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una persona llamada Tatiana

Actualizado: 21 ago

17-10-24

Tati, ¿cuántas cosas te podría contar acerca de ella? Cuando la conocí seguro era una bebé. Claro que yo no me acuerdo, porque yo también era muy niño. Aunque niño y todo me hacía el papá y la regañaba si la veía haciendo algo mal. Y Tati se portaba muy mal, a la gente no le gustaba tenerla muy cerca, era problemática, quería usar siempre las cosas de los otros niños, le jalaba el pelo a las niñas, no hacía caso, estaba siempre sucia, desgreñada. Era cosita seria Tati.

La verdad no te puedo contar tantas cosas acerca de Tati, porque nunca estuve tan cerca de ella como para conocerla más. De los quince a los dieciocho, cuando viví con ella en esa casa, uno no tiene muchas ganas de hacerse amigo de sus primos menores. Teníamos muchas cosas en común, secretos, heridas en común. En eso siempre pensaba yo cada vez que la veía: en nuestras heridas en común.

A veces Tati hacía cosas que si las viese en una película me hubiesen saltado las lágrimas, pero vivirlas de frente y a diario no me provocaban más que rechazo. Su forma de bañarse, peinarse, perfumarse y ponerse ropa linda. Su forma de ayudar siempre con algún oficio de la casa: la limpieza, la cocina. Su forma de querer participar de las conversaciones de los grandes. En cada gestito quedaba en evidencia que Tati necesitaba ser vista. Yo sé lo que se siente, por mucho tiempo también deseé ser visto. En ese momento ya no me importaba tanto, quería ser libre ante todo, sin importar si me veían. Tati en cambio rogaba, en silencio, por abrazos, besos, palabras bonitas. Pobre niña, y yo tanto que la ignoré. Yo tampoco la vi.

A Tati le gustaba meterse en mi cuarto y quedarse ahí, sin tocar nada, sin hacer nada. Sólo quería estar cerca de mí, mi cuarto era el único de la casa que no olía a ropa guardada y vieja, a cigarrillo, a orine. Era todo igual de pobre que en el resto de la casa, pero había orden, había un compromiso con el cuidado, con la armonía. Tati lo entendía. Y también quería estar conmigo, por supuesto. Pero yo no quería estar con ella. Ella me recordaba mi propia infancia, ese niño desgarbado y miserable que alguna vez fui, enmascarado por mil formas de sonreír y de gritar. No quería que ella entrara siempre y me mostrara su propia tristeza, si más bien yo cerraba la puerta del cuarto para que todo el hedor no entrase, para que los gritos de las personas malvivientes no se escucharan. Ella tampoco quería escuchar los gritos, pero a veces también gritaba, y a veces también era sucia, “es lo que ha aprendido, mira a su madre”, me decía a mí mismo.

Su madre es la causa, de eso no me cabe duda. Una mujer irresponsable y egoísta. Una paciente de salud mental que se la pasaba en cama. Un día tenía fibromialgia y al otro cáncer, era hipocondríaca. Bipolar. Pero también medio hija de puta, medio mala. Bruja, santera. Hablaba más con las cartas que con sus hijas. Era buena con los extraños, toda sonrisas, toda chévere. Claro que nunca le importaron mucho sus hijas, no le importaba que una estuviese cagada encima y la otra, o sea, Tatiana, quién sabe. Ella nunca sabía nada acerca de Tatiana, simplemente la dejaba hacer lo que quisiera, ¿para qué molestarse?

La hermana de Tati se llamaba Mariana, esa era la que se cagaba, nunca dejó de hacerlo, la mamá le quitó los pañales como algo convencional, porque ya le tocaba. Pero lo cierto es que Mariana nunca dejó de mearse encima, y también se hacía pupú. Nunca supimos bien por qué no iba al baño, y creo que jamás la llevaron al médico por eso. Cuando me fui de casa ella tendría ¿qué? ¿nueve años?. Y se seguía haciendo encima. Además de eso, Mariana era una niña problemática, incluso peor que Tatiana a su edad. Un día desapareció, la estuvimos buscando durante horas, en la casa no estaba, fuimos a planta baja y gritamos por todos lados. Nada. Un par de horas después la encontramos: estuvo todo el tiempo en posición fetal, metida dentro del clóset, calladita. Parecía irritada por haber sido descubierta, y al mismo tiempo feliz, por haber resistido tanto tiempo en silencio. Por supuesto estaba orinada. La mamá le dio la paliza de su vida. ¡Qué llorona que era! Aunque no le pegaran, siempre gritaba como un cochino.

Mariana y Tati nunca se llevaron bien, nunca existió entre ellas un cariño de hermanas, ni complicidad, simplemente iba cada una por su camino, sin que la locura y la escatología de una perturbasen la calma histérica de la otra.

Por eso yo tenía tantas ganas de irme. Ganas de huir, de no verlos más nunca, ni a ellas tres, ni a mi abuelo Carlos, que era el otro que vivía allí. Él, cojo, se había dado un disparo en el pie un día trabajando como vigilante. No sé por qué mierdas alguien le daría una pistola así a cualquier viejo guevón. Entonces su andar era como el de un muñeco, se balanceaba. Cuando apoyaba el muñón, el peso de su cuerpo lo hacía inclinarse un poco hacia delante y hacia abajo. Cuando apoyaba el pie bueno volvía a erguirse, a su estatura pre-disparo-en-el-pie. Le decían punto y coma: el muñón era el punto y… se entiende, ¿no?

Mi abuelo Carlos fumaba todo el día. Comía muy poco, a veces sólo lo que la mamá de Tati cocinaba. A veces él mismo se cocinaba, y sólo sabía hacer cosas fritas: poner un pollo, una papa una salchicha o lo que fuese en un caldero con aceite, darle vuelta y vuelta y ya. También tomaba mucho café. A veces en las tardes coincidíamos en la sala de la casa, él bebiendo café y fumando cigarrillo, yo llegando de la universidad, temprano. Con un pan de guayaba de por medio nos sentábamos. A mí la verdad no me daban ganas de conversar con él, nunca me resultó una persona a la que le tuviese cariño, no me inspiraba piedad tampoco, con todo y su muñón. Era una ruina de viejo, y hablaba hasta por los codos, no podía parar. Yo decía si, ajá, ok. Creo que a él le bastaba con que yo permaneciera sentado escuchándolo. Una vez me siguió hasta el baño y siguió hablando cuando yo abrí la ducha y me empecé a bañar.

Quizás cuando me fui, ahora que lo pienso. Quizás ellos me extrañaron en ese momento. Extrañaron que hubiese alguien en esa habitación que no jodía para nada, pero al que tampoco se le podía joder. Quizás mi abuelo Carlos extrañó que alguien se quedara sentado frente a él con esos hmm, ¡ah!, y ¡oh!, y que tomara el café de la tarde con él. Y quizás la mamá de Tati extrañara decirle a alguien sobrino. Sobrino esto, sobrino aquello. Maiqui, me decía. Siempre me gustó ese apodo. Pero ella nunca me gustó. Todavía recuerdo su cara lechosa y redonda, la papada colgando, un queso con ojos. Y su cara siempre en situaciones de estrés, de tensión, de angustia. Su cara de perro, de ánima. Qué mujer tétrica.

Claro que Tati también me extrañó. Sé que se mudó a ese cuarto en el que yo dormía, y ahora vive ahí con sus dos hijas, a quienes puso nombres muy feos. Esas niñas la quieren todo lo que ninguno de nosotros pudo quererla. Pobre Tati: ahora que estoy más grande pienso que tal vez sí hubiese sido bueno estar más cerca de ti, que conversáramos, ser más amigos. Quizás hubiésemos estado un poco menos solos tú y yo. Pienso en ti a menudo, en nuestras cicatrices, en donde otras personas ven maquillaje, colonia y geles, yo veo las marcas en la piel, y ese olor nauseabundo que alguna vez te dejaron, así como el mío, que aún hoy no se me va.



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