El vivero de la calle Foyer
- Marcos Cordoba

- 20 jul
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 4 nov
Esa tarde eran precisamente las cinco en el vivero de la calle Foyer, y la Monstera adansonii desplegaba su frufrú de luces sobre el suelo cargado de polvo y tierra.
— Hola, buenas tardes. Cualquier cosa, me dices —saludó Santino, el dependiente de unos treinta y pocos, a un muchacho que había entrado.
— ¿Cómo va? —el muchacho empezó a recorrer las plantas de la parte delantera del vivero, era el único cliente. También pisaba los treinta años— ¿Cuánto cuesta este cerebrito? —dijo, levantando un cactus del suelo.
“Cerebrito” —pensó Santino—, qué forma más tierna de llamar a esa planta.
— Esa es una Mamillaria elongata, esa te sale en quince mil.
— Ah una millonaria… bueno, esta me la voy a llevar, ¿la puedo dejar aquí?
— Sí, no hay problema. ¿Buscabas algo en particular?
— Sí, algo exótico, algo raro… algo tipo… que nadie más tenga —a Santino le pareció que la voz grave de ese muchacho contrastaba con sus rasgos angulosos, un poco afeminados.
— Mira, te tengo esta —salió de detrás del mostrador y se dirigió hacia la parte trasera, el muchacho lo siguió—. La Begonia maculatta es una de las más exóticas que tenemos. No es para nada cara y es fácil de cuidar.
— Parece alienígena—dijo el chico, observando los lunares plateados y el vientre rojo de las hojas, Santino soltó una risita—. Es justo lo que estaba buscando —y fijó la mirada en Santino, su cara ornamentada por la begonia.
Santino se sintió conmovido por el tono naif de las palabras del muchacho, y creyó descubrir algo en los ojos de él, un jugueteo. Apoyó la begonia en donde estaba y caminó un poco más.
— También está esta, Calathea ornata, una belleza.
— Está buenísima —dijo el muchacho mientras tocaba las líneas rosadas que recorrían las hojas. Y murmurando agregó: — me podrías ayudar a escoger dónde ponerla en casa.
— ¿Perdón? —dijo Santino, sin saber si había escuchado bien.
— Nada, decía que… ¿dónde crees que deba ponerla?
—A las calateas les gusta la luz indirecta. Puede ser al lado de una ventana que reciba sol sólo a las tardes o a la mañana. Y el sustrato… —pero se le fueron las palabras, se quedó colgado viendo cómo esa luz, que ya no era de las cinco de la tarde, se paseaba entre la nariz del muchacho y sus mejillas. Santino colocó la planta de vuelta en su lugar, y se le acercó con sigilo— Creo que sé qué planta podría gustarte —musitó, a una cola de mono de distancia.
— ¿Ah sí? Sorpréndeme —respondió bajito, alguien a dos metros no podría haberlo escuchado.
— Sí. Pero está detrás de la tienda, y no puedo dejar solo el mostrador.
— Bueno —dijo el muchacho a medida que daba unos pasitos hacia atrás— podrías ir a buscarla. Yo puedo cuidar el mostrador.
— No, no puedo traerla hasta acá. Está guardada en un cuarto a una temperatura muy específica, necesita cuidados especiales.
— Entonces quizás deba venir otro día —susurró, y dándole la espalda a Santino, caminó hacia la salida. Después dio la vuelta, y en voz alta le dijo: — creo que me voy a llevar la Begonia maculatta. Ah, y una Monstera adansonii también.
Santino se sorprendió al ver la claridad en las especies mencionadas por el muchacho. Ya había unas personas mirando en la parte delantera del vivero.
— Serían treinta y cinco mil —dijo ya en el mostrador.
— Siempre pasaba por el frente de este vivero y no me animaba a entrar. De haber sabido que trabajabas tú, hubiese entrado la primera vez.
— Puedes venir las veces que quieras —se le había hecho agua la boca. Luego recordó algo: — recién acabas de decir los nombres exactos de las plantas que te estás llevando, ¿cómo es que los aprendiste tan rápido?
— Soy botánico. Tengo una colección de filodendros que te encantaría.
— ¡Ah! Así que te estabas haciendo el que no sabías… —le costó sostenerle la mirada, había un calor que le crecía adentro— ¿Cómo te llamas?
— Dime Zed —y le devolvió una sonrisa—. ¿Me vas a decir tu nombre antes de que me vaya?
— Santino —dijo, mientras calculaba cuanto tiempo le tomaría cerrar el vivero, y quedarse a solas con él.
Las personas que curioseaban hacía un rato que se habían ido. El aire era pasto, gardenia. Los últimos brillos de ámbar de las adansonii caían sobre los cactus.
Cuatro meses después…

— ¿Mira, y qué te parece la oxalis?
— Muy pomposa, es una muchacha engreída.
— Le tienes envidia porque parece un ramo de mariposas viudas.
— Jamás le tendría envidia a una oxalis. Todos saben que son comunes. Las Begonia maculatta, en cambio… —una mirada de complicidad— esas sí son envidiables.
— ¿Cómo la de aquel día en Foyer?
A modo de respuesta, Santino lo agarró por la cintura y le dio un beso rápidamente, sin medir la fuerza que usaba, lastimándole los labios a Zed. No se dieron cuenta de que el dependiente de la tienda se acercaba con la maceta en la mano.
— 够了,够了!这家店不允许同性恋接吻,不道德! — dijo el hombre, de un metro sesenta de estatura. Había dejado la maceta a un lado y agitaba los brazos al cielo. Zed y Santino alcanzaron a reírse.
— ¡Calma, relax! Money, take — Santino sacó de su billetera y depositó dos billetes de cien dólares en la mano del viejo, que ahora se había callado—. ¿Qué haces ahí? —se dirigió a Zed, y al voltear, Santino se encontró con el lente de su cámara, que con suma discreción fotografiaba la escena de él con el energúmeno. Antes de que el viejo se diera cuenta, ya Zed había guardado su cámara y los dos estaban saliendo del vivero.
— 同性恋者... — continuó el viejo, y luego, por lo bajo, masculló: — ¡Faggots!
Pero Santino y Zed no lo escucharon, habían salido ya a la calle. Ese vivero en la calle Henry era una pieza arqueológica: el edificio conservaba su estructura de madera y piedra, y las paredes estaban cubiertas con dibujos de quizás un par de siglos atrás, tapados torpemente por panfletos de la reina Victoria, y encima de éstos, otros con la cara de Mao. Era raro pensar que pudiesen sobrevivir tantas plantas en ese lugar: había quedado atrapado entre una escuela de cinco pisos y un edificio de oficinas, y sin embargo los débiles rayos de sol aún seguían haciendo florecer a las amarillis y las oxalis.
Las luces de Hong Kong los encandilaron, doblaron en Sheng-tsu para evitar el tropel de la avenida principal. La Prunus mume colgaba de los brazos de Santino, como un bebé recién nacido.
— Y ¿qué tiene esta planta de especial? —preguntó Santino.
— Ese vivero es legendario, la misma familia son dueños desde hace casi cien años. Han logrado cruzar una variedad infinita de prunus. Esta que tienes ahora en la mano es un espécimen rarísimo.
— ¿Y qué piensas hacer con ella?
— Por ahora hay que llevarla a un lugar seguro, lejos de la contaminación de Hong Kong, con buena luz y temperatura.
— ¿El departamento donde nos estamos quedando?
— ¡No! ¿Cómo se te ocurre? Tengo que mostrarte un lugar.
Casi sin darse cuenta, Santino había caminado unas cinco cuadras con la planta en los brazos, bajo una dulce llovizna que recordaba que aquella ciudad, cargada de cemento y luces, seguía formando parte de la Tierra.
— Doblemos aquí —doblaron en una calle pobremente iluminada, desde donde podían verse algunos de los rascacielos de la ciudad. A esa hora de la tarde, las luces de neón se veían más incandescentes, reflejadas en los charquitos—, tengo una sorpresa para ti —Zed presionó un botón de una de las puertas de la calle, que no tenía nada de especial, una voz de mujer respondió:
— Hawaii… —entonando una canción.
— Bombay… —Zed completó la canción de la mujer. La puerta sonó con un zumbido, y ambos entraron.
Subiendo una escalera de caracol lograron entrar a un loft gigantesco, en el que se exhibían algunas de las plantas más raras que Santino alguna vez había visto. En el otro extremo del salón, colocada junto a un ventanal de techo a piso, se encontraba una Amorphophallus titanum, la mítica planta gigante que florece una vez cada diez años liberando un olor putrefacto. La planta estaba rodeada por innumerables cámaras fotográficas, las personas se aglomeraban a su alrededor. Una mujer alta y de pelo negro atado en una cola de caballo se les acercó, y saludó y Zed con un cálido beso.
— ¡Zed! The Zed. ¿Cómo es usted? —dijo con un acento que Santino no logró descifrar.
— Katia, Katrinka… él es Santino.
— ¡Oh! Santein, lindo nombrge. Pasen, pasen. Pueden sentar tranquilos. Tú y yo —Katia se acercó a Zed y le dijo por lo bajo: — ya hblaghremos de negocios —y con una sonrisa de una boca exageradamente grande, se dio media vuelta.
— ¿Y, me vas a explicar algo de todo esto? —preguntó Santino, con una impaciencia infantil.
— Ven, acompáñame.
— ¿Y qué hago con ella?
— A la prunus déjala aquí —Zed tomó la planta bebé y se la llevó a un rincón oscuro del loft— mañana cuando salga el sol otra vez, le va a dar una buena cantidad.
— ¿Eres una especie de traficante de plantas, o algo así? —preguntó Santino mientras zigzagueaban a través de las hileras de hojas y flores puestas a lo largo del loft.
— No pensarás que puedo vivir en Foyer sólo por ser un buen botánico, un buen científico puesto al servicio de los gobiernos, ¿no?. Mira para allá, Saint, ¿ves Hong Kong? ¿Sabes lo ordinarias que son algunas plantas en esta ciudad, que son consideradas una joya en el lugar indicado?
— ¿Cómo la prunus?
— Así es. Aquí crece en cualquier plaza, en cualquier jardín. No es que haya muchos jardines en Hong Kong… pero en Dinamarca no es lo mismo, allá alguien pagaría fortunas por tener un pedazo de Asia en su jardín interior.
— ¿Por qué no me habías contado antes? Ahora me siento… engañado, tal vez.
— ¿Sabes a los lugares a los que podemos ir tú y yo? Por eso te traje, quiero que descubras mi mundo, que seas parte de él. Ya tú tienes todos los conocimientos.
— ¿No piensas volver a Foyer?
— Sí, en algún momento. Puedes seguir con el vivero si eso es lo que quieres. Imagínalo: primavera en Foyer, verano en Martinica, otoño en Mauricio, invierno en Tahití…
— Zed, apenas nos conocemos.
— No me puedes decir que no, Saint. ¿Dónde más podrías encontrar esto? —Zed pasó su mano por una enredadera que ahora pasaba por encima de ellos— y esto —tomó la mano derecha de Santino y la puso en su culo— y además, esto —tomó su otra mano y se la puso en el bulto. Santino soltó una risa.
— Estas son las frutas más exóticas de todo Hong Kong, de eso estoy seguro.
La enredadera los dejaba ocultos entre la multitud, y Santino pasó su lengua por el cuello de Zed, metió su mano en su pantalón, y le agarró una nalga. Un olor a podredumbre interrumpió su excitación, y el loft entero se llenó de un barullo que iba aumentando de volumen. Los dos salieron rápido de detrás de la enredadera, y se acercaron a la multitud: la Amorphophallus se abría en todo su esplendor, el público estaba a la vez maravillado y asqueado. En medio de los aplausos, Santino tomó la mano de Zed, y volteó a mirar la planta que habían buscado aquella tarde: la Prunus mume había desaparecido.




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