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Durmiendo entre letrinas

dibujo de dos negros sangrando por la nariz

(continuación del post Valentino es una bestia)


Esto es lo que hago por alrededor de quince minutos: “Vamos, Valentino, vámonos a un hotel, ¿no quieres estar conmigo?” “Valentino, la gente de la disco nos va a echar en cualquier momento, vámonos” “Mírame, ¿acaso no quieres tirar conmigo? Vámonos pues”. Finalmente el hombre accede, pero es evidente que estar conmigo no es algo que le interese en lo absoluto. Baja las escaleras de la entrada, y antes de salir, voltea una mesa en la que las personas que salen a fumar dejan sus tragos; quizás más de veinte vasos caen al suelo, junto con la mesa que forma un escándalo de taberna. Valentino se tambalea, insulta a los guardias, le pasa al lado a la gente y les hace comentarios acerca de su ropa, les suelta insultos. Los guardias recogen con paciencia los vasos, cuyo costoso contenido ha sido irremediablemente derramado en la entrada de Triskel. Antes de quedar por completo en la calle, reclamo al seguridad mi botella de Cacique. De algo me servirá, pienso.

 

Ahora Valentino pelea con un grupo de tres lesbianas y un carajo.

 

— Eres bien fea, coño e’ tu madre —escucho que le dice a una.

— Y tú, maldito, ven que te caigo a puñaladas.

— Piazo’ e’ becerro.

— Mamaguevo

 

Valentino se ríe, se regodea de haber alterado tantísimo a ese grupo, que ahora se le acercan lentamente, mientras él, con el mismo ritmo, se aleja de ellos, pero no tanto como para mostrar miedo, sino lo suficiente como para poder seguirse burlando de ellas.

 

— Marginal, eres una tierrua’ —y con la misma indiferencia, Valentino se sigue riendo.

— Suéltame que le voy a caer a puñaladas a ese maldito —la más determinada de las tres parece querer ser retenida, pues aunque muy escuálido, borracho y tambaleándose, Valentino sigue llevándole tres cabezas.

— Llévate a tu marido de aquí.

— No es mi marido —digo yo. Y luego a Valentino:— Vámonos a un hotel, en serio. Escúchame —le digo acercándome a su oreja, si es que a eso puede llamársele seducción—, vamos a un hotel y me coges bien rico, ¿quieres?

 

Pero Valentino balbucea y se retuerce y va caminando calle abajo mientras continúa insultando a las lesbianas, que no han terminado de entender que es eso lo que a él le divierte.

 

Un taxi pasa en ese momento y sin pensarlo dos veces le saco la mano.


— Pa’ donde vas.

— Ehm... Ya va... ¡Valentino! —corro hasta donde está él, el taxi avanza hacia nosotros— Te voy a llevar a tu casa, no puedo dejar que te vayas así. ¿Dónde vives?... Macuto, le digo al taxista, y me pela los ojos, tocando el volante de su carrito viejo como preguntándole a la máquina si vale la pena semejante viaje.

— Eso está difícil, hermano.

 

El precio que fija el taxi es ridículamente caro, y cuando me acerco a Valentino para pedirle plata, saca de sus bolsillos una cantidad miserable. No tan miserable como la que yo tengo en los míos, pero entre los churupitos de él, los míos, y esa botella de Cacique del carajo, convenzo al taxista de que nos lleve hasta la Guaira, nada más y nada menos.


carretera caracas la guaira
Caracas - La Guaira

 

Valentino se tambalea de un lado a otro en el taxi. El hombre maneja en silencio, con su botella de ron durmiendo a su lado. Supongo que al llegar a Macuto, podré dormir en la casa de Valentino, que me dará plata para volver a Caracas en la mañana, y luego todo habrá sido un muy mal chiste.

 

El taxista nos deja en pleno Macuto, porque Valentino ha olvidado dónde es que queda su casa exactamente. Frente a nosotros, el balneario a oscuras esconde una fauna peligrosa: nada puede verse, salvo algunos indigentes que dormitan acurrucados junto a la santamaría de alguna tienda. Pero no es lo que se puede ver lo que me asusta, sino lo que se está ocultando.

 

El romper de las olas llena lo que de otra forma sería un silencio de inframundo. Nunca había sentido tanto rechazo hacia el mar. Pero no es el mar, es Macuto: un basural, prácticamente. En el paseo que da frente al mar no hay más que basura de los retaurantes que atienden allí, y de la clientela, que suele consistir en malandros y sus familias. Ahora no hay malandros, no hay gente, no hay luz del sol, y la fantasía tropical es una pesadilla de ultratumba. Macuto supo ser, en aquellas épocas, el balneario chic de la sociedad caraqueña; hoy en día es sólo basura y oscuridad.

 

Por momentos siento que sombras se cruzan entre la umbra del paseo frente al mar, y la penumbra que hace ese bulevar con comercios, al reparo de un techo que parece al borde del colapso. Valentino permanece en un silencio que hace juego con la escena, y sin decirme nada, dobla en alguna esquina. No puedo más que seguirlo, pero mis ojos saltan de él al resto del paisaje: en cualquier momento puede aparecer cualquiera y hacer cualquier cosa conmigo. Hasta que él llega a la entrada de un hotel pensión, de esos que alquilan cuarticos y hay una cocina compartida. El lobby de la pensión está siendo amenizado por la televisión, chiquita y con antena, del dependiente, que, de brazos cruzados, observa la pantalla con ojos entrecerrados. Al ver a Valentino, se pone de pie y toma una llave entre tantas otras que cuelgan de una cajita de madera adosada a la pared. Pero cuando ve que voy detrás de él, el hombre me frena.

 

— Estoy con él.

— No se aceptan visitas.

— Pero vine con él, él me dijo que podía dormir con él aquí.

— No se aceptan visitas.

— Pero es muy tarde, y no tengo dónde quedarme, y él me dijo...—

— No se aceptan visitas.

 

Debo calmarme, pienso, debo ser más inteligente que esto. Valentino ha desaparecido en el pasillo del hotel familiar, y para este momento, ya debe estar roncando en su cama, absolutamente ignorante de que yo estoy aquí afuera, negociando con el maldito recepcionista. Debo negociar, vamos, negocia.

 

— ¿Cuánto cobras por una habitación?

— Tenemos todo lleno.

— Pero, no tengo a dónde más ir.

— Tenemos todo lleno.

— Yo tengo tarjeta de crédito.

— Tenemos todo lleno.

 

 

El recepcionista sigue mirando a la pantallita del televisor con antena, va entrecerrando sus ojos como si la interacción conmigo no fuese más que una rutina que puede hacer hasta con los ojos cerrados.

 

— Por favor, no tengo a dónde más ir.

— Tiene que desalojar el hotel ya mismo.

 

En efecto, desalojé su maldito “hotel”, si es que a esa pocilga podría llamársele hotel, y no un rancho de dos pisos. La puerta de la pensión se cerró a mis espaldas, y fente a mí, el paisaje de Macuto se presentaba en todo su esplendor. De existir un “Gótico tropical”, Macuto podría ser perfectamente uno de sus escenarios: en cada estructura edilicia se aprecia a la vez la gloria de lo que fue y la ruina de lo que es; si uno ignora que Pedro Navaja podría salir de entre las sombras en cualquier momento y dejarte como un colador, la idea de que los fantasmas de la vieja oligarquía caraqueña, la que solía venir a bañarse aquí en los 50’s y los 60’s, podrían aparecer y embrujarte, puede causar algo de miedo. Pero a quién engaño, la verdad es que el hampa, principal clientela del balneario, le gana a cualquier historia de fantasmas.

 

No existía en tan desolador paisaje lugar para guarecerse. La puerta de la pensión de Valentino se había abierto sólo porque él se hospedaba allí, pero si uno miraba de cerca los edificios no había ni una luz prendida, ni un barcito abierto, ni una cantina, ni un espacio con seres humanos vivos, y conscientes, que pudiesen socorrerme. Quedarme en una plaza era lo más estúpido, estaría demasiado expuesto, libre para que cualquiera pudiese hacer de mí lo que quisiese. El sonido de las olas rompiendo era lo único audible, hasta mis propios pasos se perdían en lo oscuro de esa noche. Mis pies me llevaron hasta el mar.

 

El mar, que sin importar cuánta miseria viviese en sus costas, seguiría siendo el mismo mar del principio de los tiempos. Ahora estaba frente al él, parado en el malecón, donde rocas enormes habían sido puestas para separar dos playitas que de otro modo hubiesen sido una sola. De pie, mi sombra, más oscura que el cielo, hubiese sido fácilemente distinguible; de manera que me senté. El olor de aquel lugar me reveló algo que la ocuridad me impedía ver: las buenas gentes que venían a tener un momento de esparcimiento en Macuto usaban este malecón a manera de baño público. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude ver los trozos de papel higiénico entre las piedras, y el olor a mierda, ahora que veía todo aquello, se hacía más y más intenso.

 

autorretrato triste

Me acurruqué sobre la piedra más lejana a las letrinas posible, donde algo del agua del mar aún salpicaba. Y tal vez por el cansancio, y a pesar de la mierda, la oscuridad, a pesar de que, cuando se hiciera de día no tendría un centavo para volver a Caracas, dormí.


Marcos Cordoba

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