top of page

Retrato de madre y violador en un cumpleaños

El siguiente es un post largo, no ha sido fácil de escribir, y no creo que sea fácil de leer tampoco (ya usted entenderá en qué sentido uso la palabra "fácil"). Para facilitarle al lector apurado las cosas, aclaro: el post tiene Prólogo, 5 partes, una Coda, y la "Coda de la Coda". Usted puede leer un poco, dejar la lectura y retomarla. O nunca retomarla. O leerlo todo de sopetón. En cualquier caso, espero que lo disfrute.


Prólogo: La Reina del Arroz con Pollo

I

Autopista Francisco Fajardo, 7 de la noche. Los carros están atascados en el tránsito. La Francisco Fajardo fue construida hace 50 años para facilitar el transporte dentro de la capital venezolana, es el año 2003, y a mis ocho años ya entiendo que esta autopista, estas calles, edificios, y todo el material del que está hecha Caracas, es la violencia.


Entre el atasco de tránsito desfilan los buhoneros, vendiendo agua, chucherías, y DVD’s. Es la era de los DVD. Los VHS pasaron de moda, la gente los tira a la basura. En las oficinas, en los colegios, en los barrios, la gente se pide prestados los CD de las películas que están pasando en los cines. Otro de los regalos sensacionales de la modernidad son los celulares con cámara de video. Después de aparecer, se convierten en otro buen motivo para morir a manos del hampa. Alguien va al cine y graba la película con su celular, la quema en un CD, la vende en la autopista. La democratización de la cultura es irrefrenable. La calidad de mierda de esas películas habrá durado un año nada más, pronto los vendedores se las arreglaron para conseguir las películas que estaban en cartelera, de buena calidad, en CD. Matrix era la película del momento, no porque fuese nueva, sino porque ninguna otra película había conseguido superar su popularidad, con sus efectos especiales de última generación y su estética futurista. Todos esperábamos el futuro ansiosamente. Los caraqueños trabajaban todos los días, manejaban, caminaban, comían, se amaban y se odiaban velozmente. Quizás fuese una forma de hacer que el futuro llegase rápido. Pero en Caracas el tiempo iba en reversa.


Supongamos ahora que estoy uno de esos tantos días de tráfico en el principio de la noche caraqueña, entre semana, porque de viernes a domingo la cosa cambia. Estoy sentado en el asiento trasero de la camioneta de mi tío Eloy. Mi tía Blanca va junto a él. La camioneta se detiene por cinco minutos, avanza cinco, se detiene cinco, avanza cinco... A ese ritmo llegamos desde los Chaguaramos hasta Caricuao en una hora y un poco más. Entre el vaivén del carro pasa el buhonero: la oferta es Jorge Celedón; la ya mencionada Matrix; el video “prohibido” de Roxana Díaz; los videos de autopsias; y La reina del arroz con pollo.


Como ya viajamos con la típica música de Marco Antonio Solís de mi tío, no necesitamos más. El video de Roxana Díaz es bien conocido, pero no tanto porque ella fuese actriz y estuviese desnuda, sino por la parte en la que Roxana le mama el culo al marido, otro actor conocido, y después lo penetra con una botella.


Junto al video “prohibido”, tenemos las autopsias, grabadas en una morgue, mostrando el trabajo del forense: se ve claramente cómo se abre el cuerpo, se extraen y se pesan los órganos, y luego se abre el cráneo con una sierra, se extrae el cerebro, y —no sé si lo hacían en todas las autopsias, pero sí en la que yo vi— se rebana con un cuchillo. El motivo de que estos videos fuesen tan populares —aparte del morbo básico de ver tripas— era que, por lo general antes de la autopsia, el forense se bajaba los pantalones y ¿violaba? ¿se puede violar a un muerto? En fin, el forense se cogía el cuerpo. Después hacía todo lo demás.


Videos como este se conseguían en la autopista, o se compartían a diario por celular. El bluetooth había sustituido al infrarrojo, y resultaba más fácil compartir los videos, más rápido. Lo que con infrarrojo podía tardar diez minutos, con el bluetooth llegaba en cuestión de segundos. Había un especial interés por lo truculento y lo sádico, videos como el de los talibanes degollando y decapitando a un rehén eran los más compartidos. Personas disparándose con un revolver en público, cayendo al vacío desde lo alto de un edificio. Por aquellas épocas, todos los meses aparecía una nueva tecnología, un nuevo aparato que haría nuestra vida más fácil, o por lo menos más interesante. Sentíamos que a ese ritmo, en un par de décadas estaríamos viviendo como Los Supersónicos.


Todos veíamos estos videos desde la curiosidad y el asombro. Algunos los veían con la inocencia de un chimpancé, demasiado idiotas como para sentirse mal por las imágenes. Otros los veían desde el placer, como H, quien era pareja de mi mamá por el momento. H tenía una amplia colección de DVD de ese estilo. Compilaciones de asesinatos, suicidios y accidentes. Películas de más de una hora de duración que incluían redadas policiales, videos de noticieros, y grabaciones caseras de gente muriendo de las formas más cruentas que uno pueda imaginar.


Diría que yo era inocente, que me impactó ver esas imágenes, que no pude dormir después de ver una de esas películas de corrido, que yo era apenas un niño y aquello me traumatizó. Pero no es cierto, yo era tan sádico como el resto, a mis 8 años. Quizás fuera porque me quedaba poca inocencia, o es que la mente humana obra de forma tal que no podamos ser traumados tan fácilmente, si nuestra cultura nos dice que ciertas experiencias son completamente normales. ¿Cómo podría sentirme traumado si todos se sentaban a ver estos maravillosos filmes con la ligereza de quien ve un partido de fútbol? No disfrutaba ver los videos, pero no voy a negar que era adictivo. A veces sostenía la carátula del DVD entre mis manos y veía algunas imágenes que adelantaban el contenido. Me mataba la curiosidad por verlo, aunque había algo dentro de mí, algo que estaba detrás de mi cabeza, que se sentía enfermo con aquello.


Entre tantísimos videos, se puso de moda por los 2000’s uno cuyo nombre ninguno de los que vivimos aquellos tiempos olvidaremos: La reina del arroz con pollo. Era una grabación de un proceso de humillación, tortura y asesinato a un preso de una cárcel de Venezuela. Tengo flashes en mi memoria de ese video; no recuerdo bien, pero tengo la idea de haber visto, que la víctima le practica sexo oral a otros hombres, y que es penetrado por alguno. Lo que no puedo olvidar —y no olvidó nadie— es que al señor le clavan un desodorante en el recto y lo hacen vestirse con un hilo dental. Luego tiene que desfilar por el patio de la cárcel, como lo haría cualquier Miss Venezuela, sólo que en el caso de este pobre desgraciado, su reinado era el del arroz con pollo. Alrededor del susodicho hay un grupo limitado de hombres, que son los que practican el ritual de humillación. En un círculo más externo, un gran número de hombres observan y participan, gritando, aplaudiendo, otras veces acercándose a la víctima y pateándolo. El acto final es la decapitación, y un partido de fútbol con la cabeza de la víctima.


— Le metieron un mum bolita por el culo, ¡qué arrecho! —dice uno.

— Mira, no puede ni caminar con esa mierda metida por el culo —dice otra.

— Na’ guevoná. Bien hecho, por sapo —dice otra.

— Eso le pasa por violador. Deberían hacer lo mismo con todos los malditos violadores —dictamina otro.


MUM es la marca del desodorante que le metieron por el culo, bolita era la forma de aplicación del desodorante (roll-on). Me recuerda al caso del video “prohibido” de Roxana Díaz, que se hizo famoso, sobre todo, porque le meten algo por el culo a un hombre. Las reacciones y los comentarios hacia La reina del arroz con pollo estaban siempre orientados hacia dos aspectos del video, uno que era visible, y el otro que era la justificación de aquel ritual:


  1. El visible: haber sido violado con un desodorante —considerado lo más atroz, según los comentarios.


  2. La justificación: el hombre era un violador —este era el móvil de sus compañeros de retén para proceder con él de aquella forma. Un castigo.


Lo que me impactó realmente no fueron ninguna de estas dos cosas, sino la decapitación, y el posterior juego de pelota. Recién cuando vi el video con mis propios ojos, me enteré de esa parte, que todos pasaron por alto cuando lo comentaban. Yo sólo podía pensar en lo engorroso que sería cortarle la cabeza a alguien: la sangre, la dificultad de atravesar la carne y el hueso. Me aliviaba aquella muerte, que acababa con el sufrimiento de un pobre desconocido, un pobre miserable que, aparte de ser La Reina... Era, simplemente, “el violador”.

 

II

Con los años, cuando volvía a ese recuerdo, y con los cumpleaños que corrían, me iba haciendo algunas preguntas: ¿A quién violó? ¿A cuántas personas violó? ¿Cómo lo hizo? ¿Cuáles eran los géneros y las edades de sus víctimas? Siempre escuchaba comentarios del tipo: “los violadores tal cosa...” “los violadores esto...” “los violadores lo otro...”. Me recuerda a esa ley que existe en USA que dice que si alguna vez fuiste un asaltador sexual, y te mudas de barrio, debes avisarle a todos en tu nuevo barrio que eres un asaltador sexual. Me imagino la escena, una persona, pongámosle una mujer, Jane Doe, llegando a Los Álamos, un lindo barrio residencial de casas bajas, jardines al frente y porsche, presentándose con su nueva vecina, Eloíse.


— Buenos días, soy Jane Doe, me acabo de mudar al frente.

— Un placer, soy Eloíse, vivo con mi esposo Frank y mis hijos Martha y Nicolas.

—Encantador, realmente encantador. Debo anunciarles, por los deberes que me atan con la ley del Estado, que he estado convicta por delitos de asalto y agresión sexual, y estoy en libertad condicional actualmente. Quisiera reconstruir mi vida y creo que Los Álamos es el lugar ideal.


¿Qué creen ustedes que haría Miss Eloíse? Definitivamente no creo que Jane Doe sea invitada a las reuniones de vecinos. ¿Por qué? Es una agresora sexual, una violadora. Las personas así no merecen ser puestas en libertad. Son enfermos, enfermas, son aberrados, peligrosos para la sociedad, ¿y los niños? ¿Quién protege a mis hijos de estos depravados? ¿Y MIS HIJOS? ¿Y MIS HIJOOOOOOS?


Pues, definitivamente nunca sabremos lo que se esconde detrás de los cargos que fueron colocados sobre Jane Doe. Si yo tuviese que denunciar a todos los mayores de edad con los que me acosté cuando tenía entre 14 y 16 años, ya hubiese más de un John Doe por ahí. Eran pederastas, estupradores, y expertos en grooming. Tres actos delictivos relacionados, más no idénticos. Por mi parte, jamás opuse resistencia, estoy convencido de haber sido manipulado, pero jamás forzado.


¿Se imaginan que yo, o que mis padres —si hubiesen tenido un mínimo de interés por saber qué hacía yo a mis 15 años— les hubiese dado por denunciar a cualquiera de mis amantes de entonces?  Hubiésemos borrado cualquier información sensible detrás de aquella historia, cualquier sutileza. Cualquiera de esos John Doe hubiese entrado al sistema penal con el mismo título que alguien que, por ejemplo, violó a la fuerza a una hija, sobrina, o nieta, durante años. ¿Cree usted que estas dos personas cometieron el mismo crimen? Entre los que torturaron al señor de La Reina había más de un otro violador, no me cabe duda. Y los que le metieron el desodorante, ¿qué son? ¿Proctólogos? ¿Quién dijo que la justicia es ciega? La justicia tiene los ojos de los que tienen el poder de ejercerla.

 

III

¿Qué truculento y horrible se ha vuelto este relato, no? Es así, es horrible. Lo que se dice una historia de la vida real. Porque Pasa en las películas, pasa en la vida, pasa en TNT. Y si usted cree que mi vida a los 8 años no era la de un niño normal, porque a sus 8 años usted sólo veía el Chavo del 8 y tomaba la merienda con sus hermanos en casa de su abuelita, le envío mis más (des)honestas felicidades. Porque mi caso no era aislado, todos los niños que conocí, en el colegio y en mi barrio estábamos en la misma. La ciudad, la sociedad y el país en el que crecí eran capaces de ver la violación que la víctima de ese video —y de tantos otros— sufría, y aplaudirla por ser el castigo de una supuesta otra violación que el futuro decapitado había llevado a cabo, pero que nadie vio.


¿Qué pasa, Marcos, por qué hablas de cosas tan horribles y fuertes? Me gusta más cuando escribes cosas como los colores de las nubes, o la casa en la que vives en llhabela. A mí también me encantan, pero aún en el paraíso existe el infierno (pues yo ví en mí mismo...)


Si usted es una de esas personas de mierda que es capaz de ver un video como aquellos, y odia a los violadores y desea que a todos les metan un desodorante por detrás, es muy posible que cuando alguien que usted quiere mucho —sobre todo si es alguien de su familia— viole a otra persona, usted rechace toda idea posible de que aquella persona que usted tan bien conoce, haya sido capaz de violar a alguien —que usted también conoce, porque se trata de alguien de su propio círculo familiar—. Si el tiempo pasa, y alguien insiste en que su (esposo, sobrina, primo, hijo...) abusó, violó o acosó a otra persona, maxime si hay un proceso legal de por medio, entonces usted buscará muchas excusas y atenuantes para aquél acto. Los dos atenuantes más populares son: 1) el alcohol u otras sustancias: el abusador estaba inconsciente, fuera de sí, él/ella sería incapaz de hacer algo así en sobriedad; y 2) la seducción: la víctima sedujo al abusador y el abusador prosiguió. La víctima disfrutó cada segundo, ¿y ahora anda diciendo que la violaron? ¡No joda! Finalmente, el abusador es condenado, la violación es confirmada, legitimada, ya usted no puede hacer más por su querido violador. ¿Y ahora? Sólo rezar, y esperar que las personas no actúen con él/ella con la misma severidad con la que usted aplaudió y disfrutó ver La Reina del Arroz con Pollo.

 

Primera Parte: La familia

Manolo, Gaby, Marquitos, y Nena. Los rostros de las personas fallecidas permanecen sin alteraciones en todo el post.
Manolo, Gaby, Marquitos, y Nena. Los rostros de las personas fallecidas permanecen sin alteraciones en todo el post.

Nací en aquella ciudad que muchos de los que han migrado de ella miran ahora con una nostalgia kitsch, la misma de la que Milán Kundera habla en La insoportable levedad del ser, cuando narra la vida de Sabina en París (amo esa novela). Caracas esto, Caracas lo otro. Hasta Leandro me echa broma, porque siempre digo que a Buenos Aires “le hace falta el Ávila”. Me sale del inconsciente mirar el horizonte y buscar una montaña, y esperar que detrás de ella esté el mar Caribe, esperando por mí con su arena blanquita y sus aguas azul eléctrico.


Venezuela es eléctrica, como el agua de la Bahía de Cata, o de Choroní. No es un santuario monástico de la naturaleza, un remanso sagrado de paz y silencio. No. Es fiesta, es alegría, es movimiento, una polarcita aquí, unas empanadas de cazón allá. Los venezolanos bebe(mos)n mucho, van a fiestas viernes y sábado, se gastan el sueldo miserable en pedirse un servicio de Whisky en una discoteca más o menos, a ver si consiguen una jevita. La jevita se gasta el sueldo en la peluquería. Es el deseo constante de satisfacer sus emociones básicas y salvajes: coger, divertirse, descansar lo más que se pueda, comer rico y en exceso. Ninguna comida tiene dos o tres ingredientes, porque cocinar con poco, vestir poco, tener poco, es símbolo de pobreza. Y nadie quiere ser pobre. A principios de los 2000’s, habíamos muchos pobres. Veinticinco años después, ¿cuán pobres somos ahora, que hemos perdido hasta nuestras playas eléctricas?


Me puse kitsch yo también.


Estoy tan traumatizado como el resto de los venezolanos; aunque siempre quise irme de allí, y aunque resiento esa sociedad que me castigó sin tregua por ser marico. Los odié grandemente. Ahora quisiera ir de visita alguna vez, soy fuerte ahora, un poco de homofobia no puede hacerme tanto daño.


Como decía, los venezolanos van a hablarte de la Caracas del nuevo milenio como si antes del chavismo, y aún en sus primeros años, hubiésemos vivido en Manhattan y luego ¡Pum! La debacle chavista. Pero es mentira. Recuerdo vívidamente aquella sociedad, salvaje y abusiva. Mi amigos de Maracay o del Zulia vivieron otras vidas, y si uno estaba en los Andes o en el Oriente, era completamente diferente. Había humanidad.


Mi entorno familiar era una reproducción a escala de Caracas: abusivo y violento. Mis bisabuelos Nena y Manolo tuvieron seis hijos, cinco hombres y una mujer. Dos de esos hijos eran alcohólicos: Kiko y Raúl. Aparte de alcohólico, Kiko era esquizofrénico, a veces vivía períodos en la indigencia, perdido, luego volvía, sarnoso y cagado, a dormir con su hermano Raúl en el cuarto que habían levantado en medio de la sala, con pedazos de cartón.


Nunca sabré si Raúl hacía alguna otra cosa aparte de beber alcohol, porque cuando yo estoy borracho no poseo la fuerza titánica, ni el espíritu combativo que tenía este hombre. Una vez vi un documental de NatGeo, en el que exploraban los efectos de ciertas drogas en el cuerpo. En el caso de la cocaína, habían comprobado que era capaz de aumentar la fuerza física del consumidor. Inmediatamente pensé en Raúl, y en la decena de otros adultos que vivían en la misma casa, encima del borracho, tratando de controlarlo para no golpear a alguien.


Mi tío abuelo Manolito, le decíamos, también deliraba, entre otras cosas, haciendo caca en potes de aluminio y dejándolos en el balcón para hacer “experimentos”, también decía que debajo del Ávila había un volcán, y que la CIA lo estaba investigando; otro de mis tíos abuelos, Eduardo, tenía delirios persecutorios, y aseguraba que “un hombre” lo estaba vigilando, constantemente. Se sintió vigilado durante toda su vida, y salvo por hacer las actividades de supervivencia básicas de cualquier humano (comer, dormir, etc), sólo fumaba, bebía café y peleaba con sus hermanos.


Carlos era mi abuelo, no era muy diferente de Eduardo o Manolito, pero sin delirios persecutorios, mejor sentido del humor, y una líbido intensa —uno de esos viejos babosos, creo que eso lo heredé de él—. No puedo decir nada grave acerca de él, salvo que era medio idiota y jugando con una pistola se dio un tiro en el pie y quedó mocho. Su renguera y su muñón quedaron como un chiste familiar durante el resto de su vida, le decíamos “punto y coma”. Y sólo queda Blanca —con la que viajaba en la camioneta de su esposo, mi tío Eloy, escuchando Marco Antonio Solís—, la única que aún está viva, mi tía querida a quien siempre abrazo beso y hablo con ella cuando nos reencontramos. No pensarás que no voy a decir nada malo de ella, ¿verdad? Pues, sólo diré que mi tía es... Mi tía Blanca hacía... No, mejor no. Es excesivo, dejemos a mi tía Blanca tranquila. Ella no tiene nada que ver con esta historia.


Eduardo el persecuta tuvo tres hijos, dos mujeres y un hombre. Una de esas mujeres tuvo un hijo cuando aún era muy joven. Estuve debatiéndome si dejar su nombre verdadero aquí o no. Sería una linda venganza, pero ¿a quién engaño? Una linda venganza sería un desodorante MUM, no mencionarlo en un post de mi blog.


Llamémosle Doran. Como Doran Martell, un personaje de Game of Thrones, que estoy leyendo ahora y me encanta. Llamémosle Doran, y ya volveremos a él.


Mi abuelo Carlos, por su parte, tuvo a mis tíos Tirso y Rebeca, que son morochos (mellizos), a mi mamá y a un último hijo con otra mujer que no era mi abuela Alba, la mamá de mi mamá y de mis tíos morochos. La mamá del bastardo era una mujer negra de Barlovento llamada Tibisay, y lo poco que recuerdo de ella es que tenía un tic extraño: movía la cabeza hacia delante y hacia atrás, como lo haría una paloma.


Todas las personas arriba mencionadas —y otras que excluyo porque no vienen al caso— incluyéndome, vivíamos en un mismo departamento en Caricuao, un barrio de clase trabajadora de Caracas. Caricuao queda alejado del resto de la ciudad, prácticamente no se puede llegar si no es por autopista, o en metro. Su aspecto es como el de cualquier sector de bloques del mundo. En todo el mundo hay lugares como Caricuao, barrios que fueron construidos para familias tipo que producían algún dinero y podían pagar un departamento en las periferias del centro de la ciudad, son los vestigios de alguna época de crecimiento económico de mitad del Siglo XX. Habían empezado como proyectos sociales, y las personas que los habitaban contaban con una buena calidad de vida, pero con el tiempo se fueron viniendo a menos. Como los bloques en los que viven los chicos en la película francesa de 1995, El Odio, protagonizada por Vincent Cassel. Parecidos al edificio en que vive Precious, en Precious, 2009, con Gabourney Sidibe y Mo’nique.


No sé qué tenían todos en la cabeza, mi familia, digo, que pensaban que tenían más riquezas de las que realmente tenían. Riqueza cultural, riqueza económica, y “riqueza” moral. Era todo lo contrario: los Vega eran una familia carente de esas tres cosas. Mis tíos abuelos se veían a sí mismos como pertenecientes a una clase social superior a las de las personas que habitaban el bloque, y el barrio. Será porque mis bisabuelos habían nacido en Cuba antes de la Revolución, y habían tenido dinero allá, eran de padres españoles, y entonces sus hijos sentían esos pequeños hilos invisibles que los unían con Europa y con un dinero que nunca tuvieron, con la ficción de una raza y una cultura superiores, porque éramos de piel blanca en un país mestizo, y no había ni un sólo moreno en la familia, y porque mi bisabuela era descaradamente racista, odiaba a los negros y no tenía miedo en expresarse con claridad al respecto, en frases que no reproduciré aquí, y que me hacen pensar en ella como alguien a quien jamás me acercaría si no fuese mi familia (pero no puedo juzgarla, porque era mi bisabuela, ¿cierto? Además, a mí me quería, porque yo era catirito, aunque mi padre sí fuese negro).


No había negros en la familia, hasta que nació Doran, y era moreno y hermoso. Fue el bebé consentido de la familia hasta que llegó aquél hijo bastardo de mi abuelo, y después llegué yo a romper el molde, con mis cabellos dorados y mi piel lechosa. Entonces Doran tendría unos diez años, y el otro hijo de mi abuelo, quizás 9.


Bebé Marcos, haciendo los oficios de la casa. Es la sala, y la habitación de Kiko, que está sentado en su cama, y Raúl, que asumo que los pies de la cama de arriba son los suyos
Bebé Marcos, haciendo los oficios de la casa. Es la sala, y la habitación de Kiko, que está sentado en su cama, y Raúl, que asumo que los pies de la cama de arriba son los suyos

 


Segunda parte: La fotografía.

Esto pasó hace tres meses, durante una cena de despedida en mi casa, antes de venirme a la Isla.


Ese día había estado decidiendo qué cosas me llevaría en mi viaje. Tenía que ser certero, pues no sabía cuando iba a volver a Buenos Aires, y si necesitaría alguna cosa. Aproveché y eché un vistazo a las fotos guardadas de mis bisabuelos. Cuando Raúl murió, encontré en su habitación una gran cantidad de álbumes de fotos familiares que le pertenecían a mi bisabuela Nena. En él hay fotos de casi todos en la familia, menos de mí, porque cuando nací, Nena y Manolo ya estaban en cama, muy enfermos para hacer cualquier otra cosa que estar en su habitación. Saqué las fotos de los álbumes y las metí en la maleta cuando migré a Argentina.


Habían pasado 9 años desde esa primera migración, y ahora me encontraba preparándome para una segunda. Ese día en mi casa en Caballito, tiré a la basura muchas fotos borrosas e inútiles, guardé algunas, muy pocas, que me interesaba conservar, y junto con otras que no quiero conservar, y que prefiero dárselas a Mami iti cuando vaya a España, me las traje a Brasil.


Esa noche me reencontré con la foto.


Mamá  y Doran
Mamá y Doran

No hay dudas de que la fotografía es brujería, es magia: manipula el tiempo, nos hace viajar al pasado, y ver el rostro de personas que ya no existen, o a las que hemos —convenientemente— olvidado. Ahí están: mi madre, apenas una adolescente, y Doran, que a esa edad ¿siete años, quizás? Parecía un angelito, un nene cualquiera.


Están en aquel departamento de Caricuao. En la torta hay 9 velitas. No era el cumpleaños de ninguno de los dos. Hay un brazo de un niño o niña a un costado. La torta es casera, con merengue batido arriba; está hecha de la misma forma que se hacían en casa cuando yo era niño, y como yo mismo aprendí a hacer en mi infancia.


Como ahora, mi madre está hermosa. Luce fresca y jovencita, no muy diferente de como lucía cuando quedó embarazada de mí. Hay otra foto de ella, perdida, en la que muestra la barriga grande y tiene el cabello atado igual que en esta foto.


Puedo imaginarme esta ocasión: si el cumpleañero o cumpleañera cumplía 9 años, por la cantidad de velas en la torta, es posible que se tratase de mi prima Gaby, que se lleva unos pocos años con Doran. Como en todo cumpleaños, la gente está feliz, mi tía Blanca, la mamá de Daniela, habrá hecho la torta, y todos habrán estado emocionados, porque iban a comer dulce, y con suerte, refresco, y algún pasapalo.


La foto estaba en la mesa cuando llegaron mis invitados: Edward, Génesis, L, y Gustavo.


— ¿Y esa foto? Está linda —dijo Edward.

— ¿Te gusta? Esta es mi mamá. Y este niño me violó cuando creció.


¿Por qué habré dicho aquello? Fue como tener un eructo y haberlo eructado de la forma más ordinaria posible, sin el disimulo correspondiente, o sin habérmelo tragado, como haría la mayoría. Necesitaba decir que hay niños tiernos como ese que crecen para hacerle daño a otras personas. Necesitaba decírselo a Edward, a quien conozco hace más de diez años, desde el Laboratorio Teatral Anna Julia Rojas, en Caracas. Necesitaba decírselo a Gustavo, a L, y volver a decírselo a Génesis, que ya sabe todo.


No hay forma correcta de reaccionar a que alguien te confiese que ha sido abusado. Una vez, una mujer amiga de Chile me confesó que el día de su matrimonio, fue violada por cuatro hombres. A otro amigo y a mí siempre nos pareció que ella era algo “particular”. Ahí estaba su particularidad: una raja en medio de su rostro, una raja invisible. Yo no supe qué decirle, salvo lo siento mucho. Yo tenía 23 años, ella más de 40, yo acababa de llegar a Puerto Varas ese mismo día. Una hora de conversación después me entero de aquello. Hoy día la entiendo perfectamente. A veces hay que decir esas mierdas al primero que se nos cruce, porque sí, porque es orgánico. El dolor se hace coágulos, hay que sacárselos como sea.


Mis amigos no dijeron mucho. Me sentí ligeramente avergonzado por el oversharing, que llaman. Pero inmediatamente entendí que tenía que escribir esto que estoy escribiendo ahora.

 

Tercera Parte: Los hechos

I

Si jamás hubiese conocido a Doran cuando yo era un niño, y si no hubiese pasado nada de lo que pasó con él, y me lo cruzase hoy en día sin conocerlo, me acostaría con él de inmediato. Era un niño precioso, como podrás apreciar en la fotografía, pero a sus diecisiete o dieciocho años, que tenía cuando pasó todo, ya era todo un hombrecito. Doran tenía la piel morena y tostada, lisa como la piel de una uva. Era musculoso y alto, lo sé no porque lo esté comparando conmigo mismo, que era un niño y todas las personas adultas tenían casi la misma edad para mí, a menos que fuesen muy viejos. Lo sabía porque Doran era más alto que algunos otros hombres adultos de la familia, y siempre participaba de actividades que precisaban del uso de la fuerza.


Doran vivía con su madre en Valera, Estado Trujillo, con sus dos hermanas, hijas del matrimonio de su madre con otro señor de Boconó (Edo. Trujillo), matrimonio por el cual había dejado Caricuao y se había mudado allí. Las hermanas de Doran eran las típicas niñas de su casa, educadas, buenas y divertidas. Eran quizás tres años menores que él, por lo que seguían siendo mucho más mayores que yo. Y mientras yo tenía ocho, y jugaba con carritos, ellas tenían entre 12 y 13, se maquillaban y tenían el período. Mi mamá y yo íbamos a Valera en las navidades, y la pasábamos bomba. Tengo buenos recuerdos de esas vacaciones, mis primas siempre conseguían incluirme en alguna actividad, y Doran jugaba conmigo como un hermano mayor, haciéndome maldades, algo muy común con los niños en Venezuela: pellizcar, jalar los pelos, pegar... En juego, siempre. El menor siempre sale llorando, para volver después por la revancha.


Era sabido que Doran era medio que un misfit en aquella casa. Dormía en un cuarto separado del resto de la casa, y sus hermanas habían comentado de algunas escenas extrañas con él, relacionadas con el voyerismo. No puedo asegurar nada porque no recuerdo los comentarios específicos que ellas hicieron acerca de él. Sólo puedo decir que todos teníamos una idea de él como una persona problemática. En medio de una borrachera, había pateado al perro de la casa y lo había matado. Luego había orinado en la cama. Cosas así, de borracho. Y de baboso. Pero honestamente, los varones somos criados en Venezuela para ser como él. No me sorprende para nada aquel comportamiento. Doran era chévere, y todo. Un tipo divertido, chistoso y alegre. Dientes blancos entre labios tostados.


Recuerdo una vez que mi prima Gaby —la posible cumpleañera de la foto—, quien tiene una habilidad excepcional para el insulto y la humillación, me dijo que a Doran no lo quería su mamá, porque lo había tenido sólo para casarse con su papá y poder irse de la casa, y estar lejos de Raúl y toda esa locura. Que cuando Doran era pequeño, su madre se lo había dejado a Nena para que lo cuidara ella porque no fue un niño deseado. Cuando tuvo su segundo matrimonio, y una casa, su mamá se lo llevó a Valera, pero ya era más grande. Creo que Doran sintió toda su vida ese vacío de su madre, sin necesidad de que nuestra elocuente Gaby le dijera nada. Estaba claro, cuando estaba él y sus dos hermanas, que ellas eran dos princesas y él el Cuasimodo, viviendo en su sucucho al fondo de la casa.


Nunca tuvo novia. No que yo recordase. Pensándolo bien, era un muchacho un poco triste de mirar. Claro que esto lo pienso ahora de adulto, yo no entendía nada de esto cuando él fue a vivir un tiempo a Caracas, y entonces empezó todo.

 

II

Mi mamá y yo ya no vivíamos en Caricuao cuando Doran fue a Caracas ese tiempo. Vivíamos con la pareja de mi mamá (H, el de los videos de gente muriendo). Pero íbamos con frecuencia a visitar, porque en la casa aún vivían bastantes primos, y mis tíos morochos, mi abuelo... Bueno, el gentío de siempre. Raúl había dejado el alcohol milagrosamente, y ahora ya no hacía más que fumar y beber café, igual que el resto de sus hermanos. Ah, y comer pollo frito. ¿Habrá sido el pollo frito? Raúl murió unos pocos años después de haber dejado la bebida, de una forma bien triste, ahogado en su propia sangre. Parece que “se le reventó una arteria”, o eso dijeron en la familia. Es difícil de saber, en medio de tanta gente habladora de paja —de algo me tenía que venir lo hablador de paja a mí—, pero el caso es que fue repentino y doloroso.


Para entender por qué Doran se acercó a mí como lo hizo, es necesario decir que otra persona estaba abusando de mí en aquel momento, el hermano de mi mamá, que tenía casi la misma edad que él. ¿Es curioso, no? Pensemos, ¿cómo hacen dos personas para hablar acerca de violar a un chico y llevarlo a cabo? En primer lugar, ¿cómo te aseguras de que tu interlocutor no te va a acusar? ¿Cómo mides la tónica de la conversación, para soltar discretamente el datazo de que te estás violando a tu sobrino, y que estaría bueno hacer participar a otro primo? ¿Cómo organizas algo así? La gente piensa que estas cosas son organizadas necesariamente por mafias, o personas crueles, villanos de película. Imaginan a estas personas como dos granujas con cara de asesinos, con cara de malos. Con cara de algo, con cara de que van a hacer eso que jamás los considerarías capaces de hacer. Como violar a tu hijo, o a tu sobrino, o a tu primo. Yo era el hijo, el primo y el sobrino de varias personas en esa casa. Estas personas no tenían nada en su cara que los pudiese delatar, tan sólo una sonrisa, y una playstation.


Era jugar a la play el motivo que nos reunía a los tres en una de las habitaciones de la casa a puerta cerrada. Por fin Marquitos está teniendo más contacto con otros varones, los hombres de la familia, así no está tanto con las niñas, y se comporta más como un hombrecito. Era una de las razones por las cuales nadie se preguntaba qué sucedía detrás de aquellas puertas.


No diré mucho acerca del hermano de mi mamá, porque ya escribí un libro entero acerca de eso, una novela llamada CATIRE que está próxima a publicarse. Este sujeto poseía una mente realmente maquiavélica, pues no sólo puso a su primo al tanto de lo que hacía conmigo y lo convidó, sino que era experto en ejercer manipulación y maltratos físicos para obligarme a hacer lo que ellos pedían. Doran era más como el secuaz imbécil de las películas que hace todo lo que le dice el villano principal. Pero no por eso hacía menos, o no me pegaba, o no me amenazaba, o no se reía si el otro me pegaba, me maltrataba y me hacía llorar cuando no accedía a participar de alguno de los juegos que ellos me imponían.


Como ya te conté, Doran era fuerte, y el hermano de mi mamá, también. X era flaquísimo, pero tan alto como Doran. Quizás todo ese tiempo sus cachetadas y puñetazos fueron simples juegos, pero eran tan fuertes sus cachetadas y sus puñetazos que yo me confundía y pensaba que eran en serio. Quizás hubiese bastado con salir de la habitación y decir que no quería participar de aquello. Quizás todo ese tiempo era yo el que entraba voluntariamente a la habitación, yo de ocho años, dispuesto a ser el juguete sexual de dos varones de 18 y 19 años. Quizás para mí también era un juego sexual. Porque seguramente yo lo estuve provocando todo ese tiempo. Seguramente yo empecé el juego, algún día en el que abracé a Doran y le apreté los brazos, porque aún siendo tan niño, podía reconocer que él era más grande que el hermano de mi mamá, y prefería que me maltratara Doran, que tenía una dosis de idiotez y abandono en él, que el otro, que era calculador, y que cuando me hablaba no dejaba opción a que yo dijera no, y sonreía con la seguridad de quien sabía que ejercía un poder absoluto sobre mí.


Así funciona el abuso sexual. ¿Por qué pensar que, en efecto, ellos no me dejaban más opción que cumplir con las órdenes que me eran dadas, como tocarlos como estaba yo obligado a tocarlos? ¿Por qué pensar en ellos como dos sujetos al mismo nivel que el tipo de La Reina del arroz con pollo? Uno era mi tío y otro era mi primo. Los dos eran hombres, lo cual significaba que se sentían atraídos hacia las mujeres, y que fuese lo que fuese que ellos hicieran conmigo, lo hacían porque yo, un niño bien conocido por ser maricón y afeminado, los estaba provocando.


Las víctimas nos metemos el dedo en la llaga, le echamos sal, ácido y alcohol a la llaga, la abrimos más. Pensamos que ahí en la herida, adentro, debe estar todavía lo que nos causó el daño, como esos proyectiles que quedan dentro de la carne, y queremos sacárnoslo, queremos verlo de cerca, entenderlo y destruirlo, para que la llaga cierre de una vez por todas y más nunca duela, y más nunca se vuelva a abrir, y más nunca pensemos que ha sido nuestra culpa todo lo que sucedió.


Pero no hay nada dentro de la llaga, nada que pueda extraerse y destruirse. Los idiotas te dirán que dejes el pasado a atrás y que lo superes, que perdones, que sanes, que sueltes, y esas mierdas. ¿Crees que lo he superado, después de todos estos años? ¡Mentira! Es mentira, nunca se supera. Escribo rápido y certero, pero quedo tan agotado después de esto... Es como un ejercicio de apnea, sumergirse en las profundidades abisales de un mar de fuego. Mi memoria: un infierno.


III

Me doy cuenta que mi escritura adquiere siempre este carácter sobrecargado. No puedo decir las cosas y ya, ¿verdad? Hay que repetir, y repetir, y hacer que duela, y mostrar y exhibir. Lo hago con lo horrible y con lo bello. Me recuerda a la película Enter the void, de Gaspar Noé, es mucho con demasiado. A veces no se tolera. Pero la vida es así, intolerable por momentos. Por eso hay gente que vive anestesiada, presas de la idiotez, mirando en su celular el nuevo reel de tik tok o instagram o lo que sea, deprimidos porque no tienen las tetas de Kim Kardashian, sin un verdadero sueño por cumplir, salvo comprarse otro celular para seguir idiotizándose. Amo ser tan punk, lo amooooooo.


No me deprime la violación, me deprime ver los años pasar, y ser un adulto, y entender que los adultos, así como tantas cosas en la vida, somos una ficción. Los niños pensábamos que cualquier cosa que hacía o decía un adulto era así y punto, y estaba bien que así fuese. Por eso cuando un adulto te decía maricón, o puta, o se burlaba de tu nariz, de tu cara, de tu cuerpo, tú creciste pensando en todo lo que había de malo en ti. Crecimos respetando, admirando y queriendo ser como algunos de los adultos alrededor, nuestros padres, abuelos, etc. sin importar si nos demostraban amor y respeto, o si nos hacían daño. Pensábamos cuando sea grande, porque ser grande significaba dejar de vivir las limitaciones que teníamos siendo niños, seríamos más libres, e independientes, fuertes, para defendernos de los maltratadores. Pero no, las personas son niños con arrugas, con diabetes y disfunción eréctil. Y si piensas que tener pareja, pagar un alquiler y cumplir un horario de trabajo te hace más adulto, más responsable y mejor persona, estás equivocado.


¿Ves el chico que del que te acabo de hablar? Marcos, sí. Él estaba en una casa rodeada de personas adultas, que —a pesar de cumplir con sus horarios de trabajo— nunca se dieron cuenta que detrás de las puertas de una habitación habían dos adultos obligándolo a arrodillarse. Que cuando el niño habló su verdad, le dieron la espalda —a pesar de pagar sus alquileres, e impuestos—. Veamos lo que sucede cuando el abuso es puesto en evidencia. Ya que vivimos en una sociedad donde es perfectamente positivo violar y decapitar a “un violador”, es de esperarse que estas dos personas hayan corrido una suerte similar.

 

Cuarta parte: Las confesiones.

Lo de Doran y el otro nunca había salido a la luz. Había terminado, sí, y recuerdo con nitidez que fue el día en el que Manolo murió: el bisabuelo de Doran y mío, y el abuelo de X. Fundador de aquella estirpe de fumadores compulsivos, bebedores de café, alcohólicos y esquizofrénicos.


Los años pasaban y yo callaba. Mi silencio era una célula cancerígena. Con el tiempo, fue creciendo y haciendo metástasis. Para cuando tenía unos 11 años, los síntomas de haber sido el esclavo sexual de mi tío y mi primo seguían sin manifestarse. Mi piel era gruesa, pero por debajo de ella había un cataclismo, que sólo me lastimaba a mí, que iba a la cama pensando por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. A esa edad, estaba por empezar el liceo. Todavía era un niño. Solía quedarme mirando al vacío, pensando: yo lo provoqué, es mi culpa por ser marico.


Eso después de entender que había vivido una serie de violaciones, porque no lo entendía. Yo pensaba que como nadie me había atado, amarrado, que nadie me había puesto su pene en la boca y me había golpeado hasta hacerme abrirla y metérmelo, entonces no había habido violación. Al contrario, en medio de esas meditaciones, me veía a mí mismo como un seductor, una especie de niño puta, Lolito. A veces me sentía heroico, poderoso, de haber tenido la oportunidad de vivir aquella experiencia erótica a tan temprana edad. ¿”Experiencia erótica”, es en serio? Qué mente enferma la mía. ¿Qué puedes esperar de alguien que vivió una experiencia así? La mente se venía enfermando hacía años.

 

I

Entonces la confesión de Paula llegó —el primer post del blog es sobre ella, pero con el nombre de Tatiana, tan falso como Paula—. Paula era chiquita, quizás de seis o siete años. X la había estado abusando a ella también, que era su otra sobrina (hija de uno de los morochos). Ella decía que tenía “un novio”, que era “un príncipe” que le “hacía el amor”.


Todos dijeron que Paula estaba mintiendo, porque a esa corta edad, a Paula le gustaba bailar como una putica, y sentarse en las piernas de los hombres, y había en ella una clara idea sexualizada de lo masculino, que sin ser genital, se expresaba con su mirada, su forma de hablar, como si imitara al personaje de la peluquera safada de una telenovela, y buscara seducir. Nadie pensó que quizás actuaba así porque había alguien que la estaba haciendo sentir como la peluquera safada de una telenovela, alguien que la invitaba a comportarse como una putica, para satisfacer sus fantasías. Al contrario, la vieron como una amenaza, una futura comehombres.


¿Cómo iba a dejar que aquel diablo se saliera con la suya? Entonces hablé. Ese día explotó un drama estelar en casa de mi prima P, que también vivía en Caricuao. P era tía de Doran, y estaban las hermanas de él (mis primas de Valera), y la abuela de ellos tres (madre de P y de la madre de Doran y sus hermanas). Hubo llanto, gritos y dolor, como en un programa de Laura en América. Yo conté todo, no sólo acerca de X, sino acerca de Doran. Pero creo que no entendieron muy bien, que ambos inclusive habían participado de las violaciones hacia mi persona, y que eso significaba que lo que Paula decía era cierto. Porque a X lo echaron de la casa, sí, pero entre los vaivenes de mi adolescencia me encontré viviendo una vez más con Doran en la misma casa, en Caricuao, porque mi mamá y yo habíamos tenido que volver a vivir allí, después de su separación con H. Se había legitimado la violación hacia Paula, que era niña, mientras que todos olvidaban —convenientemente— lo que este otro sujeto le había hecho al mariquito de la familia.


La memoria es una arcilla, que cede a las manos que la modelan, mas nunca traicionando sus propiedades básicas de polvo y agua. Creo que no tiene sentido ser demasiado cronológico y certero con algunas memorias, es exhaustivo para ustedes y para mí. Yo hablé, ellos escucharon. Ellos olvidaron. Y todo siguió igual. No hubo denuncias, ni arroz con pollo.


X
X

 


II

Entré en la adolescencia como sólo la fuerza de una infancia hostil como aquella puede darte. Tenía 12 años, y había conocido a un chico en el liceo. Por primera vez besé a un chico por puro romance, y no en medio de alguna escena de abuso. Entonces llegué a mi casa, ese mismo día, y dije: Familia, soy bisexual. Qué muchacho idiota, definitivamente padecía de síndrome de Estocolmo con estas personas, ¿cómo iba a decir algo así a las mismas personas que habían mirado para otro lado después de lo sucedido? ¿Qué mierda les importaba a ellos si yo era bi, pan, gris o mierda sexual? Mi salida del clóset sólo sirvió para que ciertas personas encontraran un blanco fácil para su más grande odio. Algunos primos y primas (como P) quisieron mantener a sus hijos a una distancia prudencial de mí.


Ocurrió una asociación directa con el hecho de declarar que me gustaban los hombres, y deslegitimar el abuso sexual que había sufrido a manos de mi primo y mi tío. Ya está, eres marico y punto, entonces no te violaron, a ti te gustaba la mariquera.


Cuando lo besé a Nahir —el chico en cuestión— entendí que no había vuelta atrás. Me gustaban los hombres. Fue un momento fundacional en mi vida. Ese beso, esa erección, y nuestra masturbación metidos en un monte ese día.

Aquella confesión, la de las violaciones que sufrí, que para mí se sintió tan heroica y tan difícil, fue como haber gritado durante horas en medio de una montaña: un eco que duró segundos, luego silencio absoluto.


Escena en casa de mi prima P, meses después de lo acontecido.

Es el cumpleaños de su hija, una reunión simple en su casa. Paula está a un lado, yo estoy haciendo no sé qué. Aparece X, el hermano bastardo de mi mamá. P lo saluda:


— ¡Qué bueno que viniste, X! —P nos mira con desprecio— Y Marcos, y Paula, ¡que se la calen!


Esa expresión significa: que se aguanten lo que se tengan que aguantar. Y en el caso de P, ella también quiso decir: porque esta es mí casa y puedo invitar a los violadores que yo quiera, y los únicos niños que me preocupa que sean violados son mis hijos.


Escena con mi tío Tirso, meses después de lo acontecido.

Casualmente, estábamos ese día en casa de P. Solíamos ir a su casa porque a parte de apoyar que unos familiares violen a los hijos de otros, también podía ser agradable y uno se sentaba a conversar con ella de vez en cuando.


— ¿Es verdad lo que me dijeron, que X y Doran te violaron? —pregunta ligera, uno podría preguntar ¿es cierto que te gusta la música de Linkin Park? De la misma forma.

— Sí —creo haber dicho con cierto tono de seguridad y orgullo.

—Qué arrecho... Pero ¿qué te hacían?


Escena con mi prima Daniela, meses después de lo acontecido. Ella es hermana de mi prima Gaby —la presunta cumpleañera de la foto, la que le decía que Doran era un hijo no deseado—, nótese la habilidad para el uso del lenguaje —aprendida entre hermanas, por lo visto—:


— Por supuesto que vas a decir que te violaron —pausa, importante para acentuar el valor de la siguiente oración—. Es la excusa perfecta para después decir que eres marico.


Unos meses después, Daniela se fue a Colombia. Tuvo la delicadeza de tomarse unos momentos y mandarme un mensaje a través de Facebook, escribió en mayúsculas sostenidas: SÉ QUE MORIRÁS DE SIDA. El año pasado nos vimos Daniela y yo, en España, donde vive ahora, y hablamos de esto. Qué bueno que no me morí de SIDA —por lo menos no todavía—, si no, ¿cómo hubiésemos tenido esa conversación? ¿Cómo hubiese yo escrito esto, para que tú lo leyeras y dijeras pero eso no fue así, o sea, sí dije eso, pero no así? ¿Por qué tienes que tomarte todo tan a pecho? Yo ni me acordaba de eso. Te quiero mucho, Daniela.

 


Quinta Parte: Conversando con tu violador

Alrededor de mis 13 años la masturbación era mi actividad favorita. Los varones nos masturbamos muchísimo cuando empezamos a desarrollarnos, seamos machitos, o mariquitos. Es posible que si tienes un hijo de, digamos, 10 años, ya esté al tanto de cómo masturbarse, y posiblemente ya lo haya intentado, aunque aún no esté dentro de la vorágine masturbatoria en la que podrá verse envuelto más cerca de sus 12 años. Los varones más grandes, hablo de los adolescentes de entre 14 y 15 años, no hablan de otra cosa. ¿Cuántas pajas te hiciste hoy? Yo me hice 3. Yo me hice una. Yo me hice 7. ¡Coño! Bien. No es hasta estas edades que la masturbación se vuelve parte integral de la rutina del adolescente, que buscará formas de masturbarse cada vez más novedosas y rebuscadas. El porno y el internet transformaron esto por completo. Hoy en día, el adolescente empieza viendo un video básico: mamada, penetración, etc. Y no encuentra límites en su camino por descubrir cosas nuevas. Quizás por eso ahora la gente hace porno de muñecas tetonas con pene y rasgos de perro, es como la evolución del porno, ya todo lo demás aburre, si empiezas masturbándote a los 11, para cuando tienes 17 ver un pene entrando en un agujero es aburridísimo.


Viviendo en Caricuao —mamá se había separado de H, Marcos y mamá tuvieron que volver allí—, no tenía acceso al porno. No había internet allí, y yo no tenía celular, ni tenía acceso al cuantioso registro pornográfico que H —cuyo único deleite no eran sólo el gore y el snuff— tenía en su habitación. Entonces mi mente iba y venía, unas 4 o más veces por día, iba y venía pensando en Doran. Doran vivía en casa también. No sé cómo o por qué estaba allí. Yo no había olvidado lo que había sucedido, sólo lo transformé en otra cosa —la arcilla—. Lo transformé en material para hacerme la paja. Y con cada paja, ver a Doran se volvía más y más erotizante. No sentía ni una pizca de odio hacia él, al contrario, empecé a desearlo más, empecé a enamorarme de él.


X, el bastardo, ya no estaba en casa. Como todos se habían escandalizado de que haya violado a una niña, no lo dejaron pisar aquella casa. ¿Recuerdan que mi abuelo Carlos se voló el pie con una pistola, jugando al tiro al blanco? Bueno, todo aquello pasó casi al mismo tiempo de que Paula anunciaba que tenía un novio, y yo confirmaba su narrativa, a través de mi propia experiencia como víctima del mismo verdugo. Pero entonces todos dijeron pobre Carlos, es demasiado para él, quedarse mocho y que denuncien a su hijo por violador. Dejen eso así, Dios se va a hacer cargo de castigarlo, no le demos más preocupaciones al viejo, que en cualquier momento se nos muere de un ataque de nervios.


La impunidad de aquel diablo nos había pasado por encima a Paula y a mí. La impunidad moral ya había sido impuesta, y dolía. Pero esta era diferente, un crimen sin denuncia era un crimen sin criminal. Pero un crimen con dos víctimas reales: Paula y yo. Nosotros nos tuvimos que comer ese arroz con pollo, no X.


Pero lo de Doran, por otro lado, pasó desapercibido. Nadie recordaba nada, nadie preguntaba. Yo hubiese necesitado de una rebeldía más grande que la idiotez de aquellas personas, para poder alzarme contra su indiferencia. Yo hubiese necesitado ser más fuerte, más seguro de mí mismo, tener el instinto punk que tengo ahora. Pero no podía, simplemente no podía, a mis 13 años. Era más fácil transformar el trauma en fantasía. Era más fácil enamorarme de él, era más fácil agarrarle cariño, era más fácil, menos demandante energéticamente. Ya había dicho que era marico, ya estaba siendo marico, oficialmente, desde que despertaba hasta que iba a dormir. ¿Qué más podía hacer?


Hablar con él, eso podía hacer.


Un día que fuimos a comprar pan juntos. Ese día habían hecho pasticho, una comida especial porque se juntaba toda la familia. Teníamos que ir por pan canilla y coca cola. La mamá de Doran estaba pasando unos días en Caricuao, junto con las hermanas de él. Estaban ellas y el gentío de siempre en la casa. En la UD7 —como se llama a esa parte de Caricuao, popularmente conocida por la estatua del indio por el cual la parroquia lleva su nombre—, había unas tres panaderías en las que siempre comprábamos pan. La más cercana tenía buen pan, pero la de un poquito más allá tenía un mejor pan. Íbamos a la de un poquito más allá, a mitad de camino.


— ¿Por qué hiciste eso?  —le pregunté a Doran.

— ¿Hacer qué? —recuerdo su rostro este día. Todavía había algo del niño de la foto en él. Quiero decir, algo de la impunidad que sólo la inocencia permite.

— ¿Por qué tú y X me violaron? —su cara se arrugó, un gesto de preocupación y sorpresa.

— Oye Marquitos la verdad... No lo sé, Marcos. Perdóname. No sé por qué lo hice, Marcos. Ojalá pudiera regresar el tiempo y deshacer eso —atravesábamos Caricuao, pensé en lo miserable que me resultaba esta persona. Pero había aún poder en su miseria. Sentía tanta asimetría hacia él. Ahora se confesaba. Estaba arrepentido, no era tan monstruo después de todo— Te pido perdón. ¿Me perdonas?

—Está bien.


A partir de ese día me enamoré más de él. Y lo odié más, al mismo tiempo. No lo negó ni un segundo, lo admitió y me pidió perdón. Está arrepentido, él no quería hacerlo. X es malo, él no, él es bueno. Me quiere. Me seguí masturbando pensando en Doran.


Sus hermanas y yo éramos cercanos, una de ellas y yo nos escapábamos juntos, y ella se veía con un novio que tenía de Mérida y que su papá le había prohibido ver, y yo iba a follar a casa de Juan G., mi primer novio de la vida, un patético enano de 25 años que usaba crema hidratante Lubriderm para penetrarme. Juan me garchaba sin condón, esa era su condición para nuestros encuentros sexuales, que sucedían mientras sus padres y su hermana iban a trabajar. Él no hacía nada, era periodista, de título no más, porque de escribir no escribía nada. Era periodista y pederasta.


Yo volvía a Caricuao, mi culo lleno del semen de Juan G., que al momento de salir parecía haber cultivado un olor rancio que me ponía caliente, y me masturbaba otra vez. Llegar a Caricuao con el recto lleno de semen era una especie de rebelión. Un día mi mamá me sentó en una pizzería muy popular, que queda saliendo de la estación del metro de Chacao:


— Marcos, sé que estás teniendo relaciones sexuales. Homosexuales. Sólo te voy a pedir que uses condón. No quisiera que te enfermaras de SIDA.


Yo tenía 14 años. Ahora pienso en lo que pude haberle dicho en aquel momento:

— Miriam, sé que el hecho de que tu hermano y el primo, con el que el otro día te sentaste tan felizmente a comer pasticho, me hayan violado sostenidamente durante el período de un año uno, y entre mis 4 y 6 años otro (X), no te causa la más mínima turbación. Ya que has sido tan liviana al dispensar a los dos de sus merecidas represalias legales —y morales—, te pido uses la misma liviandad para dejar que sea yo quien decida por cuál enano calvo fracasado con pies horrendos me voy a dejar preñar. Gracias, querida madre, gracias.


Claro que a todos se nos ocurren las cosas más elocuentes para decir, justo cuando el momento de decirlas ha pasado.


Tuve que mudarme de aquella casa, estar lejos de Doran, muy lejos de él, para poder curarme del enamoramiento. Para tener las fuerzas de obligarme a mí mismo a no masturbarme con el recuerdo de él. Yo conocía su cuerpo desnudo, conocía su piel, su pipí, sus pies, sus pelos. No tenía que inventar nada nuevo, sólo buscar en la memoria de mis 8 años, y encontrarlo.

 

el catire jugando a la carretilla con P
el catire jugando a la carretilla con P

Coda: Los tres pasos de la violación, y Algunas concepciones erradas respecto de las violaciones.

La mayoría de la gente piensa que una violación involucra necesariamente la genitalidad, ya sea la de la víctima, la del violador, o la de ambas partes.

Piensan que una violación involucra el uso de la fuerza física, para hacer que la víctima realice determinados actos, o para que no pueda oponerse a que ciertos actos sexuales sean realizados sobre ella.


Piensan que una violación sólo es tal, si la víctima ha expresado clara, y verbalmente, que no desea participar de determinada actividad sexual, y no da su consentimiento.


No voy a ser académico, me da igual abordarlo desde ese lugar, o desde el lado legal. Últimamente en el mundo se han destapado un sinnúmero de casos de abuso sexual, con víctimas unidas, defendiendo su verdad, y acusados defendiendo su inocencia desde un lugar estratégico, que por lo general primero niega y luego sale a pedir disculpas.


Hace unos años, Willy Mckey, un poetazo venezolano, se lanzó de un noveno piso en Buenos Aires porque todos sus negocios literarios se habían caído. Una persona había abierto un hilo de twitter hablando de cómo Mckey la había seducido por redes, le había hecho ofertas de publicación y trabajo, para acceder a ella sexualmente.


En la película Tár, dirigida por Todd Field, y protagonizada por Cate Blanchet pasa lo mismo: ella es acusada de seducir a una pupila, la funan, pierde su empleo en una orquesta, su fama, y se gana el odio de todos.


Como el caso de Tár es ficticio, y conocemos muy bien el modo en el que procedió la Directora de Orquesta sobre su pupila, me atrevo a decir que no le veo nada de malo a que una mujer lesbiana haya hecho lo mismo que durante toda la historia de la cultura Pop viene sucediendo con los hombres. Es como acusar a Ozzy Osrborne (QEPD, literal escribí esto un par de días antes de su muerte), o a Axl Rose de acostarse con las grupies de la banda, pero a nadie le parece mal, porque ellos eran rockstars y tenían pipí.


Leí las cosas que la víctima del caso de Willy Mckey escribió en su twitter, y sí, hubo seducción y grooming. Tá, déjame escribir ese hilo de twitter para denunciar a Juan G. y que lo pierda todo porque se cogía a un menor sin preservativo hace quince años. Estaría buenísimo, no te digo que no. Pero entonces tendríamos que odiar a todas los pederastas del mundo, y no lo haremos porque tengamos la convicción de que un Willy Mckey menos hará del mundo un lugar mejor, sino porque es tan satisfactorio ver cómo los demás son juzgados, maxime si es uno mismo el que puede juzgarlos —desde la comodidad de nuestra poceta, jamás a su cara, por supuesto—. ¡Es riquísimo! ¡Vamos, busquen sus cotufas! Es hora de ver La reina del arroz con pollo.


Nuevamente: el estupro, la pederastia, y el grooming no son lo mismo. Tampoco son necesariamente violaciones, aunque una cosa pueda llevar a la otra. Si usted se cree moralmente superior porque nunca se sintió atraído por una persona muy joven, es porque usted es hipócrita, no porque sea cierto que usted posee principios que están por encima de la frescura de la piel de una persona joven, de aquella seducción. Que jamás haya intentado algún movimiento, es otra cosa. Y seguramente usted no intentó nada, más por las consecuencias legales de tocar a una persona muy joven, y menos por no poseer el auténtico deseo de hacerlo. Durante siglos las muchachas adolescentes eran casadas con hombres cuarentones o cincuentones, a veces el compromiso se hacía aún antes de que la niña hubiese tenido su primera menstruación. Alguno de esos viejos verdes pudo haber sido su tatarabuelo, bisabuelo o su abuelo. Vamos, corra rápido a buscar el álbum familiar y a quemar todas las fotos de aquel violador.


Pero la pedofilia, ¡oh! Hasta su simple mención causa pavor en las personas. Mi prima Gaby —la que tiene la lengua muy afilada, la presunta cumpleañera— no deja que sus dos hijas de 6 y 4 años estén en la playa sin su traje de baño, porque nunca se sabe cuándo puede haber su sádico dando vueltas, y les toma una foto y quién sabe lo que puede hacer con eso.


Las historias que he contado acá son tan reales como tantas otras que he recibido de otras personas, como mi amiga de Chile. Más personas de las que creemos han sido víctimas de abuso. Más niños de los que pensamos han sido molestados en su infancia por algún tío, primo, abuelo, padre, etc. No por un sádico anónimo en la playa, sino por su propia familia.


Resulta tan fácil traspasar la inocencia. La inocencia es frágil, se vive una sola vez, y una vez perdida, se ha perdido para siempre. Pero no sólo existe la inocencia del cuerpo, esa que tiene un niño varón cuando se ve a sí mismo, y descubre en una niña otra cosa entre las piernas. Existe también la inocencia de la maldad, de la manipulación, y esa no es exclusivamente infantil. A las personas adultas también se las viola. Como dije en el primer párrafo de esta Coda, hay ciertas cosas que se dan por sentadas con respecto a la violación. Una de ellas, es que se trata de un acto físico. Pero la violación empieza mucho antes de que el abusador tenga acceso al uso indiscriminado del cuerpo de la víctima.

 

Primero, el abusador examina a la víctima

Sabe que no cualquiera puede servir a sus propósitos. Una persona aislada, desatendida, en el abandono, o vulnerable a causa de otros factores, es una presa fácil. ¿Dónde crees que estaba la dulce y joven muchacha que aparece en la fotografía junto al futuro violador, cuando él golpeaba a su hijo y lo obligaba a tocarlo? Los ojos de mi madre nunca estaban demasiado tiempo sobre mí, aunque estuviésemos en la misma casa. No tengo muchos recuerdos de mi madre de la época en la que Doran se sumó a los rituales de X conmigo, ella vivía en otro mundo, que ahora, volviendo la vista atrás, creo que tenía más que ver con estarse separando de H, que conmigo. En CATIRE hablo de cómo su negligencia —y la de mi padre y la del resto de la familia— ayudó a que X empezara a hacer conmigo lo que le daba la gana, alrededor de mis 4 años.


El abusador va tanteando el terreno. Observa la conducta de su futura víctima, su carácter. Examina qué tan difícil será llevar a cabo sus planes, piensa si la víctima es la clase de persona que gritaría, o que callaría, que se asustaría o que procedería inocentemente a hacer lo comandado, hasta que ya fuese demasiado tarde y tuviese que llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Esa palabra me gusta: el carácter. ¿Sabes esos conocimientos básicos de defensa personal? Te dicen que si estás caminando solo o sola por la calle, tienes que portar cierta actitud de seguridad, nunca mostrar miedo. El miedo atrae a los delincuentes, que se sienten más libres de atacarte. Es así. Es exactamente igual.


Para cuando Doran se sumó, yo era demasiado marico, el hazmerreír de la clase en el colegio, de los chicos con los que jugaba a la perolita en el barrio, el blanco de la crueldad de los niños, el blanco de las críticas de los adultos, que me veían partir la muñeca así, partir la cadera asá. No sólo era una ruina mi autoestima, me consideraba poca cosa, vivía exhausto de vivir una vida donde cada vez que me relacionaba con las personas tenía que aceptar sus maltratos y humillaciones.


Que Doran y X me golpearan y me abusaran se sentía como parte del mismo proceso, ellos no eran muy diferentes del resto de las personas a mi alrededor, adultos o niños, que gozaban poniéndome nombres, insultándome, y lastimándome físicamente si no me quedaba tranquilo con aquello.


¿Cómo iba a decirle a mi mamá lo que estaba pasando? ¿Me creería? ¿Le importaba? ¿Quién era mi madre, mas que una mujer de 26 años, por ahí, desesperada porque su novio la había dejado? Su novio la había dejado y a mí me estaban desollando en la habitación de al lado. Claro que no fue su culpa no darse cuenta. Ni de ella ni del bojote de otros adultos en la casa. No, nunca es su culpa. Nunca es culpa de nadie. No le eches la culpa a nadie. No seas insensible, no eres quién para juzgarlos. Calla y pon la otra mejilla. Y perdona, Marcos, perdona. Deja ir tu dolor. No era su culpa haber parido una persona por la cual no tendría el más mínimo interés de proteger. No era su culpa. Los violadores son ellos. No era su culpa ser así...


Volvamos.


Como verán, yo era un pobre mariquito. Me lo decían todos, me lo decía yo, a mis ocho años. Los mariquitos pobres no tienen derecho a defenderse si alguien los maltrata. Yo era un blanco fácil. He ahí el primer punto.

 

Segundo, el abusador diseña su plan de abuso

Así es, como si estuviese a punto de construir una casa, el violador traza los planos de lo que pronto será la realización de sus fantasías. Parte de su placer reside en el sometimiento, en la manipulación y el engaño.  El abusador debe confiar en que la víctima no va a cantar como un canario de un momento a otro, y lo va a acusar. Si lo acusa, el violador tiene su coartada (la víctima está mintiendo, ó, la seducción que la víctima ejerció sobre él), que es parte de esos primeros planes.


Pero hay que hacer todo lo posible para que la víctima mantenga su voto de silencio. Se puede hacer por las buenas, o por las malas. Si uno es una niña pequeña como Paula, decir cosas como soy tu príncipe y tú mi princesa, nos casaremos sólo si me prometes que no le dirás a nadie que somos novios, es suficiente. Si uno es un niño más grande, como el Marcos de 8 años, la narrativa es más agresiva más vale que no digas nada, maldito marico, porque le vamos a decir a todos que eras tú el que estabas pendiente de nosotros y lo que te vamos es a matar a coñazos. Miedo. Así funciona. El miedo funciona como el hechizo imperius, de Harry Potter. A través del miedo, el abusador controla no sólo la mente, sino el cuerpo de la víctima.


Pero no se trata sólo de algo sexual. Como dije arriba, no es la genitalidad la única cosa en juego. El abusador debe asegurarse de que la víctima permanezca obediente. No es práctico ejercer el poder sólo durante los rituales eróticos. Hay que demostrarlo constantemente. El abusador puede pedir cosas a la víctima: búscame un vaso de agua, hazme la comida, ve a comprarme cigarrillos, limpia la casa, etc. El abusador siempre dirá cosas a la víctima, con el objetivo de minar su autoestima. Un autoestima baja es como ese terreno fértil, en el que el violador deja su semilla, necesaria para que la víctima asuma su posición con sumisión, convencida de merecer el maltrato, y que la relación enfermiza no tenga que sostenerse sólo a través de la violencia física, o verbal.


El abusador hará comentarios del cuerpo de la víctima, tienes cuerpo de mujer, mira esas tetas; de la ropa de la víctima; ¿por qué usas esos pantalones tan largos? Pareces más marico de lo que eres; de su forma de ser: eres un maldito marico; de su voz: ¿por qué hablas como mujer? ¿acaso eres una jeva?; de su forma de pararse, y de absolutamente cualquier cosa. El abusador también puede tener pequeños momentos de afecto hacia la víctima, en los que quizá la acaricie, o diga cosas agradables acerca de la víctima lo mamas mejor que las mujeres, de esa forma, esa persona sentirá que, a pesar de ser un maldito marico, no todo está mal en él, y hasta su abusador es capaz de ver eso.

 

Tercero. El acceso carnal.

Yo tenía 20 años recién cumplidos. Estaba de novio con la persona más enfermiza con la que alguna vez me relacioné afectivamente. A. C. era profesor de literatura en la Universidad Central de Venezuela, y un poeta conocido —por otros poetas, que es como decir que la señora que vende pan en la panadería es una panadera conocida por los vecinos del barrio—. Uno pensaría que esta persona, de la que ya hablé en otro post, era sensible y humano, como se supone que son los poetas. Dejaré que la siguiente paráfrasis, bastante fiel a sus palabras originales cuando acabé de contarle la historia que acabo de contarles a ustedes, hable por sí misma:


— ¡Deja de decir que te violaron, que fuiste abusado! Eras un niño marico y seductor. Yo también lo era. Lo que tuviste fueron “escenas de seducción infantil. Eso es todo. ¿Sabes a quién si violaron? A ____. Su cuñado la forzó a los golpes, y se la cogió. Después de años ella fue y le clavó un machetazo. Eso sí es una violación, no lo que te pasó a ti, que lo disfrutaste.


Las palabras de A. C. causaron un dolor que iba más allá de lo obviamente monstruoso de la sintaxis. Él estaba confirmando mis sospechas de que el dolor que yo había estado viviendo tantos años era una farsa. Que no hubo violación, porque no me ataron, no me pusieron una pistola en la frente, no me golpearon hasta la inconsciencia y luego me violaron. Yo había participado, voluntariamente.


Es muy difícil entender esto para la víctima: verse a sí mismo, a sí misma, como víctima. Nadie quiere ser víctima. Todos queremos ser fuertes, competentes, indestructibles. ¿Por qué perder el tiempo llorando por aquello? No, yo estoy bien, aquí no ha pasado nada. Show must go on.


Hay un sinnúmero de formas en las que un abusador puede tener acceso carnal con una víctima. No necesariamente tienen que agarrarte a los golpes. Puede no haber penetración, puede no haber sexo oral, ni masturbación. Pueden no haber besos. Puede no haber desnudez. Por encima de la ropa, la piel también se siente. Sin necesidad de que haya contacto, un cuerpo desnudo es tan vibrante, que aún en el otro extremo de la habitación, ese cuerpo se siente encima del nuestro. Que alguien se desnude en nuestra presencia, que se masturbe, que muestre su cuerpo de forma lasciva. Que alguien vea nuestro cuerpo de forma lasciva, que alguien nos diga al oído, un día cualquiera, en medio de una comida familiar te ves tan rica que te mamaría toda la cuquita. Todo eso constituye alguna forma de violación. Y sin necesidad de que un abusador ponga sus manos sobre nosotros, causa daño, tanto como si lo estuviese haciendo.


La palabra también viola, violenta. Raúl me buscaba de niño y me metía para su cuarto de cartón en medio de la sala, borracho y maloliente. Ponía su cara muy cerca de mí, y con chispitas de saliva rebotando en mi cara me decía:


— Le voy a explicar cómo funciona el sexo, mijo —decía sexo con un énfasis enfermizo—. La mujer, pone la cuca. Ahí viene el hombre y le mete el guevo.


Entonces alguna otra persona notaba mi ausencia y corría a raptarme de los brazos del crápula. Yo tendría unos 5 años. Algunas personas esperan hasta los 12 o 13 para hablar de sexo. Pero gracias a Dios yo tuve a mi tío abuelo Raúl, él me ahorró unos 8 años de inocencia.


El consentimiento: Un violador puede decir que a su víctima le gustaba ser violada, porque cuando él le proponía algo, esa persona no declinaba la oferta. Puede decir —como ya hablé antes—, que su víctima le sedujo, y ahora dice que fue una violación, cuando siempre lo quiso. Lo que marca la violación no es un rechazo verbal concreto, por parte de la víctima, porque no todas las víctimas pueden darse el lujo de oponerse —sí, oponerse es un lujo—; algunas víctimas no tienen la capacidad para decir que no, o entender siquiera que están siendo abusadas (como el Marcos de 4 años, a manos de X). Al contrario, para la víctima puede resultar más conveniente acceder a la propuesta: ¿usted sería capaz de decirle que no a X y Doran, y arriesgarse a recibir un buen coñazo? ¿O arriesgarse a ser expuesto frente a toda la familia como un niño marico mamaverga —que era la otra amenaza más comúnmente usada por ellos—? No tenía sentido resistirse. Acceder al abuso, o no oponer resistencia física, puede ser una forma de ahorrar un sufrimiento peor, y no anula el abuso de ninguna manera.

 

El nacimiento de una víctima

Nuevas víctimas nacen cada día en el mundo, por causa de violaciones, abusos, o acosos. La persona que existía antes de una violación no es la misma persona que existe luego de ser violada. Pero no hay forma de volver atrás, no hay forma de desviolarse, no hay forma de recuperar la paz que se tenía antes.


No recuerdo al Marcos pre-abuso. Mi primer abuso vino alrededor de mis 4 años, a manos de X. ¿Quién podía haber sido yo antes de aquello? No tiene sentido preguntárselo, no me recuerdo a mí mismo antes de eso.


Pero me recuerdo bien durante y después de eso.


Estaba obsesionado con las telenovelas. En las telenovelas, una mujer se enamoraba de un hombre, y un hombre se enamoraba de una mujer. La mujer era seductora, se vestía con ropas que mostraban sus pechos, su cintura; el hombre era viril, fortachón y tosco. Como estaban enamorados, los protagonistas se besaban y se quitaban la ropa. Se metían en la cama, y se acababa el capítulo. Era lo mismo que hacíamos X y yo.


Fue una simple asociación lógica, nada más, interpretar que X era como el galán de la novela, y que yo debía ser como la protagonista. El Marquitos de los 4 años ya sabía emular a las mujeres, ya sentía que en un futuro, X y él podrían estar juntos, y que para eso, él tendría que adoptar una posición femenina. Femenino se volvió mi caminar, mi hablar, mi forma de bailar, mi forma de ver el futuro. Nadie me amaba como X, a mis 4 años. Tenía que crecer, ser mujer, y entones podría casarme con él.


¿Suena familiar esto? Paula también pensaba en casarse con él. Y era casi tan pequeña como yo entonces.


Hubiese sido diferente si el abuso se hubiese quedado allí. Nunca más ver a esa persona. La herida hubiese cerrado distinto, hubiese sanado, de alguna forma y no por completo, pero más que ahora. Pero no, todavía quedaba más por aguantar. El Marcos de los 8 años, el Marcos de Doran y del revival de X, no reaccionó de la misma forma. Por aquellos tiempos, solía quedarme mirando al vacío, imaginando que me moría. En mis ensoñaciones, me tiraba del piso 12 de la casa en la que vivíamos con H, me atravesaba las tripas con un cuchillo de la cocina, o me tiraba al metro. Mis ensoñaciones suicidas se mezclaban con las homicidas, pensaba en matarlos, a los dos, en lugar de hacerlo conmigo. No creo que haya sido un deseo real que alguna vez habría de llevar a cabo. Ni el suicida, ni el homicida. El sentimiento era real pero infantil, carente de planificación. Era más cercano a ver anime, e imaginar que los cuerpos de ellos explotaban y bañaban todo de sangre, como en Gantz, o alguna de esas series.


Me puse gordito, y comía de más. Comía todo, pedía más comida después de comer, si veía un pedazo de lo que fuese por ahí tirado, me lo metía a la boca, comía apurado, desesperado. No tenía una verdadera conexión con mi apetito, era simplemente una ansiedad incontrolable, una desesperación por llenar un vacío que parecía hacerse más hondo cuanto más cosas yo estuviese tirando adentro. Mi rostro era triste, lo sé por las fotos de aquel momento. Si hablaba con personas nuevas, me sentía inseguro, me invadía el miedo, no sólo de ser juzgado y maltratado, sino de hablar, porque cualquier cosa que yo decía estaba mal, porque yo estaba mal, porque sin importar lo que dijese, todos iban a notar que era pato, y me lo iban a decir a la cara, y entonces tendría que escoger entre enfrentarlos y defenderme; reírme y dejarlo pasar; o hacer como si no había escuchado nada. Pero estaba tan arrecho, y cansado al mismo tiempo, que primero me defendía, después me reía, y después hacía como si nada hubiese sido dicho. Para mis amigos de El Valle —casa de H— yo era Marquitos Mariquito, y eso no sólo significaba ser un marico, y un chiste, sino que significaba no ser un niño, no ser una persona, y no ser humano. Significaba tan sólo ser una cosa, una cosa a la que puedes señalar con el dedo, reírte de esa cosa, lastimarla, y cuando te hubieses aburrido de esa cosa, ignorarla.


ya se me había quitado lo catire
ya se me había quitado lo catire

El peso del mundo era tan terrible. El peso de mi soledad era más terrible todavía. Sin ser visto, sin ser atendido, siendo tan grande como para limpiarme mi propio culo, comer con mis propias manos y cocinarme alguna que otra cosa, pero demasiado pequeño como para ser considerado importante, y digno de atención. Mi madre ¿dónde estaba mi madre? Ella tenía una vida, sí. Creo que había estado medio alcohólica por entonces, porque después de H tuvo otro novio que la dejó, y después otro, y otro, y otro. Asistí a los guayabos de todas sus relaciones fallidas, botella y cigarro en mano. Yo no tenía ni botellas ni cigarros, sólo un diario.


El diario que me regaló Mami iti cuando cumplí, creo que 10 años. Entonces escribí: querido diario, soy gay. Luego arranqué las páginas, las rompí y las tiré por la ventana. ¿Cómo iba a ser gay? Sólo era afeminado. Pero no podía ser gay, no podía, no podía. Si era gay, me iban a matar, como al vecino de casa de H, que lo asesinaron un par de hombres con los que se había citado para tener un encuentro. Decían que era marico porque estaba usando medias panty cuando fue hallado en el departamento. A nadie parecía importarle que lo hubiesen apuñaldo, especialmente a H. Lo grave es que fuese marico, y encima se vistiera de mujer. ¿Cómo yo iba a ser gay? Sé hombre sé hombre sé hombre.


Mis padres también me abusaron. Mi padre me abusó cuando decidió que yo no le importaba, y pasaban meses en que no lo veía, y cuando lo veía era para que él se emborrachara y me dejara tirado, al cuidado de alguna de sus mujeres, o de mis abuelos. Podría escribir un post el doble que este acerca de él, pero en CATIRE me dediqué muy bien a retratar mi relación con esa persona.


Mi madre me abusó porque nunca tuvo problemas en poner sus necesidades —sin importar cuán innecesarias fuesen— por encima de las mías. Sus desamores, su soltería, su pobreza, su trabajo, su estudio. Todo era más importante que yo. Las señales estaban ahí, otra persona lo hubiese notado. Hasta una persona con una mascota conoce el carácter de su gato, si es mimoso o arisco; si su carácter cambia, es un signo de que algo está sucediendo. Pero si el carácter de tu hijo de 8, 9 o 10 años cambia, y nunca te diste cuenta, es porque nunca lo viste, realmente. Pudiste haberlo alimentado y haberlo llevado al colegio. Pudiste haberlo dejado en una esquina del cuarto, para que te observara escuchando a Jorge Celedón —recordemos nuestra primera escena, en la Francisco Fajardo, con mi tío Eloy y mi tía Blanca—, con una cerveza y un cigarrillo, llorando porque nadie te ama, a ti, pobrecita, nadie te ama, nadie te protege, nadie te cuida... a ti.


No juzguez Marcos no. Con la vara que midas serás medido. No podemos juzgar a nuestros padres. No juzgues a ese par de miserables. Dios perdónalos porque no saben lo que hacen, nunca lo supieron ni parecen interesados en saber lo que hacen nunca. Dios, Dios, Dios.

 

La Coda de la Coda

Es el tercer día que me siento a escribir este post, y aún no sé si sale publicado hoy. Anoche tuve un sueño feo, me desperté a la madrugada, y me di cuenta de que tengo bruxismo. Hago lo que amo y no le pido permiso a nadie para escribir, ni para correr. Pero encuentro en el escribir un ritual más desgastante que cualquiera de los trabajos que he hecho antes. Lo que escribo me persigue, se acuesta a dormir conmigo y me despierta en medio de la madrugada. Lo que escribo me duele, pero dolería más no escribirlo. Lo que escribo me habla, como un susurro, y tecleo y tecleo y llega un momento en el que no pienso en las palabras, sólo dejo que mis manos se muevan.


Últimamente estoy escuchando mucho a Moby, el músico de electrónica y house music, que se volvió famoso después de un par de décadas de echarle bolas a hacer música, y no pegarla. Me conecté tanto con su sonido, que me dieron ganas de conocer más de él, entender cómo trabaja este artista, así que empecé a leer su autobiografía antes de dormir todas las noches. En el principio del libro, Moby narra que su madre era una solterona desempleada, que mataba unos tigritos lavando y planchando la ropa de sus vecinos. Cuando iban al laundromat, Moby veía a su madre llorar, cigarrillo en mano, mientras almidonaba la ropa del vecindario. No volví a escuchar Extreme Ways de la misma forma. La madre de Moby. Mi propia madre.


Me conecto con la música ahora más que nunca, me conecto con el paisaje y con mi cuerpo. Por primera vez en una vida de casi 30 años me siento a salvo. Más a salvo que nunca, ahora que protegerme sólo depende de mí y no de otros “adultos”. Puedo pensar en el futuro, puedo reinventarme y ver más allá de la pared fría y cruel que era mi pasado. Mi futuro se abre claro ante mis ojos: publicar CATIRE, y seguir camino por otros lugares del mundo. Lo que he vivido es tragedia, pero la vida también es milagro. Es un milagro que yo esté aquí hoy, sentado frente al mar. Es un milagro haber sobrevivido a los monstruos, reales, que habitan el mundo, humanos como tú y como yo. Amamos a esos monstruos, ellos nos parieron, o nos cargaron en brazos cuando cumplimos 5 o 10 años, ellos pueden ser sangre de nuestra sangre.


También sobreviví a Caracas, a aquella barbarie que asimilamos con naturalidad, porque fue paulatino el proceso de convertirnos en una cárcel en miniatura. Sueño con Venezuela: la Bahía de Cata, Araya y Chichiriviche. Sé que cuando vuelva, poca cosa habrá cambiado. Pero no me sentiré triste, porque me iré de aquel lugar otra vez, como me fui hace casi 10 años, y como me estoy (hu)yendo cada vez que alguien me pregunta por el lugar en el que nací.


Sueño con ver a H, el ex de mamá, ahora mayor y con dos hijas, y preguntarle si todavía halla alguna diferencia entre asesinar a un hombre, y asesinar a un marico. Le preguntaría si ya descubrió que los maricos también somos gente, porque yo, que crecí junto a él, siempre lo fui: marico, y gente.


Marquitos bailando en un cumpleaños que nadie recuerda
Marquitos bailando en un cumpleaños que nadie recuerda

Sueño con volver a Caricuao y ver qué me pasa cuando vuelva a pararme frente al indio, cuando vuelva a pisar la casa donde vi a mi familia en sus trifulcas de manicomio, donde me hicieron arrodillarme para rezarle al dios de la masculinidad.


FIN


Tanto si te ha gustado este relato como si te ha disgustado —o perturbado— leerlo, te invito a que me apoyes y me invites un café en https://buymeacoffee.com/comoeselinfierno Puede ser guayoyo, marrón claro, marrón oscuro, espresso, machiato, cortado, doble, americano, flat white, y hasta lágrima :´)



Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page