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Del misterioso destino del joven Mercedes Balquiar en la isla de Insularia

De cuando llegó Mercedes Balquiar a Insularia


Mercedes Balquiar llegó a Insularia uno de esos días de verano, en el que se desea ser alguna criatura marina y no tener que preocuparse por el calor ni por el sudor; viviendo siempre rodeado de la frescura marina, el pargo no sabe que arriba, sobre las lanchas, los hombres trabajadores de los navíos, y el resto de las personas, almidonados —salvo por sus pies ahora húmedos de sal—, se espantan las ondas del sol con sus pañuelos, empapados en el perfume dominguero de la señora que le reza al Cristo de otras orillas, porque está peleada con el cura de las suyas.


Una palabra sobre Insularia: tenía dos propiedades, opuestas y complementarias entre sí: si bien su naturaleza atroz era ciega, allí donde los humanos establecieron sus caseríos, la selva de la Isla reculaba y daba concesiones. En todo el perímetro de la Isla, los poblados de Tucumas, Tamarindo, Cocoteros, Santa Cruz y La Luz eran las únicas concesiones que la Isla había permitido en su breve historia de apenas dos siglos de haber sido descubierta. Otros intentos de poblados habían aparecido en el transcurso de aquellos años, terminando por ser arrasados por una crecida del mar, o deslaves, azotados por bíblicas invasiones de serpientes, y, en algunos casos —como el de Martirio—, desaparecidos sin razón aparente.


Insularia era todo de norte a sur un macizo alzándose sobre las olas. Pero también era el nombre del primer y más recóndito poblado de la Isla, que daba su cara al mar abierto —los piratas que por primera vez habían puesto sus botas sobre su arena, habían desembarcado allí—. Sólo se accedía en navío, o a pie, si es que se tenía el valor y la fuerza que se requerían para atravesar 50km de selva y llegar hasta La Luz, el poblado más denso de la Isla, que conectaba su tráfico marítimo con el continente.

 


Después de una breve estadía en La Luz, en la que se había hospedado en una de las tantas hosterías que ofrecía el pueblo —regentada por Don Saverio Cicuta y su esposa Márgara Solanas de Cicuta—, Mercedes había partido en una de las tantas lanchas que salían del humilde puerto de La Luz, que se colmaba de pequeñas embarcaciones que daban la vuelta a la Isla, y dejaban a cada quien en alguno de los tantos poblados de todo el perímetro insular, para volver a La Luz o pernoctar en el pueblo que correspondiese al lanchero. El otro puerto de La Luz, más grande, y sobre el que se solían agrupar los promotores de algunas empresas turísticas, era el encargado de recibir a la Balsa, una plataforma flotante que le quedaba enorme al humilde puerto; había sido pensada para transportar desde peatones hasta camiones de carga, por allá cuando se preveía un crecimiento avasallante para Insularia gracias al éxito turístico. Fue el ímpetu salvaje de la Isla lo que impidió la construcción de un autovía que la rodease, pues allí donde la tierra parecía firme y segura, siempre acababa por ocurrir una desgracia, y los obreros, tapiados, se iban acumulando. No había de otra: a Insularia había que dejarla quieta, sería un ejemplar único en aquel mar de paraísos, una joya demasiado afilada para ser asida por manos de nadie.


Don Saverio Cicuta había hablado con su sobrino Marcel, habitante del poblado de Insularia, que a su vez llevó la palabra de su tío hacia su tía Berenice Palacios, dueña de la posada “El descanso”, una de las apenas tres posadas de aquel poblado. Recomendado por Don Cicuta, Mercedes accedió a un precio más razonable por la estancia dilatada que le esperaba.

— Saverio me dijo que venía a hacer un estudio —le dijo la señora Palacios, cuya cercanía con los sesenta años sólo era visible por las canas, casi transparentes de blancas, que le crecían hasta la cintura.

— Si, señora —respondió Mercedes—, un relevamiento de flora y fauna. Soy biólogo, trabajo con el Instituto Nacional de Parques.

— Esta isla no es ningún parque. Tenga cuidado por donde se mete, y si se va por tierra adentro, mejor que vaya con alguien —bajo el tono protector de la señora se escondía un dejo de desconfianza.

— Sí, señora. Lo tengo bien en claro —Mercedes fue lacónico, al tiempo que la regenta de la hostería acababa de abrir las ventanas de su habitación, y de cambiarle las sábanas.

— No es que tengamos muchos turistas. Cada vez que viene alguien hay que abrir las habitaciones otra vez para que se les vaya la humedad, el olor feo, ¿vio? Pero ya está, en el baño tiene jabón. En el clóset hay frazadas, pero dudo que las necesite. Cualquier cosa ya sabe cuál es mi casa, ahí en el fondo. ¿La vista es bonita, no? —Mercedes observó el mar que se movía en un lado de la ventana, y del otro lado, un túnel de selva. Dos mundos opuestos que se acariciaban.

— Es exactamente como me lo habían contado.

— Usualmente cuesta mucho más esta habitación, pero ahora es temporada baja, y Saverio me dio muy buena razón de usted.

— Y yo le agradezco la gentileza.

— Habla muy bien usted, señor... ¿Cuál es su apellido?

— Balquiar.

— Válgame, primera vez que lo escucho.

— Es un apellido poco común.

— Igual que su nombre. Poco común en un hombre —antes de que Mercedes pudiese darle respuesta, la señora ya se había acercado al portal—. Si necesita algo me dice. Descanse.

 

La señora Berenice Palacios era la viuda del que había sido el líder de la aldea de Insularia. Había sido precisamente la naturaleza que Mercedes Balquiar había ido a investigar la que le había arrebatado el marido a la señora; jamás se había visto un tiburón como aquel en las costas del pueblo, pero aquel bicho se había ensañado con Dorel, que acostumbraba a pescar bivalvos haciendo apnea hasta el fondo del mar. Decían sus compañeros de barco que a Dorel se le había rasgado el brazo con un anzuelo, y que su sangre había atraído a la bestia, que, salida de un espejismo de azules, se había aparecido delante del hombre y le había mordido, primero, el brazo herido, y luego —y pese a los esfuerzos de sus colegas por tirar de la cuerda que Dorel solía amarrar a su tobillo— la cabeza. Velaron a Dorel a cajón cerrado, y como era costumbre, mandaron sus restos sobre una balsa de madera y le prendieron fuego. Impertérrita, Berenice Palacios observaba la pira que se iba perdiendo en el horizonte, deseando que el maldito animal estuviese cerca y se quemara junto con el cuerpo de su esposo.


Si la señora había sido dura mientras su marido había estado con vida, luego de la muerte de éste, se había vuelto de hierro. Se dedicó religiosamente a su posada, ahora que Dorel no llegaba con el dinero de la venta del pescado y los erizos y las almejas. Le había ido bien, sobre todo porque su hermano Saverio le llenaba los oídos a los turistas acerca de la magnífica posada de su hermana de aquél lado de la Isla, un oasis en medio de la entropía agreste de la selva-mar.


Mercedes era el único huésped, o eso pensó, hasta que una tarde que llegaba del mar se cruzó con una mujer mayor, podría decirse, de la misma edad que la señora Palacios, pero definitivamente diferente en cuanto a su estilo: Mónica usaba un vestido ajustado a la cintura, sandalias que exhibían uñas de un rojo lascivo, el pelo, teñido de un negro infinito colgando hasta las escápulas, en un moderno corte de cabello, y sus ojos, siempre dibujados por el lápiz, miraban con la intensidad de una adolescente dispuesta a escaparse con algún bandido enamorado.

Mónica estaba de rodillas, el vestido delicadamente recogido hasta lo muslos, el cabello a un lado, mientras observaba de cerca una flor. Ante la presencia de Mercedes, mantuvo cierta compostura, y tardó en incorporarse mientras conversaban.


— Son preciosas, ¿no?

— Lo son. Uno de los grandes atractivos de por aquí.

— ¿Cuál cree que sea su especie?

— Una passionaria, definitivamente.

— Berenice tenía razón, es usted un verdadero experto —la mujer terminó de incorporarse—. Mónica, un placer.

— Mercedes—

— Balquiar —completó Mónica—. Vaya nombre exótico. Suena como de aquí, pero en otro tiempo.


Mónica había resultado ser una mujer muy talentosa para dos cosas: hablar de los demás, y hablar de sí misma. Esa misma tarde, mientras compartían un té en el chalet que la mujer alquilaba a la señora Palacios, Mónica actualizó a Mercedes de los pormenores del pueblo, empezando por la historia de la misma Berenice Palacios, pasando por comentarios vanos pero entretenidos, acerca de las hermanas Bejarano, dos gemelas, idénticas en su aspecto como idénticamente solteronas; el joven Paul Renier, un francés extraviado que insistía en comportarse como un local, pese a padecer de una ridícula fobia a los monos —que abundaban en cada rincón de la Isla—; Romario Bolsón, el líder popular (e informal) del pueblo, la clase de macho que suele ocupar el puesto de mando en lugares de gran y pequeña escala; cuando Dorel Palacios había sido comida de tiburón, Romario supo anunciar en su discurso de despedida ante la pira funeraria, que con muchísimo orgullo se encargaría de gerenciar la cooperativa de Insularia. Su esposa, Yurai, una de las pocas representantes vivas de la etnia wiichii, documentados como los habitantes originarios de la Isla antes de la llegada de los piratas, era una experta bruja; detestada por las mujeres de fe católica de Insularia —con Berenice Palacios a la cabeza como jefa espiritual—,  se decía que Yurai tenía un don para controlar a los demás, manipulándolos con tácticas de necromancia.


— Berenice insiste en que la mujer fue la responsable de lo de Dorel.

— ¿Y usted qué cree? —Mónica se encogió de hombros.

— Yo creo que lo mejor es estar bien con todo el mundo. Ser política. ¿Para qué me voy a meter yo en eso? Aquél no era mi marido, y yo soy casi una turista más, a pesar de que llevo, bueno, ya perdí la cuenta del tiempo.


El resto de los habitantes del pueblo de Insularia solía manejarse alrededor de esas personas: las Bejarano, solteronas, como eran, eran las únicas herederas de Don Tomás Bejarano, que por aquellas épocas había recibido del Gobierno permiso exclusivo para la explotación de la caña de azúcar, industria que se seguía sosteniendo en Insularia y que, junto con la pesca —ahora en manos de Romario Bolsón— eran las principales actividades económicas de los habitantes de aquella parte remota de la Isla.

En cuanto a Mónica, su historia era tan simple como opaca:


— Después de mi divorcio me quedó un buen capital. Mi exmarido y yo solíamos venir a la Isla, pero no a Insularia, sino a La Luz, a veces llegábamos hasta Tamarindo. Una belleza, ¿no crees? Hasta que una vez nos insistieron en venir aquí, nos estábamos hospedando en lo de los Cicuta. Cuando pisé la arena de esta playa, sentí algo que nunca en mi vida había experimentado. Una libertad animal, me sentí libre como estos árboles, como este mar, como los pájaros de Insularia.

«Un año después, el divorcio se concretó, y yo agarré mi dinero y me marché aquí. Un cambio radical, mis hijos todavía me lo reprochan, pero ¿qué me importa? Ellos son jóvenes, uno casado, esperando un bebé, y el otro soltero, y nunca tuvo novia. La verdad me preocupa. Pero en fin, aquí estoy. Pronto quizás empiece mi propio negocio aquí en Insularia. Traer algunas mercancías que los locales comprarían como pan caliente. Sólo necesito organizar algunas cosas antes, como el local, y quizás una inyección de capital de las Bejarano no me vendría mal. En fin, querido, creo que estoy algo cansada. Deberíamos cenar una de estas noches, tú yo, y ¿por qué no? Berenice. A ella le hace falta, pobrecita.

 


Tomó algunas semanas para que los habitantes de Insularia dejaran de mirar a aquel foráneo de manera tan extraña. El nombre de Mercedes no sólo llamaba la atención por sí mismo, sino que él, con su simple estar, era una exhibición constante de exotismo: donde los varones de Insularia usaban la cabeza rapada o pelada con navaja, Mercedes Balquiar usaba el cabello largo hasta la quijada; donde los lugareños acostumbraban a usar la menor cantidad de ropa posible: los hombres pantalón corto y sin camisa, y las mujeres de blusa muy ligera y falda corta, Mercedes Balquiar lucía pantalón largo de vestir, acompañado a veces de camisas vaporosas de algodón crudo, o lino, que a leguas dejaban ver la delicadeza de su confección. La piel de Mercedes, blanca en los lugares donde no llegaba el sol, había adquirido un tizne terracota, y ya no se parecía ni a los turistas, blancos de papel, ni a los nativos, en su mayoría morenos y oscuros. Sólo sus pies descalzos mostraban al observador una faz completamente inesperada del hombre: a donde quiera que iba, fuese la arena hirviente, las rocas filosas, o el tapete de espinas, ortiga y hormigas culonas de la selva, Mercedes ofrecía sus pies desnudos al suelo, y se paseaba con la liviandad del aire, como si fuese indemne a los peligros a los que, durante siglos, los habitantes de la Isla temieron.


Quien lo haya visto nadando, hubiese pensado que Mercedes Balquiar había nacido en el mar; la mismísima Berenice Palacios lo había convidado a un viaje en lancha, para pescar bivalvos a la manera de su finado, pero Mercedes había declinado su primera oferta. A veces podía vérsele a lo lejos, en el mar abierto, dando brazadas, o tendido sobre la superficie marina, flotando como una fragata portuguesa, sus cabellos alborotados al vaivén del agua, quieto en su misterio. A diferencia de los hombres de Insularia, Mercedes no tenía un espalda ancha como una raya de mar, ni brazos de marinero de los siete mares. En cambio, su cuerpo se espigaba, y, sin ser enclenque, exhibía una delgadez aristocrática, adornada aquí y allá por los indicios de su fuerza dormida: piernas firmes, manos gruesas de herrero, un cuello amplio como el tronco de un árbol antiguo, y un abdomen que no conocía de sedentarismos ni excesos.


 

De cómo Mercedes Balquiar se metió en líos con las Bejarano


Todo empezó con las Bejarano, aquel par de muñecas de trapo que, a fuerza de potes de maquillaje hacía mucho caducos, insistían en mantener cierta coquetería juvenil, sólo para colapsar bajo el peso de sus arrugas, que se habían apurado y les arrebataban cualquier truco de cosmética. Era obvio que las Bejarano no eran insuleñas, a diferencia de Berenice, Yurai, y las otras mujeres del pueblo; carecían de los pechos medianos pero siempre firmes, de los labios carnosos, del cabello lacio, y de las piernas fortachonas de las demás. Las Bejarano, en cambio, habían sido destinatarias de lo que muchas insuleñas lograban a fuerza de tintes químicos: eran rubias de nacimiento, de ojos claros y de piel blanca como la caliza de los Acantilados. O, mejor dicho, eso habían sido. Para cuando Mercedes Balquiar apareció en el pueblo, con su cuaderno de anotaciones y su aire taciturno, el rubio de los cabellos de las Bejarano se había vuelto ceniciento y pajoso; el brillo de sus ojos claros se había opacado por los párpados caídos por el aburrimiento; y la piel blanca de venas azules, demasiado delicada para aquella latitud, permanecía púdicamente cubierta por mangas largas de encaje que hacía al menos dos siglos no se usaban.


Con todo y eso, desde el momento en que las hermanas conocieron a Mercedes, lo que había sido una relación fraternal e indivisible, entre dos copias de mala calidad la una de la otra, empezó a tornarse en amargura. Después de un primer café vespertino en casa de las muchachas, Mercedes fue convidado por Emilia a un paseo por Playa Escondida, un pedazo de playa que, durante la marea alta, se separaba del resto de la playa y sólo podía accederse a pie por un sendero a un extremo del pueblo. Detrás de Mercedes Balquiar y Emilia Bejarano, las miradas del pueblo se arrastraban. Aquella tarde conversaron de botánica, política y filosofía. Emilia Bejarano tenía una sonrisa de dientes salidos que —quizás por la gran emoción que sentía en presencia de “Don Balquiar”—, se volvía cada vez más una caricatura graciosa y desagradable al mismo tiempo.


Entre las miradas que los siguieron al volver de Playa Escondida, la mirada de Enriqueta Bejarano se arrastraba, punzada por el aguijón de la envidia. La segunda invitación vino de su puño y letra, esta vez, al mirador del Pico Silente, el pico más alto de la Isla, que se había ganado su nombre gracias a su altura extraordinaria, a la que ni los pájaros se atrevían a volar. El Mirador era apenas una plataforma de madera y tierra puesta a una distancia de treinta minutos a pie, en la que arroyos y algunas criaturas selváticas —las más dóciles— se ofrecían al deleite de los turistas, románticos de la naturaleza. Esta vez, fue Emilia Bejarano quien, con un chillido entre sus dientes protuberantes, observaba cómo Don Balquiar acompañaba a su hermana el punto más conspicuo del pueblo, conocido por ser el lugar en el que muchos de los habitantes nativos habían sido concebidos. Enriqueta Bejarano volvió al atardecer de la mano útil de Mercedes Balquiar, que sostenía su mano ante la torpeza de sus pies, envueltos en un calzado más propio de un bulevar citadino que de una Isla como Insularia.

 


Encargada de las labores de limpieza en lo de las Bejarano, Ercilia no sólo dejaba impecable la casona escondida entre el ingenio azucarero, sino que también daba una mano a Berenice Palacios cuando en la hostería hacía falta una limpieza de a cuatro manos. Gracias a la mujer, lejanamente emparentada con los wiichii —gracias a lo cual había recibido unas tierras, en las que había construido un rancho para ella y su único hijo Ramón—, Doña Palacios (y Mónica, por añadidura), se habían enterado de los últimos dramas en la casa de las herederas. Las hermanas no peleaban de semejante forma desde la llegada de Paul Renier al pueblo, pelea que había terminado en un silencio sepulcral entre los tres. Se dice que Renier se había acostado con ambas hermanas, para luego empezar a ignorarlas por completo, evadiendo cualquier compromiso.


Así como con Renier, los randez-vous de las Bejarano con Mercedes Balquiar habían terminado por causar un estallido entre las hermanas, del cual Ercilia tenía jugosos detalles...


— “¡Puta!” Le decía la Emilia. Saben que esa es la más desequilibrada de las dos. “¡Puta!”, le decía. “Te quieres quedar con lo mío, siempre pendiente de lo de los demás, ¿por qué no te buscas un hombre por tu cuenta?”. Ahí la Enriqueta le volteó la cara de una cachetada.

— Ella es la del carácter fuerte —añadió Mónica—. No me sorprende.

— Pero fue la Enriqueta la que se fue de la casa —dijo Berenice Palacios— ¿A dónde se fue?

— Ellas tienen otra casa, ¿se acuerda? Detrás del ingenio.

— Eso es selva bien para adentro —dijo Doña Palacios.

— Sí señora. Pero se llevó a dos muchachas para que la ayudaran con algunas cosas, para el alimento y la limpieza.

— Y para no estar sola —dijo Mónica, pensando que el distanciamiento entre las Bejarano podría resultar, de alguna forma, beneficioso para ella comercialmente.

— Pues fíjate que invitó a Don Mercedes para vivir con ella —Ercilia lo dejó caer como una bomba.

— Está desesperada, la pobre —dijo Doña Palacios.

— Olvídalo —dijo Mónica con demasiada seguridad—. Antes que eso, el Mercedes se escapa por la selva, y no lo vemos más.

— ¿Por qué lo dices? —inquirió Doña Palacios— ¿Acaso no le gustan las mujeres? —Mónica se sorprendió, y Ercilia abrió muy bien los ojos, como para escuchar mejor la respuesta de Mónica.

— No, no es eso —respondió Mónica, dubitativa—. Pero, ¿las Bejarano, en serio? ¿Ya vieron al Balquiar? Es un hombre joven, y fuerte. Con recursos... No perdería su tiempo con una mujer como Enriqueta Bejarano.

 


De cómo Mercedes Balquiar se metió en líos con Romario Bolson


El rompimiento entre las dos hermanas había causado un breve pero intenso cotilleo en Insularia; era refrescante para algunos ver cómo, después de vivir tantos años con las mismas personas, aún se le podía sacar el jugo a sus vidas. Se decía que Mercedes Balquiar se acostaba con cada una en su respectiva casa, pero que prefería más estar con Enriqueta Bejarano, por ser la más despierta de las dos hermanas, y él, un hombre de mundo.


Los hombres del pueblo parecieron calmarse con el revuelo de la noticia, ya que con el pasar de las semanas, la presencia de Mercedes, tan absorto en su mar y en su selva, les había empezado a incomodar. No sólo porque aquél hombre, tan lejano a la idea de hombre que se manejaba en Insularia, fuese un imán que atraía a sí todas las miradas de las jovencitas del pueblo, incluidas las hijas y novias de otros hombres, sino también, porque entre conversación y conversación, algunas de las conjeturas que el foráneo se atrevía a arrojar acerca de la pesca excesiva, o la quema de algunas tierras en los bordes del pueblo y el riesgo de incendios a mayor escala, habían empezado a molestar al resto de los hombres.


Especialmente a Romario Bolsón, quien desde la muerte de Don Dorel Palacios, se paseaba por el pueblo con aires de la gran cosa, y había empezado a inmiscuirse en asuntos de las plantaciones de las Bejarano, explotando sus discordias, buscando cláusulas débiles en sus contratos con el Gobierno para desarticular su empresa, contratos que conseguía contrabandeados de la extorsión que ejercía sobre Ercilia —íntima de su esposa Yurai—. La quema de los bordes del pueblo, para su posterior expansión, había sido una de sus viejas ideas, fuertemente censurada por Dorel Palacios, en parte por cierto espíritu conservacionista que primaba en la Isla, y en otra parte por cierto espíritu de superstición, que lo llevaba a pensar que más de lo que habían hecho en el pueblo no se podía hacer, o se corría el riesgo de ser victimas de alguna de aquellas catástrofes que acababan con pueblos enteros de la Isla.


Muerto Don Dorel, Romario Bolsón no tuvo más oposición a sus ideas expansionistas, y organizó la cooperativa del pueblo para la realización de tareas que nada tenían que ver con la pesca —el rubro original de la cooperativa—. Las tierras que le fuesen “ganadas” a la Isla, se repartirían entre sus habitantes, para la construcción de nuevas hosterías y la ampliación del sector turístico de Insularia.


Frente a una de tantas reuniones de la comunidad, en las que se discutían los proyectos por llevarse a cabo, la lista de prioridades, y los balances económicos de la cooperativa, Mercedes Balquiar alzó su mano. Para entonces, Balquiar llevaba en la Isla poco más de dos meses, y aparte del drama de las Bejarano, se le conocía por ser un bicho raro que se adentraba en la selva, cuaderno en mano, después del desayuno, y volvía antes del anochecer a bañarse en el mar. Mercedes Balquiar se había vuelto una figura de dudosa moral en el pueblo: no hablaba demasiado con los demás habitantes, prefería jugar a la pelota con los niños, a veces se le veía dibujando un mono o un perezoso de esos que tanto adornaban las ramas de la Isla. Se decía que Balquiar se perdía en dos direcciones: una, hacia la casa de Enriqueta Bejarano, para “hacerle el favor”, y la otra: selva adentro, algo que, si bien no estaba explícitamente prohibido por los habitantes del pueblo, era altamente desaconsejado, pues las probabilidades de perderse para siempre después de cierto punto, eran casi del cien.


— Señores —dijo Mercedes Balquiar, alzando la voz en una esquina de la choza que hacía de centro comunitario—. Creo que no están viendo el peligro que involucra este proceso de quema indiscriminada. Cada vez que alguien quema un árbol en la isla, está quemando cientos de años de vida, incontables especies, insectos, casas de pájaros, de monos que habitan en las copas de los árboles. Están destruyendo no sólo a la Isla, al hábitat de las especies de la Isla, sino su propio hábitat también.


Algunas cabezas asintieron aquí y allá, y un “estoy de acuerdo” se sintió, pero no se supo de dónde. No era sólo el aspecto del Mercedes lo que llamaba la atención de todos, sino su voz: tan suave, tan baja allí donde la moda era hablar a los gritos en un pueblo pequeño pero de mucho espacio; era su vocabulario, su postura. Si habría que definir un hombre basándose en las características de los hombres de Insularia, Mercedes Balquiar no era un hombre, no era un hombre en lo absoluto. Hasta Paul Renier había terminado por parecerse a Romario Bolsón u otro de los pescadores de la cooperativa, o de los trabajadores del ingenio azucarero de las Bejarano. Pero Mercedes era tan distinto que su propia diferencia se volvía una superficie expuesta sobre la cual otros sentían una debilidad, esperando por ser lastimada. Berenice Palacios, sentada junto a él, le peló los ojos, como mandándolo a callar. Romario Bolsón, que se encontraba sentado, se puso de pie.


— Mire quién habló. Pero si es el loquito de la posada Palacios. Creo que nunca nos hemos hablado directamente usted y yo —las preguntas de Romario Bolsón no esperaban respuesta alguna—. Pues mire, aquí estamos la gente del pueblo, la gente que nació y trabajó en este pueblo, la gente que ha sudado por este pueblo, por esta Isla, por este “hábitat”, que usted dice. ¿Nos está llamando animales, a nosotros? Porque hábitat tienen los monos, las culebras. Nosotros tenemos un pueblo, y déjeme decirle una vaina, señorito, como decía mi madre: “o corres, o te encaramas”, ¿sabe lo que eso significa? ¿Usted cree que el Gobierno va a venir para aquí y nos va a regalar el billete? ¿Usted cree que aquí la gente puede vivir de agarrar erizos de mar, de comer tiburón de vez en cuando? No, compadrito. Ni las doñas Bejarano viven como se supone que las doñas de su clase. ¿Y usted qué, caballero? —La voz de Romario Bolsón fue aumentando su volumen— ¿Se va un día de estos pal’ carajo y ya. Sin preocupaciones, sin responsabilidades.

«Los de aquí, la gente, tiene familia, tiene esposa, tiene hijos. Usted ¿qué tiene? Su cuadernito, que va por ahí dibujado mariqueras, que si los monos, que si las flores... ¡No sea huevón! Que aquí nadie necesita consejero de nada, carajo. Ni mucho menos consejo de un mariposón como usted.


— Ya está compadre, ya está —un hombre calvo, mayor que Romario Bolsón pero de su misma contextura corporal se puso de pie, se trataba de Marcel, el sobrino de Doña Palacios. Otras personas murmuraban una oposición a las palabras de Bolsón.

Entonces, Berenice Palacios se puso de pie.

— ¿Qué es lo que te crees tú? —con un dedo enhiesto a Bolsón, coronado por una uña afilada, Palacios lo increpaba, conteniendo un grito— El señor Balquiar es un experto en biología del Gobierno, y es mi huésped, y no voy a dejar que digas nada de él, ¿te quedó claro?

— Calma, tía, calma —invitaba Marcel, mientras Romario Bolsón, que parecía respirar fuego, confrontaba la mirada retadora de Berenice Palacios. Al mismo tiempo, algunas personas alzaban sus voces aquí y allá; era difícil decir si estaban de acuerdo o en contra, y de qué.

— Señores —anunció Romario Bolsón—, por hoy, terminamos esta reunión.


A la salida del bohío, las miradas de Bolsón y Mercedes Balquiar se mantuvieron en constante tensión. Aunque no estaba en lo absoluto interesado en igualar la fuerza bruta que Bolsón evocaba, Mercedes sostenía su mirada como una advertencia: “no te tengo miedo”, decía, “no me vas a doblegar”.

 


De cómo Mercedes Balquiar conoció a Yurai, esposa del Romario


Amanecía en Insularia, y que amaneciera en el pueblo de Insularia significaba el que el sol saldría bajo el mar, perezoso y pálido, e iría alzándose más allá de los peces, hasta llegar a su cenit, para que entonces los reptiles pudieran salir de sus guaridas y bañarse de sol hasta el crepúsculo. Luego de tres meses en el pueblo, Mercedes Balquiar había aprendido de memoria el recorrido del sol, y, junto con sus conocimientos previos en localización y cartografía, había conseguido elaborar un mapa detallado de aquella cara de la Isla. Sin decir una sola palabra a nadie —pues sabía que los insuleños eran celosos de su tierra, pero, sospechosamente, aún más celosos de su selva virgen—, Mercedes había llegado hasta la cima del Pico Silente.


Lo que decían era cierto, en la cima del Silente sólo hay silencio, y ni siquiera aquellas aves de envergadura, las que migran y solían verse sobre el cielo de Insularia, aparecían por este espacio. La cima del silente era lo más parecido a la superficie lunar: sin vegetación, un macizo rocoso que emergía de la tierra como un sable y buscaba de hincarse en el cielo, el pico subía y se hacía más y más agudo, y no podía más que apreciarse su punto más alto, ya que para llegar a él habrían hecho falta equipos de escalada y, especialmente, un grupo de apoyo. Por otro lado, las nubes se cernían muy por debajo de su cima, de manera que, a pesar de ser un espectáculo natural maravilloso, la visita del pico Silente no resultaba de demasiada utilidad para las labores científicas de Mercedes.


A unos doscientos metros de descenso desde el pico, la vegetación adquiría otro grosor, y los colores del mundo volvían a hacerse notar entre las grietas de la roca. Las nubes flotaban, ahora luciendo inalcanzables, y por lo bajo, la línea de la costa de la cara oceánica de la Isla se dejaba ver en su desnudez: aquí, la bahía de Insularia, con su pueblo que es apenas un rasguño en la piel selvática de la Isla. Hacia el sur, el Delta Colgante, una serie de ríos que se formaban desde la cadena montañosa y bajaban raudos por su lomo, hasta desembocar en un acantilado de roca caliza. Con el tiempo, las aguas venidas de los picos, fueron formando cavidades en la caliza de los acantilados, y algunas de las corrientes de agua habían conseguido hacer canales sobre la roca y salir en la cara del acantilado, como tuberías, como si el acantilado estuviese vacíandose de litros y litros de agua de lluvia.


En el norte, selva que se besa con el mar, hasta llegar a otra pequeña bahía, donde el poblado de Tucumas se refugiaba del arrojo de los árboles y el temperamento impredecible del mar en aquella cara de la Isla.

Así, Mercedes había visitado con frecuencia el Pico Silente, haciendo su ascenso por el típico camino que iba más allá del mirador, y descendiendo luego por alguno de los caminos alternativos. El sol lo orientaba en las tardes, y siempre conseguía volver a donde había empezado, y desde allí, entrar nuevamente al pueblo, sin que ninguno de sus habitantes conociera de su ruta.


Mercedes creía conocer ya demasiado acerca de esa parte de la Isla, confiaba demasiado en su intuición y las lecturas que hacía del sol y del viento. Una de tantas tardes, mientras el sol bajaba como apurado por irse a dormir, Mercedes dobló aquí, cruzó allá, y perdió el camino que usaba para volver. No tardaría mucho en reconocer algunas de las tantas marcas que había dejado en su ascenso, y así podría volver a su camino. Pero después de lo que él calculó como una media hora de caminata a ciegas, Mercedes Balquiar tuvo que reconocer que se hallaba perdido. Miró a su alrededor: a esa hora de la tarde que el sol incide oblicuo en las copas de los árboles, y las sombras se mueven con la misma versatilidad que los animales que empiezan a agitarse, a buscar presa. Alrededor suyo, Mercedes sentía el paso rápido de algún felino, las pisadas histéricas y veloces de los roedores, y a lo lejos, pájaros y monos gritando, llamando a la familia de vuelta al nido.


Las sombras se elongaban.


— ¿Perdido? —Mercedes volteó. El cabello era negro y ya empezaba a mimetizarse con esa hora de la selva; era largo y caía derechito, como una de las tantas cascadas de la Isla.

Señora. Buenas tardes.

— Yurai. Y usted es Don Balquiar, ¿no es cierto?

— Mercedes, correcto. Mercedes Balquiar, señora.

— Yurai. ¿Qué hacías por aquí, Mercedes Balquiar señora?

— Me temo que extravié mi camino.

— Que bonito que habla el señor Balquiar —Yurai sacó de su bata, colorida y larga que hacía juego con su cabello, un peine de hueso. Yurai se peinó, mientras continuó diciéndole:— ¿Quiere que le diga por dónde es?

— Se lo agradecería mucho, Doña Yurai.

— Doña. Me gusta eso. Nadie la trata a una de Doña, ¿sabe? Como una es india... Venga, Mercedes.


La mujer se dio vuelta y atravesó la selva con la facilidad de una bestia cazadora. Iba descalza, al igual que Mercedes, y su vestido conseguía ceñirse a su piel allí en sus pechos, en sus caderas y su cintura. Viéndola caminar, colorida y ondulante, Mercedes se preguntó si estaría soñando. Los pasos de Yurai se detuvieron, y en su lugar, el gruñido de una caída de agua inundó la selva toda. Mercedes se paró a contemplar: el cielo se abría, y ahora había algo más de claridad. Pese a haber recorrido durante meses aquella selva, Mercedes Balquiar ignoraba por completo la existencia de esa caída de agua.


— ¿Cómo le llaman a esta caída de agua?

— Caída de agua, dice el señor. Nadie la llama porque nadie sabe que está acá. Está muy lejos del pueblo, señor. Esta es la Laguna Esmeralda, o así le decía la gente.


Mercedes entendió que con “la gente” Yurai se refería a ella y otros, seguramente, a su tribu.


— ¿Es cierto que usted es la última sobreviviente wiichii?

— Eso es lo que les gusta decir —la mujer calló, se quedó observando el agua caer mientras peinaba sus cabellos. El estruendo del agua los obligaba a hablar muy alto.

— ¿A quiénes? —Mercedes sintió que la mujer esperaba que eso le fuese preguntado. Al mismo tiempo, el mundo se apagaba, y en cuestión de segundos ella y él desaparecerían el uno para el otro en la oscuridad.

— Usted sabe, a los comerciantes, al Gobierno, a los que tendrían que darnos lo que es nuestro. Pero no lo hacen, porque es más fácil decir que no existimos. Pero aquí estoy yo, ¿o no estoy, señor Mercedes? —ahora la oscuridad era sólida, cada palabra de Yurai duraba una eternidad, y ahora Mercedes pestañeaba para verla.

— Claro que sí. Aunque ya no puedo verla.

— ¿Y ahora, Don?


Yurai tomó la mano de Mercedes y la apoyó en uno de sus senos. Mercedes Balquiar titubeó. Su mano, instintivamente, se cerró sobre su pecho desnudo. Su otra mano la siguió, y se apoyó en el otro seno de ella. Las manos de Yurai trabajaron rápido en las ropas de Mercedes, se encargó de desabotonarle la camisa, desabrocharle el pantalón, mientras él perseguía líneas imaginarias en su cuerpo desnudo, y dejaba sus dedos danzar dentro de ella. El aliento de Yurai era la corteza de un árbol recién llovido, Mercedes entró en ella con su lengua, chupándola. Yurai lo tumbó sobre la roca fría que hacía de plataforma y los separaba de las aguas sinfónicas de la cascada. Se montó sobre él y lo cabalgó, Mercedes dejaba sus manos pasearse entre su cuello y sus pechos, la sostenía por la cintura y movía su pelvis para entrar aún más profundo en ella. La mujer cantaba como esos pájaros de Insularia que lo despertaban en las mañanas, su cabello caía en cascada sobre la cara de él, lo hacía sudar, y tenía que descubrírselo para poder ver sus ojos, que ahora brillaban en la oscuridad. Cuando Yurai llegó al clímax, Mercedes podría haber jurado que la habían escuchado en la Isla entera, desde Tucumas hasta La Luz, Mercedes hizo lo mismo, y gritó como sólo una mujer sabía hacerlo gritar.

 


Berenice y Mónica discuten del destino de Mercedes


Berenice Palacios caminaba de un lado al otro de la sala de su casa. Sentada con una taza de té humeante entre sus manos, Mónica la perseguía con sus globos oculares.


— ¿No crees que estás exagerando, Berenice?

— Ya he tenido bastante vida vivida. Lo van a matar, Mónica, te juro que no pasa de hoy. ¿Qué vamos a hacer?


Mónica sorbió su té, adoraba a Don Mercedes Balquiar, pese a nunca haber contado con la suerte de tenerlo ella misma en su cama. Por otro lado, no era estúpida, hasta Berenice Palacios sabía que el destino de Mercedes estaba sellado, como correspondería a cualquiera que osase seducir, y peor aún, acostarse con la mujer de otro.


— ¿Crees que deberíamos hacer algo?

— ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Claro que deberíamos hacer algo! Mercedes es... Le tengo cariño, Mónica. ¿Acaso tú no?

— Sí, naturalmente. Pero también quiero morir de vieja —y con algún buen marido— en este pueblo. No puedo poner las manos al fuego por él.

— ¿De verdad lo crees capaz de semejante cosa?

— ¿Que si creo capaz a un hombre de hacer el amor con una mujer? ¿Tú qué crees, Berenice?

— Yo no pensaba... No sabía... Yo pensaba que...

— Que era marica, ¿no? ¿Y las Bejarano? ¿O crees que fue puro cuento?

— ¡Qué me importan esas idiotas, ricachonas! Sí, pensé que era... Que no le gustaban las mujeres, pues...

— ¿Y por eso lo adoptaste como un hijo, por tu instinto maternal?

— Pero ¿qué te pasa? ¿Te estás burlando de mí? —Mónica tomó aire y trató de organizar las ideas en su cabeza.

— Dime la verdad. ¿Cuándo supiste que aquello de que era un enviado del gobierno era una soberana mentira?


Berenice se detuvo. Miró a Mónica fijamente, por primera vez en años de convivencia, como si fuese capaz de levantar su mano y cruzarle la cara de una bofetada a su inquilina.


— ¿Qué te importa?

— Está bien. Yo siempre lo supe. Apenas llegó a su habitación, supe nombre y apellido, mandé una carta a mi exmarido —el que trabaja en los Tribunales, no el de la multinacional—. Y ¿qué crees que encontró?

— ¿Qué? —la pregunta iba en serio, si bien Berenice sabía que Mercedes no era lo que decía ser, tampoco sabía la versión real.


Mónica apoyó el peso en un nalga, y sacó de uno de sus bolsillos traseros una hoja de papel doblado. Cuando lo desdobló, Berenice reconoció un telegrama. Mónica leyó el papel:


— Mercedes Balquiar, fecha de nacimiento, desconocida lugar de nacimiento: desconocido. Estatura: 1.75 metros. Color de ojos: marrones. Color de piel: blanca. Ocupación: desocupado. Alergias: ninguna. Domicilio: Manicomio Municipal de la Capital. Observaciones: paciente con severos trastornos psíquicos, internado de por vida en una institución mental, considerándose altamente peligroso para sí mismo y para el resto de la sociedad.

«Actualización del 23 de enero de 1915: déjese constancia de que el día de la fecha el ciudadano de nombre Mercedes Balquiar ha desaparecido de la institución mental del Manicomio Municipal de la Capital. Las autoridades continúan en su búsqueda, y se ofrece una recompensa —estipulada en 150 Unidades Tributarias— a quien dé con su paradero.

«Fin.


Berenice Palacios sintió un calorón de aquellos de la menopausia, tan intensos por esos días que podían sentarla de culo hasta el plena playa. Hizo un gran esfuerzo por mantenerse en pie, aunque un temblor le subía por los dedos de los pies, y, al llegar a sus manos, se volvía una convulsión. Con paso muy suave atravesó su cocina, y se dirigió a la pared donde un almanaque colgaba, festivo, con motivos de Pascua. Miró la fecha: 10 de marzo de 1952, entonces miró a Mónica, quien sorbía su té con fruición, con la serenidad de quien ya ha pasado el momento de shock.


— ¿Alguna vez te dije por qué me enamoré de esta Isla? —Mónica hablaba en tono risueño, algo que descolocaba aún más a Berenice— Particularmente de aquí, de Insularia —Berenice, boquiabierta, negó con la cabeza—. Sabes que fue aquí donde los piratas desembarcaron por primera vez. Hay algunos documentos que han sobrevivido de esas épocas: hablaban de cosas mágicas, de criaturas, de portales, cascadas que aparecían y desaparecían, árboles que caminaban y serpientes que hablaban. Claro que yo no creí nada de eso, no realmente... O sí. Supongo que lo que estaba esperando, secretamente, era que ocurriera algo como esto. O, mejor dicho, que apareciera alguien como él.

 


Mercedes y Yurai se pierden para encontrarse


— ¿Cómo se supone que volveremos al pueblo? No se ve nada. Tu esposo estará como loco.


Mercedes había vuelto a vestirse. Durante las tres veces que hizo el amor con Yurai no le había importado en lo más mínimo que no hubiese luz de día, ni el hecho de no volver con Berenice, y preocuparla, y por supuesto, no se le pasó por la cabeza que, una vez llegados al pueblo, él, y Yurai, el esposo de ella —que se la tenía mil veces jurada a Mercedes— se volvería irremediablemente loco y no descansaría hasta matarlo. Todo esto volvió a él mientras se incorporaba y abrochaba sus pantalones.


Yurai extendió una mano cómplice, y él la tomo.  Sus cuatro pies descalzos de escabulleron en la oscuridad de la selva como las patas de un felino en cacería. Yurai esquivaba árbol tras árbol, doblaba en medio de nidos de euphorbio y se movía con tal agilidad que las espinas le sacaban la lengua, Mercedes le seguía el paso y olvidó por completo la desnudez de sus pies, que sabían más que él del camino. De pronto, llegaron a una pared rocosa, oculta en medio de ramas y ramas de acacio. Yurai la descubrió, y volvió a tomar su mano, tomó impulso y corrió hacia la pared; Mercedes no alcanzó ni siquiera a pensar en lo lindo que quedaría después de semejante golpe contra la roca, y siguió ciegamente a la mujer, derecho contra la piedra, y luego a través de ella. Cuando llegaron al otro lado, el sol volvía a estar en el cielo, cerca de la hora crepuscular.


— ¿Qué?

— No se acuerda de nada, el señor —dijo la mujer—. Es el deber ser. Suba al Silente pasado mañana. Ahora, váyase por la izquierda.


Mercedes quedó perplejo observando a Yurai, caminando con la misma parsimonia de siempre, y perdiéndose tras la vegetación. Antes de que pudiese si quiera formular la pregunta de qué había sucedido, obedeció el comando de la mujer, fue por la izquierda, y detrás de uno de los millones de árboles que tapizaban la Isla, allí encontró el camino de vuelta a Insularia.

 


Mercedes es condenado


En el medio de la playa del poblado de Insularia, una gran pira había sido colocaba. Rodeándola, los hombres del poblado, fieles a Romario Bolsón, comentaban y escupían al suelo que rodeaba los pies atados de Mercedes Balquiar. Sus manos habían sido atados al palo central, un mástil de algún naufragio que ahora serviría al fuego, y no al agua. En su boca, una mordaza. Alrededor de la pira, el poblado se había empezado a juntar, los niños jugaban a sus pies, y las mujeres se tapaban la mitad de la cara, y con la otra, observaban al hombre, que, “algo habrá tenido para comerse hasta la esposa del Romario”. Yurai no se veía por ningún lado, tampoco Doña Berenice ni Mónica. Cuando estaba preguntándose por las Bejarano, Mercedes las vio acercase, escoltadas por el sobrino de Deoña Berenice, Dorel. Las dos mujeres habían cubierto sus caras con un velo, y agitaban sendos abanicos negros que cubrían cualquier expresión que delatara su vergüenza.


A lo lejos, Doña Berenice apareció, apoyada en Mónica para poder caminar. Las dos mujeres se acercaron a Mercedes. Berenice subió hasta la plataforma donde, con pericia, habían enterrado la mitad del mástil en la arena.


— Mercedito, ¿qué hiciste, hijo? —lloraba Doña Berenice— Estos salvajes... Mi marido Dorel jamás hubiese dejado que esto pasara —Mercedes la observaba, lleno de miedo y resignación—. Yo sé que no eres normal. Lo digo en el buen sentido. No sé qué voy a hacer, pero vamos a salir de esta.


La mujer bajó de la plataforma, luego Mónica se acercó a Mercedes y le rezó una oración cristiana. Al terminar, le dijo:


— Quiero que me lleves contigo, Mercedes. Enséñame a ser joven otra vez, como tú. Ya vas a salir de esta, muchacho.


Llevada de los hombros y a empujones, Yurai aparecía de entre la selva. Cuando llegaron a la pira, hubo silencio. Entonces Romario Bolsón se acercó a la pira y vociferó:


— Señores, tenemos aquí la escoria más grande que ha visto este pueblo: el violador, llamado Mercedes Balquiar.

— ¡Violador! —dijo un hombre borracho.

— ¡Maldito! —dijo otro hombre, arrojándole una piedra.

— ¡Violador, pervertido! —una mujer le gritaba.

— Tenemos las víctimas de este cerdo aquí con nosotros —anunció Romario Bolsón, haciéndole un esto con la mano a Emilia Bejarano. La mujer subió y se puso de pie junto a él, evitando la mirada de Mercedes—. Doña Emilia Bejarano, cuéntele al pueblo que ha hecho este hombre con usted.

— Pues... —el llanto se agolpaba en la garganta de la Bejarano— ¡Me incitó, y me violó! Justo en la Playa Escondida. Me ha llevado y ha abusado de mí. Yo he sido buena mujer, le he dicho “pare Don Mercedes, no siga Don Mercedes”... Pero es una bestia, ha arrancado mis ropas íntimas y... No puedo, no puedo más Don Romario.


Emilia Bejarano bajó del podio y se paró junto a su hermana gemela. Acto seguido, Enriqueta Bejarano fue llamada a dar testimonio.


— Señoras y señores, este hombre que tienen frente a ustedes es un fornicador, un lascivo hijo del demonio que ha venido a pervertir a las mujeres de bien y muchachas de es este pueblo.

— Díganos qué clase de agravio le ha hecho padecer, Doña Enriqueta —la arengó Romario Bolson.

— Eso he de llevármelo a la tumba. Pero puedo asegurarles que el hombre no es de fiar. Ha ofendido mi integridad de mujer. ¡Ya está, quémenlo, limpien la escoria de nuestra Isla!


Enriqueta Bejarano bajó del podio y fue junto con su hermana, ambas estaban claramente juntas, pero sin dirigirse la palabra.


— Ya lo han escuchado, mi gente. Es hora de deshacernos de la escoria, hombres como el Balquiar sólo causan estragos allí a donde van. Desde que este patán llegó a nuestro pueblo, ¿qué ha pasado con el ingenio azucarero de las señoras Bejarano? Está pronto a quebrar —las gemelas cubrieron sus rostros con los abanicos—, y ¿qué hay de nuestro proyecto de ampliación de nuestros terrenos? Por alguna razón, cada vez que hemos iniciado un incendio, controlado, por supuesto, para limpiar la selva, viene a luvia y el viento y se jode todo. Pues yo digo que aquí tenemos al culpable.

— ¡Ya quémenlo de una vez! —decía un viejo.

— ¡Momento! —Mónica alzaba su mano en medio de la escuálida multitud que eran todos los habitantes de Insularia— Creo que nos falta un testimonio.

— ¿De qué habla, señora?

— Mónica. Sabes muy bien mi nombre, Bolsón. Falta el testimonio de tu señora esposa.

— ¿Qué estás queriendo decir?

— Estoy diciendo que todos sabemos que hubo una sola mujer que ha estado con el joven Mercedes, y esa es su esposa. Yurai, habla de una vez y acaba con este desastre.

— ¡Calla! —el grito venía de Ercilia, que se acercaba a Yurai y le susurraba un consejo al oído.


Mientras tanto, Mercedes Balquiar posaba sus ojos en los de la mujer. Donde todos veían miedo, Mercedes veía otra cosa. Si Yurai había dejado que las cosas llegaran a este punto, era porque tenía un plan. No iba a dejar que lo quemaran vivo de esa forma, claro que no. Mucho menos ahora, que ella le había dicho que la barriga no era de Romario, sino de él. Mercedes tendría un hijo, un hijo de una mujer wiichii. Se salvaría y construirían una Insularia distinta, y él pondría una escuela y—


— ¡Violador! —Yurai lo señalaba con su dedo largo y moreno, gritaba como poseída por el mismo espíritu demoníaco que parecía poseerla cuando hacían el amor— ¡Me violó! —lloraba la mujer, dando chillidos de bestia— ¡Me ha violado, quémenlo! ¡Violador!


En la cara de Romario Bolson podían verse mezcladas la vergüenza y el odio hacia Mercedes Balquiar. Entonces Marcel Palacios le alcanzó una madera encendida, y sin poder decir ninguna otra cosa, humillado frente a todos gracias a su esposa, Bolsón dejó caer la madera en la bae de la pira, y las llamas alumbraron las aguas de la playa de Insularia.

 


De cuando Mercedes y Yurai exploraron Insularia


Entre subida y subida al Pico Silente, Mercedes dejó que Yurai le presentara la isla, y todas las desnudeces que la habitaban. Era increíble pensar que sus pobladores conocían apenas el parche de tierra en el que transcurrían sus vidas, pero ignoraban por completo el vasto territorio que era el resto de Insularia. De su mano, Mercedes conoció el Pico Cantor, que se miraba con el Silente y que daba la cara al otro lado de la Isla; el Cantor estaba repleto de pájaros cuyos cantos reverberaban en el cerro, y cantaba como la Tierra nunca antes había cantado. La Orchila era un cayo emergido a un costado sur de la Isla, como una lágrima. La Bahía de jabalinas era desproporcionadamente enorme en relación con el resto de la Isla, y se encontraba desierta. En Playa Oculta —que no era la misma que Playa Escondida—, decía Yurai, habitaban rayas del tamaño de la luna.


Pero ningún lugar de la Isla era tan enigmático como los cenotes.


Desde la altura del Pico, los cenotes lograban ocultarse muy bien tras el tapete de verde de la selva, salvo a cierta altura, pero era a cierta hora, cuando la luz cortaba de un lado, y el vapor de la Isla cortaba por otro, que la oscuridad de los cenotes se tragaba la luz, y la sombra de sendas oquedades, ya enormes a vista de pájaro las desnudaba ante el ojo.


— Estuve esperando que Don Balquiar conociera bien la Isla. No se acuerda de nada el señor.


Yurai caminó como solía caminar, a ciegas y con la determinación de una flecha, y juntos, como solían atravesar la Isla, de la mano, llegaron hasta el primer cenote. El sol mostraba un poco aquí y un poco allá las aguas de turmalina del fondo. Unos metros más allá, otro; y caminando por subidas y bajadas, esquivando árbol y roca, encontraron un agujero tan colosal que el nombre cenote le quedaba minúsculo.


— No esperarás que nos metamos allí —dijo Mercedes.

— Nadie puede meterse ahí —dijo Yurai— a menos que quiera ser comida de la gran bestia.

— ¿La gran bestia? —preguntó Mercedes, con incredulidad.

— Don Balquiar no sabe de la Isla que le vio nacer. Don Balquiar olvida. Y está bien. Mire:


Entonces Yurai se paró en el borde del gran vacío que se abría ante ellos dos, de tal manera que una brisa tonta podría haberla raptado dentro del pozo para el resto de su vida. De cuclillas, dijo una canción:


Waiirii simma-we simme-ai

Weii simme-we simme-ai

Weirii simma- we simme ai

Waiiriiiiiii


Sus últimas palabras quedaron reverberando en el hoyo, y fueron respondidas con un gruñido que Mercedes podía sólo asociar con un reptil. Un reptil demasiado enorme, difícil de imaginar. Creyó ver el brillo de escamas danzando con la débil luz que conseguía penetrar en el hueco.


— Venga. Vamos a que conozca a resto.

 


De lo que, parece, fue el fin de Mercedes Balquiar y Yurai Bolson


Las llamas le mordían los pies a Mercedes Balquiar, y el olor a su propia carne quemada le causaba arcadas. Pero era absurdo tener arcadas mientras uno es quemado vivo. Por alguna razón, las palabras de Yurai no hicieron más que ser un aliciente, que ahora le permitía superar el horror de morir quemado en vida, pues la traición de ella le dolía en un lugar que hasta ese momento él no conocía.


Mientras tanto, a la par de las llamas, el agua de la playa, brillando con el color del fuego, se había crecido, y los azotes de las olas en la orilla echaban un rocío que empezaba a apagar las llamas de la hoguera. El público que veía la pira arder ahora reculaba, y el agua retrocedía, amenazante, dejando detrás de sí peces asfixiándose en el lecho que ahora era sólo arena, y gracias al oscuro de la noche, ya ni las llamas mostraban realmente hasta dónde había retrocedido el mar. Había, tan sólo, un sonido, como un tambor grave sonando a lo lejos, con toda la intensidad de cien olas calladas a punto de estrellarse.


Los insuleños con algo de inteligencia, huyeron despavoridos, cerro arriba, lejos del desastre. Las Bejarano se agarraban de manos, gritando histéricas a la par que la mano pesada de Paul Renier, que había arrojado con su mismísima mano alguna de las primeras piedras, las arengó lejos de la orilla. Romario Bolson observó a Mercedes Balquiar, las llamas aún quemando su cuerpo, su boca amordazada sonriendo. Sonreía Don Balquiar, y eso no podía significar nada bueno.


— ¡Bruja!  —le dijo a su mujer, tomándola con fuerza del brazo.


Debajo de su saya, Yurai sacó un puñal hecho de piedra, y con la fuerza de fiera que tenía para atravesar la Isla a ciegas, se lo encajó al marido en el hígado. Romario Bolsón gritó, y tras su rugido el mar vino de vuelta, reptando con parsimonia, juntando fuerzas. Yurai se acercó a la pira y con sus manos quemándose desató a Mercedes, y le quitó la mordaza.


— Deme la mano —le dijo a Mercedes. El fuego le había destruido los pies, pero no sentía dolor ni emoción alguna. Una extraña confianza le creció en el pecho ahí, mirando a Yurai, y tomándola de la mano, vieron el mar regresar.


La gran ola los engulló, apagó el fuego de la pira como quien apaga un fósforo con el dedo, pasó por sobre las casas de Insularia, los árboles y el ingenio azucarero de las Bejarano, subió por los cerros y llegó hasta el mirador del Pico Silente, donde la mayoría del pueblo que se había alejado de la orilla a buen tiempo se había refugiado. Luego el agua comenzó a retroceder, dejando a su paso la selva intacta, y las casas y pequeñas veredas que constituían las calles de Insularia, quedaban intactas también; luego el mar continuó y volvió en sí, pasó por sobre el cuerpo sin vida de Romario Bolsón, y volvió a la orilla.


Mercedes Balquiar y Yurai Bolson ya no estaban en ninguna parte.

 


Epílogo


De entre las olas acechantes del océano. De entre los vientos pendencieros del mar abierto. De entre lugares que nadie ha visto, pues el mundo es más grande de lo que cualquier representación de Mundo nunca será, y siempre habrá escondite, y no hay sombra que no esconda, ni luz que no revele.


Allí donde los puntos cardinales pierden sentido y nombre, emerge del agua una tierra bañada en selva. Insularia nació de montañas sumergidas, como los naufragios de los primeros que intentaron habitarla. Piratas, corsarios, almirantes, gobernantes, esclavos y soñadores, han visto todos sus esperanzas menguar ni bien pisan la orilla. Pues la Isla se libra de la ambición y la vanidad con la misma naturalidad que un pájaro mete entre sus plumas el pico y se saca los parásitos. La Isla no sabe, y nunca sabrá, pues el conocimiento es cosa del lenguaje, y la Isla no conoce lengua que no sea el elemento en su estado puro. La Isla siente, y porque siente, anda, se adapta, se protege, asegura su propia supervivencia tanto como las criaturas que habitan en ella.


Cuando es necesario, el poder de la Isla se pone de manifiesto, y barre de raíz aquello que podría amenazar su existencia, y el equilibrio de la vida que, a través de los años, ha dado un espacio para que puedan habitarla. Entre esta vida, la vida humana halló en la Isla un hogar, y la Isla le ha devuelto sus cuidos con abundancia, alimento, protección y calidez. Más, allí donde la soberbia se ha alzado, la Isla se ha rebelado, y ha barrido por entero cualquier oportunidad para que la codicia prospere.


Pues la magia que le es propia a la Isla —que es propia de todo mundo en estado salvaje—, que abre ventanas entre las rocas del macizo, que abre puertas en el fondo de las lagunas, que halla en el tiempo un concepto obsoleto, y por lo tanto, las criaturas conocedoras de esto, pueden caminar en él como el cangrejo lo hace sobre la arena, ya sea hacia delante, hacia atrás o hacia los lados... esa magia que ha hecho simiente en sólo algunas personas, hijos de un pueblo, que hicieron con la magia lenguaje y al lenguaje una acción; esos hijos de ese pueblo, sólo ellos tendrán la Isla a perpetuidad. Pues a nada aspiran, y sus castillos son los picos que coronan esta tierra, y sus fortalezas los árboles milenarios que se yerguen; su alimento cuelga de los árboles, y pueden hablar con las estrellas, como es natural, en los pueblos de las Islas primigenias.


Entre todas esas Islas, que aparecen y desaparecen de los mapamundis, que flotan a la deriva y bostezan y se esfuman; entre las Islas que vieron morir barcos cargados de tesoros, ahora perdidos para siempre en el lecho del mar; entre Islas flotantes sobre las nubes, entre islas submarinas, entre Islas bautizadas por naciones, se alza Insularia.



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