Novela CATIRE Primer capítulo: PAPITO
- Marcos Cordoba

- 3 ago
- 31 min de lectura
A continuación, el primer capítulo extraído íntegramente de la novela.
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PAPITO
El catire. Así me dicen si no se saben mi nombre, porque mi pelo es amarillo, lisito, y tiene forma de hongo. Todos me dicen que soy muy bonito, aunque me la pase con un bigote de mocos y me los vaya comiendo de a poquito con la lengua. Estoy aprendiendo a leer muy rápido y sin ayuda de nadie: “mi-ma-má-me-mi-ma” repito todos los días. En la clase estudiamos con un librito que se llama Mi jardín, y ya conozco hasta las letras difíciles de decir y de escribir, como la doble r, para decir “perro”, o la ch, para decir “chévere”.
Todos los días me le quedo mirando a Yonatan, uno de mis compañeros del salón. Yonatan tiene los dientes muy blancos, anda peinado y huele bien, porque es el hijo de la maestra. Es tan blanquito que se le ven hasta las venas de los cachetes. Anabel, la niña más linda del salón, es su novia. En el recreo se agarran de la mano y caminan, y los demás niños nos sorprendemos y nos ponemos a chismosear.
La actividad de hoy es pegar recortes en el cuaderno, yo trato de hacerlo bien, pero cuando me voy a secar los mocos, me lleno la cara de pega y la mano de mocos. La maestra me ayuda a limpiarme, y yo veo que Yonatan no se ensució ni un poquito. Lo que más quiero hacer es agarrarlo de la mano y caminar con él por toda la escuela, y decirle lo mucho que me gusta. Si yo fuese niña, ¿me dejaría ser su noviecita?
Sé que no puedo hacer lo mismo que Anabel. Si yo le diera un beso a él en el cachete, me castigarían para siempre, y nunca más me dejarían venir a la escuela. Los varones solo pueden ser amigos entre ellos, no se pueden gustar, ni mucho menos darse besos. No pueden agarrarse de la mano, aunque sean amiguitos. Los varones tenemos que jugar a la pelota, al trompo y a las peleas.
Por eso le digo a Yonatan de jugar: el que empuje más fuerte, gana. Juntamos las manos para hacer fuerza a ver quién se cae primero. Cuando toco sus manos siento lo suavecitas que son, y como está más cerca de mí, puedo olerlo: se echó colonia. Yo empujo con todas las fuerzas que tengo, lo hago tan fuerte que Yonatan se cae y se raspa el brazo. Le sale un poquito de sangre y tiene la piel sucia por el piso. La maestra me mira con cara fea, me dice que me vaya para allá, que esos no son juegos de niños buenos. Anabel va y lo abraza. Yonatan no deja de llorar, y yo me voy para otro lado, contento porque, aunque fue jugando, yo también pude agarrarlo de las manos por un momentico.
Más tarde ese día, vienen unas maestras a nuestro salón, buscando una niña y un niño que sean voluntarios para el acto de graduación. Nos queda poco para terminar el tercer nivel del preescolar y pasar a primer grado, y las profes quieren hacer un baile especial. La primera en alzar la mano es Anabel, y aunque es su novio, Yonatan no alza su mano; debe ser porque todavía le duele mucho el raspón que le dejé. Yo creo que si bailo con ella, le puedo llamar la atención a él, y además ser famoso en la escuela. Así que también alzo mi mano.
A la salida de la “Guayana Esequiba" —así se llama mi preescolar—, mi tío Carlitos, el hermano de mi mamá, me pasa a buscar y me deja en la guardería. Es la casa de una señora gorda que cuida a otros niños más; somos varios, pero no sé contar muy bien, así que no sé cuántos niños somos. Ellos sacan sus meriendas: Froot Loops, torta, jugo de naranja... A mí solo me dan un tetero con atol, y me lo tomo recostado en la colchoneta que tenemos para la siesta. Cuando me quedo dormido, sueño que hacemos el acto en la escuela, que somos Yonatan y yo los que bailamos: él está vestido con un trajecito, y yo con otro trajecito. Bailamos como en las comiquitas de princesas, pero somos él y yo, o sea, dos príncipes.
Casi es de noche, y Mami Iti me pasa a buscar por la guardería. Mami Iti es mi prima, tiene la misma edad que mi mamá y su nombre de verdad es Jenny, pero yo le digo “Mami Iti”, porque, como dice ella: “aunque no te parí, siempre serás mi hijo”.
—¿Y, mi catire? ¿Cómo te fue hoy en la escuela?
—Bien, mami… ¡Voy a bailar!
—¿A bailar? ¿Dónde vas a bailar?
—¡En la escuela! Voy a bailar para el acto de graduación.
—¡No me digas! ¡Qué lindo, mi amor! ¿Y qué vas a bailar? —Pero yo me encojo de hombros, porque nunca pregunté a las maestras qué música íbamos a bailar.
Pasamos por la charcutería, compramos jamón y queso, y subimos al apartamento. Vivimos en el Bloque 13, un edificio con muchos apartamentos. Es en la parroquia Caricuao, en el piso 12, apartamento 1224. Mami Iti me enseñó a decir de memoria la dirección de la casa, por si algún día me pierdo y así la gente sabe dónde vivo. En la casa vivimos muchas personas, y todos están un poquito locos. Después de llegar, lo primero que hago es ver si mi mamá Miriam ya llegó del trabajo. Mi mamá tiene un lunar en el labio, el pelo marrón y usa una pintura de labios roja. Todas las mañanas la veo maquillarse y me dan ganas de ponerme con ella a arreglarme yo también. Casi nunca la veo, solo a las mañanas, cuando me lleva a la escuela, y en las noches antes de dormir.
Si mi mamá Miriam se muere algún día, Mami Iti se convertirá en mi mamá. Desde que soy muy chiquito Mami Iti me cuida, me da el tetero, me ayuda a bañarme, me enseñó a limpiarme el culito cuando hago pupú, y ya no me queda sucio como antes. Siempre me consiente, y yo la consiento a ella también: ella se recuesta en la cama y yo le peino el cabello. Primero le paso un cepillo por el pelo, se lo desenredo y después le agarro mechones y le hago clinejas; ella se queda dormida.
Como dije, la gente en la casa está un poquito loca. A veces todo está tranquilo, cocinan, comen y miran televisión como si nada. Otros días se comportan raro, y se pelean por cualquier cosa.
Mami Iti me prepara una arepa con jamón y queso, “anda a comer al cuarto”, me dice, seria. Mientras subo las escaleras con mi arepa, escucho que la gente de la casa está alzando la voz, se dicen cosas feas. Cuando se ponen así, yo me tengo que ir arriba al cuarto, eso es lo que ella siempre me dice, y también me hace prometerle que no voy a asomarme para ver qué es lo que está pasando abajo, en la sala.
Mientras como mi arepa en el cuarto, veo la telenovela.
No me importa tu dinero, ni de dónde vienes. Solo me interesa una cosa, Granate —dice el hombre—, y agarra a la mujer por los hombros y se le pone bien cerca. ¡Tu amor!
Y la mujer le responde: ¡Ay, Ecuménico! Pero nuestro amor es imposible. Soy la esposa del presidente de la Asociación. Sabino es un hombre peligroso. ¡Te matará si descubre nuestro amor!
¡Oh Granate! Por ti he de morir sin miedo. Este amor vale mil muertes más. Y el hombre le da un beso un rato largo, la aprieta más fuerte y ella le dice: Ecuménico, hazme el amor. ¡Hazme el amor por última vez, papito!
El hombre le baja el cierre del vestido a la mujer, se le ve toda la espalda y se suelta el pelo. El hombre se saca la camisa, queda con el pecho peludo al aire y se aprietan pecho con pecho; ella no tiene sostén, pero no le da pena ni nada, aunque no se le ven los senos; el señor la sigue besando y se meten debajo de las sábanas. Pero empieza la propaganda.
Me da fastidio, porque yo quiero saber qué es lo que hacen después que se quitan la ropa.
Un plato se estrella contra el piso, abajo, en la sala. La gente grita: “¡Maldito!”, “¡No te metas!”, “¡Suéltame!”, “¡Suéltala!”. Se meten muchos golpes, que no se escuchan mucho, porque no suenan como cuando uno choca un palo contra la pared: tack; tampoco son cachetadas: chas. Los golpes en la casa suenan como golpear una almohada con un bate: un golpe fuerte en la cara o en la barriga.
Salgo, camino por el pasillo de mi cuarto hasta las escaleras, y miro para abajo: primero no entiendo quién pelea con quién, porque son muchos y están todos jalándose para un lado y para otro, pero después me doy cuenta: Raúl está en el medio, todos están agarrándolo por los brazos y el cuerpo, pero es tan fuerte que no pueden con él. Mientras tanto, algunos le meten unos buenos golpes, él se suelta un brazo y se los devuelve.
Aunque tengo mucho miedo no puedo dejar de mirar. Lloro, y mis gritos se mezclan con los gritos de los demás. Mi tío Carlitos aparece, me agarra por el brazo y me lleva con él para el cuarto.
—Vente, chamo. No veas eso.
Yo sigo llorando, pero en el cuarto, Carlitos me abraza y me quedo tranquilo. Un rato después la telenovela vuelve a empezar, me despego de Carlitos y le digo:
—Carlitos, hazme el amor, papito.
Carlitos no es un adulto todavía, porque si fuese adulto, no se la pasaría jugando conmigo. Jugamos a la nave espacial, a las peleas, y dibujamos. Aunque tampoco es un niño como yo, porque es mucho más grande, altísimo, con brazos fuertes y un bigotico. Si estoy aburrido me pongo a jugar con él, y si se pelean en la casa, me meto con él en el cuarto y lo abrazo hasta que todos dejan de pelearse. También hacemos el amor —como en la novela—, que es cuando abrazas a otra persona, la tocas y le das besos. Carlitos me dice que nadie puede saber que hacemos el amor, porque los niños no tenemos permiso de hacer esas cosas, y que, si nos descubren, nos van a castigar a los dos.
Si me da hambre, Carlitos va y compra unos panes de guayaba, si tengo que hacer la tarea, Carlitos me ayuda, y si tengo miedo, Carlitos me abraza. Por eso yo hago todo lo que él me pide, porque él me ama como yo lo amo, y algún día voy a ser grande, y me voy a disfrazar de chica para poder estar con él, y voy a hacer como la mujer de la telenovela, me voy a escapar con él y no voy a volver más nunca a mi pueblo, o más bien, a Caricuao.
Mi mamá Miriam llega después de la pelea. Carlitos escucha sus tacones subiendo las escaleras, y como nuestro cuarto queda al final del pasillo, le da tiempo de subirse los pantalones y ponerse a ver la televisión como si nada. Mi mamá entra como siempre, con su uniforme, falda azul con medias panty y una camisa blanca. Cuando la veo, me le tiro encima.
—¡Mami!
—Hola, mi bebé. ¿Cómo está lo más bello de esta casa? Hola, hermano —saluda a Carlitos—, me tienes que contar qué pasó en el capítulo de hoy. Me estoy perdiendo esa novela, chamo.
—La mujer y el señor estaban haciendo el amor —le digo yo, que me sé todo lo que está pasando— y después vino la mala esa y dijo que la iba a envenenar y…—
—¿Qué es eso, Marcos? No tienes que andar viendo telenovelas. Eso no es para niños. Carlitos, no lo dejes, por favor.
—Bueno, chama. ¿Cómo te fue hoy? ¿Cómo está el cuñado? —Mi mamá le hace una mueca, pero no sé qué significa.
—¿Por qué no vas a ver televisión al cuarto de Jenny? Así estoy un ratico a solas con Marquitos.
—Bueno, sí va —dice Carlitos, y se va.
—¿Cómo está mi hombrecito? ¿Cómo te fue hoy en el preescolar?
—¡Voy a bailar con una niña de la escuela! Para el acto de graduación.
—¡No me digas! ¡Qué sorpresa, hijo! ¿Y qué vas a bailar? —Pero yo sigo sin saber qué hay que bailar, y me encojo de hombros.
—Te tengo preparada una sorpresa para el día de tu graduación, espero que estés preparado, porque vas a quedar boquiabierto. Creo que te va a encantar.
—¿En serio, mami? ¿Cuál es la sorpresa? —Ella se ríe.
—No te puedo decir, tontín —me toca la nariz con su dedo—. Si no, no sería sorpresa —En eso entra Mami Iti al cuarto.
—Hijo querido —dice como cantando—, ¿no me vas a hacer trencitas esta noche?
—Ya te dije que no está bien que lo pongas a peinarte, Jenny. Él es un varón.
—Y no va a ser menos varón por peinarme. ¿Qué tiene de malo? Yo soy su Mami Iti.
—Sí, pero yo soy su mamá y te digo que no…—
—¡Vamos! —Digo yo, salto de la cama y voy a peinar a Mami Iti a su cuarto.
Aunque me la paso metido en el cuarto de Mami Iti, cuando voy a dormir tengo que estar con mi mamá Miriam. Ella y yo dormimos juntos en la misma cama. En el cuarto también duerme mi abuela Alba, la mamá de mi mamá, que es ciega y me hace pollitos amarillos de juguete con pedazos de cartón —yo me imagino que ella no sabe que son amarillos, porque como no puede ver…— y duerme en la misma cama con mi abuelo Eduardo. Mi tía Rebeca y mi tío Tirso duermen en unas literas —él arriba y ella abajo—, son los hermanos de mi mamá, y son morochos, pero no se parecen en nada. Cuando ya nos vamos a dormir, mi tío Carlitos, que es el hermano menor de mi mamá y mis tíos morochos, saca su colchón, y se acuesta en el piso de nuestro cuarto para dormir.
No sé cómo Carlitos puede dormir tranquilo si hay tantas cucarachas en la casa; a mí me dan mucho asco, porque son cochinas, se te pueden subir por las piernas y caminarte cuando duermes. Como le pasó a mi abuela Alba, que cuando dormía se le metió una en la boca. Si uno se despierta en la noche y va a buscar un vaso de agua a la cocina y prende la luz, se encuentra con la pared negra, no porque esté sucia, sino porque cada cucaracha es un puntito negro, son grandes y voladoras y están por todas partes. En la casa también hay ratas, pero no se dejan ver porque son muy escurridizas —esa palabra la aprendimos hace poco en el preescolar—. Yo no entiendo por qué a la gente le da tanto miedo las ratas, a mí me parecen unos animalitos normales, y hasta tiernos. Pero se ve que no son buenas, porque una vez le comieron el pie a mi tío Kiko.
Mi tío Kiko está loco, a veces se pierde en la calle y es recogelata, aunque él vive con nosotros, y tiene casa y familia, no como Sandokan, el recogelata de Caricuao, que vive al lado del río Guaire, por donde pasa el Metro. Si alguien me quiere asustar, me dice que me van a entregar a Sandokan si no me porto bien, y a mí me da miedo. Kiko también me da miedo, porque cuando habla no lo hace como cualquier persona, sino que tiene voz de borracho todo el tiempo. También se hace pupú encima y huele muy mal, porque no le gusta bañarse. Una vez, como Kiko es tan cochino, se le había infectado el pie, se le estaba pudriendo, y entonces vinieron las ratas y se lo comían, porque a las ratas les gustan las cosas podridas, como la basura.
Kiko y Raúl son hermanos de mi abuelo Eduardo, y se la llevan muy mal. Cada vez que se sientan juntos en la mesa se empiezan a pelear y se insultan. A los dos se les enreda la lengua cuando hablan, y yo no entiendo lo que dicen, pero lo que sí entiendo es que hay que salir corriendo, porque en cualquier momento se empiezan a entrar a golpes. Ellos tienen su cuarto, que se lo hicieron con pedazos de madera y de cartón en medio de la sala, al lado de la mesa del comedor. Cuando estoy con mis juguetes no me acerco mucho, porque no me gusta que Raúl me moleste, todos en la casa están muy pendientes de que él no se me acerque, y yo tampoco quiero estar cerca de él. Mami Iti me explicó que Raúl se comporta así porque es alcohólico, que es cuando la gente bebe mucha caña y por eso se ponen así, bravos, como él, y que por eso yo nunca tenía que beber caña cuando sea adulto, para no ser como Raúl.
El otro día Raúl me jaló por el brazo y me metió en su cuarto, se sentó en la cama, puso su cabezota frente a la mía y me empezó a decir, casi que gritando:
—Mira, carajito, yo te voy a decir una vaina, uste’ tiene que ser un hombre y cogerse a muchas mujeres —mientras hablaba, iba escupiendo saliva y las chispitas me caían en la cara— ¿Tú sabes lo que es el sexo? La cuca y el guevo se juntan y…
Pero no siguió hablando porque Mami Iti se asomó en el cuarto, que es muy oscuro y huele feo, y me llamó:
—Marquitos, ven para acá.
Yo intenté soltarme de la mano de Raúl, pero él me agarró fuerte, Mami Iti entró al cuarto y me agarró de la otra mano. Por un momento se miraron con mucha rabia, pero no dijeron nada, aunque parecía que Raúl iba a decir algo, pero lo único que hizo fue gruñir. Entonces me soltó y empezó a decir groserías al aire. Yo sentía cómo le temblaba la mano a Mami Iti.
—Anda, métete en mi cuarto —me dijo.
Mami Iti duerme en un cuarto con sus dos hermanas menores: Daniela y Gaby. A veces entre ellas se pelean, si alguna le agarra una cosa a la otra son capaces de jalarse de los pelos y hasta darse con el puño. Cuando no se están peleando, me gusta estar en el cuarto de ellas tres, porque tienen afiches pegados por todos lados de los Backstreet Boys, y se la pasan escuchando sus canciones; también escuchan mucho a Shakira, cantan, hacen como que son ella y la imitan. A mí me da risa, pero Daniela sí se parece un poquito a Shakira porque tiene el pelo negro y lacio, y Gaby también se parece, porque mueve las caderas igualito que Shakira en Ojos así. Gaby se pone a bailar y yo bailo como ella, pero me dicen que los niños no pueden bailar así, entonces tengo que dejar de bailar. Después se ponen a modelar, que es cuando las mujeres caminan para un lado y para el otro, y se ponen muy serias; yo modelo como ella, pero también me dicen que eso es de mujeres y no de hombres. Otras veces, Gaby y Daniela se encierran en el cuarto a hablar cosas de chicas, y yo me meto con ellas para escuchar todo, aunque no hablo nada. Se ponen a hablar de los Backstreet Boys, cada una escoge su favorito, Gaby y yo escogemos al mismo, que es uno que se llama Ei yei, y tiene chivita y el pelito corto y negro y parece rudo; yo no digo que también me gusta Ei yei porque me da miedo que me castiguen.
La mamá de Gaby, Daniela y Mami Iti es mi tía Blanca, la única hermana mujer de mi abuelo Eduardo y de mis tíos Raúl y Kiko. Mi tía Blanca duerme con su esposo, mi tío Eloy, en un cuarto para ellos dos solos, y se parece a su nombre, porque tiene la piel llena de manchas blancas, como si le hubiesen echado cloro encima. A mi tía Blanca le gusta gritarles a todos en la casa, especialmente a sus sobrinas, a quienes siempre les dice putas, como a mi mamá Miriam. Les dice putas porque cree que todas quieren enamorar a su esposo y quedarse con él, y por eso mi tío Eloy no sale de su cuarto, se pasa toda la noche con su máquina de coser remendando la ropa de mis primas, o arreglando cosas con tornillos y tuercas. A mí me agrada mi tío Eloy, porque es guapo y huele bien, y porque no le grita a nadie, no dice groserías y no habla casi nunca.
Algunas tardes mi tía Blanca me lleva con ella hasta el trabajo de mi tío Eloy, que queda en Montalbán, para buscarlo. Mi tío es plomero, y cuando termina de trabajar queda muy sucio, por eso se baña ahí mismo en la oficina. Mi tía y yo nos metemos en la camioneta de él y esperamos a que se bañe y baje para volver a Caricuao. Mientras estamos sentados en la camioneta, mi tía Blanca me pide que mire hacia una ventana con la luz prendida que queda lejos, y me dice:
—Mira, ahí está él con la puta esa otra vez que se le está metiendo por los ojos.
Y yo tengo que decir cosas como “sí tía, ahí la veo”, para que ella se quede tranquila. Cuando se monta mi tío en la camioneta, ella se pone a hablar en voz muy alta y le dice que si se quiere coger a esa puta, que es un marico y muchas cosas más, después se calla y todo queda en silencio. Escuchamos Marco Antonio Solís hasta llegar a Caricuao.
Solo me faltan mis bisabuelos, que están en el cuarto más grande de la casa, y se llaman Nena y Manolo; no me sé sus nombres de verdad, pero todo el mundo les dice así. Los dos son muy viejitos y arrugados, y cuando Nena me saluda, me empieza a besar toda la cara, me la llena de saliva y a mí me da asco y la tengo que empujar. Los dos están muy enfermitos, y su cuarto siempre huele a cloro con meado. No salen mucho de ahí, porque les cuesta caminar. A veces Raúl se emborracha, y para molestarlos, se mete en su cuarto y les grita:
—Maldita vieja. Vieja puta. Y tú, viejo marico.
Siempre viene alguien para decirle que no los trate así, le piden que se salga del cuarto, pero no se meten más por miedo a que él los golpee.
Pero esta noche no pienso en las cucarachas, en las ratas, ni en Raúl. Solo puedo pensar en ese baile en la escuela, en que Yonatan me vea. Seguro todos van a pensar que soy el chamo más chévere del preescolar. Pensando eso, y escuchando los ronquidos de todos en el cuarto, me quedo dormido.
Sueño con un río, pero no como el río Guaire, sino un río en una montaña, clarito. En el río hay una cosa que viene flotando, la agarro y es un muñeco lleno de tierra, muy sucio. Con el agua del río lo lavo y lo limpio, cuando está casi limpio, veo que ese muñeco tiene mi cara, que soy yo. Después de limpiarlo, lo vuelvo a dejar en el río, la corriente se lo lleva y se va flotando otra vez.
Estoy muy contento porque vino el Niño Jesús y me regaló un juego muy divertido. Es una tabla con botones, y cada vez que aprieto la palabra con el dibujo, suena y hace “tilín, tilín, tilín”, y significa que ganaste; si aprieto donde dice “manzana”, y también al dibujito de una manzana, entonces suena. Así aprendí a decir “xilófono”, “kimono” y “murciélago”. Voy a aprender muchas palabras nuevas para decirlas en el preescolar.
En la casa, todos están muy contentos y celebrando; hacen intercambio de regalos y se reparten cositas, como pulseras, gorras, koalas y maquillaje. Mis primas ponen la canción Ojos así, de Shakira, y yo me emociono y me paro y me pongo a mover las caderas como las mueve mi prima Gaby, estiro un brazo y con el otro me agarro la cabeza y doy golpes con la cadera, y doblo las muñecas y el cuello. Me encanta bailar, porque todos me están viendo y me gusta que me vean.
Hasta que mi tío Tirso me agarra del brazo y la música se para.
—¿Y quién te enseñó a bailar así, carajito? —Yo me encojo de hombros.
—Nadie —le digo—, ¿por qué, tío?
—¡Porque así bailan las mujeres! Los hombres no bailan, ¿entendiste?
—Pero a mí me gusta bailar.
—Los varones juegan a la pelota o a los carritos, pero no bailan.
—Quitan Shakira y ponen gaitas. Yo me pongo a llorar porque no me gusta que me regañen. Raúl entra a la casa, trae una bolsa con latas de cerveza en la mano.
—¿Qué mierda es esta? ¿Cuál es la celebración? No hay nada que celebrar en esta mierda… —Nos empezamos a mirar, vamos agarrando los regalos y se va cada uno para su cuarto.
Mi mamá está un poquito borracha, se le enreda la lengua como a Kiko y a Raúl. Me lleva al baño con ella y se sienta a orinar. Cada vez que se emborracha me cuenta una parte de su historia con mi papá.
—Tu papá me pegaba en la barriga cuando estaba embarazada de ti —llora, y con sus dos dedos y uñas largas se apunta la barriga—. Se ponía las botas y me caía a patadas y me decía que tenía que perder el bebé porque no era hijo suyo.
Se pone muy roja, las lágrimas se le caen como si hubiesen abierto dos chorros de agua.
—Me daba golpes con el puño, me decía puta…
Entre las cosas más horribles que mi papá le ha hecho a mi mamá algunas son: amenazarla con tirarse del piso doce si ella lo dejaba; cachetearla porque se saluda con Mami Iti con un beso, porque eso es de cachapera; decirle que es una puta, a cada rato; pegarle con cualquier cosa que tenga cerca, y donde más le duela, por ejemplo: patadas con las botas en las costillas, cachetadas, golpes con el puño en la cara, golpes con el puño en la barriga cuando estaba embarazada; correazos con correas de cuero; apagarle un cigarrillo en la mano. Mi mamá siempre me vuelve a contar lo del cigarrillo, y me muestra la cicatriz que le quedó: tiene una marca pequeña —como la punta de un cigarro—, y la piel está lisita en esa parte. Después se sube la pantaleta y los pantalones y salimos del baño.
El lunar de mi mamá Miriam es de mentira, porque es un tatuaje que le hizo mi papá, un puntico nada más. También tiene un tatuaje en el brazo, es un corazón partido por la mitad, una mitad tiene una M y la otra mitad tiene una N, y hay un lazo que une las dos mitades y que dice “Marcos”. La M es de Miriam, y la N es de Néstor, que es el nombre de mi papá.
Mi papá Néstor vive en un barrio que se llama Kennedy, y a veces lo veo los fines de semana. Me encanta estar con él porque es mi papá, pero a veces no me gusta tanto, porque bebe mucho y se pone como Raúl. En Kennedy todos dicen que no parezco hijo de Néstor, ni nieto de mi abuela Rosa, la mamá de mi papá, que es negra y de pelo malo.
Yo, en cambio, soy catire, y a Mami Iti le gusta cortarme el cabello “honguito”, como los niños de las películas. A mí me encanta mi corte de cabello en forma de hongo, pero a quien no le encanta es a mi papá Néstor, y si voy a visitarlo, él saca su máquina de afeitar y me rapa, porque “ese sí es un corte de hombrecito”. Yo me pongo a llorar porque no quiero que me corten el cabello, y porque me da miedo que no me vuelva a crecer. O que no me crezca amarillo, y entonces sea un niño como los demás y no “el catire”.
Siempre que voy a Kennedy, mi papá Néstor me enseña lo que es ser hombre, y cómo tengo que comportarme para ser uno. Para ser hombre hay que pararse derecho, y no ponerse las manos en la cintura, como a veces hago yo. Hay que caminar derecho y no dando saltitos, como camino yo. Hay que hablar fuerte, y si alguien se mete contigo, le tienes que dar su coñazo. Y siempre, cada vez que me ve, me agarra el pipí y me dice:
—¿Este pipí, para quién es? —Y yo tengo que decir:
—Para las mujeres… —Para que él se ponga contento y me diga:
—¡Así es, carajo! Ya vas a ver, dentro de unos añitos las jevas se te van a tirar encima. Y tú, que eres así todo catirito… ¡Vas a tener mucho éxito con las damas! Igual que tu padre. ¿O no, carajito? —Y yo siempre, siempre, tengo que decir:
—Sí, papá.
Mi mamá me lleva hasta una estación del Metro y mi papá me pasa a buscar para llevarme hasta su casa; paso el fin de semana con él, y el domingo vuelvo a Caricuao.
—¿Por qué tienes que dejar que ese desgraciado lo busque? —Le dice Mami Iti a mi mamá Miriam a la noche, yo estoy mirando la televisión y ellas hablan.
—Porque es su papá, Jenny. ¿Qué más voy a hacer?
—¿Su papá? Ese alcohólico, drogadicto. Eres una cabrona, una masoquista.
—Bueno, chama. Es mi hijo y yo soy la que tomo las decisiones. Él necesita una figura masculina. ¿No ves cómo se comporta?
—¿Que cómo se comporta? ¡Tiene seis años! ¿Cómo quieres que se comporte?
—Néstor me dice que tiene comportamientos de niña, y ¿no ves cómo baila?
—Es tu hijo, vas a tener que quererlo así.
—¡Y yo lo quiero! Lo que no quiero es que sigas enseñándole a que te peine el cabello ni ninguna de esas mariqueras.
—Para que sepas, eso no hace ninguna diferencia. No va a ser ni más ni menos hombre por eso.
Yo hago como que no escucho nada mientras ellas hablan así. Pero cuando Mami Iti habla de peinarla, me emociono.
—Mami, ¿puedo ir a peinarte ahora? —Le digo a Mami Iti.
—Sí, hijo, claro que sí —mira a mi mamá y se ríe un poquito.
Mientras peino a Mami Iti, en Venevisión están pasando una película que se llama Matilda, es de una niña con poderes que tiene unos papás muy malos, pero su maestra sí la quiere y al final la adopta, y ya Matilda no tiene que ver más a sus padres y a su hermano que la tratan mal. La maestra de Matilda se llama Señorita Miel, y yo me pregunto si Mami Iti podría ser mi Señorita Miel, y si podríamos hacer lo mismo, y si ella podría firmar un papel donde diga que ahora yo soy su hijo y ella es mi mamá.
—¡Tío, me toqué el pupú!
Es lo primero que le digo el sábado a la mañana a mi tío Tirso, que es el que me enseña a hacer cosas de hombre, como orinar parado y no sentado, como siempre orino, porque así orinan las niñas.
—¿Qué es eso, Marquitos? ¿Cómo que te tocaste el pupú?
—Sí, me estaba bañando y me eché jabón en el culito, y me metí un dedito para ver qué se sentía y sentí el pupú que estaba adentro…
—¡¿Qué?! ¿Pero quién te enseñó a hacer eso, carajito?
—Nadie, yo aprendí solo —miento.
—¡Miriam! —Y llama a mi mamá, pero ella no está en la casa— ¡Este mocoso!
—¿Qué pasó, Tirso? —Dice Mami Iti, que está en la casa y escuchó a mi tío.
—Repítele a Jenny lo que me dijiste a mí, carajito el’ carrizo.
—Que me toqué el pupú...
—¿Qué? ¿Qué es eso, Marquitos?
Le cuento lo mismo que le había contado a mi tío Tirso.
—Escúchame, hijo. ¿Alguien te enseñó a meterte el dedo por ahí?
—No, no... —miento—, mami.
—Quiero que me prometas que nunca más lo vas a hacer. ¿Me lo prometes?
—Bueno, mami. Te lo prometo.
A la tarde, estoy jugando con Carlitos a la nave espacial.
—¿Te cuento un secreto? —Le digo poniendo la voz bien bajita.
—A ver, chamito. Cuéntame.
—¡Me toqué el pupú!
—¿Cómo?
Yo le cuento lo mismo que le conté a mi tío Tirso y a Mami Iti. Carlitos parece sorprendido, aunque fue él el que me enseñó cómo se hacía eso. Cuando termino me dice:
—¡Coño e’ la madre! ¿Cómo vas a andar contando esas vainas?
—¿Por qué? Yo no lo voy a hacer más. Se lo prometí a Mami Iti…
—Qué vaina contigo, chamo. Pero yo también tengo que contarte algo…
—¿Ah, sí? Cuéntame, cuéntame.
—Me voy a mudar de aquí. Me voy con mi mamá.
—¿Quién es tu mamá? ¿No es mi abuela Alba?
—No, mi mamá se llama Tibisay, y vive en Barlovento. Y pa’ allá me voy.
—¡Ah! ¿Y yo puedo ir para allá contigo?
—No, Marquitos, no puedes venir —Yo me empiezo a poner triste.
—Pero yo quiero estar contigo, papito.
—Yo también quiero estar contigo. Pero me tienes que prometer algo, ¿sí?
—Sí.
—Si no le cuentas a nadie que tú y yo nos queremos mucho, yo voy a volver y vamos a seguir haciéndonos cariño.
—¿En serio? ¿Vas a volver? —Me emociono, porque eso significa que cuando Carlitos vuelva yo ya voy a estar más grande, y podremos escaparnos juntos.
—Sí, pero todavía no sé cuándo. ¿Me prometes que no vas a decir nada?
—Sí, papi...
—Y deja de decirme así tan alto, que te pueden escuchar.
—Bueno… Carlitos.
A Carlitos lo despidieron con una comida especial, todos lo abrazaron y le dijeron que iba a hacer mucha falta en la casa. Yo me puse a llorar, porque no quería que se fuera.
Desde que Carlitos se fue ya no tengo a nadie con quien jugar por las tardes, a veces me distraigo viendo El Club de los Tigritos, o las comiquitas o El Chavo del 8, pero igual me aburro. No tengo amigos en el edificio y mis tíos, que son los que me cuidan después de la guardería si Mami Iti no me busca, no juegan conmigo. También desde que Carlitos se fue ya nadie me protege de Raúl, que se la pasa detrás de mí para hablarme de cosas groseras, porque nadie más lo escucha en la casa. Cada vez que se me acerca doy unos pasitos para el otro lado, para que no se dé cuenta de que no quiero estar con él. Y cuando Raúl se vuelve loco y empieza a golpear a todos, ya no está Carlitos para abrazarme y taparme los oídos para no escuchar los golpes y los gritos de todos en la sala, unos encima de otros, luchando por agarrarlo y también pegándole y recibiendo sus golpes.
Es el día del acto de graduación. Mi mamá Miriam me arregla y me pone toda la ropa especial para bailar, unos pantalones como abombados y una camisa muy linda de color anaranjado. Antes de salir de la casa me dice:
—Hijo, ¿te acuerdas de que te dije que te tenía una sorpresa?
—Sí, una sorpresa que me ibas a dar en la graduación. ¿Ya me puedes decir qué es?
—Bueno, mi amor —se sienta en la cama— hace un tiempo que me estoy viendo con un muchacho. No te lo había presentado porque no era nada serio, pero me invitó a vivir con él. Se llama Ricardo, vamos a vivir con él y con su familia.
—¿Es tu novio?
—Sí, hijo. Es mi novio.
—¿Hacen el amor?
—¿Qué? No, hijo. ¿De dónde sacas esas cosas? Mira, hoy Ricardo te va a ver en tu acto de graduación. Y van a estar sus padres también, que te van a caer muy bien, porque son personas muy buenas y muy cariñosas.
—Y ¿cómo es tu novio?
—Es alto, y es muy musculoso porque juega sófbol. Nos conocimos en el supermercado donde trabajo.
—¿Voy a tener hermanitos? —Mi mamá se ríe.
—No, hijo, todavía no. Ven para peinarte, que andas con esos pelos todos locos —En ese momento entra Mami Iti al cuarto.
—Hijo mío, ¿ya estás listo?
—No, mami. Me falta el pelo.
—Mira lo que te traje —de una bolsita saca un pote de colonia, a mí me encanta porque siempre quise usar colonia, como Yonatan, del preescolar.
—¡Gracias, mami! —Mami Iti se agacha y se pone muy cerca de mi cara.
—Tu mamá ya me contó que se van a la casa de su novio —se le ponen los ojos aguados— pero me tienes que prometer que no te vas a olvidar de tu Mami Iti, ¿está bien?
—Sí, mami, te lo prometo.
—Yo te prometo que siempre voy a ir a visitarte y a sacarte a pasear —se le salen unas lágrimas.
Cuando llegamos mi mamá Miriam, Mami Iti y yo al preescolar, vemos a un muchacho muy alto que está con una señora y un señor. Mi mamá lo saluda y le da un piquito en la boca, y a mí me da pena porque nunca había visto a mi mamá besando a ningún hombre.
—Mira quién está aquí —le dice al muchacho.
—¿Qué pasó, chamín? ¿Qué vas a bailar hoy? —Pero yo no le digo nada, y me encojo de hombros, aunque ya sé lo que vamos a bailar. ¿Y si mi mamá se enamora de él y ya no me quiere a mí?
—Marquitos, contéstale a Ricardo, pues.
—Una canción en inglés. ¿Te gustan las canciones en inglés?
—Sí, chamito, son de pinga. ¿Sabes cómo me llamo yo?
—Rica… Rica…
—Ri—cardo. A ver, repítelo.
—Ri—cardo.
—Ah, pero es verdad que eres muy inteligente y muy pilas. Mira, te voy a presentar a mis papás —Y la señora y el señor que están con él se nos acercan. La señora lo primero que hace es agarrarme el cachete.
—¡Ay, pero si es catirito! Qué muchachito más bello. ¿Y qué tiene aquí, a ver? —La señora me agarra el pipí como jugando, y a mí me da pena, pero también me río porque está un poquito loca— Yo soy Moncha, y este es Rafaelito —el señor, que es medio bajito, me estira la mano para que se la apriete.
—¿Cómo está, compadre? —me dice el señor— ¿Ya está preparado para su baile?
—Sí… Practicamos mucho.
—Tiene que aprender a bailar joropo, cara’ —el señor tiene un acento como de pueblo.
En eso la maestra nos llama a todos los niños y me tengo que ir. Ellos se quedan saludándose, porque Mami Iti también acaba de conocer a los papás de Ricardo.
La canción que bailamos es en inglés; estuvimos practicando las últimas semanas, a mí me encantó porque hasta podía salir en medio de la clase. Tengo que hacer unos pasos yo solo, y Anabel también, es muy importante sonreír todo el tiempo. Después, yo la agarro por la cintura y le doy unas vueltas, giramos los dos y luego nos separamos. Tengo que agitar mis manos, es como cuando bailo Shakira en el baño, pero en vez de mover las caderas como Shakira, muevo las manos y la cabeza, y los pies como si fuese un profesional. Todo el mundo nos está viendo y aplauden. Mami Iti me mira, y veo que se le están saliendo unas lágrimas. Me da cosita que esté triste. Mi mamá está abrazada a su nuevo novio, y los papás de él están aplaudiendo mucho. Los demás papás y los demás niños también se ven muy contentos. En el último paso, Anabel y yo nos agarramos las manos, ella tiene que pasar entre mis piernas y volverse a parar; es muy difícil, esa parte la habíamos practicado mucho. Pero nos sale perfecto, a lo último ella gira y cae sobre mis brazos, y la música se acaba.
Todos se ponen a aplaudir y se paran de los asientos, en el medio de todo el mundo, veo que está Yonatan, que me está mirando y aplaudiendo. Anabel y yo tenemos que agarrarnos de las manos y echarnos para adelante para saludar al público, porque así nos enseñó la maestra. Y yo también agito la mano para saludar a mi familia. Me dan muchas ganas de picarle el ojo a él, pero solo puedo verlo, y agitarle la mano también. No sé si se da cuenta, pero en ese momentico yo estoy saludando con la mano y sonriendo solamente para él.
Antes de irnos del colegio, todos los niños nos despedimos, las maestras nos dicen que nos abracemos y nos deseemos suerte. Cuando todos se terminaron de abrazar, agarro a Yonatan por el brazo.
—¡Ven! —Me lo llevo detrás de uno de los árboles del patio, y no nos pueden ver— ¿Cómo está tu raspón? —Le pregunto.
—Bien… ya no me duele. ¡Me empujaste duro!
—Sí, porque tengo mucha fuerza. Y tú también.
—¿Tú crees?
—Sí, eres muy fuerte… ¿Quieres que te cuente un secreto?
—¡Marquitos! Vámonos, mi amor —me llama Mami Iti, que me está buscando.
—¡Ya voy! —Pero no me asomo, para que no se dé cuenta de dónde estoy.
—¿Cuál secreto? —me dice Yonatan. Yo lo abrazo mucho, porque lo voy a extrañar. Él se queda quieto, y después me abraza también.
—Te quiero —le digo bajito al oído, pero tan bajito que creo que no escucha, y lo hago a propósito, porque no sé si le molesta que le diga eso.
—¿Me quieres? —Me pregunta él, y pone cara de confundido.
—¡Marcos! —Escucho que grita Mami Iti.
—¡Sí! —Le doy un beso en el cachete, y salgo corriendo a toda velocidad.
Mami Iti me abraza.
—¿Dónde estabas, chico?
—Les decía chao a mis amiguitos. ¿Te gustó mi baile, mami?
—Estuviste increíble, hijo mío. Eres todo un artista. ¿Sabes de dónde es esa canción?
—No, ¿de dónde es?
—Es de una película que se llama Vaselina, un musical donde la gente baila mucho, y canta. La voy a alquilar para que la veamos juntos un día de estos, ¿quieres?
—Sí, mami. Me encantan las películas.
—Marquitos —dice mi mamá Miriam— despídete de Jenny, que ya nos vamos —Yo le doy un besito a Mami Iti y la abrazo.
—Esta noche te voy a hacer muchas trencitas, ¿quieres?
—No, hijo mío. Esta noche no nos vamos a ver —Pone cara triste.
—¿Por qué? ¿Vas a salir?
—No, mi amor. Te vas con tu mamá. A casa de Ricardo.
—Sí. Pero después regresamos y te hago trencitas…
—¿Qué pasó, hijo? —Dice mi mamá Miriam, que se nos acerca.
—Le estoy diciendo que se va con ustedes. Que se va de la casa —dice Mami Iti—. ¿No se lo habías contado?
—Claro que sí, pero me parece que no entendió —Mi mamá se agacha para estar más cerca de mí—. Hijito, hoy nos mudamos a casa de Moncha y Rafaelito. Ahora vamos a vivir con ellos y con Ricardo.
—¿Y cuándo voy a ver a Mami Iti?
—A mí me vas a ver los fines de semana. ¿O no? —Dice Mami Iti, mirando a mi mamá.
—Sí, sí. Después se van a seguir viendo. Despídanse, que ya nos tenemos que ir —Mi mamá se va para donde están Ricardo y sus papás.
—Hijo mío —dice Mami Iti, y se le caen unas lagrimitas, pero ella se las seca rápido para que no se note— como te dije, te prometo que te voy a ir a buscar, y que vamos a salir a pasear como siempre. ¿Está bien?
—Sí, mami —yo también me pongo un poquito triste, porque si no estoy con Mami Iti, ¿a quién le voy a hacer clinejas antes de dormir?— ¿Y vamos a ver esa película que me contaste?
—¿Vaselina? —Se ríe un poquito— Claro que sí, mi amor. Anda con tu mamá, que ya me está mirando feo —Me da un abrazo muy fuerte, que casi me deja sin aire—. ¡Ay, hijo! ¡Cómo me hubiese gustado parirte! —dice, como echando broma— Te amo con todo mi corazón.
—Yo te amo mucho más, mami.
Ella se despide de mi mamá, del novio de mi mamá y de sus papás, y se va. Mi mamá y yo nos metemos en el carro del señor con todos los demás.
—¿Tienes hambre, Marquitos? —me dice la señora, y yo no me acuerdo de su nombre.
—Sí, mucha hambre, señora —Escucho que todos se ríen.
—Moncha, mi amor. Dime Moncha. En la casa te voy a hacer unas caraoticas con arroz, ¿te gustan?
—¡Puaj! Caraotas, no.
—¿Y qué le gusta comer a uste’? —dice el señor.
—Arroz con huevo frito, señor.
—Rafaelito —dice Moncha.
—Señor Rafaelito.
—No, no. Señor no —dice Ricardo— Rafaelito y ya. Así le decimos todos, chamín.
Yo me quedo dormido en el carro. Cuando me despiertan, llegamos a un conjunto residencial, que son como bloques parecidos a los de Caricuao, pero más bonitos y privados, con un estacionamiento abajo y unos jardines alrededor. Subimos hasta el piso 12, y entro en la casa: es bonita, con muchos adornos, y desde el balcón se ven unas montañitas.
—Allá está el Hotel Humboldt —me dice Rafaelito— ¿Lo conoce?
—No, señor… Perdón, no, Rafaelito —Veo que un señor muy, pero muy, viejito sale de la cocina.
—¿Y este carajito? —dice el señor muy viejo.
—Marquitos, este es el abuelo —me dice Rafaelito.
—¿Es tu abuelo? —Me sorprendo, y Rafaelito se ríe.
—No, es el papá de Moncha. Pero es el abuelo, así nada más. Salúdelo, pues.
—Hola, señor abuelo.
—¿Eh? —dice el abuelo.
—Dije que hola, abuelo.
—¿Cómo? —Y alza mucho la voz, y yo creo que me está echando broma.
—El abuelo es medio sordo, tienes que hablarle más fuerte porque si no, no te escucha —Entonces yo agarro bastante aire y le grito:
—¡HOLA ABUELOOOO!
—¡Coño, pero no me grite! —dice el abuelo, y se va para otro lado.
—Tú vas a dormir con el abuelo en su cuarto, y con Samuel, un nieto de nosotros. Pero ese ya es grande, está saliendo del liceo. Ahora está con los amigos, ya lo vas a conocer.
Moncha me llama a la cocina, y me sirve un plato con bastante caraotas, arroz blanco y tajadas. Yo me como todo el arroz y las tajadas, y dejo las caraotas. También me sirve un juguito de guayaba, y me lo tomo todo.
—Marquitos, ¿no te comes las caraotas?
—No, Moncha. No me gustan —digo, haciendo pucheros.
—Aquí vas a comer todo lo que te sirvan, hijo —mi mamá está saliendo de la casa—. Vamos a salir un rato Ricardo y yo. Marquitos, pórtate bien. Y hazle caso a Moncha y Rafaelito —me da un beso en la frente y se va.
A mí me agarra sueño y me siento en uno de los muebles, que son grandes y muy cómodos. En Caricuao no teníamos ni muebles. De repente, me acuerdo de Caricuao, de mis tíos, de mis abuelos, de mis bisabuelos… Me acuerdo de Raúl y me siento muy feliz, porque creo que más nunca voy a verlo. Después me acuerdo de Carlitos, y me pongo un poquito triste, porque creo que más nunca lo voy a ver a él tampoco, y a él sí lo voy a extrañar. Mientras pienso esto, me voy quedando dormido en el mueble.
—Marquitos, muchacho, vaya a dormir al cuarto.
—¿Qué cuarto?
Rafaelito me lleva hasta el cuarto donde está durmiendo el abuelo. Hay tres camas. El abuelo también está durmiendo, y hace ruidos como si fuese una paloma.
—Esta es su cama. Échese una buena siesta, pues.
Rafaelito sale. Tardo un rato en quedarme dormido, porque me pongo a ver el cuarto, que es muy bonito, y está ordenado. Y no he visto ninguna cucaracha, eso me pone contento. Al ratico me quedo dormido, sueño que estoy en el borde de un acantilado muy alto, tan alto que no puedo ver qué hay abajo. Pero tengo muchas ganas de saltar, y salto; mientras voy cayendo abro los brazos, y me salen plumitas, que se van haciendo más y más, y mientras más plumas tengo, caigo menos, hasta que me termino de convertir en un pájaro, y antes de chocar contra el mar, me alzo un poquito y puedo volar muy cerca del agua, puedo ver que hay tiburones que saltan para agarrarme, pero ninguno me come, porque mientras siga volando, estaré siempre a salvo.
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO
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