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Catire parchita motolita

17 jul
11 min de lectura

Actualizado: 30 jul

Foto de graduación del preescolar "Guayana Esequiba"
Foto de graduación del preescolar "Guayana Esequiba"

CATIRE, mi primera novela, está siendo editada por la editorial Caburé, de Buenos Aires. Caburé forma parte del Grupo Editorial Caravana, con sede en Ouro Preto, MG, Brasil.


La editorial tiene una linda librería con café en el barrio de San Telmo donde se puede ir a leer, beber algo y conversar. Allí mismo se realizará el bautizo del libro, la entrega de los ejemplares comprados en preventa, y la venta del libro en general.


Próximamente, anunciaré en mis redes y el blog el lanzamiento de la preventa, a través del sitio de la editorial.

 

La palaba “catire” es de uso general en toda Venezuela y por todos los nativos del país regados por el mundo. Perro fuera de la membrana cultural —lo suficientemente gruesa como para conservar lo nuestro y lo suficientemente permeable para recibir lo foráneo— del venezolano, la palabra no existe en lo absoluto.


Con los años, catire ha acabado por convertirse en un relicario, donde la imagen de ese niño en su primera infancia y en sus primeros años de escuela, brilla con la luz que sólo la inocencia irradia. Dentro de una sola palabra se esconden los últimos resquicios de una infancia ya anquilosada en el estanque de la memoria, una niñez dolida. Más viva que la vida misma.


 

De mi abuela chavista y su influencia


Escarabajos, lombrices, saltamontes, chinches, ciempiés, abejas, avispas... Cada uno tuvo su oportunidad de redimirse en el campo de batalla entomológica de un pote descartado de mayonesa de una de esas marchas chimbas de Mercal, que era el único supermercado al que mi abuela se dignaba a ir, pues era de esas chavistas ortodoxas, que se negaban a hacer cualquier cosa lejos del circuito de las Misiones Bolivarianas y las instituciones públicas.


Ante cualquier dolencia: Misión Barrio Adentro; para la comida: Mercal; de vacaciones —por única y exclusiva ocasión a sus pasados 60 años— a La Habana, en unos planes especiales que ofrecía el Gobierno para jubilados. ¿Y mi colegio? La misión que reformó la educación pública y deshizo el régimen de dos turnos, unificándolos en un único turno —de siete de la mañana hasta las cinco de la tarde— se llamaba Plan Bolívar 2000. La idea era que los niños pudieran estar dentro del colegio todo el día mientras sus padres trabajaban, y que fueran alimentados allí, de manera que en los hogares de escasez, los niños pudiesen al menos desayunar, almozar y merendar.


Caracciolo Parra León, así se llamaba mi colegio —en honor a un señor que vaya usted a saber quién fue y qué hizo—. Era el colegio de los niños del San Antonio, ese barrio que quedaba del otro lado del barranco.


No se suponía que un muchachito de mi “clase” estudiara en semejante colegio público: esos eran colegios para gente muy pobre, que no tenía ni para comer. Los niños que vivíamos en apartamentos, cuyas madres tenían un trabajo en un banco —para el cual se ponían bien bonitas cada mañana—, y que podíamos almorzar y cenar carne molida, pollo o caraotas todos los días, sin que nunca faltara nada en la nevera ni en los gabinetes de la cocina habríamos de estudiar en un colegio privado.


Fue obra de mi muy austera y muy chavista abuela, combinada con la tacañería y facilidad para la manipulación de mi madre —léase: para ser ella la manipulada, no para ella manipular a otros, ¿se entiende?— que acabé en el Caracciolo, donde pasaría “las de Caín” durante los próximos seis años de mi vida, dejando atrás la infancia y la inocencia con una rapidez no anticipada para un niño de mi edad, arrribando a una preadolescencia miserable.


Mis abuelos, Moncha y Rafaelito
Mis abuelos, Moncha y Rafaelito

 

marico mata catire


Si durante el preescolar la palabra que más escuchaba en boca de otros para referirse a mí era “catire”, durante el colegio “marico” quitó a catire del medio. De hecho, ya para cuando había egresado y estaba por empezar el liceo, había dejado de ser catire, ¿será que el amarillo de mi pelo era el artificio de la inocencia e ingenuidad de esa primera infancia? Cuando tenía cuatro, cinco y seis años ya sabía que los niños y las niñas se comportan diferente; también sabía que yo me comportaba más como una niña que como un niño, aunque no sabía bien por qué, y, sorprendentemente, no había entendido del todo que esa desviación en mi conducta era algo malo.


Cuando escribí la novela del mismo título: CATIRE, pude ver con detenimiento ese pasaje entre lo inocente del rubio y lo ordinario y apagado del cabello corto a lo militar que mi padre me obligaba a llevar. La novela empieza:


El catire. Así me dicen si no se saben mi nombre, porque mi pelo es amarillo, lisito, y tiene forma de hongo.


¿En forma de hongo? ¿Cabello amarillo y lisito? No, no. Qué va. Un varón no puede tener el cabello largo, y si yo lo tenía amarillo sería porque en medio de los genes trigueños de mi padre había alguno de catire, porque del lado materno son todos blancos y de pelo más castaño. Mi propio pelo hoy día es castaño oscuro, pero de que fui catire, fui catire, de eso no hay duda.


El padre del catire está harto de que cada vez que ve a su hijo —“una vez a la cuaresma”, como reza el dicho—, lo encuentre con aquel pelo que parece una peluca de lujo. Es por eso que se lo rapa:


A mí me encanta mi corte de cabello en forma de hongo, pero a quien no le encanta es a mi papá Néstor, y si voy a visitarlo, él saca su máquina de afeitar y me rapa, porque “ese sí es un corte de hombrecito”. Yo me pongo a llorar porque no quiero que me corten el cabello, y porque me da miedo que no me vuelva a crecer. O que no me crezca amarillo, y entonces sea un niño como los demás y no “el catire”.


A fuerza de rapar y rapar, a fuerza de hacerme hombre, mi cabello perdió su amarillo.


Pero, ¿qué insistencia en hacer de ese rasgo tanto show, no? ¿Por qué ser catire genera tanta bulla en Venezuela?


El catire parece importado de los Estados Unidos o de Europa. Frente a ese padre de piel morena y pelo negro, aquel muchacho parece robado a una pareja de turistas en Margarita. Mi padre siempre usó ese rasgo para llamar la atención de los demás hacia sí mismo, hacia su capacidad genética de —pese a tener una madre negra y de “pelo malo” y él ser trigueño— producir piel blanca y cabellos rubios:


— Ya vas a ver, dentro de unos añitos las jevas se te van a tirar encima. Y tú, que eres así todo catirito… ¡Vas a tener mucho éxito con las damas! Igual que tu padre. ¿O no, carajito?


...


(...)[mi papá Néstor]cada vez que me ve, me agarra el pipí y me dice:

— ¿Este pipí, para quién es? —Y yo tengo que decir:

— Para las mujeres… —Para que él se ponga contento(...)


Y es, precisamente, el que yo sea un “catirusio” lo que habrá de garantizarme el éxito con el sexo opuesto.


 

Breve exploración etimológica de catire


Ya hablé mucho del uso de la palabra, y, como buen curioso del lenguaje que uno termina siendo cuando trabaja con él, me puse a investigar ¿de dónde viene catire? Una palabra que sólo se escucha en Venezuela o en boca de venezolanos.


Para explicar el origen de esta palabra existen dos posturas: una que manifiesta que “catire” era una raza de caballo de crines rubias y pelo blanco que los españoles importaban desde algún lugar del norte de África. Se presume que los primeros esclavos en ser traídos a América eran revisados lo mismo que un caballo: pies, manos, dientes, etc. para asegurarse de que estuviesen en buen estado de salud. La teoría propone que, al referirse a los esclavos, y entre esclavistas, usaban una y otra vez la plabra “catire” durante estas inspecciones, de manera que con el tiempo los propios esclavos terminaron usándola para referirse a los esclavistas, pues era la palabra que más escuchaban de aquellos.


De esta primera teoría no hallé registro en ningún diccionario oficial, sino alguna información en sitios de intenet.


Una segunda propuesta etimológica sitúa a catire en la lengua Cumanagoto, perteneciente al grupo de las lenguas caribes. Estas lenguas incluyen el Chaima, el Mariche, el Guaiquerí, entre otras; están emparentadas, además, con otras extendidas lenguas indígenas en Venezuela: los idiomas Kariña, el Yukpa y el Pemón.


No hay que saber demasiado de lingüística ni conocer estas lenguas para saber que muchos sustantivos de la Venezuela de hoy son llamados a partir de voces indígenas: Guaicaipuro, Yaracuy, Maracay, y, por supuesto —ya lo encontrarán en el libro—, Caricuao:


Carlitos me abraza. Por eso yo hago todo lo que él me pide, porque él me ama como yo lo amo, y algún día voy a ser grande, y me voy a disfrazar de chica para poder estar con él, y voy a hacer como la mujer de la telenovela, me voy a escapar con él y no voy a volver más nunca a mi pueblo, o más bien, a Caricuao.


Volviendo a las teorías para catire, yo personalmente me inclino más por la segunda. Si bien no se puede comprobar del todo su uso atado a la figura de una persona blanca y rubia, no es la primera vez que una palabra del cumanagoto se ha vuelto ubicua en el vocabulario venezolano, y, “para muestra un botón”: arepa fue una adaptación posterior que hicieran los españoles del vocablo erepa usado por los cumanagotos para nombrar una preparación culinaria hecha a base de maíz, modelada en forma de disco y puesta a asar sobre alguna superficie (véase la entrada de la RAE al respecto).


En conclusión, si arepa logró salir de aquellos pasajes habitados por los Cumanagotos, en lo que hoy son los estados Sucre y Anzoátegui, no me caben dudas que catire habrá corrido la misma suerte, y, como tantas veces en la lengua y a través del habla, los significantes van mutando, y, sin saberlo, un vocablo que se ha usado para otra cosa, acaba asociándose a algo que no tenía mucho que ver con su significante original.

 


“Sembramos mango y salió parchita”


Quiero que el lector repita esta frase a cualquier persona fuera de Venezuela y que me haga llegar su respuesta, preferiblemente, en los comentarios del blog o Facebook o en persona. Es necesario que la persona a la que se le haga la trivia no sea venezolana. Tampoco cuentan quienes tengan pareja venezolana, pues los venezolanos solemos transmitir nuestros términos más exóticos para causar asombro y risa entre los neófitos. “Ni chicha ni limonada”; “más perdido que el hijo e’ Lidhberg”; “el que menos puja, puja una lombriz” son sólo algunos de los ejemplos de cosas que decimos y que pueden romperle el coco a cualquier gringo. Y no hace falta que sea gringo: mismo un colombiano quedaría “en cuatro bloques”, ¿se entiende?


Si uno siembra mango y le sale parchita eso significa que su hijo varón le salió homosexual, gay, pato, pargo... Significa que a su hijo “se le moja la canoa, que “bota la segunda”, que “se parte” o “se le parte”, en cuyo caso uno no quiere decir que el hijo de esa persona ha sufrido algún traumatismo, sino que mueve demasiado las muñecas, la cadera, el cuello, en fin, se mueve de más, y a veces unos movimientos de más pueden separar a los mangos de las parchitas.


Volvamos al cumanagoto. Parece que este pueblo tuvo un contacto importante con los colonizadores, pues el término parcha nos viene de esta lengua, para designar al fruto de la Passiflora edulis, más popularmente conocido como “fruta de la pasión” o “maracuyá”, este último un vástago del guaraní, y por tanto más usado en Argentina y en Brasil. Lo de la “pasión” no le viene porque sea considerada afrodisíaca, sino porque al encontrarla en su llegada a América, los colonizadores vieron en la flor una alegoría a la pasión de Cristo. Según Wikipedia: “(...)su estructura pentarradial recibió una interpretación teológica, con los cinco pétalos y cinco sépalos simbolizando a los diez apóstoles (doce, menos Judas Iscariote y Pedro), mientras que los cinco estambres representarían los cinco estigmas. Finalmente, los tres pistilos corresponderían a los clavos de la cruz(...)”.


Ahora bien, ¿qué tiene que ver el mango con la parchita? ¿Y la parchita con los gays? ¿Y el culo con las pestañas? Ajá. No lo sé. Nadie sabe cómo la fruta acabó siendo signo de gay, una cosa intercambiable por la otra. Es muy común que entre personas de habla más eufemística y menos vulgar digan que tal o cual es “parchita”, pues decir que “es marico”, si bien más directo, sigue siendo una grosería. Y los venezolanos tenemos groserías de sobra, cada una con su contraparte más eufemística y educada: no joda cambia a nojombre, coño cambia a coye, vaina cambia a broma, por nombrar algunos casos.


No fue hasta que la marca de refrescos HIT —muy popular por entonces, pues tenía refrescos de todos los sabores, incluídos los clásicos “manzanita” y “uvita”—, lanzó un comercial en el que tres muchachos adolescentes van a comprar refrescos a una panadería. Los dos primeros piden manzanita y uvita; el tercero, parchita. Al escuchar la palabra, el panadero, de espaldas hasta ese momento, se voltea ofendido y haciendo gala de una mariconería superlativa y caricaturizada —la típica representación de lo gay en los medios por entonces—, le asesta una bofetada al que osó en llamarle “parchita”.


Yo era muy pequeño, pero tenía la capacidad para entender a la perfección lo que había ocurrido en el comercial, sobre todo porque, si antes de ese comercial ya me llamaban parchita en el colegio, después de que el comercial apareciera en la televisión el chalequeo fue implacable.


Un nuevo vocablo se sumaba a las típicas palabras insultantes para llamarme de otro modo que no fuese mi nombre.


Recapitulemos: marico, pato, pargo, parchita, partío’, jeva, caga pa’ dentro, tragasables, culo abierto, tragaleche... Ahora no se me ocurren más, pero qué importa, tenemos suficiente y de sobra. Una para cada día de la semana. Todo lo posible para nunca llamarme por mi nombre. De haber sido el Caracciolo un internado, y no un colegio del cual salía cada día, quizás hubiese terminado por olvidar mi verdadero nombre. Marcos.


Encantadora fachada del colegio Caracciolo Parra León. Léase en el muro, a la derecha:  "Escuela recuperada...". Al fondo, el Conjunto Residencial San Antonio, donde vivía en casa de mi abuela Moncha
Encantadora fachada del colegio Caracciolo Parra León. Léase en el muro, a la derecha: "Escuela recuperada...". Al fondo, el Conjunto Residencial San Antonio, donde vivía en casa de mi abuela Moncha

(...)La gente dice que soy muy buen estudiante, muy “aplicado”, pero lo que más me dicen, sobre todo mis compañeros, es marico.

La primera vez que me dijeron marico fue en primer grado, yo no sabía lo que significaba, pero igual me molesté porque el otro niño era muy malo conmigo, le metí un dedo en el ojo y se fue llorando, así que yo gané la pelea. Otro día vino otro niño, me dijo marico también, y yo me saqué el zapato, le pegué duro en la cabeza y también se fue llorando.

Pero cuando empecé segundo grado, conocí a Yeferson, un niño flaquito, que siempre lleva el uniforme sucio y desayuna una arepa finita, sola y sin mantequilla. Yeferson se la agarró conmigo, todos los días me somete contra una esquina y me amenaza con entrarme a coñazos por ser marico.


Ese Yeferson era mi pan de cada día, de 2° a 6° grado, hasta que un día casi le asesto un coñazo con la pata rota de un pupitre que tenía una punta bien afilada. La maestra me paró, pero algo habrá visto en mis ojos el —inserte la primera grosería que se le venga a la mente— ese, porque después de eso se calmó un poco conmigo.

 

Catire: icono estético y fetiche racial


Como hemos visto, cuando uno quiere insultar a alguien no es necesario ensuciarse la boca con vocablos tan vulgares que terminen por hacerlo quedar a usted como el marginal —a menos, claro, que usted sea un marginal, y además quiera demostrarlo.


La parte buena es que, así como hay amplitud y riqueza para nombrar lo feo, lo malo y lo abyecto, también hay palabras que brillan como perlas regadas en una playa de Nueva Esparta: catire es una de ellas, y una de mis favoritas, pues porta no sólo un significado que describe el físico de una persona (su piel blanca y cabellos rubios), sino que al mismo tiempo es un halago, resalta la belleza de su portador o portadora; tiene un aire foráneo, y al mismo tiempo, completamente autóctono.


Porque el catire no es ni blanco criollo ni gringo, sino algo distinto, y fue en esa distinción donde quizás, en medio del eco de voces diciendo “marico”, ahí estuvo “catire”, para recordarme que había algo diferente en mí, algo bello, exótico y angelical.


Pitu me carga, atrás, mi tío José Gregorio
Pitu me carga, atrás, mi tío José Gregorio

FIN

 

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Otros proyectos se siguen cociendo a fuego lento, que es como mejor salen los guisos. Para enterarte de todo, sígueme en IG @marcoscordobavega y en facebook donde además de escribir, dibujo.


Hasta el próximo post.

Marcos Cordoba

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