ojos de las piernas de Coromoto.


Fundido a negro. Coromoto recuerda una semana atrás, las fiestas de la Virgen del Valle. Evaristo y ella besándose en el muelle, escondidos detrás de una balandra.


— ¡Zaje, Evaristo, zaje! Que la Nazare’ anda por ahí. No quiero problema’ Evaristo.


Se enfoca la cara de éxtasis de Coromoto mientras Evaristo le come el cuello.


— No... No... —voz en off de Coromoto— Virgen del Valle deme fuerzas mamaíta. Evaristo... Si nos montamos en esa moto y nos escapamos pa’ Carúpano. La Nazaret es como mi hermana, hombre —Coromoto se arrodilla—, en el nombre de la Virgen, hágame de todo ahora, o váyase pal’ carrizo. Pero pa’ siempre, Evaristo.


Evaristo toma a Coromoto por los hombros y la ayuda a ponerse de pie. La abofetea. Coromoto llora. Evaristo la besa. Coromoto lo ayuda a desvestirse. Corte.


Minutos después de la escena anterior: Coromoto aparece observando el la luna flotando sobre el mar, mirándose a sí misma: la luna y Coromoto, las dos mirándose a sí mismas. Y entre ellas. Coromoto fuma un tabaco. Evaristo se acerca detrás de ella.


— Usted sabe que la Nazaret está esperando un muchacho mío, Coromoto. Lo nuestro es imposible, mamaíta. Váyase lejos. Si la tengo cerca voy a querer hacerle de todo. Usted me va a envainar la vida de lo lindo. Váyase. Y si no se me va...


Corte. Vemos a Coromoto sola, unos minutos antes de que llegue Evaristo a hablar con ella.


— ¡Ay Virgencita! ¿Y si mato a ese desgraciao’? Yo... —Coromoto sostiene un coco que está en el suelo, choca los nudillos y lo agita para saber si tiene agua. Se ríe encantadora y echa el coco para atrás.


Corte. Volvemos a la escena entre Evaristo y Coromoto.


— Si no se me va... La mato, Coromoto. ¿Me oyó? La mato.


Evaristo desaparece. Coromoto queda sola y desnuda frente al reflejo de la luna. Una lágrima solitaria va rozando su mejilla izquierda.


Corte. Volvemos a la escena donde Coromoto espera a que Nazaret hable con Evaristo. Evaristo le mira las piernas. Coromoto empuña la botella de ron, y camina rápido lejos de la pareja. Camina por Cumaná hasta legar al lugar en el que ella y Evaristo habían hecho el amor. A lo lejos, un pescador solitario recoge su red. Observa a Coromoto, y continúa con su tarea. Coromoto se enciende un tabaco.

 


Me imagino a Coromoto siendo la Cleo de Cuamaná. Pero hay una batalla linguistica, silenciosa, allí. Nos parece esperable, o creíble, que un francés hable como Cleo, y no la vemos como una persona tan extraña. ¿Será porque como latinoamericanos hemos crecido con el mito del europeo rarito/otrificado, y creemos que elllos podrían perfectamente comportarse así en sus vidas diarias? Un comportamiento nuvelle vague.


Coromoto, por su parte, no llega a ser tan enigmática. Parece más bien confundida, o desorientada. Es como que si, para  poder ser más Cleo, Coromoto tuviese que vivir en otro lugar que no fuese Cumaná. Como si al vivir en Cumaná, yo —o el autor que escribe lo que las manos de mi “yo” escriben—, tuviese un conflicto entre cómo son las mujeres de Cumaná en realidad, más parecidas a Nazaret, a como es nuestra querida Coromoto, que intenta (pero le cuesta) ser un personaje de una película francesa de los 60’s.


 

Escena de La balandra Isabel llegó esta tarde, película venezolana de 1950. Una estética de esas de cine clásico y tropical, cero nuvelle vague, cien por ciento tropicale vague
Escena de La balandra Isabel llegó esta tarde, película venezolana de 1950. Una estética de esas de cine clásico y tropical, cero nuvelle vague, cien por ciento tropicale vague


Esto ha sido todo por hoy. Siga sintonizando Cómo es el infierno para más relatos, y por qué no, puede pasearse por los relatos publicados anteriormente:







Y si tanto le gustó, deje pal’ cafecito, pues.


FIN





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