top of page

Memoria sin memoriante

¿Existirá tal cosa como una memoria sin agente? Recuerdos sin recordador, memorias sin memoriante. En ese caso, es posible que todo aquello que alguna vez fue, y este mismo instante que transito y se pierde para siempre en los hilos del tiempo, aún exista, repitiéndose en un bucle interminable  —si fuese móvil—, o en configuraciones sensoriales, evocativas y únicas —si fuese estático.


El pasado es innegable, el origen de donde mana este presente. La memoria es el pasado registrado, sea móvil, o estático. Nadie duda de que el pasado existió —¿ó existe?—, ¿será posible pensar un tiempo sin pasado? Sólo la vida atestigua el paso del tiempo: la piel habla su idioma senil, la piel dice: ha sido el tiempo. Estamos inmersos en sus aguas invisibles, ¿de dónde viene, y en dónde desemboca este río?


Memoria sin agente: una existencia independiente del recuerdo, de pensamiento alguno. El anonimato del tiempo se construye segundo tras segundo, cada momento un pasado superpuesto a su pretérito, apelmazándose, cubriendo el presente como las hojas de un árbol cayendo leves pero certeras al pie, ocultándose de a poco, enterrándose a sí mismo.


Pero los ecos de la existencia continúan reverberando en alguna parte, sutiles, transparentándose:


Las voces de profetas olvidados.


Los cantos de las epopeyas preverbales.


Los dulces rostros que dejaron sin sueño a los soñadores.


La sangre santa de los ídolos, yaciendo en el lecho de un océano ignorado.


Leche fresca del seno que alimentó a los guereros en sus cunas, hecha polvo, volando entre la sal de la costa, cristalizándose en las estalactitas.


El estruendo atroz de la Hidra, el Leviatán y el Cíclope, dormidos para siempre entre las capas de sedimento.


La voz de las vírgenes vestales, traídas de lejos por los vientos del Egeo, escondiéndose entre cascabeles de arena, tronando entre tormentas desatadas más allá del Mar Negro.


Los pasos de los pioneros de pies desnudos, que abrieron caminos en medio de las zarzas, fundaron imperios y se arrodillaron ante sus nuevos dioses; sus huellas convertidas en fósil, cubiertas de musgo, conviviendo con las de saqueadores, con las de nuevos conquistadores, y sus enemigos.


Tras siglos de sol, nuevos pies abriendo el camino, con la  exasperada inocencia del descubrimiento, caminando por senderos olvidados, siguiendo sin saber la huella de su propia sangre.


Muy pronto, seremos tú y yo los olvidados.


Nuestras voces y nuestros rostros habrán de hundirse y perderse para siempre en el estanque del tiempo.


Pero aún así, ¿no es un consuelo saber que no será la memoria lo único que nos mantendrá vivos después de nuestro último latido?


Pues quedará en la piedra el hueso desvanecido, sus cristales y el suelo amalgamándose, reuniéndose: re-unión>re-ligare>religio>religión: la vuelta a Dios, un dios de la tierra y no del cielo.


Quedará en el viento el timbre de nuestras últimas palabras, vibraciones danzando más allá de los vientos continentales.


Tu rostro y el mío —¿cómo definir mi propia identidad...— quedarán flotando en las aguas que alguna vez nos reflejaron —... la forma de mi huella en el agua?— ¿Tendrán memoria las aguas? ¿sabrán de mí aquellos lagos, aquellos cauces dilatados en los meandros del Nilo, del Plata? ¿me recordarán las lluvias veraniegas y sus charcos citadinos?; o mimetizados entre los nudos de un árbol vetusto; o reposando en las alas de la mariposa, batiendo en el aire los segundos.


Como si la verdadera naturaleza de las cosas no fuese desaparecer, sino replicarse y retornar, una y otra vez, hasta el infinito.



 
 
 

Comentarios


bottom of page