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Séverine, autómata de la pasión fútil

Actualizado: 4 mar

Había en las sábanas un rocío leve humedeciéndonos. Después de nosotros, la tela de lino mínimo que alguna vez compré en un viaje nos separaba del mundo exterior: el frío de una tarde de invierno, el aroma a tierra mojada, el sonido de las gotas chocando fieras contra el cristal, y el oxígeno. Lo que respirábamos ahí abajo de la tela era otra cosa, los vapores que salían del cuerpo Séverine, mi sudor impertinente penetrando en los poros de ella: un almizcle particular, la atmósfera de algún planeta ignorado por los astrofísicos y en él, ella y yo, dos criaturas extrañas que actuaban en formas no previstas por la sociología ni la psicología humanas.


Algunas veces yo levantaba la sábana para cubrirnos hasta la cabeza; si la tarde tenía sol, podía ver cómo su espalda y mi mano garra hacían sombras chinescas en el lino.


— Mademoiselle, voulez-vous faire l’amour encore un fois?


Le decía yo con gramática y pronunciación torpes. Poco a poco iba aprendiendo su idioma, francamente inútil en el mundo exterior, pues sólo sabía decir vulgaridades o piropos. Ella era astuta y sólo me enseñaba palabras que pudiese usar para referirme ella: frases de fornicación y seducción. Nunca me había prohibido usar ese vocabulario con nadie más, pero era tácito que sólo me servía con ella, pues sólo Séverine era capaz de hallarle sentido a mis balbuceos. Ella confiaba demasiado en su poder sobre mí, no padecía de celos, de sospechas de ninguna índole; como llegaba se iba, vivíamos en el mundo extraño que habíamos creado por un par de horas, hasta que ella atravesaba la puerta y nuestro planeta alienígena quedaba dormido entre las sábanas rociadas con nuestro almizcle, hasta nuestro próximo encuentro.

 

Tomé su mano derecha, Séverine estaba de rodillas sobre mí, sus pechos aplastados en mi pecho, su cadera clavada en la mía, como las dos únicas piezas de un rompecabezas absurdo; su piel tan oscura que era clara: sin imperfecciones, marcas, o arrugas. Toda ella era de un caoba sólido, como una deidad yoruba tallada de un árbol sagrado. Nunca me atreví a decirle estas cosas a Séverine porque hubiese pensado que soy cursi; en lugar de decirle nada, me limitaba a besar la parte de su cuerpo que se me antojase.


Abrió la palma de su mano sobre la mía, sus uñas largas y esmaltadas de bordó, mis dedos larguiduchos sobresaliendo; sostuve su índice un medio deux anular trois meñique quatre pulgar cinq, y continué con su otra mano hasta llegar al dix.


— Très bien!

— Te toca a ti.


Séverine sostuvo mi índice, lo metió en su boca y dijo un, repitió lo mismo con mi dedo medio deux, y continuó hasta el quatre; tuve que asistirla hasta meter mi pulgar en lo que le quedaba de boca, cinq, dijo entre arcadas, mientras yo me endurecía, y allá abajo ella abría las puertas de su océano particular, el almizcle se elevaba, y sabíamos que la tercera era la vencida.

 

— Queda muy poco sol.

— Está bien, sólo tengo que llegar hasta el metro, después es directo a casa. 

— ¿Estás segura?

— Manuel... —en puntillas, me besó. 

— Te acompaño hasta el metro entonces.

— No es necesario, profeseur.

— Insisto, vamos.


Atravesamos la plaza de frente a mi edificio, algunas personas aquí y allá paseaban a sus perros; saqué un cigarrillo y lo encendí, Séverine estiró la mano hacia mí. 


— De ninguna manera.

— ¿Qué pasa, quieres ser mi papá?

— Si algún día quieres fumar hazlo por tu propia cuenta, no seré yo quien te dé tu primer cigarrillo.

— Como quieras, igual te estaba probando.

— Creo que ya me has probado demasiado hoy.

— A veces siento que no es suficiente, ¿sabe?

— ¿Qué cosa no es suficiente? ¿El sexo? 

— Claro, no basta todo esto, deberíamos hacer algo más, ir a otra parte. Yo puedo decir que voy a un programa de intercambio o algo así, une folie.

— Séverine, a veces me haces sentir que soy yo el más joven de la relación. 

— Y la mujer de la relación.

— ¿Qué quieres decir? 

— A veces cuando me folla actúa como una mujer, como si al follarme en realidad se folla usted mismo.

— No comprendo.

— No necesita comprender. Hasta aquí estoy bien —habíamos llegado a la estación del metro—. Gracias por la compañía, professeur


Nos besamos una última vez, nuestros labios solo un poco abiertos, nuestras lenguas haciendo contacto como dos viejas colegas que de vez en cuando se asoman, se saludan, y luego vuelven a su mundo de soledad. Al principio no me atrevía a abrazarla, siquiera, pero fue ella la que me dijo que todo aquello le resultaba un teatro patétique; una tarde de despedida, me agarró por el cuello y me forzó a nuestro primer beso en público. Es casi como un hombre pensé, y yo su enamorada juvenil


Esa tarde subí a casa, a mi típica oscuridad. Encendí aquí y allá las lámparas tenues y dejé algo al fuego calentándose, pronto el olor del guiso borró todo rastro del cuerpo de Séverine del departamento. De noche sacudí las sábanas y las estiré nuevamente; en el interín, un trozo de tela insignificante atravesó la habitación con un frufrú de brillos rosados: la ropa interior de Severín, bordada con flores aquí y allá. Metí mi cabeza entera en la tela, como si entre mis manos sostuviese un portal hacia otro mundo, absorbí todo, volví a estar entre sus piernas una vez más, y la recordé con esmero esa noche antes de dormir.

 


Estaba empezando el otoño cuando Séverine atravesó por primera vez el salón de clases. Yo escribía algo en el pizarrón acerca de la Ilustración cuando la Señora Fort, directora del colegio, se acercó a la puerta y presentó a la chica nueva: una estudiante de intercambio, sus padres acababan de mudarse a la ciudad y ahora ella continuaba sus estudios en el colegio. Ella sonreía a todos mientras se acercaba al asiento vacío, como si estuviese reencontrándose con viejos amigos.


El castellano de Séverine era muy bueno, con un acento encantador que hacía que los que estuvieran alrededor voltearan a verla. Usaba el cabello liso hasta las escápulas y un cintillo que dejaba sus facciones al descubierto:  la frente amplia, su nariz recta, severa, como su nombre, y los labios de un color al que ningún labial haría justicia. Había algo en su forma de sentarse, erguida y atenta, como una pequeña cachorra lista para participar de una cacería. La camisa del uniforme presionaba sus senos, y mientras ella hacía ese pequeño gesto del índice para echarse el cabello hacia atrás, me pregunté cómo luciría el resto de su piel, el que la ropa tapaba, cómo luce un ángel desnudo, me pregunté.


Por un instante ¿la habré mirado demasiado? Ella me miró, y no vi en sus ojos rastro de ninguna infancia, pues toda ella mujer me observó, y no pude sostener más su mirada; no pude hacerlo por resto del otoño, hasta que llegó el invierno.

 

— Descartes nos habla de la machina animata. ¿Alguien leyó algo sobre eso? Paul, te escucho.

— Significa “máquina animada”.

— Correcto, ¿y eso qué quiere decir?

— Que los animales no piensan, como lo hacen los humanos.

— Se mueven por instinto —agregó Séverine.

— ¿Cuál instinto?

— Supervivencia —dijo Raúl.

— ¿Acaso los seres humanos no tienen el instinto de supervivencia también?

— Sí, pero tenemos alma —continuó el chico, uno de esos estudiantes que hacía que la clase se moviera más rápido, tanto, que a veces se escapaba del resto— Y los perros, las gallinas, y los cerdos no tienen alma.

— No estoy de acuerdo —dijo Abigail, al tiempo que levantaba la mano—. Yo creo que sí tienen alma, es que eso de que no tienen alma es una idea antropocentrista.

— Correcto, es el hombre por sobre todas las cosas.

— No cualquier hombre —dijo Abigail—, el hombre europeo, cristiano...—

— Y blanco —completó Séverine—. Los negros no se consideraban humanos como el resto, por eso fuimos esclavizados.

— Por eso, porque para los europeos, los negros eran machina animata —lo había dicho Rubén, uno de los estudiantes más callados que no obstante  siempre saltaba con una observación reveladora. 

— Es horrible —dijo Séverine, visiblemente ofendida.

Entonces el timbre sonó.

— De acuerdo, traten de leer el resto del material para la próxima clase.


Los estudiantes fueron uno a uno saliendo del aula. Séverine había permanecido sentada en su asiento, observando a través de la ventana. El sol del exterior, radiante y amarillo, hacía lucir veraniego aquel día helado.


— ¿Séverine?


¿Por qué me sentía tan amilanado frente a ella? Su presencia en el salón era más insoportable entonces que se encontraba sola en su escritorio, y la luz del día resplandecía sobre su piel.


— Séverine, ¿estás bien? Lamento si fue un tema difícil, creo que el tópico de la esclavitud es sensible, pero definitivamente se puede usar para reflexionar en torno de...—

— ¿Usted cree que seamos máquinas animadas, autómatas?

¿Porque cada cosa que decía, sus “r”, sus “g”, resultaban tan insoportablemente hipnóticas?

— Sería muy deprimente de parte de un profesor de ciencias sociales estar de acuerdo con la idea de que los humanos somos tan sólo robots, ¿no te parece?

— Eso no responde a mi pregunta.


Me miró entonces con una fuerza y una dureza extrañas. Estaba auténticamente exigiendo una explicación, pero yoo me sentía preparado para esa conversación, mucho menos con una estudiante.


— Pues no, no creo que seamos del todo máquinas animadas. Esa idea fue fuertemente objetada luego por la Ilustración, aún no llegamos a esa parte de la clase —sus ojos continuaban fijados en mí, pero podía ver que iba saltando de aquí a allá, a diferentes partes de mi cuerpo; miraba mis manos, mi pecho, mis zapatos...

— ¿A qué se refiere con “del todo”?

— A que definitivamente creo que los seres humanos tenemos muchos sistemas automáticos dentro nuestro, físicos, por supuesto, pero también psicológicos. Sería muy difícil tener que tomar decisiones todo el tiempo en torno a cosas pequeñas, ¿no crees? A veces solo tenemos que actuar como animales, es parte de nuestra naturaleza.

— ¿Entonces usted se siente un animal?

— En ciertas ocasiones, sí.

— ¿Por ejemplo?


Me pregunté si debía continuar con aquella conversación. Los sonidos del fondo del colegio se habían desvanecido y un silencio nos envolvía. No se trataba de un silencio duro, incómodo, era como una leve llama, parpadeando un poco y calentándonos.


Me tomé un segundo para despegar mis ojos de su cara y repasé velozmente su cuello, sus manos y sus zapatos: usaba medias blancas, como el resto de las estudiantes, pero no de algodón, sino de una tela suave y transparente. El borde de sus medias estaba bordado, y luego su piel oscura, haciendo un contraste pictórico.


— Las necesidades básicas, supongo: comer, dormir... —

— Cuando hacemos el amor.

— Sí, por supuesto. Nunca somos tan animales como cuando hacemos el amor.


La sonrisa que me dio fue tan cínica como dulce, se puso de pie y sostuvo su bolso. Mientras cruzaba el salón, se acercó a mi oído:


— Bon week-end, professeur —me dijo al pasar. Su olor quedó ahí un momento en el aire, suspendido, como yo, que quedé colgando en el aula, ahora sólo y sintiéndome verdaderamente estúpido.



Febrero estaba siendo realmente insoportable, la influenza había dejado a tres estudiantes en cama, y la Directora Fort había resuelto organizar una jornada de vacunación en el colegio. Yo me mostré reticente a vacunarme hasta el último momento, pues me parecía innecesario; después de todo, yo era un hombre joven, un virus de influenza no significaba nada para mi sistema inmunológico.


Pero antes de que pudiese vacunarme, terminé contagiado, y más por la gravedad de mis síntomas, que por el riesgo de contagio a los estudiantes, tuve que quedarme en cuarentena por una semana, y dejar al joven profesor Vera como suplente.


Esa semana estaba programado un examen, el profesor Vera tomaría el examen por mí y me llevaría a casa los exámenes para corregirlos. Vera había sido uno de mis estudiantes más aplicados en el colegio, y para entonces se encontraba en el último año de profesorado de Historia; la directora Fort lo tenía en muy alta estima, y accedió a dejarlo como suplente fijo de las clases de ciencias sociales.



Vera llegó al portal de mi edificio cubierto con un miserable paraguas en medio de un chaparrón, puso en mis manos las hojas con los exámenes y se fue tan rápido que ni siquiera me dejó ofrecerle un café.


— Perdón, no quisiera contagiarme, profesor —me dijo con prisa, y lo vi alejarse saltando los charcos de la plaza.


Subí al departamento con los exámenes, algunos chorreando tinta por las gotas de lluvia que los habían alcanzado. El contraste del frío del exterior y el calor del hogar me dejó en shock, y tuve que quitarme el abrigo pesado que había usado para bajar, junto con la camisa y las medias, y me quedé postrado en el sillón, sintiendo como la fiebre se me subía a la cabeza.


La habitación daba mil vueltas mientras me dirigía hacia la cocina para hacerme un té medicinal, y luego el timbre zumbó.


— ¿Vera? —dije en el intercomunicador.

— Profeseur, soy Normand.


Esa r solo podía ser pronunciada por una persona en el mundo —el mundo que yo conocía, al menos; muy reducido, por cierto.


— ¿Séverine?

— Llueve mucho, no quisiera enfermar igual que usted —detrás de la voz de Séverine podía escuchar el diluvio de afuera— ¿puedo subir?

— No, no deberías enfermar, claro que no, pero ¿qué haces aquí Séverine?

— El profesor Vera me dio su dirección, le expliqué que necesitaba hablar de urgencia con usted.

— ¿Qué sucedió?

— Creo que será mejor discutirlo personalmente.


No tuve más remedio que bajar a abrirle a la chica, la fiebre había seguía subiendo muy rápida y por momentos me hacía perder la noción del tiempo y el espacio. Recuerdo haber bajado a abrirle con el pesado abrigo y sin camisa, descalzo y sudado como un cerdo.


— Professeur, mon Dieu! —esas fueron sus palabras al verme. 


Las cosas que le dije no las recuerdo, conseguí entrar a casa con ella y luego me fui a la cama, donde desperté a la mañana siguiente, tal y como había bajado a abrirle la puerta a Séverine.


Era la mañana de un sábado y la puerta de casa se abrió, la influenza me tenía tan débil que apenas conseguí levantarme y asomarme a la sala. Nadie más tenía llaves de mi casa, pero definitivamente esa persona se había hecho con un juego.


Detrás de la puerta apareció la figura de Séverine, vestida con un abrigo azul muy oscuro, botas con tacón negras y una falda larga con medias térmicas; el jersey negro resaltaba su figura, y yo comprendía que era la primera vez que la veía en otras ropas que no fuesen en uniforme escolar. 


— ¿Qué hace de pie professeur? Tiene que reposar, ayer se desmayó de la fiebre.

— ¿Tienes llaves de casa?

— ¿No recuerda? Me las dio ayer en medio de sus delirios, le pregunté si alguien más podía ayudarlo, y como no tenía a nadie me ofrecí a hacerlo yo, entonces usted me dio las llaves, bueno, me dijo dónde estaban, en el cofre ese de porcelana.

— De acuerdo.


Aún me encontraba muy desorientado, sentía un leve quebranto. Me dirigí hacia el baño, ignorando por completo el hecho de que una estudiante del colegio estuviera en la sala de mi casa.


— ¿Por qué no toma un baño? Eso lo hará sentir mejor. Yo le haré algo de comer —se acercó a mí, con sus finos dedos abrió mis ojos y los examinó con la pericia de una enfermera en el frente de batalla—. Está deshidratado. Vaya, yo me encargo de todo.


No supe qué responderle. Me dirigí con obediencia al baño y tomé una ducha tibia. Mientras corría el agua, iba adquiriendo algo de conciencia de todo lo que estaba pasando: tenía a una estudiante del colegio en mi casa, un hecho no sólo escandaloso, sino además un buen motivo para que la señora Fort me diera una patada en las ancas, y me dejara sumido en el desempleo. Saldría de la ducha, me vestiría y le abriría la puerta al edificio, no sin antes aclararle que quizás en su país de origen que una estudiante fuera a casa de un profesor era algo normal, pero que aquí estaba muy mal visto.


En la mesa había mermelada, huevos, tostadas y una taza humeante de té.


— Siéntese, professeur.

— Séverine, gracias, pero creo que lo mejor es que te vayas —ella me miró con esa seguridad que siempre transmitió, muy extraña para su edad, se enderezó en el respaldo de la silla y cruzó las manos sobre la mesa.

— De acuerdo, pero ¿no quiere saber por qué vine en primer lugar? 


¿Pero de dónde podía haber salido esta chica, que se sentaba en la mesa de mi casa e imponía su presencia como como una generala? Sin embargo, al menos podía escuchar los motivos de su visita.


Continuará

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