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Valentino es una bestia

18 jun
5 min de lectura
él
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(continuación de la historia de Valentino)


La segunda vez que me topé con Valentino en Manhunt, él hizo de cuenta que no me conocía, y hasta el último momento de esa segunda y última cita, pretendió no saber quién era yo. El desenlace fue cómico en un sentido patético. Al igual que en nuestra primera cita, vestía una manga larga, jeans, y cargaba ese olor a azúcar, flores, y muchos colores que tanto se me había impregnado la primera vez que lo conocí. Él seguía siendo el mismo príncipe azul que me había dejado una mañana en casa, hacía casi un año; ahora yo tenía otra oportunidad con él, ahora que tenía (casi) 18, podríamos empatarnos, estar juntos como no se pudo la primera vez. Mi cabeza iba muy rápido, sorteando todas las posibilidades de que ocurriese el amor.

 

Nos encontramos en un chino por el Centro, más específicamente por Nuevo Circo —sí, por donde vivía Mr. Magoo—, y como es habitual en Caracas, se va al chino, no para comer comida china, precisamente, sino por la cerveza barata. Primera diferencia con nuestra pimera vez: ahora en lugar de Bombay Saphire, una batea llena de Solera se nos atravesaba. Entre birra y birra, Valentino soltaba más la lengua, y habría pasado como una hora desde que nos habíamos sentado en el chino, cuando empecé a notar que su personalidad cambiaba. Más que un cambio de personalidad, era su deshinibición, que no sólo le hacía hablar más alto, sino también involucrarse en temas que nunca estuvieron presentes en nuestra primera vez.

 

— ¿Por qué cres que uso esta vaina? —se refería a la manga larga— La gente siempre se me queda mirando; cuando voy al hospital, se van pa’ otro lado. La gente es mala, te discrimina.

 

Era difícil para mí entender a qué se refería Valentino exactamente, pero ni bien empezó a hablar de su enfermedad, mi ojo se aguzó, y sus ojeras, sus manos esqueléticas, los brazos enclenques, y su cuerpo, reducido como una uva puesta al sol, me mostraron que al pobre Valentino le había pasado algo muy malo durante ese año entre nuestro primer encuentro, y este.

 

Luego se descorrió las mangas de la camisa, y pude ver que sus brazos estaban cubiertos por manchas púrpuras de formas irregulares y ovaladas. Las tenía en el cuello, en los brazos, y también me las mostró en sus tobillos. En ese momento, las manchas no significaban nada para mí, hematomas, quizás; pero tiempo después de esta noche, se me ocurrió buscar en internet algo de información, y me encontré con algo idéntico lo que tenía Valentino: sarcoma de kaposi, un tipo de cáncer linfático más agresivo en inmunodeprimidos, es decir, especialmente en pacientes con VIH.

 

— Hasta tuve que vender el carro— su preciada nave, tan olorosa a carwash.

 

Yo empezaba a recordar que el negocio de Valentino eran los carros, que compraba y revendía por un precio mayor; eso me lo había dicho la primera vez, pero ahora parecía que el comercio no era más lo suyo, y hasta los rulitos con Pantene se le habían achicharrado.

 

Nada de eso iba a impedirme pasar la noche con él, me dije. No sólo porque estaba más cachondo que una perra en celo, sino también porque esa era mi revancha: terminar lo que habíamos empezado un año atrás, cuando el carro, cuando Las Mercedes, cuando el hotelito, y la decepción.

 

Salimos del chino y se nos ocurre comprar una botella de ron Cacique; él ya estaba considerablemente borracho, y yo estaba entonado, pero dispuesto a lo que fuese con tal de acabar en la cama con él. Tomamos el Cacique de camino a La Castellana, y no sé si fuimos en taxi o caminando o en qué, pero bebíamos Cacique, nos seguíamos emborrachando, y con cada trago el Valentín galante y oloroso se volvía otra cosa, su megalomanía que me asustaba, atravesábamos Caracas, él aún hablando de lo mala que era la gente, de lo difícil que había sido todo para él. Yo era poco más que un receptor pasivo de su incesante monólogo.

 

Nuestro destino era Triskel, una discoteca gay de la Castellana, que no era de lo peor, pero no era una de las mejores. Digamos que los guardias de Triskel se fijan mucho en tu ropa, pero si te ven aceptable, pasas; importante decir, que se pagaba entrada, no habían tragos gratis, y todo era muy caro, así que a pesar de estar en un sitio accesible para el universo peatonal caraqueño, que se manejaba en Metro y camionetica, no era para cualquier pelabolas, que podía conformarse con La Fragata o Koa, no muy lejos de allí, en Sabana Grande, y, eso sí, mucho más populares (y malandrosos).

 

Valentino atravesó la entrada con un gesto del mentón a los guardias de seguridad; yo iba detrás cargando la botella de Cacique, cuando la mano firme del guardia se afincó en mi pecho y me obligó a dejar la botella ahí a un lado de la entrada, pues no podía entrar al local con alcohol de afuera. Cuando estuve dentro, Valentino ya estaba con un trago en la mano, observando la clientela de Triskel con una mirada endiablada.

 

no todo lo que es oro brilla
no todo lo que es oro brilla

La intuición es una de esas cosas que uno siempre se lamenta cuando no le obedece. La intuición que te dice “sal de ahí, marica, y aprovecha que el Metro sigue abierto”, esa era la que debía haber obedecido esa noche. Pero para cuando me acerqué a Valentino, ya ni siquiera pensaba en que esa noche acabaría en la cama de un motel, sino en algún lugar igual de oscuro que su mirada. En su cara habían un odio y una furia que no se dirigían a nada ni a nadie en particular.

 

Bailamos, creo. Creo que bailamos, que nos besamos, ya en el confort que ofrecía un sitio “de ambiente”. Nos habremos besado un poco, y él habrá desplegado todo su encanto, pues los hombres de alrededor lo quedaban viendo. En un principio, sus miradas me parecían de deseo, pero deteniéndome un poco me di cuenta de que todos trataban de estarse lo más lejos de Valentino posible, él se movía como una serpiente lista para morder a cualquiera, empujaba a la gente y los tragos les caían encima, mientras él reía y seguía bailando.

 

Yo había dejado de beber, y la sobriedad lo empeoró todo: ahora Valentino está en la barra, pide un trago, prueba el trago y se lo vacía encima al bartender. Entonces lo agarro del  brazo y casi que me prostrerno ante el barman, que no parece sorprendido en lo absoluto, y ahora voltea los ojos como diciendo “otra vez este loco”. Vamos a un extremo de la disco donde no hay casi nadie, hay otra barra y las paredes tienen sofás de cuero de imitación, de ese que se siente pegajoso de todas las cosas que le caen encima y nadie limpia. Trato de hablarle, de pedirle que pare, que nos vayamos, pero me empuja, no demaisado, pero lo hace, y se va a apoyar contra la pared de la pista de baile y echa una largay ruidosa meada, con el confort de quien está en su casa.

 

¿Dónde están los guardias?  ¿El gerente, el dueño? Alguien que haga algo. Nada. No pasa nada. Me debato si debería irme, pero son pasadas las 2 de la mañana, y un carro hasta casa me sale un ojo de la cara, no podría pagarlo, tendría que quedarme dando vueltas por La Castellana como un alma en pena hasta que abran el Metro a primera hora. En ese momento se me ocurre que lo mejor que puedo hacer es convencer a Valentino de irnos a un hotel, y dormir juntos, alejarlo de Triskel antes de que golpee a alguien o lo golpeen a él.

 

(continúa en un siguiente post)

 

Marcos Cordoba

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