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La escritura es artesanía

El siguiente ensayo está dividido en tres entregas que iré publicando en el blog. La primera entrega contiene dos partes: El espíritu del lenguaje, y El lenguaje animal.


En la segunda entrega, me dedico a desarrollar el núcleo del ensayo: el por qué el lenguaje —especialmente el escrito— es artesanía, y nunca podrá abandonar esa naturaleza primaria; por más que sea adornado con tecnología, o pretenda ser manufacturado a la moda capitalista, para ser vendido como mercancía.


En una tercera entrega, me dedico a las capacidades lúdicas y telepáticas del lenguaje, volviendo al concepto espiritual del lenguaje que abordaré ahora, en la primera parte.


Es un ensayo informal, escrito desde los sentidos: los físicos, y los extracorpóreos —como la intuición, y la empatía—. El lenguaje nos ha sacado de la caverna, y ahora parece que es la imagen la que nos empuja de vuelta adentro. Apaga las notificaciones, y dedícale un momento a las palabras. Sólo las palabras.



El espíritu del lenguaje


La construcción de la Torre de Babel (1570), de Jacob Grimmer
La construcción de la Torre de Babel (1570), de Jacob Grimmer


La Torre de Babel había sido exitosamente construida, sin interrupciones de ningún Dios celoso de sus dominios celestiales. Cuando llegaron al cielo, los humanos no encontraron a Yaveh por ninguna parte. Decepcionados, algunos descendieron por los innumerables escalones de la Torre, y volvieron a la vida terrestre del horizonte.


Muchos otros permanecieron habitándola. Después de siglos de construcción, la Torre se había convertido en una gran urbe, con casas, parques, establos, caballerizas; y tierras de siembra y cosecha, en jardines y viveros colgantes. Desde lo alto de la Torre, el agua que se condensaba en las nubes, caía como lluvia en sus niveles superiores. A través de complejos sistemas de tuberías, construidos en la piedra tallada, el agua se repartía con eficacia hacia sus pies.


Aquellos que permanecieron en Babel no conocieron límites a la construcción de la Torre, empresa en la que los pueblos humanos, descendientes de Noé después del diluvio, habían dedicado todos sus esfuerzos. Construir se había vuelto parte de la naturaleza de aquel pueblo, tan natural como habían sido las grandes migraciones y desplazamientos para los viejos hombres y mujeres que habían poblado el mundo, arrasado por la lluvia. Tan natural como había sido construir un arca, para salvarlos a todos del Diluvio.


A medida que la torre perforaba el cielo, traspasaba las nubes y se acercaba a la estratósfera, las nuevas generaciones humanas, nacidas en las alturas y lejos del suelo terrestre, sólo conocieron la visión de un cielo cyan sobre ellos, y una alfombra de nubes blancas bajo sus pies.  Nunca supieron del polvo. Nunca supieron de la simiente, brotada entre la argamasa de estiércol y hoja podrida. Nunca supieron de las rocas ni de las montañas que las habían parido. Los humanos de Babel vivieron más allá de la altura de las montañas, y hasta el pájaro más temerario era apenas una idea, relatada por las voces que vivían allá, lejos de sus pies, donde el suelo que sostenía sus pisadas se estiraba en escalones infinitamente extensos. Aquellas historias sonaban como venidas de otras dimensiones. Los nuevos humanos de Babel no conocían más que la verdad de la piedra, apoyada una en otra y en otra. La piedra, venida de abajo, porque en lugar de vegetación, en Babel crecía la roca, minada en ningún lugar, que llevaba a la civilización hacia el más allá.


Los babilonios hablaban entonces otra lengua, diferente a la que hablaban los que habitaban a sus pies. Y los que habitaban a los pies de aquellos, también hablaban otra lengua. Y debajo de estos, otras lenguas eran habladas, por los innumerables pueblos, que se creía, habitaban en lo profundo de aquel mundo, cuyos límites eran estrechos, y eran sólo aire y vacío. Y con cada generación de piedra, la Torre se enlongaba, além de la Tierra. Su pico se había hincado en el límite último habitable por los humanos, y se apoyaba en aquel borde, gaseoso y tenso, como la carne de un pulmón.


Y los hombres y las mujeres de além de Babel, aquellos que ya no conocían su origen, aquellos que no entendían de arena, ni de mar, ni de ríos, ni de vientos. Los humanos de la Babel celestial, fueron perdiendo su humanidad, así como alguna vez habían perdido la capacidad para desplazarse sobre la Tierra, o de nadar en el mar. Sus cuerpos se adaptaron, generación tras generación, a la vida estratosférica, y atravesando los límites de la Tierra, se fueron desprendiendo de su peso, de su masa. Y las raíces de la Torre, hincándose abnegadas en el suelo acogedor del planeta, se fueron engrosando a medida que otros pueblos prosperaron cerca del árbol y la lombriz; la Torre, que abajo corpulenta y arriba espigaba, fue perdiendo su forma sólida, su forma grave en las alturas, y fue adoptando excéntricas maneras, a medida que los babelianos se hacían con los asteroides, y capturaban escoria celestial, materia oscura, y con ella amalgamaban los nuevos ladrillos de lo que jamás volvería a ser una torre.


Babel se estiró hasta quedar en el concepto. Materia había dejado de ser, aunque sus habitantes eran de la mismas células que aquellos que con mazas y picos, habían transportado la roca hasta el desierto y habían comenzado a apilarla, milenios, millones de años atrás.


Los babilonios de la Tierra hablaban el lenguaje de la voz, el lenguaje del sonido, aquel de usaba algo llamado la palabra, para referirse a lo que vemos, tocamos, oímos, olemos, saboreamos; y también a aquello que pensamos y sentimos dentro nuestro, sin usar los sentidos. Los babelianos celestiales no dependían ya de aquel arcaico lenguaje, que precisaba de asociar una cosa con otra, encadenando significados, imágenes entre sí, para crear nuevas ideas. Los nuevos babilonios sentían y entendían, y más nunca precisaron de modificar la forma de sus discursos, y... ¿y Yaveh?

 


La idea de una Torre de Babel “acabada” se me ocurrió en el bus. Estaba atravesando Itaguassú, uno de los barrios más humildes de la Isla, repleto de iglesias evangélicas. Cualquiera que haya visitado Brasil conoce la situación con las iglesias evangélicas en el país: están en la política, en la televisión, en las calles, y en edificios tan grandes que podrían ser perfectamente palacios o centros comerciales.


"Templo de Salomão", en Río de Janeiro
"Templo de Salomão", en Río de Janeiro

Recuerdo ser niño, en Caracas, y prender el televisor después de la madrugada. Estaban los canales de soft porn en la TV por cable, pero si no tenías el privilegio de tener un vecino con Supercable, y poder robárselo, tenías que conformarte con arrumar la antenita de tu televisor culón —porque los pantalla plana apenas empezaban a aparecer, y eran carísimos— para sintonizar alguno de los canales de la televisión nacional. Entonces la imagen era la de algún hombre joven, quizás de la edad que yo tengo ahora, o en sus veinte, muy mal vestido, con pantalones y camisa muy grandes, ajustados con un cinturón debajo de una barriga prominente. Todos eran morenos y calvos. Pero el rasgo distintivo de los predicadores era su español con acento brasileño. Toda mi generación, y las anteriores a la mía, y lo más seguro, las generaciones más pobres posteriores a la mía, los recordamos diciendo: ¡PARE DE SUFRIR!


¿Qué hubiese necesitado usted, señora Zaida, para dejar de sufrir? ¿Rezar? ¿No matar, ni robar, e ir a misa? No, Zaida, no sea idiota.


— Hermanos y hermanas. Aquí tenemos un líquido bendecido, un líquido muy especial. Son, nada más y nada menos, que las lágrimas derramadas por Jesús en sus últimas horas de crucifixión.¡Alabado sea! Por el precio de 20 bolívares, usted podrá sanarse de todos sus males. Escuchemos los testimonios:

— Hola, mi nombre es Zaida. Yo estaba en una situación bien complicada, la verdad, me habían diagnosticado con lupus y artritis reumatoide. Sufría unos dolores insoportables en los riñones. No podía ni dormir.

— Hasta que... —el predicador la apura.

— Hasta que bueno, compre aquí las lágrimas de Cristo que eso fue que vine aquí con el pastor Nunes y ahí él me las aplicó y ya ese mismo día dormí mis ocho horas. Un mes después fui al médico y me dijo que mis resultados se habían traspapelado con los de otra paciente y que no estaba enferma ni nada y ahí dije: ¡Dios es grande! —Zaida llora— Dios es grande.

— ¡Alabado sea Cristo en el nombre de Dios las lágrimas de Cristo por 20 bolívares llame ya y PARE DE SUFRIR!

 


Todas las noches lo transmitían después del noticiero. Imitar el acento de los evangélicos brasileños era un chiste recurrente en casa, aunque la Iglesia Universal no fuese algo que, como en Brasil, se encontrase al salir a la esquina. En Itaguassú hay muchas iglesias, tan sólo por el recorrido que hace el bus, deben ser unas seis, por lo menos. Las que se ven. Quién sabe cuántas habrá metidas entre las calles por las que no pasa el bus.


Pero no es porque Itaguassú sea un barrio medio humilde que hay tantas iglesias. Es así en todo el país, en todos los estratos sociales. Además, en Ilhabela, ser humilde es un concepto relativo, y no está asociado con la pobreza del otro lado del mar. Es una isla en su sentido más metafórico, pues la pobreza tampoco se expresa de la misma forma que en el continente, y aunque vivan en un morro, no se les llama de favela. Su estilo de vida es más cercano al dolce far niente de la vida tropical que al gangsta’s paradise de ciudades como Río. Nótese el juego con los tres idiomas, tres culturas apretadas en un sólo párrafo. Qué hermoso el lenguaje. Gracias, Yaveh, por no dejarnos terminar la Torre para llegar hasta ti.

 

Babel es un lugar en el que hay “desorden y confusión”, según la etimología. El mismo desorden y confusión que Yaveh causó en las personas cuando las hizo hablar diferentes idiomas entre ellas. Al no poder comunicarse, y no poder cooperar entre ellos, los hombres dejaron atrás su ambición de construir una torre para llegar hasta su Dios. Explica así el Antiguo Testamento la aparición de los diferentes idiomas de la humanidad.


Que Dios tan jodido, sinceramente. Ahora entiendo por qué las pasadas generaciones, tan apegadas a la religión, se apegaban a veces a relaciones interpersonales tan tóxicas. El respeto era importantísimo para ellos. Como el respeto hacia ese Dios, que creaba a los humanos para que lo amaran, y después de castigarlos con la mortalidad, y con tantas dolencias, entra en el menú del juego, presiona Quit, y trata de acabar la partida. Pero no busca hacerlo con un chasquido de sus dedos, como lo haría un Dios todopoderoso. Tampoco lo hace con el verbo, con la palabra, con la que inicialmente había creado nuestro mundo. Podría haber usado el verbo, y haber dicho FIN o ¡BOOM!, pero no, va y manda un diluvio y dice sálvese quien pueda. Bueno, no quien pueda. Le dijo, específicamente a Noé, que construyera un arca y... Bla bla bla. Noé  y sus descendientes sobrevivieron, y repoblaron la tierra. Cuestión que ellos dijeron: ¿Qué pasa si Yavehcito nos quiere volver a jorobar y a extinguir? ¡No jombre! Vamos a vivir en una torre, mejor, bien lejos del agua. Y de paso, vamos hasta el cielo y le pedimos al Diosito que nos eche una ayudíta con la cosecha. Y ahí vino la Torre.


¿Qué pudo haber hecho ese Dios misericordioso para evitar que sus criaturas le robaran su protagonismo celestial? Les cambió las lenguas. Hay que admitir que Yaveh era un Dios bastante ingenioso, nunca podía resolver un asunto por la vía más sencilla, siempre tenía que aparecer con una cosa rara. Me recuerda al genio de Aladín, con sus mil y unas triquiñuelas.


Claro que después ese Dios les da coñazo parejo a todos, otra vez. Les manda plagas, hace que uno mate a su propio hijo, convierte a otra en piedra por darse la vuelta para ver un incendio. Son como las penitencias que nos hacíamos de carajitos cuando jugábamos a la perolita, sólo que en lugar de chicotes, te llevabas que se murieran todos los primogénitos, o quizás una lluvia de fuego. Maravilloso, realmente conmovedor. Padre nuestro que estas en el cielo...

 

Fin de El espíritu del lenguaje

 


Entomología del lenguaje


Si tuviese que pensar cómo se vería ese lenguaje de los babelicos celestiales, pensaría en los insectos. En las hormigas, específicamente. Las hormigas despliegan una serie de fascinantes comportamientos. Su lenguaje no verbal es el de los químicos, y gracias a los químicos, las hormigas con capaces de hacer la guerra, y conquistar territorio como los imperios de la humanidad hicieron durante el transcurso de la historia.


Mauricio no me creyó que la hormiga argentina está actualmente en guerra con otra supercolonia de hormigas, pero no en Argentina ni en ninguno de sus países limítrofes, sino en Estados Unidos, donde una parte de la colonia se había asentado, gracias al transporte de tierra de una región a otra, y había exterminado a gran parte de las colonias de ese territorio. Con el tiempo, en California, se había instalado una nueva supercolonia de la hormiga argentina. Tiempo después, otra migración ocurrió, y otra parte de la colonia original de argentina apareció en el territorio. Sin embargo ya las dos colonias, primas entre sí, se habían alejado demasiado, y no se veían como parte de una misma familia, así que otra guerra comenzó, una que sigue hasta el día de hoy.


Mapa que muestra las colonias de la hormiga argentina
Mapa que muestra las colonias de la hormiga argentina

¿Por qué unos insectos que no tienen que extraer hidrocarburos ni minar litio se molestarían en ir a la guerra y matar a sus hermanas, primas o a otras hormigas de su misma especie? Ver a las hormigas en acción durante sus batallas es fascinante: son organizadas, certeras y rápidas. Si la guerrera a la que se están enfrentando es enorme, entre tres o cuatro hormigas se ponen de acuerdo para cada una arrancarle una pata e inmovilizarla; despúes le cortan la cabeza. Otras van por las larvas de la otra colonia, para alimentar a las suyas, o comérselas in situ. Otras van despedazando a hormigas más pequeñas a su paso. El resultado es que una de las colonias prevalece sobre otra, esto implica que su reina ha muerto, o, que la reina de la colonia ganadora, ha conseguido hacerse con el “olor” de la reina de la colonia oponente. Y gracias a este olor, ya no necesita que sus súbditos se peleen entre ellos, pues los que pertenecían al bando contrario, automáticamente le empezarán a servir a ésta. Lo que los políticos hacen hoy día con tiktok, las hormigas lo hacen con su colonia, tan sólo botando un perfume en el aire.


La guerra caníbal no es la única demostración de maldad y horror de las hormigas. Entre otras cosas, en el mundo de las hormigas existen algunas prácticas habituales que incluyen la esclavitud y el parasitismo.


En algunas especies de hormiga existe la clonación, que permite que una hormiga reina pueda reproducirse a sí misma, clonándose, pero a la vez esa misma reina tiene que desprender algunas hormonas para asegurarse de que sus hijas no desarrollen ningún carácter sexual, y no puedan ser reinas. En estas colonias, son todas mujeres, la reina producirá huevos macho según sean precisados para labores de guerra, pero la recolección del alimento, y la cría de las larvas, corresponde únicamente a clones hembra.


Otras especies de hormigas son gitanas. No construyen nidos por mano propia —o por pata propia—, sino que invaden los nidos de otras colonias que encuentran a su paso, subyugan a la colonia —o se mimetizan a través de sus olores— y viven en ella como huéspedes, hasta llegar el momento de seguir su camino en busca de otros horizontes.


La Polyrhachis Sokolova, nativa de Australia y Nueva Zelanda, construye sus nidos en manglares. El nido brota a la superficie a través de una trompa estrecha, que sobresale del suelo. Cuando la marea sube, las hormigas se guarecen en su hormiguero, que se inunda por completo. Sin embargo, la habilidad arquitectónica de P. sokolova le permite mantenerse adentro, y a medida que el agua avanza por las galerías del hormiguero, las hormigas recolectan sus larvas y las llevan a las cámaras de aire. Llegado cierto nivel, el agua sella estas cámaras con burbujas de aire, en las que las hormigas permanecen, con alimento y con sus larvas, hasta el descenso de la marea. Con tanta inteligencia uno se pegunta, ¿y por qué mejor no construyen el nido lejos de los manglares? Pero nadie es perfecto, ni siquiera las hormigas.


Son crueles las hormigas, animales de mente fría, carentes de deidades y de moral.


Cuando el culo de una hormiga secreta una hormona, está hablando el lenguaje de las hormigas. Claro que eso no es lenguaje, ¿no? No hay signo. Significado, no hay. Significante, tampoco. Sólo ¿olores? ¿huelen las hormigas eso? No es como un olor, porque son sus antenas las que sienten las hormonas del culo de las otras, no sus “narices”. Pienso: ¿cuáles son mis hormonas humanas? Testosterona, algo de estrógeno... Esas son las sexuales. Pero también están las no sexuales, o somáticas: insulina, adrenalina, noradrenalina, epinefrina, cortisol, grelina, etc...


Todas sustancias que alteran mi comportamiento, y mi apariencia como individuo. Pero no la de otros individuos, que son incapaces de percibir ni mis niveles de insulina ni mis niveles de testosterona. Una vez vi este programa en NatGeo, en el que hacían correr a varios hombres en una caminadora, para que sudaran. Luego les daban su camiseta a varias mujeres para que las olieran, entre ellas estaban sus propias hijas. El experimento mostraba que las hijas rechazaban el olor a sudor de la camiseta que habían usado sus padres, mientras que encontraban agradable el olor de la camiseta de otros hombres desconocidos. Una forma de probar que existen bases biológicas para la prohibición del incesto.


Un experimento medio naif en un programa de ciencia, y aún así me hace pensar en lo verdaderamente lejanos que estamos en relación a estas criaturas que, tan sólo con botar unos químicos les dicen a las otras: vengan por aquí, ó por ahí no es, ó ya vienen las hijueputas de las hormigas argentinas a cagarnos ó, God save the Queen!... Y tantas cosas más.


Es tan efectivo este sistema, que algunas hormigas han perdido por completo la visión, y la especie entera se ha vuelto ciega. Estas hormigas se fían sólo en sus antenas para seguir su vida. ¿Quién necesita ver si se vive a tres metros bajo tierra, masticando las hojitas para cultivar el hongo para la colonia? Algunas otras especies se han sabido valer de esta no videncia de algunas hormigas, y se han aprovechado. ¿Cómo? Pues, echándose el mismo perfumito que ellas, son capaces de colarse en la colonia sin que nadie lo note. Es el caso de algunos escrabajos, de diferentes dimensiones, que han desarrollado diferentes estrategias para infiltrarse en el mundo feroz de las hormigas guerreras. Algunos de estos escarabajos, como los del género Tetradonia se mantienen al borde de la colonia, hasta encontrar a una hormiga dispersa, acercarse a ella, matarla y restregarse son su cuerpo, para adquirir su olor. Una vez bañados en la esencia de la hormiga, el resto de la colonia no nota su presencia, y puede andar a sus anchas comiendo de las reservas del hormiguero, y alimentándose del botín de las guerreras.


El caso de la Nymphister kronaueri es el más hilarante de todos. Se trata de una especie de escarabajo diminuto que se mantiene cercano a la colonia de guerreras. Cuando consigue aferrarse a alguna de las hormigas, de tamaño considerablemente mayor al suyo, se prende con fuerza a su trasero, y se mantiene allí mientras la hormiga realiza sus labores habituales de saqueo, descuartizamiento, y secuestro de las crías de las colonias enemigas. Algo parecido hace el ácaro Macrochelles retenmeyeri, pero en lugar de aferrarse al trasero de la hormiga, y gracias a su tamaño diminuto, es capaz de aferrarse a un extremo de la pata de la hormiga. Entonces la hormiga podrá caminar libremente, calzando un ácaro en una de sus patas, ácaro que, dicho sea de paso, será capaz de suplir todas las funciones que la pata de la hormiga haría por su cuenta, ya que el animal es capaz de coger cosas como lo haría la pata de la hormiga. Entonces, cuando la hormiga precise de hacer una de sus fabulosas cadenas de hormigas, para abrir un paso aéreo para las otras, M. retenmeyeri actuará como una pata más, y sostendrá la pata de la hormiga siguiente.

 


No existe el nihilismo en las hormigas, no existe el ser o no ser, no existe el pienso, luego invado la colonia enemiga, no. Están completamente obnubiladas por sus hormonas, y gracias a ello, han conseguido vivir en el planeta por cientos de millones de años. Son lo que los biólogos llaman, criaturas eusociales, eu significa “ideal”, o “perfecto”. También se les considera “superorganismos”, es decir, un conjunto de individuos que actúan como uno sólo. Como un enjambre de abejas, formando una mancha negra en el medio del azul celeste. Qué miedo.

Al rechazar sus ambiciones de llegar hasta Yaveh, y conformarse con adorar a sus reinas en cada nido, las hormigas pudieron conservar su juego de hormonas. Entonces los nidos crecieron, y las hormigas pudieron respirar bajo el agua de los manglares, o trepar entre los árboles, y esclavizar a otros insectos. Cada colonia con sus hormonas correspondientes.


Pero no pensemos que nadie las va a joder a ellas, que son tan magnánimas e imperialistas. Porque existen un sinnúmero de ejemplos de otros insectos que bien usan el lenguaje de las hormigas y lo aprenden para manipularlas a su antojo. Conozcamos a Phengaris alcon, una especie de mariposa que habita en Asia y Europa, que en su estado larvario depende de los cuidados y la atención de diferentes especies de la hormiga Myrmica.


Ejemplar de Myrmica cargando larva de P. alcon
Ejemplar de Myrmica cargando larva de P. alcon

La cosa va así: la mariposa deposita los huevos en una flor de genciana que crece en los Alpes. El huevo crece, se convierte en larva, y cae al suelo. Estando allí, la larva libera unas hormonas que asemejan a las que liberan las mismísimas larvas de Myrmica, entonces las hormigas van y se la llevan a su nido, para cuidarla, pues, es una larvita descarriada que quién sabe cómo habrá llegado a la superficie si ni patitas tiene. Una vez en el nido, la larva de P. alcon continúa liberando sus hormonas. Entonces el hormiguero entero se vuelca a su cuidado, y empiezan a alimentarla todo lo necesario. Pero la señorita Alcon es mucho más grande, y sus necesidades son mucho más intensas que las de sus compañeras larvas Myrmica. Por eso, las reservas del hormiguero empiezan a agotarse, en el proceso desgastante de alimentar aquél pozo sin fondo que, como huele como una de las tantas larvitas hormigas, las demás sólo les dicen te visto pero no te mantengo, pero la siguen y la siguen alimentando. Tanto la alimentan, que dejan de alimentar a sus propias larvas de hormigas, y dejan de alimentarse ellas mismas, pues las señales que la ahora pupa va enviando son tan fuertes, que las hormigas no pueden más que obedecer a la naturaleza de sus antenitas.


Dos años —sí, ¡dos años!— después, la pupa se ha vuelto un ejemplar adulto, y puede salir de su viejo vestido rastrero, y elevarse con sus alas, de vellos tupidos, que le impiden a las hormigas, ahora arrechísimas con ella, porque se dieron cuenta que —por millonésima vez— han sido estafadas. Pero el nido de sus niñeras y sirvientas se encuentra bajo tierra, así que Alcon se apresura, poniendo a prueba esas patitas, a encontrar una salida fuera de la trampa mortal, porque de pronto a las hormigas se les ocurrió la idea de que la cabeza de la mariposa luciría muy bien en la recámara de la reina. Finalmente, Alcon consigue la salida, y antes de inflar por completo sus alas, y estrenarlas, les dice a las hormigas... ¿qué les dice? Quiero meter algo gracioso, pero no se me ocurre nada bueno. ¿Qué dirían ustedes si fuesen Alcon? Yo diría: mámenlooooo... Y me iría volando.

 

Phiegaris alcon en etapa adulta
Phiegaris alcon en etapa adulta

Una vez me acosté con un coleccionista de insectos, entomólogo aficionado. El hombre en cuestión era, realmente, médico. Pero tenía absolutamente todos los insectos en su depto en San Telmo. Nidos de cucarachas, algunas comunes y otras más exóticas. Las comunes eran para alimentar otros insectos, que se las devoraban con deleite.


Y las cucarachas, y los escarabajos, los ciempiés, las mantis. Y sobre todo: las hormigas. Tenía una colección sofisticadísima de hormigas. De tantos tamaños, de tantas formas y colores, todas meticulosamente distribuídas en los estantes de su biblioteca. Las hormigas vivían en estos hormigueros de cristal, algunos con vidrios de colores, todo muy psicodélico, y uno podía ver su comportamiento en primera plana. ¿Qué podía yo entender de esos bichos? Se movían rápido, iban de acá para allá, y comían las sobras de bichos muertos que el médico les tiraba. Pero ya. Pero ahora que lo pienso, él tenía acceso a mucho más que uno —o varios— hormigueros. Él era, después de todo, el Yaveh de sus hormiguitas, el Adonai de sus cucarachas, el Jehová de sus mantis religiosas.

 


Estaba siendo la semana más fría del invierno en Ilhabela. Había neblina sobre el mar, garúa que rociaba perennemente las plantas, y un frío como para hacerse una sopa y acurrucarse a ver una comedia romántica. Me había acostumbrado a las hamacas, en verano son una delícia, de día y de noche. Pero con ese frío, imposible estar afuera. Voy a entrar a casa, y una rama está parada en el borde. Ehmm... Señora rama. Váyase, se lo ruego. Tengo frío y quiero cerrar esta puerta. La señora rama ni se inmutó. Ahí la toqué, y la rama se movió de un lado al otro. Le di otro toque y la rama cayó al suelo. Entonces reveló su forma de insecto palo, y empezó a danzar una danza, que yo interpreté como de advertencia, no me preguntes por qué. Pero a menos que la señora rama fuese capaz de hacer alguna otra cosa más que moverse de una lado a otro, yo no iba a sentir miedo. Le di varios toques, y ahí entendí mejor su forma. Tenía cuatro patitas, dos antenas, y era una puta rama con vida, no podía describírsele de otra forma.



El insecto palo había desaparecido al día siguiente, pero me quedó un lindo video. Esa noche, antes de dormir con la felicidad de haber conocido y tocado una vez más una criatura que hasta entonces sólo había visto en la televisión —por el Supercable robado a los vecinos— escribí el siguiente... Ehm... No sé qué es... Escribí el siguiente coso:


Los bichos del Lar do Marquitos

Araña —-> Muchos ojos brillantes, chiquitos / 8 patas

/ Ciempiés ——> Ojos grandes y oscuros / muchas patitas

/ Insecto palo ———> Ojos chiquitos (no se le ven) / 4 patotas

Polillas, chinches, y chipos

Hormigas de cualquier tamaño

 

Mi favorito: el ciempiés



(y, a veces, las polillas grandes)

PD: las orugas peludas que caen del cielo, esas no

 

Fin de Entomología del lenguaje

Fin de la primera entrega de La escritura es artesanía



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