M de Marico
- Marcos Cordoba

- 15 jul
- 17 Min. de lectura
Actualizado: 21 ago
A continuación, un pastiche de cosas sueltas que he escrito en torno a ser marico en general, y mi experiencia particular como marico certificado (Usted puede confiar en el testimonio de un marico real. Dígale no a la piratería).
Pirmera Parte:
Come caga vive ama
Cuando se habla de relaciones gays, la gente heterosexual, y los gays que quieren hacerse los políticamente correctos —sobre todo si hablan delante de un grupo de heterosexuales—, hablan sólo de las cosas bellas de amar a alguien de tu mismo sexo. Siempre utilizan la palabra amor, como si esa fuese la única cosa que vincula a dos hombres o dos mujeres entre sí —no el cachondeo, la berraquera—. Como si con los heterosexuales fuese totalmente distinto: el hombre propone y la mujer dispone, ergo: el varón es un cogedor histérico que enamora a la dama con la única intención de acceder a su coochie, mientras que la señorita concede el tesoro entre sus piernas. Pétalos de rosas rojas y velas aromáticas para engalanar la faena del coito. El hombre acaba, y se acabó. Pero la mujer no, la mujer se entregó. ¿Acaso ella quería ser follada hasta perder el aliento sin ningún otro interés más que quedar bien ancha? Por supuesto que no, ella era apasionada, romántica —¿y ultimadamente asexual deberíamos decir? Su deseo sólo motivado por la promesa de un ulterior romance—. Las mujeres a veces hacen este absurdo paralelismo entre ellas y los hombres homosexuales. A veces dicen: ustedes son más tiernos. A veces dicen: ustedes son más libres. No, señoras. Ni más ni menos. O ambas inclusive: somos perras sedientas de semen... perras románticas y tiernas, eso sí.
Por algo nos dicen, y entre nosotros también nos decimos: locas. Estamos locas, actuamos como tal. Pero nadie habla de esto: la suciedad del sexo anal —así como tampoco se habla de la suciedad del sexo vaginal, ¿no? el queef, la menstruación, los hongos vaginales, los olores fuertes, fétidos y de carácter que sólo las vaginas son capaces de cultivar—. Nadie habla de la mierda con la que siempre se tiene que lidiar, como una amenaza, como una promesa. La ausencia de mierda en el culo de alguien es siempre buen augurio: en primer lugsr, esa persona es considerada, porque se preocupó por estar bien "aseado” antes del encuentro. Se usan palabras como aseado e higiénico, para describir a alguien que no tiene mierda en su culo, como si lavarse dentro del culo fuese como cepillarse los dientes, como si la caca no bajara por nuestro cuerpo y ya, como si pudiésemos controlarla siempre. Hasta hace poco yo era un desastre anal, siempre cagaba a la persona con la que me acostaba, siempre estaba manchando todo con mierda, me daba fastidio hacerme enemas y mi digestión era caótica, siempre había más y más mierda adentro. Aún así había gente encantada de cogerme.
Cuando estuve hospitalizado y dopado con la anestesia, soñé que era muy obeso, y estaba con un marido, muy obeso también, y teníamos un hijo adoptivo. Éramos como esas parejas que los documentales de National Geographic y Discovery Chanel hacían pasar por freaks en sus programas de mediados de los 2000: La vida de una pareja de homosexuales con obesidad mórbida (y su hijo adoptivo). Nuestro hobbie era sacarnos la mierda del culo y comérnosla como en un banquete, y hacíamos recetas y pasteles con mierda, que en el sueño parecía que sabía a Nutella. Le dábamos de comer a nuestro hijo, que de paso también era gordito. Luego unos amigos asesinos se enteraron de lo que hacíamos y me asesinaron. Cuando mi mamá fue llorando a preguntarle a Génesis por qué me habían matado, ella puso uno de nuestros pasteles de mierda en la mesa y dijo “mira, esto es lo que hacía tu hijo”.
Es increíble la droga que usan para mantenerlo a uno dormido durante la intubación. Creo que es, o tiene, fentanilo. Todo el concepto del sueño me fascina, y encuentro difícil llegar a una idea tan compleja y retorcida en sobriedad. Creo que fue mi subconsciente, ese que me decía que la mierda siempre iba a estar ahí, que nunca iba a poder ser el marico que quería ser, porque siempre habría mierda dentro de mi cuerpo.
No, los gays no nos amamos más entre nosotros de lo que un varón hetero ama a su pareja mujer. Ah, y tampoco somos más promiscuos que los heterosexuales, no no no. Lo que somos es bocones, hablamos de más porque la verguenza de ser un hombre promiscuo no se compara con la humillación de ser mujer y ser considerada puta. Ahora bien, ¿y los varones heterosexuales? Ellos son mujeriegos. No "putos", ni "promiscuos". Ser mujeriego es chévere, y todo. Un mujeriego es un tipo galán, divertido, labioso; probablemente tenga algo de dinero, y unos cuantos hijos regados. Pero de ninguna manera es algo humillante ser mujeriego. Si eres mujer y te cogió un mujeriego la cosa queda así: esa era la naturleza de él, y tú eres una puta, por no resistirte. ¿Cómo queda la cosa cuando el mujeriego se coge al marico del barrio? Todos voltean para otro lado. Aquello no tiene nombre, es como ver a un perro metérselo a una cabra. A veces pasa, c'est la vie.
Pero volvamos a nosotros los maricos, los promiscuos. Mi tío José Gregorio tenía esta forma de reprenderme, yo acababa de salir del clóset, tenía 12 años y todos estaban alarmados porque tendría SIDA, me drogaría, montaría una peluquería y oh Dios, cuántas cosas horribles más. Mi tío José Gegorio me decía:
— ¿Acaso quieres ser como todos esos derrapados?
Él quería decir depravados, por supuesto, pero yo entendía, y nunca lo corregí. Lo cierto es que mi tío tenía toda la razón: no sólo me depravé, sino que también me derrapé, por los caminos de la mariconería. O como diría mi querida María, mamá de Daniel: "me espepité".
Volvamos al tópico. Los maricos podemos ser tan miserables como cualquier ser humano. Veamos el siguiente caso:
Tuve este novio que estaba mal de la cabeza, a veces se enfurecía y me decía “hiciste algo malo, pero no sé qué fue”, y yo tenía que hacer todas esas cosas que uno hace cuando le ha hecho algo malo a su pareja, y quiere que lo perdonen, pero sin saber qué había hecho mal. Yo era muy joven, acababa de cumplir 20 años —él estaba a punto de cumplir 30, como yo hoy día—, y por la forma en la que veo el mundo ahora creo que puedo describir la forma en la que él miraba de la siguiente manera:
Hay algo de infantilizar al chico con el que estás, si él es mucho menor que tú. Que tenga por ejemplo 17, 19 años. Entonces el erastés se comporta no sólo como un padre, si no como un mentor, un maestro que va a enseñarle al muchacho todas las cosas que necesita saber de la vida, cosas que él aprendió por experiencia y errores que espera que el erómeno no cometa. Se vuelve obsesivo, controlador, y trata al muchacho como un buen juguete sexual. El muchacho joven no sabe lo que piensa el mayor, lo que siente cuando toca su piel todavía rosada de pubertad, cuando ve su cara de pocos años sonreír sus primeras sonrisas enamoradas y libidinosas, gemir sus primeros gemidos. Solo podrá entenderlo después, cuando él mismo sea mayor, y es por esa ignorancia, por esa incapacidad para verse a sí mismo como lo ven los hombres grandes, que se mantiene atado a esas pasiones.
Aunque pueda estar con otros muchachos de su edad, y aunque en efecto llegue a estar en la cama con ellos, sólo podrá percibir la asimetría con el mayor, la tersura de su piel sólo podrá verse exacerbada al contacto con la piel mustia y gastada del hombre mayor, ese que busca domesticar su estado de naturaleza ordinario, limar sus asperezas vestigiales de niño salvaje, y convertirlo en el muñeco perfecto de su fetichismo.

¿Cómo no disfrutar ser un fetiche? Ser adorado, volver loco a otras personas. Otro muchacho como él opacaría su encanto. Uno más grande, en cambio, jamás podría igualarlo.
Fin de la primera parte.
Segunda Parte
Somos dos corazoncitos rotos que bailan y se buscan. Yo soy corazoncito uno, y tú corazoncito dos. ¿O prefieres ser tú el corazoncito uno? Yo no tengo problema en ser el corazoncito dos, en serio.
A continuación, un relato que algún día será novela. Le siento una onda medio Puig, y me encanta.
Está intercalado por algunos comentarios y frases sueltas.
Había abrazado la esperanza de tenerte otra vez conmigo y que nos pudiésemos abrazar.
No, nunca hablé personalmente con Patricita Comenich. Tampoco miré nunca a la cara a Patricita Comenich, ni le abrí la puerta del carro para que se subiera o se bajara. Aunque nunca estuvimos cerca el uno del otro, puedo decir que sentía a Patricita en cada paso que daba, sí, como la canción de The Police. Mi mente la pensaba sin que yo pudiera controlarlo, y me empecé a creer que ella y yo éramos parte de la misma cosa, de un mismo afecto, de una misma vida partida en dos mitades. A las tardes siempre llegaba a casa y antes de abrir el licor, besaba su foto en la mesa del recibidor. Hacía lo mismo antes de dormir, y Patricita me devolvía el beso, multiplicado por sus labios enormes y expresivos. Fue hacia el principo del último invierno que las cosas se complicaron: yo había estacionado y estaba a punto de salir del carro cuando una sombra se posó sobre el capó: y ahí estaba ella, enfundada en su trajecito de gamuza negro, jugueteándo con su cabello. “Ven, Arístides”, me decía, “te estuve esperando”. ¿Y qué podía hacer yo? ¿Qué otra cosa puede hacer un hombre en una situación como esa? Inmediatamente después de bajarme del auto y extenderle mi mano, el fantasma de Patricita Comenich se esfumó. Al día siguiente, me enteré por la prensa de su asesinato. Dijeron que el asesino vestía zapatos negros brillantes y un ridiculo chaleco fucsia. Mi chaleco sigue colgado en el mismo lugar en el que lo dejé hace unas semanas. Patricita nunca más volvió para visitarme.
¿Es que no tengo ideas que escribir?
No, no es eso
Lo que no tengo es la voluntad de organizarme y sentarme a escribir. Si pudiese cumplir con un tiempo para escribir, no tendría ningún problema cuando me siento a hacerlo, porque siempre estaría trabajando en algo nuevo.
Yo amaba mucho a mis padres, señor, ¿sabe? Ellos me enseñaron a vivir, así como vivo ahora, así como llevo mi vida ahora, a vivir feliz, a ser alguien. Mis padres me enseñaron a ser gente. Por eso cuando los encontré ahí, cuando los encontré yo no sé... No sé por qué hice lo que hice.
Cuando se estrenó Diarios de Rossana, yo tenía cinco años. Recuerdo que esa noche mi mamá estaba rellenando las arepas y ya había puesto el café con leche en la mesa, mi papá aún no llegaba del trabajo, como de costumbre. Mi hermana Rebeca también estaba ahí, ansiosa por ver de qué se trataba la nueva telenovela, llevábamos viendo los adelantos hacía más de un mes, en las propagandas que se mezclaban con los últimos capítulos de la telenovela que había terminado hacía una semana. ¿Qué íbamos a hacer con tanto tiempo libre? ¿Cómo íbamos a soportar la cena sin ver una telenovela mientras tanto? Por eso esperábamos Diarios de Rossana como ninguna otra cosa esa semana.
En el primer capítulo, vemos a una pareja muy joven de clase alta que acaba de tener una bebé. La niña ha nacido prematura y no creen que sobreviva, durante los primeros minutos del capítulo se ve a los padres y la familia llorando, y médicos y enfermeras que van y vienen. Cuando piensan que ya la niña no puede vivir, un cura se aparece para darle la extrema unción, y ahí le dice a los padres que si creen en Dios y tienen fe, pueden salvar a su hija, y que si se la encomiendan a la vida religiosa, casi seguro que vivirá. El cura se va y cuando se queda sola la mamá con la niña, se la lleva a escondidas a la capilla, ahí reza una oración y siente que la bebé deja de respirar. Pero se desata una tormenta apocalíptica, y cae un rayo directo sobre el hospital, y la cruz de la capilla se enciende en fuego, y la niña se pone a llorar, entonces la mamá entiende que Dios le ha concedido el milagro y que ahora ella tiene que hacer su parte. Esa misma noche la mamá llama al cura y le da a la niña envuelta en unos trapos, y se fuga del hospital y le dice a su marido que la bebé ha muerto y que no soportaba tanto dolor, y que ha tenido que dejar su cuerpo en la morgue, y que se encargarán de hacer el velorio de la bebé sin el cuerpo.
Así empieza la telenovela que dejó cautivados a todos durante casi tres años, a través de los cuales Rossana, la bebé en cuestión, crece para convertirse en una hermosa novicia que es constantemente tentada por las pasiones de la carne, pretendida por una larga lista de hombres en los que figuran estancieros acaudalados y políticos de influencia. Lo que más cautivaba al público era que Rossana no tenía un amor imposible con el primer hombre que la chocaba en su carro, como en la mayoría de las telenovelas. Ella realmente no parecía estar interesada en ninguno, y descubre que para salvar el convento tiene que hacerse pasar por cura, y así transcurre el segundo año de transmisión. En el tercer año, ya incapaz de seguirse ocultando, Rosana viaja al Vaticano y pide una audiencia con el papa, donde revela su identidad y es excomulgada. Cuando vuelve a su ciudad natal, es recibida por dos ancianos: sus padres, que le confiesan la verdad acerca de su origen, y le legan la fortuna de sus negocios y empresas, para luego morir trágicamente en un accidente de auto. Rossana utiliza el dinero de sus padres para financiar su propia escuela de religiosas y se covierte así en la madre superiora.
Al final de la novela, se supone que Rossana tiene unos treinta años. Cuando apareció Patricita Comenich haciendo de Rossana, ahí supe que nunca más podría mirar a las mujeres de la misma manera: aquellos ojos achinados y el pelo negro de ébano me dejaron completemente obnubilado. Los tres años que duró Diarios de Rossana me los pasé en vela, obsesionado con lo que iba a pasar el día siguiente. Desde mis cinco hasta mis ocho años, sólo podía pensar en una cosa: en Patricita. Esa fue la telenovela que la catapultó, y después no paró de hacer producciones en cuanto canal de telvisión le ofrecieran, a veces para el extranjero, aparecía en revistas, dando entrevistas en los noticieros, y fue varias veces portada de la revista Pose, que era la más leída por ese momento. Las niñas querían ser como ella, y los varones teníamos una fotico suya recortada del periódico y metida en la cartera. Bueno, yo tenía más que un recorte metido en la cartera...
Para mi cumpleaños número diez, le pedí a mis padres que me regalaran el último número de la revista Pose, en el que Patricita daba una entrevista acerca de su última aparición en la novela Salvaje, en la que hacía de compañera de celda de la protagonista —que había sido acusada de asesinar a su suegra—. La entrevista venía acompañada de fotos inéditas con su nuevo look: pelo corto de color oscuro, sombra oscura en los ojos y labial marrón con brillo. Mi padre me reprendió y me dijo que pedir eso de cumpleaños era una mariconada, y que ahora no me iba a dar ni eso ni ninguna otra cosa. Mi madre me estampó una soberana cachetada, y entonces entendí, aún muy pequeño, que para admirar a una mujer, un chico tiene que pararse desde cierta distancia, y jamás cruzarla, y que había una línea muy delgada que separaba la admiración hacia una actriz de telenovela y la mariconería que representaba el querer ser como ella.

¿Alguien que no me conozca lee este blog realmente por interés y no por el compromiso de leer lo que escribió un amigo que escribe muy bonito? Si es así, comente usted abajo: ¿qué le parece la historia con la Patricita Comenich? A veces me da miedo que me roben las ideas, publico esto porque ya estoy trabajando en otra cosa más larga. Falta mucho para ponerme con la Patricita.
Fin de la segunda parte.
Tercera Parte:
No queda mucha esperanza, esto es lo que te digo: huye lo más lejos que puedas, escóndete en el Amazonas y crea una nueva civilización.
Sería maravilloso poder masturbarse con los recuerdos, como quien se masturba con una película porno. El porno es francamente aburrido y estúpido. Y los maricos promisccuos, y las mujeres putas, y los varones mujeriegos que digan que algún encuentro sexual fue bueno sólo porque el pipí o la totona o el culito o las tetas de su pareja eran increíbles y sólo por eso... pues, ellos también me parecen un club de miserables.
El verdadero placer es la situación, el mise en place. El porno lo sabe: la maestra, la enfermera, el papá —o el Papa, ¿por qué no?—, el cura, el hermano, el tío, el bombero, la colegiala, la niña con el chupetín... y últimamente una serie de situaciones que francamente no entiendo: el perro, el bebé, el globo, el zorro el hipopótamo y la lagartija... (muchas de estas aberraciones son hetero eróticas, después no digan que sólo los maricos somos unos derrapados).
Cuando me empecé a desarrollar quería pe i jota a. Desesperadamente.
A los dieciocho años, yo era un fosforito. Si te me acercabas con una idea picante me la comía entera aunque me quedara llorando. Mi amiga Yoselin me lo dijo una vez mientras me bañaba una madrugada: el que se acuesta con carajitos amanece cagao'. Yoselin me estaba bañando porque yo me había bebido casi media botella de un vodka muy barato llamado Glacial —que, por lo menos en aquellas épocas en Caracas era muy popular entre los liceístas y adolescentes alcohólicos— y me vomité encima, y de paso le vomité los muebles de la casa.
Y si tendría razón mi amiga, que también me cagué encima, y así lleno de pupú y vómito me metió en la regadera y me bañó como pudo. Al día siguiente pude saber lo que significaba la palabra impunidad: nunca tuve que lavar nada, ni siquiera la propia ropa vomitada que tenía, me volví a mi casa con ropa prestada, dolor de cabeza y una sonrisa.
A los dieciocho años me enamoraba tres o cuatro veces por año. Entre los catorce y los veinte era así: de noviembre a enero un amor, de febrero a mayo, otro amor; de junio a octubre otro amor. Entre octubre y noviembre solía transcurrir un tiempo en el que no estaba enamorado de nadie, me sentía autosuficiente, estable, independiente. Después me acostaba con alguno y volvía a ser el mocoso de siempre: necesitado y trastornado.
Mis relaciones nunca terminaban bien. A los quince me enamoraba de hombres diez años más que yo, y cuando era correspondido terminaba en una relación con uno de esos tipos en sus veintes que siente que ya sabe todo sobre la vida y tiene que enseñarle algo a alguien. Todos me querían enseñar, y yo siempre fui tan sumiso, que siempre quise aprender, siempre deseé que ellos me guiaran, porque yo no tenía ni puta idea de cómo vivir la vida. Pensemos que ellos tenían 25 o 26, al menos para mí eran personas adultas. Yo tendría unos 15, apenas un púber.
Me gustaba coger. Por dios, ¿te acuerdas de Sandy? Qué maravilla. Una tarde salí del liceo y fui a su casa, llegué con el uniforme puesto, y era azul, no beige. Tuvimos el juego previo más divino que había tenido hasta ese momento. Lo que más recuerdo es la música, porque él puso Sade, y a mí me sonaba conocida pero no sabía quién era. Era como si Sade estuviese ahí en el cuarto, en miniatura, puesta en una esquinita dando un concierto sólo para nosotros. Había una lámpara que no nos dejaba ver mucho, pero sí lo suficiente. No me importaba mucho ver, en ese momento era todo acerca de sentir la piel, de chupar. Nos besamos mucho, él había puesto incienso a quemar. No estábamos en la cama, que era individual, si no en un colchón en el piso, y nos podíamos sentar apoyados en la cama. Su cuarto era paupérrimo y diminuto. Sandy vivía alquilado en un apartamento de tres habitaciones en El Marqués, vivía con otros amigos a quienes nunca vi, nunca salimos de su cuarto.
Ese día yo esperaba que Sandy me garchase. Fue grande mi sorpresa y aún más mi excitación, cuando aquél hombre —¿qué tendría, treinta y pico?—, se tumbó en el suelo, alzó las piernas y me pidió que fuese yo el que lo pum pum pum.
Después de esa tarde fui a ver a Sandy con frecuencia, siempre cogimos estelarmente, pero nunca tan bueno como la primera vez. Exactamente como diría Sade:
Is never
As Good as the first time
Siempre pienso en esa canción cuando follo muy bien con alguien por primera vez. Nunca es tan bueno como la primera vez. Es hermoso porque es riquísima la primera vez. Es triste porque ninguna próxima vez podrá superar aquella.
— ¿De verdad te llamas Sandy?
— Sandy Rodney.
— ¿Y por qué tu mamá te puso ese nombre?
— Por un jugador de béisbol estadounidense —se para y se acerca al clóset, de en medio de unos potes de desodorante saca una barajita—. Mira, es este —la barajita muestra a un hombre joven, rubio, que está a punto de batear. Sandy imita la pose del bateador— ¿me parezco él? —Toni finge estar impresionado y le agarra los bíceps, están duros. A pesar de no ser nada parecido al beisbolista, Sandy le parece un galán, un muñequito de torta de esos de telenovela, pero no el del protagónico que es siempre soso, sino el secundario, el que hace de perro mujeriego con pelo en el pecho.
— Sí, eres igualito ¿estás seguro de que tu mamá no habrá tenido un hijo con ese Sandy en vez de tu papá? —Toni se ríe, burlándose un poco y otro poco coqueteando.
— ¡Seh! Seguro —y riéndose, un poco seduciendo, Sandy agarra a Toni por la cintura, ponte la punta de su nariz justito en la suya, lo mira fijamente—. ¿Y a ti? ¿por qué te pusieron Toni? —ahora los dos están respirando el mismo aire, ahí, sin ninguna distancia entre ellos. Las manos de Sandy en la cintura aprietan más y más, lo deja cada vez más cerca.
— No me llamo Toni, ese es un apodo —las pelvis están una encima de la otra, sólo las pelvis, el resto del cuerpo no.
— ¿Y cómo te llamas tú, entonces?
— Anto… —la lengua del otro se le mete, le chupa el nombre. Ahora está casi todo el cuerpo encima del otro, excepto por la pelvis, que está levantada. La mano de Sandy le aprieta las nalgas, haciéndole masajitos con los pulgares.
Nota hecha durante esta escritura: L siempre quiere estar comunicándose. No quiero comunicarme siempre. A veces quiero descomunicarme, y meterme aquí y escribir, simplemente eso, hablar conmigo y ya. Tengo mucho que escribir.
Fin de la tercera parte

Epílogo:
Una manzana. Muy dulcita, muy firme. Tiene mucho sabor.
No puedo describir en una palabra lo que él, L, significa para mí, no sólo por la inexistencia de una palabra que encapsule ese significado, sino porque dentro de ese significado hay contradicciones que una sola palabra ignoraría.
Por ejemplo, amo hablar con él, siempre es capaz de seguir el hilo de cualquier tema que yo proponga, y nos podemos pasar horas charlando y desarrollando cualquier tema, y siempre es exquisito escuchar su opinión y dejar que se vaya por sus propias ramas.
Pero es parte de su esencia contradecir lo que en un principio yo había dicho, incluso contradecir cosas que él mismo agregó durante la charla. Le fascina sustituir una palabra por otra con un significado idéntico, entonces, si dice que algo le parece “aburrido”, luego se corregirá y dirá: "no, no es aburrido, es poco interesante”. Este sistema aplica para casi cualquier descripción de un objeto o situación. Detesto esa puta costumbre que tiene. Pero a la vez, es una de las cosas que hace que él sea él. Y yo lo amo a él, ¿entonces? ¡Mierda!
A Shakira le pasó lo mismo, se enamoró de un argentino y le dedicó uno de los temas más lindos de amor: Si yo te digo ¿cómo dices? Tú aún dices ¿qué decís? Obvio que aquello no duró demasiado, ellos no entienden lo que es que una mujer te dedique algo así, que te vaya de frente, romántica y desnuda. Ahora, si el tema dice: tengo que confesar que a veces, no me gusta tu forma de ser, como el de Julieta Venegas, ahí se casa con el hombre y se va vvir a Buenos Aires. Ellos son así. ¿Por qué hacerlo por las buenas si te la puede poner difícil? Los obstáculos y las dificultades para satisfacer el deseo sólo consiguen exacerbarlo. Ellos aman el psicoanálisis, tiene sentido.
A las personas hay que amarlas tal y como son, sean Julietas Venegas, Shakiras, Sandys, L´s o Patricitas Comenichs. Pero, ¿se ama usted a usted mismo? ¿Se cogería usted a usted mismo si pudiese clonarse y sólo pudiese acostarse con su clon? ¿Se propondría matrimonio? ¿Se chuparía usted su propia pinchila si se encontrase a su clon haciendo cruising en el monte?
El cielo: azul
La mariposa: naranja
La trinitaria: fucsia
La hoja: verde
La sonrisa: negra
La alegría: amarilla
Yo: transparente

FIN
Por supuesto que puedes apoyarme. Puedes dejarme unos churupitos pal' guayoyo en el siguiente botón:



Compartis fragmentos de tu propia essencia, en cada uno se puede percibir esa fuerza, esa respiracion, colores de los mas claros hasta enseguecer a los mas profundos y duros donde se puede dejar uno caer en la mas profundas de las oscuridades.
Cada historia narrada es parte real de tu expreriencia, y me identifico con laas mias tambien, me facina tu escritura cruda, burlesca, calida y nostalgica Marcos.
Y me dieron gans de conocer a esa tal Patricia de la que sentias tanta pero tanta admiracion.
Segui esribiendo siempre y enlaza a tus miedos y que te lleven como cuervos negros sobre colinas doradas